domingo, 4 de septiembre de 2016

FRACASO POR LOS PELOS


Effie Gray escribe en 1854: «Él alegó varias razones: odio a los niños, motivos religiosos, un deseo de preservar mi belleza, y finalmente el pasado año me contó la verdadera razón (…) Que él había imaginado que las mujeres eran muy diferentes a lo que él vio que yo era, y que la razón por la que no me había hecho su esposa era la repugnancia que había sentido ante mi persona la primera noche el 10 de abril».

El propio John Ruskin lo confirma en su declaración durante el proceso de anulación: «Puede parecer extraño que me haya abstenido de una mujer que a la mayor parte de la gente parece tan atractiva, pero a pesar de que su cara era hermosa, su persona no estaba formada para excitar pasión. Por el contrario, había ciertas circunstancias en su persona que la excluían».

El caso es que Ruskin, el más renombrado crítico artístico de la época victoriana, protector de las artes, pintor aficionado, admirador de Turner, mentor y mecenas de los prerrafaelitas, había entrado en su alcoba en la noche de bodas, había contemplado como su esposa se desnudaba, había quedado sin palabras, había salido de la habitación, y había desistido de cualquier acercamiento ulterior a lo largo de los siguientes seis años.

El director trata a Ruskin con muy poco cariño. Muestra a un personaje envarado, aburrido y obsesionado con su propia importancia y fama póstuma. En esto último, por cierto, fracasó: el atractivo de la obra de Ruskin ha ido decayendo progresivamente –es de difícil digestión de acuerdo con los gustos actuales- y ahora no despierta tanto interés como su melancólica vida sexual. Parte del problema, parece sugerir la película, provenía del opresivo ambiente familiar de los Ruskin. ¿Era así? En realidad el padre era un hombre de mundo, socio de Ruskin, Telford and Domecq, empresa importadora de vino y jerez. La madre, siempre según la película, era una especie de virago que consideraba que Effie no merecía a su adorado hijo, algo temiblemente habitual en las suegras.


La película cuenta no sólo las desventuras de Effie Gray y John Ruskin, sino la relación de aquella con el pintor prerrafaelita John Everett Millais, con el que acabaría casándose -una vez, por cierto, que el adulterio se hizo público Ruskin dejó de subvencionar a Millais, pero no extendió su rencor al resto de prerrafaelitas –. Pero la historia fracasa porque la actriz Dakota Fanning, tal vez escogida por cierto parecido con Effie, parece incapaz de transmitir emoción, con lo que el espectador acaba sintiendo cierta afinidad hacia la huida conyugal de Ruskin. Emma Thompson, que además es guionista y está en una espléndida madurez, lo hace muy bien. Por su parte Greg Wise, que además es novio de la Thompson, consigue que Ruskin parezca un sieso: en eso su cara resulta de gran ayuda.

En una escena clave de la película Ruskin, posando ante Millais, comenta la pérdida de un hijo de la madre de Effie «¿Otro? Esa mujer pierde hijos con una regularidad sorprendente. ¡Pero mira que exquisito follaje!». Ruskin parece sugerir el director, sufría una sorprendente disociación entre su innegable sensibilidad artística y su escasa sensibilidad hacia las personas concretas.


Y a todo esto ¿qué había visto Ruskin en la noche de bodas que tanto le había repelido? ¿Cuáles eran las circunstancias del cuerpo desnudo de Effie –cuando Ruskin dice persona en su alegación parece estar refiriéndose a algo corporal- que habían apagado tan definitivamente su ardor sexual? La película no lo aclara. Una posibilidad es la presencia de gustos pedófilos. Ruskin había conocido a Effie cuando era una niña de 12 años, y al casarse era una joven de 18: los cambios producidos en este tiempo no parecen haberle resultado estimulantes. Estas tendencias podrían confirmarse por la posterior atracción de Ruskin por su alumna Rose La Touche, por la que perdió completamente la cabeza, y a la que también pidió matrimonio a los dieciocho años. La negativa de La Touche hace estéril cualquier especulación o apuesta sobre una nueva huida de Ruskin en la luna de miel.

Otros apuntan hacia la sangre menstrual como motivo de la repugnancia o incluso, de manera algo grosera, al olor de Effie al desnudarse. La escritora Mary Lutyens aventura una posibilidad quizás más verosímil:

«Ruskin sufrió un shock traumático cuando en su noche de bodas descubrió que Effie tenía vello púbico. Nada lo había preparado para esto. Nunca había estado en una escuela de arte y ninguno de los cuadros y estatuas en pública exposición en esos tiempos presentaba mujeres con pelo en parte alguna de sus cuerpos».

Si este fue el motivo, tuvo mala suerte al haber caído en una época poco propensa a la jardinería. «Desde luego Ruskin no fue el único joven aficionado al arte cuya vida sexual descarriló por visitas previas al museo» concluye Janet Malcolm.

Imágenes: 1) Effie Gray en Glen Finglas, boceto de John Everett Millais; 2) La familia Ruskin al completo; 3) John Ruskin, por Millais.

Effie Gray. Richard Laxton (2014)

viernes, 2 de septiembre de 2016

EL ABISMO INEXISTENTE

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares 02/09/2016

La tradicional distinción entre izquierda y derecha sin duda tiene fundamento; no lo tiene, por el contrario, pensar que entre ambas hay un abismo infranqueable. En realidad esto siempre ha sido difícil de entender. Tomando una línea que va desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, se considera que la distribución estadística del electorado tiene la forma de una campana de Gauss, ancha en el centro y estrecha en los extremos. Si esto es así resulta que el grueso del electorado de izquierda está próximo al centro e ideológicamente adyacente al grueso del electorado de derecha, y que sólo existe una separación ideológica apreciable entre los extremos de ambos grupos. Este es el único abismo que podría existir, y resulta un tanto extraño: resultaría que la mayoría de electorado de izquierda y derecha no estaría separada por ese abismo, sino dentro de él. Quizás sea una buena alegoría de la situación.

Es evidente que el discurso político de los últimos años promueve la polarización, intentando presentar a los partidos, en lugar de en el centro, en los dos polos de la imaginaria línea ideológica. ¿Por qué ocurre esto? ¿Quiere decir que son los extremos – la minoría- los que dirigen la política de izquierdas y derechas imponiéndose a los gustos de la mayoría? Más bien parece que son los partidos los que promueven de forma artificial la diferenciación por motivos puramente electorales. Les resulta sencillo - venimos genéticamente equipados para apresurarnos a formar bandos irreconciliables en cuanto se nos da una oportunidad- pero sin duda es bastante irresponsable hacerlo. Cuando lo consiguen ya no estamos hablando de ideología, sino de algo parecido al hooliganismo.

Si para algo sirvió la sesión de investidura del miércoles fue para poner en evidencia que ese abismo infranqueable entre las izquierdas y derechas, en lo que se refiere a las propuestas y contenidos concretos, no existe. En el momento central del debate Albert Rivera exhibió con una mano el acuerdo que Ciudadanos alcanzó con el Partido Socialista en marzo, y a continuación enarboló con la otra mano el alcanzado ahora con el Partido Popular: ambos acuerdos se solapan. Cien de las ciento cincuenta medidas ahora pactadas, dos terceras partes del texto ahora firmado, estaban incluidas en el de marzo. Siendo así ¿por qué es tan difícil pactar? ¿Por qué es tan complicado llegar a formar gobierno? Obviamente las razones no son de contenido. Pueden ser electoralistas o personales, pero no de contenido.

La democracia española no se puede permitir unas terceras elecciones. Es necesario reconstruir la clase media que ha sido tan dañada por la crisis; son necesarias actuaciones urgentes en el mercado laboral y en el sistema educativo; hay que conseguir una verdadera regeneración democrática; es necesario afrontar la amenaza proveniente de aquellos que quieren romper la unidad, la igualdad, y la solidaridad de los españoles. Y los sucesivos acuerdos alcanzados por Ciudadanos con el Partido Socialista y el Partido Popular demuestran que existe un amplio campo para el consenso… siempre que no se vea enturbiado por motivos personales o partidistas. Ahora es el momento de demostrar altura de miras, y no cortoplacismo electoralista. Los ciudadanos no nos perdonarían un nuevo fracaso.