jueves, 18 de agosto de 2016

a.t.p. JONATHAN HAIDT Y LA MENTE VIRTUOSA (y 2)


A la vez que Haidt daba sus primeros pasos en sus investigaciones el antropólogo cultural Richard Shweder afirmaba que las sociedades se han desarrollado a partir de dos enfoques, la perspectiva sociocéntrica, en la que los intereses del grupo prevalecen sobre los del individuo, y la perspectiva individualista. La primera dominó el mundo antiguo y la mayor parte del mundo actual; la segunda se desarrolló a partir de la Ilustración y es exclusiva de occidente. En resumen el maravilloso mundo basado en el individuo en el que vivimos es tal vez un milagro. Somos raros [7]. Lo que es peor: tal vez somos precarios.

Según Shweder en todas las sociedades, sean sociocéntricas o individualistas, se pueden observar tres grandes áreas de asuntos morales, que se desarrollan en mayor o menor grado en unas u otras: las áreas referidas a la autonomía, a la comunidad y a la divinidad. El área relacionada con la autonomía se centra en el individuo, su asunto principal es la proscripción del daño, y es la que acaba sustentando conceptos como la libertad y los derechos individuales: obviamente es la que está más desarrollada en occidente. En el resto de las sociedades se desarrollan más el área de la comunidad, en la que caben conceptos como deber, lealtad al grupo –y rechazo al de fuera-, jerarquía, y patriotismo, y el área de la divinidad, más amplia y más difícil de definir. El área de la divinidad está relacionada con conceptos como pureza y contaminación, santidad y pecado. Parte de una visión vertical de la perfección en la que el contacto de lo inferior puede corromper lo superior. Curiosamente parece haberse desarrollado a partir del concepto del asco, del deseo de evitar lo impuro o contaminado.


El ámbito de lo moral varía según las culturas. Es muy estrecho en las individualistas sociedades occidentales, donde parece haberse circunscrito al área de la autonomía, y mucho más amplio en las sociocentristas, donde incluye también las áreas de la comunidad y la divinidad. En estas sociedades el excesivo individualismo, o la búsqueda individual de la felicidad, son consideradas egoístas y destructivas. Cuenta Haidt que la visión de Shweder fue la “píldora roja” [8] que le abrió los ojos. En contra de lo que Kohlberg y Piaget pensaban, no podía ser el niño quien construyese la moral. Debía ser más bien una combinación de innato (módulos o áreas provenientes de la evolución) y aprendido (el niño aprende a aplicar esos módulos en una particular cultura):

«Nuestras mentes tienen el potencial de convertirse en virtuosas sobre muy diferentes asuntos, y sólo algunos de estos asuntos son activados en la infancia. Otros asuntos potenciales se quedan sin desarrollar y desconectados de la red de significados compartidos y valores que se convertirán en nuestra matriz moral».

En sus primeros experimentos Haidt comprobó en seguida que los occidentales tienen intuiciones morales automáticas, como las referidas al asco o a la falta de respeto, que van más allá del área de la autonomía de Shweder y condicionan su razonamiento [9]. Descubrió además que dentro de las propias sociedades también conviven distintas matrices morales que funcionan como compartimentos estancos: unen a los que las comparten y los ciegan ante la existencia de otras.

A partir de las áreas morales definidas por Shweder, y del enfoque de Hume -la moral como gusto-, Haidt desarrolla su Teoría de los Fundamentos Morales y propone la siguiente alegoría: la mente virtuosa es como una lengua con seis receptores. La moralidad de cada sociedad, de manera asimilar a su gastronomía, es una construcción cultural, que partiendo de los mismos receptores morales o gustativos, e influenciada por azares de ambiente e historia, llega a unas construcciones diferentes.


Los receptores morales son obviamente resultado de la evolución. Y en principio cinco buenos candidatos son: protección del vulnerable, equidad en los intercambios interpersonales, lealtad al grupo, respeto a la autoridad y preservación de la santidad/pureza.

«Cinco desafíos adaptativos destacan muy claramente: cuidar a los vulnerables niños, formar colaboraciones con no-parientes para cosechar los beneficios de la reciprocidad, formar coaliciones para competir con otras coaliciones, negociar jerarquías, y mantenerse a sí mismo y a sus parientes libres de parásitos y patógenos, que se propagan rápidamente cuando la gente vive en estrecho contacto unos con otros».

Posteriormente Haidt incluyó un nuevo receptor, el de la búsqueda de la igualdad, quedando la lista definitivamente en seis, los tres primeros relacionados con la autonomía –siempre según terminología de Shweder-, y los otros tres con la comunidad y la divinidad.

1) El módulo de protección evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de velar por las crías. Los mamíferos invierten más en las suyas que los ovíparos, que las producen más fácilmente. Y el humano, cuyo cabezón es tan grande que la madre tiene que expulsarlo un año antes de que sea capaz de andar, requiere una inversión de cuidado adicional también por parte del progenitor. Somos los descendientes de aquellos que eran más sensibles a los signos de sufrimiento y necesidad de los desvalidos, y de los que más se enfadaban ante la visión de la crueldad.


2) El módulo de la equidad evolucionó en respuesta a poder cosechar los beneficios de la cooperación sin ser mangoneado. Nos hace reaccionar favorablemente ante las muestras de colaboración y altruismo por parte de otros, y nos hace querer castigar a los gorrones y aprovechados. Este módulo no se refiere necesariamente a la igualdad, sino más bien a la proporcionalidad: recibir de acuerdo con los merecimientos o aportaciones al grupo. [10]


3) El módulo de la libertad está relacionado con no reconocer la posición de dominio de quien no se juzga merecedor de ella. Este módulo está en realidad muy relacionado con la igualdad, y con la resistencia a la opresión.


Los tres siguientes módulos están relacionados con las ventajas competitivas que ofrece participar en un grupo cohesionado. Lamentablemente cada uno de ellos parece tener un reverso tenebroso:

4) Lealtad al grupo. Evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de formar y mantener coaliciones. Nos hace reaccionar favorablemente ante los que juegan en equipo, y nos hace querer castigar a los que lo traicionan [11]. Somos los descendientes de tribalistas, no de sus más individualistas primos. Obviamente la parte negativa es la predisposición al conflicto con los ajenos al grupo y la guerra.


5) Autoridad. En su origen derivado de la presencia de miembros dominantes en la manada con efectos positivos para ésta –capacidad de ejercer el liderazgo y minimizar conflictos-. En la actualidad está relacionada con la estabilidad y el mantenimiento del orden en el grupo. El reverso es la opresión y la desigualdad.

6) Santidad. Evolucionó a partir del asco y éste del “dilema del omnívoro”, consistente en ser capaz de comer cualquier cosa pero evitando todo aquello que pueda enfermar o matar. Se incluyen aquí los tabúes sexuales, y los más recientes relacionados con el medio ambiente y la alimentación. También la sacralización de instituciones básicas de la sociedad como la familia. Su reverso maligno es la intolerancia.

Estos módulos son graduables, como los mandos de un ecualizador.



¿Cómo llega alguien a ser liberal o conservador? [12] El camino tiene tres encrucijadas: la disposición genética, la experiencia, y la adopción de uno u otro relato existencial. A partir de estos hitos uno ecualizará de una u otra manera sus módulos. En este camino hay varias disyuntivas que no son simétricas: en occidente el relato liberal es hegemónico [13].

Dado que a Haidt le preocupaba la polarización del debate partidista, a continuación aplicó su modelo a la búsqueda de posibles diferencias entre liberales y conservadores -añadió a los liberales económicos o 'libertarios'-. Y se encontró con que tales diferencias eran profundas. Todos, liberales y conservadores, utilizan el módulo de la protección, pero los liberales parecen valorarlo más, y están dispuestos a sacrificar otros módulos, como el de la equidad, cuando chocan con él. Sin embargo lo más interesante es que, a diferencia de los conservadores, los liberales no alcanzan a ver más que el reverso tenebroso de los tres últimos módulos. El resultado es que los liberales tienen una moral basada en tres fundamentos, mientras que los conservadores usan los seis.




Esta conclusión tiene importantes implicaciones. Una de ellas es que mientras los conservadores pueden entender a los liberales –emplean sus mismos módulos aunque alguno menos acentuado, lo que puede inducirlos a cierto complejo- , los liberales encuentran grandes dificultades para entender a los conservadores:

«¿Pueden los partidarios al menos entender el relato contado por el otro partido? Los obstáculos para llegar a empatizar no son simétricos. Si la izquierda construye sus matrices morales en un número más reducido de fundamentos morales, entonces no hay fundamento usado por la izquierda que no sea también usado por la derecha (…) Pero cuando los liberales intentan entender la narrativa (de los conservadores) lo tienen más complicado. Cuando hablo a las audiencias liberales de los tres fundamentos cohesionadores –lealtad, autoridad, santidad- me doy cuenta de que la mayoría de la audiencia es incapaz de entenderlos: rechazan inmediatamente estas materias como inmorales. La lealtad al grupo encoge el círculo moral; es la base del racismo y la exclusión, dicen. La autoridad es opresión. La santidad es charlatanería religiosa cuyo única función es suprimir la sexualidad femenina y justificar la homofobia».

Y aquí viene lo peliagudo. ¿Es posible construir una sociedad estable exclusivamente a partir de los valores referidos a autonomía? ¿Es posible una ética unidimensional o bidimensional, basada principalmente en el daño, o es necesario contar con todas las dimensiones, incluidas las grupales? Si contestamos que es posible, nos estaremos alineando con Kant y Mill [14]: en caso contrario con Durkheim, para quien la ausencia de valores de grupo lleva a la anomia y al suicidio.

Es posible que el milagro individualista no sea viable con todos los módulos grupales ecualizados a cero -aunque deban estar sometidos a una permanente vigilancia para evitar que se desmanden-. Por eso Haidt, que empezó su andadura como liberal («había asumido que conservadurismo = ortodoxia = religión = fe = rechazo de la ciencia. De eso se seguía que, como científico y ateo, estaba obligad a ser liberal»), acaba comprendiendo también el pensamiento conservador:

«Los conservadores creen que la gente es intrínsecamente imperfecta e inclinada a actuar mal cuando se eliminan las restricciones y responsabilidades (sí, pensé: mirad a Glaucón) (…) Creen que nuestro razonamiento está sesgado y es propenso al exceso de confianza, de modo que es peligroso construir teorías basadas en la pura razón, no limitadas por la intuición y la experiencia histórica (sí, escuchad a Hume) (…) Creen que las instituciones surgen paulatinamente como fenómenos sociales, que entonces respetamos e incluso sacralizamos, pero que si las despojamos de su autoridad y las tratamos como contribuciones arbitrarias que existen sólo para nuestro beneficio las hacemos menos efectivas. Nos exponemos así a la anomia y el desorden social (sí, escuchad a Durkheim) (..) Mientras continuaba leyendo las obras de intelectuales conservadores como Edmund Burke en el siglo XVIII pasando por Friedrich Hayek y Thomas Sowell en el XX, empecé a ver que habían alcanzado una visión crucial en la sicología de la moralidad que no había encontrado antes. Ellos entendían la importancia de lo que llamaré capital moral ».

El capital moral es el conjunto de valores compartidos por una sociedad. Más concretamente «el grado en el que una comunidad posee sistemas interconectados de valores, virtudes, normas, practicas, identidades, instituciones y tecnologías que encajan bien con mecanismos psicológicos y de este modo permiten a la comunidad eliminar el egoísmo y hacer posible la cooperación». La cohesión de las sociedades depende, según Haidt, de su nivel de capital moral.

La aportación definitiva de Haidt está en que busca armonizar en lugar de dividir –al menos dentro de la sociedad-. Defiende la necesidad de alejar el debate partidista de una visión maniquea -la que considera que el partido propio es la luz y el contrario las tinieblas-, y de entender por el contrario que liberales y conservadores son para una sociedad como el yin y el yang: si unos son necesarios para que la sociedad no se estanque, los otros lo son para que no se desintegre.

Dejo un par de apuntes para la reflexión. En primer lugar, el milagro individualista occidental parece muy vulnerable ante el tribalismo, y de momento es incapaz de presentar un relato cívico alternativo a las narrativas nacionalistas, ideológicas o religiosas, por muy primitivas, toscas y ridículas que éstas sean -y el carácter kitsch de estos movimientos de masas no debe ocultar el peligro que encierran-. El trabajo no es sencillo. Se burlaba Agustín de Foxá diciendo que se puede entender morir por la patria, pero que morir por la democracia es como hacerlo por el sistema métrico decimal. Pues bien, es imprescindible construir este relato cívico –quizás aburrido, poco apto para una superproducción- de la responsabilidad, el trabajo, el respeto y la convivencia. Y es posible que para eso tengamos que reconstruir algo de ese capital social del que habla Haidt. El caso español es especialmente urgente. Si no conseguimos crear un relato inspirador, y emprendemos una regeneración de la sociedad en su conjunto, es posible que nuestra escasa cohesión y nuestra tendencia centrífuga al “¿qué hay de lo mío?” nos oriente hacia un futuro complicado.

NOTAS
[7] Haidt convierte la palabra WEIRD (raro) en acrónimo de Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic: occidentales, con estudios, industrializados, ricos y democráticos.
[8] Ver Matrix.
[9] Haidt empezó diseñando los llamados “tabús en los que no existe daño”, y comprobó que suscitaban juicios morales inmediatos que el jinete del elefante se veía incapaz de justificar: normalmente se intenta buscar la existencia de un posible daño, pero el intento infructuoso no hace que el elefante cambie de dirección. He aquí un par de ejemplos:
"Dos hermanos adultos y solteros pasan las vacaciones juntos. Una noche deciden practicar sexo entre ellos. Nadie se entera, la experiencia les resulta agradable y no les causa ningún tipo de problema psicológico, pero deciden no repetirla de nuevo".
"Un hombre que vive solo va a la carnicería una vez a la semana y compra un pollo sin trocear. En la intimidad de su casa lo sodomiza, y a continuación lo cocina y se lo come".
Ustedes mismos.
[10] Según Robert Trivers “ayuda a quien esté dispuesto a ayudarte” es una estrategia evolutivamente estable, más eficaz que “ayuda indiscriminadamente a todo el que lo demande”, que invita a la explotación, o “aprovecha tú pero no des nada a cambio”, que en poco tiempo destruye la cooperación.
[11] Si tienen oportunidad, busquen en la web información sobre el famoso experimento de Robbers Cave llevado a cabo por el psicólogo social Muzafer Sherif, que demuestra nuestra tendencia natural a formar grupos competitivos.
[12] La terminología ‘liberal’ y ‘conservador’ se refiere al electorado estadounidense, y no es exactamente extrapolable a izquierdas y derechas europeas. Los liberales equivalen a los votantes demócratas, y los conservadores a los republicanos.
[13] El relato liberal podría resumirse así: “hubo un momento en que las sociedades eran opresivas, antiigualitarias y dominadas por la superstición. Las nobles aspiraciones humanas por la igualdad y la libertad lucharon por establecer cambios. Sin embargo aún hay inercias y residuos del pasado, que los conservadores se empeñan en mantener, que impiden alcanzar la plena realización de todos”. Obsérvese que en la heroica narrativa de la izquierda la autoridad, la jerarquía y la tradición son las cadenas que han mantenido esclavizados a los hombres. Esta narrativa se basa en la preocupación por los oprimidos y en la búsqueda de la libertad. Es un relato heroico, aunque frecuentemente se practique desde un sofá, que presenta a las masas asaltando la Bastilla y liberando a los oprimidos –las cabezas cortadas no suelen aparecer en el montaje final-. Por el contrario el relato de los conservadores tiene mucho menos tirón visual. No es tan heroico, es más defensivo; no habla de asaltar, sino de preservar lo que hemos recibido sabiendo que es muy precario.
[14] Recuérdese la formulación del principio del daño de John Stuart Mill en una entrada anterior.

sábado, 13 de agosto de 2016

a.t.p.: JONATHAN HAIDT Y LA MENTE VIRTUOSA (1)


Cuando en los 80 del siglo XX Jonathan Haidt aterriza en el mundo académico se encuentra lo habitual: un dominio del pensamiento de izquierdas que llega incluso a condicionar los enfoques científicos. El propio Haidt no es inicialmente ajeno a esta corriente de opinión, pero experimentará una caída del caballo. Él está preocupado por la creciente polarización de la vida política, el incremento de la agresividad entre los bandos, y la nula comprensión y comunicación entre ellos, y utilizará la teoría que desarrollará para intentar limar asperezas:

«Empecé por resumir las explicaciones habituales que los psicólogos habían estado ofreciendo durante décadas: los conservadores son conservadores porque han sido educados por parientes excesivamente estrictos, o por un exagerado temor hacia el cambio, la novedad y la complejidad, o porque sufren de temores existenciales y por consiguiente se agarran a una visión simplista del mundo sin sombras grises. Todas estas explicaciones tenían una característica en común: usaban la sicología para diagnosticar el conservadurismo. Hacían innecesario a los liberales tomar en serio las ideas conservadoras porque éstas estaban causadas por una mala infancia o por características desagradables de la personalidad. Sugerí un enfoque completamente distinto: empezar por asumir que los conservadores son tan sinceros como los liberales y a continuación usar la Teoría de los Fundamentos Morales para entender las matrices morales de ambas partes».

Su libro The righteous mind -La mente virtuosa- es deslumbrante, aunque difícil de resumir y sintetizar. Empecemos por dar algunos brochazos previos antes de entrar en su teoría y su aplicación al debate partidista.

1) Hume tenía razón.

En todo el pensamiento occidental, y muy especialmente desde la Ilustración, la razón, el pensamiento consciente, se ha considerado el atributo definitivo del hombre que lo diferencia de los animales, capaz no sólo de desentrañar todos los mecanismos de la naturaleza sino de someter y dirigir sus propios instintos y pasiones. Sin embargo el papel que David Hume le atribuía era notablemente más modesto:

«La razón, y así tiene que ser, solamente es sierva de las pasiones, y no puede aspirar a otra función que servirlas y obedecerlas».


Esta clarividencia, absolutamente a contracorriente, es admirable. A lo largo del libro Haidt desarrolla una potente alegoría en este sentido:

«La mente está dividida, como un jinete sobre un elefante, y la función del jinete es servir al elefante. El jinete es nuestro razonamiento consciente –la corriente de palabras e imágenes de las que nos damos perfecta cuenta-. El elefante es el otro 99% de procesos mentales, aquellos que tienen lugar fuera de nuestra consciencia pero que realmente gobiernan nuestro comportamiento».

El jinete representa nuestro yo consciente; el elefante es ese misterioso conjunto de mecanismos no conscientes -instintos, tendencias, gustos, atajos mentales- que determina nuestro funcionamiento [1]. Pero el jinete no es un filósofo encargado de encontrar la verdad, sino que ha evolucionado para servir al elefante. La razón no guía al elefante: es más bien su abogado o su portavoz, encargado de proporcionar justificaciones y racionalizaciones post-hoc a los movimientos de aquél aunque casi nunca los entienda. En este sentido este singular portavoz es el primer engañado por sus propios argumentos.

El libro abunda en teorías y experimentos impactantes que confirman esta tesis. Por ejemplo El error de Descartes de Antonio Damasio, que trata sobre pacientes con daños en la corteza prefrontal ventromedial (vmPFC) y cuya respuesta emocional cae a cero. Estos pacientes no olvidan lo que es el bien y el mal, no pierden inteligencia, pero su capacidad de tomar decisiones se colapsa incluso en materias puramente analíticas. He aquí a personas cuya razón se ha desconectado de la pasión, pero el resultado no es una razón liberada, sino el asombroso descubrimiento de que la razón requiere pasiones: cuando el elefante desaparece, la razón pura no parece servir de mucho. [2]

Hay que entender, por tanto, que las emociones forman parte del proceso de cognición. Una primera fase es intuitiva, guiada por emociones y atajos mentales, y otra de razonamiento consciente. ¿Por qué tenemos esta extraña estructura mental? ¿Por qué el jinete ha evolucionado para ser un abogado y no un científico o un filósofo en busca de la verdad? La respuesta está en esta otra pregunta: ¿qué era más importante para la supervivencia del individuo, la verdad o la reputación?



2) ¿Y la moral? De nuevo Hume tenía razón.

¿De dónde viene la moral? ¿Cómo llega un niño a distinguir lo que es bueno y malo? Surgen inmediatamente dos posibilidades: por naturaleza o por educación. Los que optan por la primera opinan que nuestra moral viene de fábrica, precargada, bien inscrita por dios o moldeada por la evolución. Pero si esto es así ¿por qué se observan diferencias morales entre personas y culturas? Por otra parte los que creen que la moral proviene de la educación piensan que el niño es una pizarra en blanco donde educadores, reformadores y gente aún peor puede escribir lo que mejor le parezca. Existe aquí una pregunta relacionada: ¿trasciende la moral la naturaleza humana, de modo que puede deducirse por la razón, tal y como Platón o Kant creían? A partir de los 80 del siglo XX Jean Piaget y Laurent Kohlberg abrieron una variante racionalista según la cual el niño desarrolla su propia moral a partir de los juegos y de sus experiencias con el daño y la injusticia. Esta corriente se hizo rápidamente dominante, porque encajaba con la idea progresista según la cual la autoridad de los padres no hace más que entorpecer el saludable desarrollo del niño, y es con la que se encontró Haidt.

En todo este asunto las teorías de Hume vuelven a ser discordantes:

«La moral no se encuentra en la naturaleza abstracta de las cosas, sino que tiene que ver totalmente con el sentimiento o gusto mental de cada ser en particular; de la misma forma que las diferencias de dulce y amargo, caliente y frío, derivan de la particular sensación de cada sentido u órgano. Por tanto las percepciones morales no deberían ser clasificadas entre las operaciones del entendimiento, sino entre los gustos o sentimientos».

Quedémonos con esta alegoría de los gustos. Si el juicio moral es una percepción más, la ciencia moral debería comenzar con un cuidadoso estudio de los receptores del gusto moral: según Haidt son seis, las diferencias entre distintas personas y distintas sociedades se deben a que se modulan como los campos de un ecualizador, y los veremos más adelante. En cualquier caso, todo parece indicar que también la moral se encuentra en el elefante.



3) Glaucón tenía razón, César a medias, y Platón se equivocaba.

Los experimentos demuestran que, aunque creamos o afirmemos lo contrario, estamos obsesivamente preocupados por lo que los demás piensan de nosotros. Y así las cosas ¿es mejor ser virtuoso o parecerlo? En La República Platón se enfrenta a este dilema. Su hermano Glaucón, que es del sector escéptico, pide a Platón que se imagine a un hombre que tuviera el anillo de la invisibilidad de Giges [3]: este hombre se dedicaría a robar, a seducir a mujeres, e incluso a asesinar a sus enemigos, con la total tranquilidad que le habría proporcionado el anonimato. Platón se dedica a desmontar esta teoría y a demostrar que, del mismo modo que la ciudad debe ser gobernada por el filósofo, la persona debe ser gobernada por la razón, cuya principal virtud es la búsqueda de la verdad que nos acerca a los dioses etc. Pues bien, todo parece indicar que Glaucón tenía razón y que nuestra tendencia natural no es hacia la honradez.

Todos -y no sólo los políticos- somos naturalmente poco honrados. Experimentos de laboratorio demuestran que si alguien es situado en una situación en la que nadie se va a enterar de lo haga –es decir, se le proporciona invisibilidad, ya sea con el anillo de Giges o con una tarjeta black- y en la que va a encontrar facilidades para autojustificarse, una sorprendente proporción de gente engaña. Los propios filósofos no son ajenos a esta tendencia: entre los libros que menos se devuelven en las bibliotecas de las universidades están los de ética:

«Mentimos, engañamos y justificamos tan bien que honradamente creemos que somos honrados».

La razón de este comportamiento es evolutiva. Nuestras sociedades son milagrosos ejemplos de cooperación entre seres que no comparten genes. El mayor peligro para la cooperación está en el gorrón, el aprovechado, y en general todo el que se desvía de la corriente de opinión dominante, de modo que hemos desarrollado el hábito de vigilar a los demás y presentar una imagen aseada de nosotros mismos: por eso es fundamental la reputación. En este proceso el razonamiento consciente –el jinete- funciona como un abogado que automáticamente justifica cualquier posición tomada por el elefante. Con ayuda de este abogado somos capaces de mentir y engañar tan eficazmente que nos convencemos incluso a nosotros mismos [4]. En este mundo glauconiano las apariencias son más importantes que la realidad. No es que la mujer de César deba ser honrada y además parecerlo: lo importante es que lo parezca.



4) Y para colmo somos un 90% chimpancés y un 10% abejas.

Todos hemos oído hablar que nuestros genes son egoístas: la selección favorece únicamente a los que se preocupan de perpetuar sus propios genes. ¿Son impensables por tanto el altruismo y la abnegación, la capacidad para sacrificarse por un bien común de la sociedad? Que abejas o termitas lleguen a formar comunidades donde el todo es más importante que la parte, y la parte es capaz de sacrificarse por el todo, se explica genéticamente porque tanto las abejas de una colmena como las termitas de un termitero mantienen relaciones de parentesco entre sí, comparten genes, y si su destrucción favorece la pervivencia del grupo el saldo genético es favorable. Pero cuando, como en los grupos humanos, no existe tal parentesco ¿es posible la selección natural de grupo o sólo la individual? Darwin creía que era posible:

«Cuando dos tribus de hombres primitivos, viviendo en el mismo territorio, entraban en competición, si –manteniéndose igual el resto de circunstancias – una de los tribus incluía un buen número de miembros cooperadores, leales y con coraje, que siempre estuvieran dispuestos a alertarse, ayudarse y defenderse entre sí, esta tribu tendría más éxito y conquistaría a la otra. La ventaja que tienen soldados disciplinados sobre una horda indisciplinada se deriva principalmente de la confianza que cada soldado siente en sus camaradas (…) Los egoístas y revoltosos no se cohesionan, y sin cohesión nada puede ser conseguido. Una tribu rica en las cualidades mencionadas se extenderá y vencerá a otras tribus».


Sin embargo la evolución grupal quedó completamente desacreditada tras el horror del nazismo, cuyo ‘darwinismo social’ lo llevaba a legitimar la destrucción de las razas inferiores por la aria. Más tarde autores como Dawkins aceptaron que era posible en teoría, pero poco probable en la práctica. El problema está en que el abnegado, el que se sacrifica por la tribu, por definición tendrá menos probabilidades de perpetuar sus genes que el cobarde o el aprovechado. Con el tiempo, por tanto, las comunidades estarán integradas por descendientes de los egoístas, con la carga genética de éstos. Haidt defiende sin embargo la selección en todos los niveles, y que las ventajas en el nivel tribal en la selección de grupo compensan los inconvenientes en el nivel individual, incluso para los abnegados:

«En los grupos en los que esas características son comunes (las de abnegación a favor del grupo) reemplazarán a los grupos en los que son raras, incluso aunque estos genes impongan un pequeño coste a su portador».

Esto garantiza la pervivencia de los genes abnegados en conjunto, aunque dentro de cada grupo los cobardes puedan reproducirse más eficazmente. Hay que tener en cuenta, además, que las sociedades abnegadas desarrollan sus sistemas de rechazo hacia el cobarde: le resultará más difícil relacionarse o aparearse. La selección opera, pues, también a nivel de grupo. Y la moral es una adaptación que ha evolucionado por selección natural al nivel individual y al nivel de grupo: las tribus con miembros más abnegados fueron reemplazando aquellas con miembros más egoístas. Por eso nosotros tenemos ahora un fuerte componente tribal, y una predisposición a convertirnos en masa dadas determinadas circunstancias.

Haidt describe cómo en los días siguientes al 11-s experimentó la necesidad de manifestar externamente su pertenencia al grupo. Describe su embarazo ante la idea de poner una banderita en el coche –los sesudos profesores universitarios no hacen esas cosas-, y cómo solucionó el expediente poniendo una banderita de Estados Unidos y otra de Naciones Unidas.


Así pues tal y como afirmaba Durkheim tenemos una doble naturaleza, individual y grupal. Hay un interruptor en nuestras cabezas que activa el modo-colmena cuando las condiciones son adecuadas [5]. El entrenamiento en el ejército produce este efecto. También la actividad física acompañada de cierta música, especialmente si se complementa con drogas –véanse las fiestas rave- [6]. Nuestra evolución nos ha dotado de un fuerte componente tribal. Esto es preocupante, porque cuando nos fundimos en la masa nuestra capacidad de razonar desaparece y buscamos a quien aporrear. Por otra parte ¿habríamos construido nuestras sociedades sin ese componente tribal? ¿Y pueden sobrevivir las sociedades que carecen por completo de él, o están condenadas a sucumbir ante las que sí lo tienen?

«Puede sonar deprimente pensar que nuestras mentes virtuosas son básicamente mentes tribales, pero las alternativas son peores. Nuestras mentes tribales favorecen nuestra tendencia a la división, pero para empezar sin un largo periodo de vida en tribu no habría nada que dividir».

En resumen, nuestra moral está formada por un ecualizador moral de seis módulos al que hemos llegado por adaptación evolutiva individual, y un interruptor que nos coloca en modo-colmena en determinadas situaciones al que hemos llegado por evolución grupal. No hemos evolucionado para ser filósofos en busca de la verdad, mentimos con gran soltura incluso a nosotros mismos, somos glauconianos preocupados exclusivamente por las apariencias, y poseemos un interruptor que nos desconecta de nuestra individualidad y nos pone en modo tribu. No parece muy estimulante, pero al menos así no nos llevaremos a engaño. En la próxima entrada veremos los componentes de nuestro ecualizador moral y las diferencias de ajustes entre izquierdas y derechas.


NOTAS

[1] A grandes rasgos el elefante parece coincidir con lo que Daniel Kahneman llama Sistema 1, y con lo que Vilfredo Pareto llama ‘Residuos’. Todos ellos parecen estar detectando una misma realidad, aunque sus conclusiones no sean idénticas. Es normal: sus investigaciones son como proyecciones de una linterna en un inmenso cuarto oscuro –nuestros mecanismos inconscientes-desde distintos ángulos.

[2] Este es por cierto el error de Raskolnikov, la creencia en que un acto atroz como el asesinato de una usurera puede ser analizado fríamente desde la razón, sin esperar las oleadas de horror que inmediatamente lo asaltan, supongo que desde la vmPFC.

[3] Giges, rey de Lidia.

[4] Lo conseguimos mediante atajos mentales y mecanismos como el sesgo confirmatorio. Cuando deseamos creer algo nos preguntamos buscamos a continuación datos que lo confirmen, pero no aquellos que podrían invalidarlo. Y de forma inversa cuando no queremos creer algo buscamos afanosamente datos en contra, pero no los que podrían confirmarlo.

[5] Esto coincide totalmente con lo afirmado por Gustave LeBon en Psicología de las masas.

[6] La oxitocina y las neuronas espejo parecen tener algo que ver en el proceso. Por cierto, si Benjamingrullo cae por aquí le agradecería que me diga dónde puedo encontrar un texto de Aldous Huxley en el que dice que las personas más racionalistas son especialmente sensibles a disolverse en un grupo al toque del tam tam.

Imágenes: 1) Haidt; 2) La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio: imagen estereotipada de los filósofos usando la razón pura para alcanzar la verdad; 3) El elefante y su jinete; 4) David Hume; 5) El sinvergüenza de Giges espiando, con bastante descaro, a la mujer del previo rey Candaules. Y eso que aún no tenía el anillo.; 6) Cazadores cooperando; 7) ¿Habríamos llegado a esto sin el interruptor de  colmena?.