sábado, 25 de julio de 2015

a.t.p.: NOZICK Y EL ESTADO MÍNIMO

Imaginémonos los diferentes planteamientos sobre la justicia social de A y B. A es un brillante y exitoso empresario que ha trabajado muy duramente durante toda su vida, mantiene un elevado nivel de gasto y ha reunido una cantidad respetable de dinero. B no es especialmente brillante ni especialmente afortunado. Ha nacido en un hogar con pocos recursos, y malvive con trabajos precarios y estancias en el paro, lo que le hace llegar con serias dificultades a fin de mes. B se compara con A, observa la desigualdad entre ambos, y entiende que se trata de una situación injusta que se debe corregir. A por su parte entiende que ha ganado honradamente y con esfuerzo su dinero; cree que merece todo aquello que disfruta, y que la situación actual es perfectamente justa.

Como hemos visto en una entrada precedente, el planteamiento de B coincide bastante con el de John Rawls, para el que el triunfo social depende en definitiva de la diferente capacidad de las personas, y ésta a su vez de un reparto genético aleatorio: se trata, en sus palabras, de una ‘arbitrariedad moral’ que no puede justificar las desigualdades entre las personas. Por el contrario, el planteamiento de A encontrará mayor simpatía en el filósofo Robert Nozick (1938-2002).


Ha recorrido un fulgurante camino por las mejores universidades de Estados Unidos -Princeton, Columbia, Oxford- que lo ha llevado a ser profesor de Harvard a la muy temprana edad de 30 años; allí permanecerá hasta que, en plenitud de sus facultades, sea alcanzado por la muerte. Elegante, original, y meticuloso constructor de sus argumentos, se puede estar en desacuerdo con las conclusiones de Nozick - algo que ocurre con frecuencia-, pero resulta extraordinariamente complicado rebatirlas. En 1974 escribe Anarquía, estado y utopía, 3 años después de la Teoría de la Justicia de Rawls a la que pretende contraponer una visión alternativa. Pero mientras Rawls pasará los siguientes 30 años puliendo su obra y respondiendo objeciones – lo que la convertirá en algo aún más inmanejable -, Nozick no dedicará más atención a la suya y pasará a estudiar otras asuntos. Mientras tanto ha dejado fascinados a liberales y conservadores, algo que el propio Nozick no acaba de entender porque su planteamiento ultraliberal incluye, entre otras cosas, la legalización de la prostitución y de las drogas duras.

Para Nozick se pueden usar dos enfoques al analizar la justicia de una situación, uno es dinámico, el otro estático. El primero analiza el camino que ha conducido a esa situación; el segundo se limita a tomar una foto de ella y a compararla con un patrón ideal. Si analizáramos el hecho de existir personas dentro y fuera de la cárcel desde una perspectiva estática, y lo comparáramos con un modelo ideal – por ejemplo, todas las personas deben ser tratadas igualmente- podríamos concluir que estamos ante una situación injusta; si empleásemos una perspectiva dinámica y contempláramos el camino que ha llevado hasta esa situación –hay personas que han cometido crímenes legalmente penados y han sido condenadas por los cauces procesales adecuados- podríamos decidir que la situación es justa. Otro ejemplo: ¿es justo que unos tengan más que otros? Un modelo estático de justicia cortará la loncha temporal – groseramente entendido el tiempo como una especie de embutido- correspondiente al momento actual y la colocará en el microscopio. Allí la comparará con su modelo ideal -por ejemplo, el igualitario- y sacará las conclusiones correspondientes –si dos personas tienen distinta riqueza la situación es injusta -. Por el contrario la ‘justicia de las pertenencias’ de Nozick – así llama a su modelo de justicia- es decididamente dinámica:

“La justicia de las pertenencias es histórica; que una distribución dada sea justa depende de cómo se ha producido. Por el contrario principios de justicia basados en rebanadas de actualidad mantienen que la justicia de la distribución se determina por cómo las cosas están distribuidas (quién tiene qué) de acuerdo con algún principio estructural de justa distribución”.

“La economía del bienestar es la teoría de principios de justicia de rebanadas de actualidad”.

Todos los principios de justicia no históricos o de resultado exigen que la realidad se ajuste a un modelo - a cada uno lo mismo, o según sus necesidades, o su contribución a la sociedad -. A Nozick todos estos patrones le parecen arbitrarios, y ni siquiera le parece especialmente relevante que el reparto de las cosas tenga o no lugar según los méritos de las personas. Critica a Hayek en este sentido:

“Hayek argumenta que no podemos saber lo suficiente sobre la situación de cada persona como para distribuir a cada uno según su mérito moral, pero ¿exigiría la justicia que hiciéramos esto si tuviésemos ese conocimiento?”.


Porque para Nozick el único criterio verdaderamente relevante es la libertad. Dentro de los distintos modelos ideales el igualitarismo es especialmente desafortunado para Nozick, que lo relaciona con la envidia y los problemas de autoestima:

”Es convincente conectar igualdad con autoestima. La persona envidiosa, si tampoco posee algo (o talento, o cosas así) que cualquier otro tiene, prefiere que la otra persona tampoco la tenga”. [1]

El modo en que nos valoramos es comparativo. En Literatura y revolución Trotsky describía cómo sería el hombre en la sociedad comunista:

“El hombre se volverá inconmensurablemente más fuerte, más sabio, más sutil; su cuerpo se volverá más armónico, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical (...) El humano medio ascenderá a las alturas de un Aristóteles, un Goethe, o un Marx”.

Nozick se burla de este concepto. Si esto ocurriera, argumenta, la persona media que sólo alcanzara el nivel de Aristóteles (o Marx) no pensaría que es muy buena en esa actividad, y tendría problemas de autoestima. Si un niño destaca en su colegio en el baloncesto estará satisfecho; si ese niño, con idéntica habilidad baloncestista, tiene la mala suerte de coincidir con los hermanos Gasol estará frustrado. El igualitarismo entonces acude en ayuda de estas frustraciones: es la doctrina que pretende cortar todas las cabezas que sobresalen para que no hagan sombra al resto. Por eso el igualitarismo acaba consiguiendo igualdad, pero al nivel del más bajo.

“No tendría sentido intervenir en contra de la situación de alguno con el fin de reducir la envidia e infelicidad que otros sienten al contemplarla. Esa táctica sería comparable a otra que prohibiera algún acto (por ejemplo, una pareja racialmente mixta caminando de la mano) por la razón de que puede molestar a alguien”.



Para la ‘justicia de las pertenencias’ una situación es justa si se han cumplido los principios de justicia en la adquisición y transmisión de las cosas, lo que básicamente equivale a exigir que las personas hayan actuado libremente en el proceso. Para Nozick siempre que se deje a las personas actuar en libertad las diferencias serán inevitables, y usa como ejemplo al baloncestista Wilt Chamberlain. Supongamos que en un momento dado la renta estadounidense se reparte de forma perfectamente igualitaria entre la población, y en ese momento Wilt Chamberlain hace la siguiente oferta pública: los que quieran verme jugar el próximo año tendrán que aportar un dólar. Supongamos que dos millones de estadounidenses aceptan la oferta: al finalizar la transacción, acordada libremente, la igualdad se habrá roto: dos millones de estadounidenses tendrán la renta media menos un dólar, y Wilt Chamberlain tendrá la renta media más dos millones de dólares. ¿Es injusta esta flagrante desigualdad? ¿No han actuado todos los agentes libremente? Nozick concluye que la libertad desbarata los patrones. Y la otra cara de la moneda es que los patrones asfixian la libertad. Porque un estado que mantenga una concepción estática de la justicia basada en el ajuste a un modelo determinado (pauta) tendrá que estar continuamente introduciendo mecanismos correctivos, medidas redistributivas a costa de la libertad de las personas. Por eso Nozick acabará manifestando una única duda: no sé si los impuestos redistributivos son similares a los trabajos forzados o son trabajos forzados.
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Fiel a la tradición del contrato social, Nozick intenta decidir cuál es el estado al que las personas llegarían partiendo de un estado de naturaleza. ¿Qué ocurriría si de repente desapareciera el estado? La visión de Nozick no es tan pesimista como la de Hobbes, sino que se aproxima más a la de Locke: sería una situación bastante incómoda pero no terrible. Nozick analiza todas las fases por las que pasarían los ciudadanos, y la primera sería la búsqueda de seguridad. De este modo nacerían agencias de protección que, a cambio de una cuota, velarían por la protección de sus asociados. Las distintas agencias de protección con jurisdicción en un mismo territorio competirían entre sí –porque el poder es un monopolio natural -, y tendrían que acabar federándose o eliminándose unas a otras. Con el tiempo estas agencias no sólo proporcionarían seguridad, sino un sistema de resolución de conflictos, lo que llevaría al establecimiento de unas normas y un procedimiento para llevarlas a cabo. Un aspecto importante es el de los independientes: ¿qué ocurriría con aquéllos que no quisieran pagar a las agencias de protección y prefiriesen defenderse por sí mismos? A través de meticulosas argumentaciones Nozick concluye que las agencias no podrían tolerarlo porque pondrían en peligro la tranquilidad de los asociados- los independientes podrían tener un sistema de resolución de conflictos poco tranquilizador, como por ejemplo eviscerando animales o leyendo en las hojas de té -. De modo que las agencias de protección, para cumplir correctamente su función, acabarían obligando a los independientes a integrarse en el sistema, proporcionándoles también protección y exigiendo la correspondiente cuota. Esto representaría el primer nivel de coerción estatal tolerable: el estado ultramínimo. Sin embargo este nivel no es satisfactorio para Nozick al haber individuos que, por falta de recursos, quedarían fuera de la protección de las agencias. Nozick cree que esta situación es moralmente insostenible, de modo que los asociados deberían sufragar también la parte correspondiente a aquellos que no pudieran costear su seguridad. Se llegaría así al estado mínimo, que representa para Nozick el nivel máximo de coerción del estado sobre el individuo:

“El estado mínimo es el más extenso que puede ser justificado. Cualquier estado más extenso viola los derechos de las personas”.
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Recordemos finalmente que Nozick es kantiano y se opone ferozmente al utilitarismo. En el capítulo correspondiente ya vimos dos de sus construcciones doctrinales, el monstruo utilitarista y la máquina de las sensaciones. Dejémoslo aquí.


[1] Experimentos realizados con niños por Paul Bloom demuestran lo preparados que venimos genéticamente para esto. Los niños prefieren un reparto igualitario - por ejemplo, dos caramelos a cada niño - a uno no igualitario pero objetivamente más favorable - tres caramelos para él y cuatro para otro niño -.

Suelo insistir en que frecuentemente lo mejor de estas entradas son los comentarios que suscitan. Hoy es sin duda uno de esos días. Les recomiendo encarecidamente que no se pierdan el debate generado.

martes, 14 de julio de 2015

LA ECOTASA Y ESA COSA SIN PLUMAS


Una aproximación. En 1980 Michael Porter, ingeniero de Princeton y MBA por la Harvard Business School, escribió el libro que lo convertiría en el gurú de la estrategia empresarial para los siguientes treinta años. En él afirmaba que las empresas tienen dos formas básicas de competir, y una de ellas es el liderazgo en costes. Lo explicaba así: si dos empresas concurren en el mismo sector con un producto similar tendrán que ofrecer precios similares; y, si una de ellas tiene costes menores que la otra, le bastará con reducir sus precios hasta que su competidor, que tendrá que bajarlos a su vez, incurra en pérdidas y sea expulsado el mercado.

Y otra. Se atribuye a Jean-Baptiste Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV, la mejor definición de política fiscal que se conoce: es el arte de desplumar al máximo al ganso con el mínimo número de graznidos. Es muy posible que nuestros populistas - originarios o mimetizados - en el gobierno no hayan oído hablar de Porter, pero parecen entender perfectamente a Colbert. Y ante la evidencia de que el cumplimiento de sus promesas electorales requerirá una gran cantidad adicional de plumas, el sufrido animal debe ser distraído para que sus chillidos no enturbien la belleza de esta nueva era. La solución habitual suele ser esta: despiértese la ira del ganso contra el primero que pase por allí, y manténgase permanentemente enfadado contra el mismo para que no se entere de quién es realmente el que lo está dejando desnudo.


Una de las variantes de este sistema en las islas se llama ‘ecotasa’ (mirad, niños, qué bonito lo de ‘eco’), y se presenta como elixir contra los destrozos hechos por colectivos tan dañinos como turistas o empresarios. En realidad su necesidad no deriva tanto de exigencias medioambientales como de un sublime desdén contra la contención del gasto público, pero en cualquier caso presenta serias contraindicaciones. Una, que se incorpora a la estructura de costes del sector turístico haciéndolo menos competitivo. Dos, que condena al turista a desempeñar en el imaginario social el papel de Atila. Malo para el sector y malo para todos nosotros porque, no conviene olvidarlo, el turismo alimenta tanto al ganso como a los que lo despluman.

domingo, 12 de julio de 2015

XELO HUERTAS Y LA DIGNIDAD

Xelo Huertas*: "la soberanía del pueblo no puede estar supeditada a los intereses de unas minorías económicas ajenas al pueblo, de aquellos que por su propio beneficio quieren ir poco a poco retrocediendo en los avances sociales, tal como está ocurriendo en Grecia". Y ha añadido: "una vez más, Grecia nos ha dejado patente donde reside la soberanía y la dignidad". Y esto ¿qué quiere decir? Es difícil seguir esta afirmación si no se está en posesión de ciertas claves populistas, pero todo parece indicar que la dignidad para Xelo Huertas consiste en renunciar olímpicamente – nunca mejor dicho – a contener el gasto público. ¿No es obvio que cuanto más dinero se gasta más feliz es el pueblo? El déficit es una construcción de las élites financieras, una entelequia. La ruina no existe; si no hay dinero es porque algún enemigo del pueblo se lo está quedando.

Porque los populistas mantienen la creencia en que si la sociedad no ha alcanzado la felicidad plena no es porque la realidad imponga restricciones, sino porque una parte de sus miembros, malvados y egoístas, se dedican incesantemente a fastidiar. Son las minorías económicas, el BCE, el FMI, la Comisión Europea, Merkel, los kulaks, y en general todos aquellos que se oponen en cada momento a la voluntad del pueblo según Xelo Huertas. El partido-guía de turno, sea Podemos o Syriza, al ser el único representante verdadero del pueblo, es también el encargado de señalar a los enemigos del pueblo, categoría que suele coincidir con los adversario políticos del partido-guía; esto le facilita notablemente el debate político, que sencillamente desaparece. Ésta, la necesidad permanente de señalar enemigos a los que echar la culpa de que la gravedad haya actuado cuando uno se ha tirado por un barranco, es una de las características más destructivas del populismo. Divide a la sociedad en bandos irreconciliables, y explica, por ejemplo, sus continuos esfuerzos por dinamitar la Transición, el ejemplar ejercicio de reconciliación de los españoles, y buscar a malvados del pasado a los que poder identificar con los presentes.

Postdata. Es curioso que los populistas, como necesitan el malestar de la gente como combustible para llegar al poder, se empeñan en presentar la realidad socio-económica de España como si fuera la de Zimbabwe. Pero luego, si triunfan, realmente aquélla comenzará a parecerse a ésta.


* Xelo Huertas es la nueva presidenta del parlamento balear.

lunes, 6 de julio de 2015

POPULISMO CONTRA DEMOCRACIA


Campus FAES 2015. El profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona Francesc de Carreras ha pronunciado una conferencia sobre populismo desglosando algunas de sus características, lo que nos permite reconocer su presencia sin ambages en el discurso actual.

Los líderes populistas se erigen como los verdaderos representantes de la voluntad del pueblo, y al hacerlo afirman implícitamente cosas relevantes. En primer lugar que existe un ser llamado ‘pueblo’ con voluntad propia, lo que reduce a los ciudadanos - que son los únicos que realmente la tienen - a la categoría de meras células, irrelevantes en comparación con la entidad de la que forman parte y sacrificables, por tanto, en nombre del bienestar de aquélla. En segundo lugar que, aunque los populistas invocan continuamente la democracia, desprecian los resultados de las elecciones y consideran legítimos únicamente los que les resultan favorables. Esto es consecuencia del siguiente falso silogismo: puesto que la democracia es el cauce por el que el pueblo elige a sus representantes, y los representantes legítimos del pueblo son los populistas, si el resultado de las elecciones es desfavorable a éstos es que no estamos ante una verdadera democracia. Es por ello por lo que los populismos, a diferencia de la democracia, no toleran la diversidad ni la pluralidad. Su único programa verdadero es la conquista del poder y la voluntad de perpetuarse en él, lo cuál también encaja lógicamente en su discurso porque ¿acaso no es lo mejor para el ‘pueblo’ que sus representantes naturales sean permanentemente los únicos encargados de dirigirlo? Por eso los populismos se encargan de desprestigiar la democracia como paso previo para desmontar sus instituciones y sustituirlas por mecanismos más favorables para mantener el poder. Términos como ‘cambio de sistema, ‘proceso constituyente’ o ‘romper el candado constitucional’ permiten entrever la primera fase de este objetivo.

El mecanismo que los populistas utilizan para intentar alcanzar el poder es un discurso borroso dirigido a las emociones de la masa, normalmente a las menos saludables y con especial atención a la envidia y a la ira. Para ello los populistas se convierten en especialistas en explotar los malos funcionamientos de la democracia para exacerbar la frustración y la ira. Pero, convertidos en parásitos de la desgracia [1], su objetivo no es corregir los defectos del sistema sino aprovecharlos para insertar las cuñas que lo destruirán. Es esencial para el populismo la definición de  un enemigo increíblemente malvado (pues se opone a la felicidad del ‘pueblo’): la casta, las élites financieras, la troika, los alemanes, España... Esto es una necesidad, no sólo en la fase de conquista del poder, sino también en la de ejercicio del mismo ya que el populismo promete la felicidad, pero carece obviamente de la receta para alcanzarla: en algún momento será necesario echar la culpa a alguien para canalizar la frustración. Por eso el populismo es altamente destructivo para una sociedad a la que divide en nosotros, (los buenos) y ellos (los malos), y en la que, con el abono de la demagogia, crea el campo propicio para que florezca la intolerancia, el sectarismo y la estupidez.

Consecuencia de lo anterior, la mentira se convierte en un elemento básico del populismo, algo que a veces sus lideres admiten parcialmente bajo el nombre de ‘maquiavelismo’ - que obviamente consideran una virtud -. Definido como único fin la conquista del poder - por el bien del ‘pueblo’, naturalmente -, las demás consideraciones, incluida la verdad, se supeditan a  ella. Y puesto que la mentira es esencial, la libertad de expresión se convierte en una amenaza y los medios de comunicación privados algo a extirpar.

En España conocíamos el populismo bajo la forma del nacionalismo; ahora Podemos ha aportado una nueva variante. Si disponen de una hora vean la interesante conferencia de Francesc de Carreras.

[1] A este respecto es aplicable una definición de Kolakowski sobre el comunismo: si bien “explotó con éxito genuinos agravios (...) esto no quiere decir que los resolviera de algún modo, ni siquiera que intentara resolverlos”.