miércoles, 27 de mayo de 2015

SCHUMPETER Y LA DEMOCRACIA COMPETITIVA


Para la doctrina clásica, dice Joseph Alois Schumpeter (1883-1950), la democracia es el procedimiento que permite alcanzar el bien común mediante la elección por el pueblo de sus representantes, que como tales se limitan a expresar la voluntad de aquél. La teoría clásica se basa, por tanto, en conceptos como el bien común y la voluntad general, y el problema, continua Schumpeter, es que ni uno ni otra existen. En cuanto al primero, no hay manera de llegar a una definición en la que todas las personas racionales se pondrían de acuerdo. Y en cuanto a la segunda, pierde su razón de ser cuando desaparece el bien común al que naturalmente tendería.

Pero aun aceptando que no existe nada parecido a una voluntad general, al menos la democracia establece un cauce de expresión de las opiniones racionales de los ciudadanos... ¿o no? Schumpeter no es excesivamente optimista al respecto. Para él es francamente raro encontrar una opinión política construida racionalmente, que vaya más allá de una confusa mezcla de emociones y eslóganes de cobertura.

Para empezar, las personas dedican un interés decreciente a las cosas conforme se alejan de su ámbito más inmediato. Como sienten que los afecta más directamente pueden preocuparse hasta cierto punto de cuestiones de política municipal, pero los grandes asuntos de política nacional e internacional los contemplan como si la cosa no fuera con ellos:

“El reducido sentido de la responsabilidad, la ausencia de voluntad efectiva explican a su vez la habitual ignorancia y falta de juicio del ciudadano ordinario en asuntos de política doméstica o exterior”.

Y esto ocurre exactamente igual entre personas ilustradas, donde “la información es completa e inmediatamente accesible, pero esto no parece suponer ninguna diferencia”. Existen, además, problemas adicionales. Como Gustave Le Bon enseñó, en cuestiones políticas los individuos suelen actuar convertidos en masa (la forma habitual de actuar de las personas en política, dice Schumpeter, es la estampida), lo que provoca cambios no excesivamente favorables en su capacidad de juicio. Pero además, tras el destierro por la Ilustración de las religiones oficiales la política ha venido a ocupar el papel de religión sustitutoria. En estos casos no se exige a las opiniones políticas profesadas ni coherencia ni una conexión excesivamente estrecha con la realidad:

“El demócrata de este tipo, a la vez que acepta postulados con grandes simplificaciones sobre la igualdad y la fraternidad, estará también en disposición de aceptar, con toda sinceridad, casi cualquier nivel de desviación que su propio comportamiento o situación pueda implicar. Esto no es ni siquiera ilógico. La mera distancia de los hechos no es un argumento ante una máxima ética o una esperanza mística”.

La acción conjunta de estos factores provoca efectos desoladores:

“De este modo el ciudadano típico cae a un nivel inferior de funcionamiento mental en cuanto penetra en el campo político. Discute y analiza de un modo que inmediatamente reconocería como infantil si estuviera en la esfera de sus intereses reales. Se vuelve de nuevo un ser primitivo. Su pensamiento se vuelve asociativo y afectivo”.


En cuanto a los partidos políticos, Schumpeter tampoco comparte exactamente la visión de la teoría clásica:

“Un partido no es, como a la doctrina clásica le gustaría hacernos creer, un grupo de gente que intenta promover el bienestar público sobre algún principio en el que todos están de acuerdo. Esta racionalización es tan peligrosa precisamente porque es tentadora. Porque todos los partidos, desde luego, se aprovisionarán de un repertorio de valores y principios, y estos valores y principios pueden ser tan característicos del partido que los adopta, y tan importantes para su éxito, como lo son para una tienda las marcas de los productos que vende. Pero la tienda no puede ser definida en función de sus marcas, y un partido no puede ser definido en función de sus principios. Un partido es un grupo cuyos miembros se proponen actuar concertadamente en la competición por el poder político”.

Y del mismo modo que el tendero, para conseguir sus fines el político debe prestar especial atención al marketing:

“La forma en la que los asuntos y la voluntad popular son manufacturadas es exactamente análoga a los métodos de la publicidad. Encontramos los mismos intentos de contactar con el subconsciente. Encontramos la misma técnica de crear asociaciones favorables y desfavorables, que son tanto más efectivas cuanto menos racionales. Encontramos las mismas evasiones y reticencias, y el mismo truco de producir opinión por la vía de repetir afirmaciones, que es exitoso precisamente en la medida que evita la argumentación racional y el peligro de despertar las facultades críticas de la gente”.

‘Voluntad manufacturada’ es un concepto clave para Schumpeter:

“Siendo como es la naturaleza humana, (los políticos) son capaces de conformar, y con unos márgenes muy amplios incluso crear, la voluntad de la gente. Aquello que contemplamos en el análisis de los procesos políticos es en gran medida, no una genuina voluntad, sino una voluntad manufacturada. Y con frecuencia este artefacto es todo lo que realmente corresponde a la ‘voluntad general’ de la doctrina clásica. En tanto que esto es así, la voluntad del pueblo es el producto y no el motor del proceso político”.


Ya han aparecido los términos ‘publicidad’, ‘producto’ y ‘competencia’. Y es que para Schumpeter el análisis de la democracia debe ser similar al análisis del mercado:

Fuente: elaboración propia.

Con estos mimbres Schumpeter formula su teoría competitiva de la democracia:

“El motivo por el que algo como la actividad económica existe es, desde luego, que la gente quiere comer, vestirse y todo eso. Proporcionar los medios para satisfacer esas necesidades es el fin social y el sentido de  la producción. Sin embargo todos estaremos de acuerdo en que esta aproximación sería el punto de partida menos realista para una teoría de la actividad económica en la sociedad, y que sería mucho mejor que partiéramos de cuestiones tales como los beneficios. De modo similar, la función social de la actividad parlamentaria es sin duda producir leyes y, en cierta medida, medidas administrativas. Pero para entender cómo la política democrática sirve a este fin social, debemos empezar por la lucha competitiva por el poder y darnos cuenta de que la función social es satisfecha, como si dijéramos, accidentalmente, de la misma forma que la producción es accidental a la consecución de beneficios”.

“El método democrático es el arreglo institucional para llegar a decisiones políticas en el que determinados individuos adquieren el poder de decidir a través de la competencia por el voto de la gente”.

A primera vista podría parecer que la democracia así concebida por Schumpeter no resulta especialmente estimulante, sin embargo él mismo se encarga de resaltar sus ventajas.

Schumpeter entiende que el poder es un monopolio natural, y, a diferencia de Montesquieu o de los Padres Fundadores de EE.UU., no se preocupa tanto de marcarle límites y ponerle contrapesos como de asegurar a) la competencia abierta entre los partidos y b) la posibilidad de que éstos sean periódicamente desalojados del poder. En cuanto al primer factor, a pesar de todas las prevenciones que experimenta ante el juicio de los votantes Schumpeter cree que, al posibilitar la competencia política, la democracia desarrolla el campo propicio para que las ideas se sometan a una confrontación de la que puedan emerger las más sólidas; Schumpeter retoma  así una de las ideas básicas de John Stuart Mill. En cuanto al segundo factor, es tan importante que los schumpeterianos establecen un test para decidir si un país es realmente una democracia: que dos partidos diferentes hayan sido desalojados del poder. Es un test duro, según el cual Estados Unidos no fue una democracia hasta 1840, Japón hasta hace poco, y ni Rusia ni Sudáfrica lo son aún [1].

Schumpeter, desde luego, está convencido de que la democracia es el mejor de los sistemas posibles, y esto nos lleva a un último asunto: ¿por qué la democracia puede florecer en unos sitios y no en otros? Si un mecanismo funciona bien en algunos momentos y lugares y mal en otros hay que concluir que las razones de su éxito son externas a él. Schumpeter concluye que el suelo fértil para la democracia es el que reúne las siguientes características:

El primer requisito es alta calidad en los políticos. Es esencial que exista en la sociedad un ‘estrato social’ que provea a la política de “productos que han superado con éxito muchas pruebas en otros campos” de la  vida, provistos con las necesarias tradiciones y un código ético básicamente compartido. Esto, según Schumpeter, se da en Inglaterra. No así, por ejemplo, en la Alemania de Weimar, lo que contribuye a explicar su fracaso ante el nazismo:

“El hecho de que finalmente encontrara una aplastante derrota a las manos de un líder antidemocrático es indicativo de la falta de un liderazgo democrático estimulante”.

El segundo motivo de éxito es que el rango efectivo de decisión política no se extienda demasiado. Básicamente, que el poder político no colonice en exceso el resto de las áreas de la sociedad.

El tercero es la existencia de un funcionariado preparado [2].

El cuarto que la competición política se mantenga dentro de los límites de un mínimo fair-play; que no exista corrupción, que haya una oposición constructiva, y que haya un electorado responsable. Todo esto es muy importante porque sin la concurrencia de estos factores la democracia está indefensa ante la demagogia y el populismo.

El quinto y último es el pluralismo, y la tolerancia ante la diferencia de opinión.

En resumen, para que la democracia se pueda desarrollar se necesita una cierta cultura democrática en la sociedad. Estos ingredientes parecen ser imprescindibles para que la receta funcione, como desgraciadamente podemos contemplar en España actualmente.

J.A. Schumpeter: Capitalismo, socialismo y democracia (1942)


[1] Si el marcador se puso a cero en 1978, España sólo alcanzó la democracia en 1996, cuando finalmente se pudo decir que dos partidos distintos, UCD y PSOE, habían sido expulsados por las urnas.

[2] En este punto recomiendo fervientemente la serie británica Yes, Minister. Debe verse en v.o. subtitulada, porque el doblaje le hace perder mucha carga de ironía.

jueves, 21 de mayo de 2015

PABLO IGLESIAS Y LA INMERSIÓN SUMERGIDA


El Mundo publicaba el domingo la entrevista de su director Casimiro García-Abadillo a Pablo Iglesias, que entre otros dejaba el siguiente subtítulo: «Los padres tienen que poder educar a sus hijos en la lengua que quieran, pero la inmersión lingüística ha sido un enorme éxito».

Se refiere, por supuesto, a la inmersión obligatoria en catalán, porque si habláramos de inmersión en castellano (los defensores sinceros de la inmersión tendrían que estar indistintamente a favor de una u otra, dependiendo del nivel del niño en cuestión) Iglesias se daría cuenta enseguida de que es cosa de fachas. En todo caso su compromiso con la libertad parece bastante limitado. Como el del capataz de una plantación de algodón que declarara solemnemente: los hombres deben ser libres, pero la esclavitud ha sido un enorme éxito. O como el que resulta de la siguiente afirmación, digna del mejor Cantinflas: «en Cataluña creo que el proceso de inmersión lingüística ha sido un enorme éxito en lo relativo a la inmersión lingüística».

Pero hay más. Y es que, para Iglesias, «los padres tienen que poder educar a sus hijos en la lengua en la que quieran, pero al mismo tiempo si la lengua cooficial en Cataluña es el catalán, si el catalán es una lengua administrativa tiene todo el sentido del mundo que ésa sea también la lengua en las escuelas».

Es decir, los padres tienen todo el derecho del mundo a elegir la lengua que quieran, siempre que ésta sea la de la ominosa inmersión que espera a sus hijos. Y esto, según Iglesias, tiene todo el sentido del mundo. Un ejemplo canónico de bullshit, pero en unas dosis que hacen temer por la capa de ozono. El problema, claro está, es que Iglesias teme hablar demasiado claro y alarmar prematuramente a sus posibles votantes. En esta entrevista no son sólo los sufridos alumnos los sumergidos, sino también la propia ideología de Iglesias, un submarino que navega bajo la verborrea dejando ver de cuando en cuando el periscopio. ¿Es usted comunista o socialdemócrata? Yo socialdemócrata como Lenin, dice tan tranquilo el capataz politólogo. ¿Cómo puede defender una banca pública viendo la experiencia española con las cajas? Uh, «el problema es que las cajas de ahorro se convirtieron en la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones cuando se bancarizaron».


Lo de capataz no es gratuito. Porque el azote de la casta se apresura con gran docilidad a aceptar los dictados de la más poderosa de todas, la de los dueños de la plantación nacionalista. Un camino que en Baleares Podemos ha emprendido con la misma mansedumbre, apoyando a la sedicente Asamblea de Docentes y franqueando el camino a la inmersión a través de la puerta falsa del decreto de mínimos.

Publicado en El Mundo/El Día de Baleares. 21 de mayo de 2015.

martes, 5 de mayo de 2015