lunes, 6 de abril de 2015

a.t.p. JOHN RAWLS: TÚ NO LO CONSTRUISTE




”Hay un montón de ricos, triunfadores americanos que están de acuerdo conmigo, y quieren devolver algo. Saben que ellos no lo consiguieron... Verás, si tuviste éxito no fue por tus medios. ¡No fue por tus medios! Siempre me deja pasmado la gente que piensa, bueno, debe de ser porque soy muy listo. ¡Hay mucha gente inteligente por ahí! Debe de ser porque trabajo más duro que nadie. Dejadme que os diga algo, ¡hay un montón de gente trabajadora ahí fuera! Si tuviste éxito, alguien en el camino te ayudó. Hubo un gran profesor en algún momento de tu vida. Alguien ayudó a crear este increíble sistema americano que te ha permitido prosperar. Alguien invirtió en carreteras y puentes. Si tienes un negocio, tú no lo construiste. Algún otro hizo lo hizo posible.

El presidente Obama lanzó este discurso en julio de 2012, en mitad de su campaña presidencial contra Mitt Romney. Defendía que los ricos debían pagar más impuestos porque su éxito nunca es alcanzado en solitario y en vacío, sino mediante la cooperación y en el fértil suelo del sistema americano, regado con los impuestos de todos (especialmente, por cierto, de los ricos). El discurso habría sido razonable si Obama no lo hubiera llevado al extremo y hubiera dicho “tú no lo construiste solo”. Pero tal y como lo formuló suponía negar la posibilidad de crear mediante el esfuerzo propio: una enmienda a la totalidad a la cultura americana. Pero también una enmienda a la mismísima Ilustración al poner en duda la autonomía individual, la posibilidad del ser humano de elegir entre alternativas, de hacer bien o mal las cosas, de fracasar y de triunfar. En definitiva, la consideración del ser humano como entidad libre y responsable. Así lo vio el Wall Street Journal, para quien el mensaje suponía “el fin del hombre que se hace a sí mismo”, y más concretamente que “el comentario del presidente es un ataque directo al principio de responsabilidad individual, fundamento del sueño americano”. El Washington Post, por su parte, afirmó: “el mensaje de Obama revela un resentimiento contra la iniciativa privada sorprendente incluso para sus críticos”. Las acusaciones hacia Obama eran serias, pero más preocupante aún era que “tú no lo construiste” se convirtió en hashtag en Twitter, y que comenzó a ser objeto de todo tipo de chistes en los que podía verse al presidente repitiendo su mensaje a Henry Ford, a Steven Jobs, e incluso a un niño con un mecano. Finalmente el Partido Republicano sacó sus propios carteles de campaña con Obama tronchándose de Edison y los hermanos Wright.


El impacto negativo en los sondeos electorales hizo que Obama se apresurara a no insistir sobre sus convicciones en este sentido, pero resulta interesante rastrear su procedencia. Y no hay que ir muy lejos, pues corresponden fielmente a uno de los planteamientos del filósofo de Harvard John Rawls (1921-2002).

Rawls es un personaje peculiar, dedicado a la filosofía política cuando todo el mundo parecía haber renunciado a hacerlo, y capaz, a pesar de ello, de convertirse en uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. Para Rawls es obvio que los hombres pueden alcanzar distintos logros en la vida, y que gracias a ellos algunos pueden disfrutar de mayores beneficios materiales. ¿Es porque unos se esfuerzan más que otros? Bueno, contesta Rawls, más bien porque a unos la naturaleza les ha proporcionado mejores cualidades que a otros. Y porque unos han nacido en entornos culturales más propicios que otros, en sociedades más avanzadas y con padres que les han inculcado la virtud del esfuerzo. En definitiva se trata de una mera cuestión de azar. De tener suerte, tanto en el reparto en el acervo génico, como en el entorno en el que uno ha caído. Y si los diferentes resultados alcanzados por unos y otros se deben a una cuestión de suerte ¿cómo podemos pretender darle una legitimidad moral a las diferencias sociales derivadas de ellos? Olvidémonos de eso, y centrémonos en que la sociedad vele porque todos tengan un trato igualitario.

Es este un planteamiento difícil de digerir, ya que, al negar la posibilidad de reconocer sus méritos y sus responsabilidades, deja reducido al hombre a algo bastante poco interesante. Cabe, además, dudar de su sinceridad porque ¿realmente no se siente orgulloso Rawls de su trabajo? ¿Cree que es todo una mera cuestión de azar, en la que su talento, en parte desarrollado por él mismo, y su esfuerzo personal no han intervenido? De una manera difusa, ya podemos adivinar que Rawls es más apreciado por socialdemócratas que por liberales.


Rawls se define como partidario tardío de la teoría del contrato social, y antiutilitarista y por tanto deontologista[1]. Empecemos por este último rompecabezas.

El utilitarismo define lo bueno con independencia de lo moral [2], y a continuación define lo moral como aquello que maximiza lo bueno. Por ejemplo para Bentham lo bueno es la felicidad de la persona, y la mejor sociedad (la más moral, podríamos decir) será la que maximice la felicidad total en ella [3]. Por eso se dice que el utilitarismo es una doctrina teleológica: está dirigida a conseguir un fin, la máxima felicidad social, y para ello todo lo demás son medios, incluidas las personas individuales. Frente a las teorías teleológicas como el utilitarismo se contraponen las teorías deontológicas, y en su exhaustiva Teoría de la justicia Rawls se muestra partidario de estas últimas:

”Cada persona posee una inviolabilidad fundada en la justicia que ni siquiera el bienestar de la sociedad en conjunto puede atropellar. Es por esta razón por la que la justicia niega que la pérdida de libertad para algunos se vuelva justa por el hecho de que un mayor bien es compartido por otros. No permite que los sacrificios impuestos a unos sean compensados por la mayor cantidad de ventajas disfrutadas por muchos. Por tanto, en una sociedad justa, las libertades de la igualdad de la ciudadanía se dan por establecidas definitivamente, los derechos asegurados por la justicia no están sujetos a regateos políticos ni al cálculo de intereses sociales (…) Siendo las primeras virtudes de la actividad humana, la verdad y la justicia no pueden estar sujetas a transacciones”. J. Rawls, Teoría de la justicia.

Al igual que para Kant, para Rawls los preceptos morales tienen la forma de imperativo categórico (debes hacer esto) frente a los imperativos condicionales que plantean las doctrinas teleológicas (debes hacer esto si quieres ser feliz). Y además deben ser universales, una ambición que, cuando Rawls escribe su Teoría de la justicia, lleva abandonada mucho tiempo. ¿Cómo ponerse de acuerdo sobre esos principios básicos, esos imperativos categóricos de justicia sobre los que construir una sociedad? Rawls contesta:

”Son los principios que las personas libres y racionales interesadas en promover sus propios intereses aceptarían en una posición inicial de igualdad como definitorios de los términos fundamentales de su asociación”.

Rawls es, pues, partidario de la teoría del contrato social, que en ese momento también lleva mucho tiempo abandonada. Básicamente, porque nadie ha podido ponerse de acuerdo en los principios de la ‘ley natural’ [4] sobre los que el acuerdo social tiene que basarse. Pero Rawls, que insiste en que pretende hablar de “política, no metafísica”, y que no pretende basarse en unas evanescentes leyes naturales, cree que se puede llegar a unos principios sobre los que racionalmente se pondrían de acuerdo todas las personas en unas posición especial: si partieran de una ignorancia sobre cuál será su lugar en el mundo.

”Entre los rasgos esenciales de esta situación está el de que nadie sabe cuál es su lugar en la sociedad, su posición, clase o estatus social; nadie sabe tampoco cuál es su suerte en la distribución de ventajas y capacidades naturales, su inteligencia, su fortaleza etc. (…) Los principios de justicia se escogen tras un velo de ignorancia.


A diferencia de las teorías precedentes basadas en el contrato social, la de Rawls no parte de un supuesto ‘estado de naturaleza’ sino de una reflexión en el momento actual haciendo el esfuerzo de colocarse tras el velo de la ignorancia. Elijamos como elegiríamos si no supiéramos si vamos a ser hombres o mujeres, ricos o pobres, blancos o negros. Incluso si no sabemos si vamos a ser listos o tontos. Aquí Rawls mezcla cosas muy razonables con otras que no lo son tanto. Por ejemplo, tras el “velo de la ignorancia” las personas normales estarán poco dispuestas a aceptar la justicia de normas racistas al no saber si les tocará en suerte formar parte de la raza perseguida, y de este modo se podrá extraer la norma moral universal “el racismo es malo”. Pero ¿se le puede pedir ese esfuerzo a un fanático cuya visión, por definición, es unidimensional? ¿Y cómo se puede pretender situar a un listo y un tonto tras un velo de la ignorancia, es decir, sin saber si van a ser listos o tontos cuando de hecho ya lo son? Rawls parece percibir esta dificultad apelando a la racionalidad:

”El mérito de la terminología contractual es que trasmite la idea de que se pueden concebir los principios de justicia como principios que serían escogidos por personas racionales”.

Pero con esto vuelve a situar los juicios morales en un campo de difícil definición, limitado a las ‘personas racionales’ y necesitado de definir previamente cuáles son éstas.

En realidad Rawls habla del ‘velo de la ignorancia’, lo que evoca una especie de lotería en la que no sabemos cuál será nuestra situación en la sociedad, y que parece introducir factores como la propensión o aversión al riesgo del espectador al definir los principios. Pero posteriormente afirma que, para decidir si un principio de justicia puede ser considerado universal, el evaluador debe sencillamente situarse en el lugar del más desfavorecido por su eventual aplicación [5]. El método es comparativo: el principio en cuestión debe ser comparado con otro alternativo, poniéndose el espectador en la piel del más perjudicado con la aplicación de cada uno de ellos. Comparemos por ejemplo dos principios contrapuestos: uno, que establezca la necesidad de que el estado sea laico; otro el que obligue a que el estado se adscriba a una religión oficial. En el primer caso el más afectado será el fundamentalista religioso, que aspira que su religión gobierne todos los aspectos de la realidad. En el segundo caso, el más agraviado será el no creyente, que se ve inmerso a su pesar en una religión oficial. Pues bien, el espectador imparcial, si se pone en la piel de un fundamentalista religioso en un estado laico y en la de un no creyente en una teocracia, no podrá dejar de reconocer que está peor en el segundo caso, y por tanto el principio del estado laico debe prevalecer sobre el del estado confesional.

Rawls llama al consenso alcanzado “equilibrio reflexivo”, y denomina su sistema moral justicia como imparcialidad. Se estructura como un sistema jerarquizado en tres niveles de lo que llama “bienes primarios”. El más alto es el de las libertades, aquellos derechos humanos reconocidos en las constituciones mínimamente aseadas. El siguiente es el de las oportunidades, Y el más bajo el de los ingresos y la riqueza. Dejemos por el momento aquí a Rawls.
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Notas:

[1] En los manuales de teoría política, y en especial los que tratan de sus fundamentos morales, se han consolidado unas categorías que se ofrecen al lector como si fueran términos cotidianos no necesitados de ninguna explicación adicional. Y con frecuencia ese mismo lector tiene la impresión de que los autores del manual se están evitando así tener que explicar unos conceptos que ellos mismos no tienen muy claros. De este modo se habla del utilitarismo (para mayor confusión llamado también ‘consecuencialismo’, o se mete dentro de las doctrinas ‘teleológicas’) y de las corrientes deontológicas (también llamadas neo-kantianas); de las teorías derivadas de la Ilustración y de las doctrinas que reaccionan frente a esta; de marxismo y de democracia (esta contraposición, desgraciadamente, no se suele formular tan explícitamente); y de las teorías basadas en el ‘contrato social’. El lector no debe imaginar estas dicotomías como las ordenadas parcelas de un campo cultivado, con límites definidos y excluyentes; deberá más bien entender que se trata de fotografías de un mismo paisaje agreste tomadas desde distintas perspectivas, presentando distintos enfoques que se solapan entre sí. En estos desordenados Apuntes de teoría política hemos hablado de algunas de estas corrientes. Hemos visto el utilitarismo estricto de Jeremy Bentham y el descafeinado de John Stuart Mill. También hemos hablado del marxismo. Hemos mencionado el contrato social hablando de Hobbes. Rawls nos sirve para dar un repaso transversal a algunas de estas categorías.

[2] Rawls se refiere a lo moral como lo justo, por lo que usaré indistintamente ambos términos.

[3] Ya vimos en su momento que el utilitarismo tendría que aceptar como justo el exterminio de los judíos si se demostrara que la felicidad total de los nazis al llevarlo a cabo fuera superior a la pérdida de felicidad total de los judíos en el proceso.

[4] De hecho el utilitarismo nace en parte como reacción frente a esta supuesta ley natural que Bentham considera un conspicua tontería y a la que denomina ‘estupidez sobre zancos’.

[5] He aquí un ejemplo del propio Rawls. ¿Cuál es la mejor manera de repartir equitativamente una tarta: hacer que el último trozo corresponda a aquél que ha hecho la partición. Éste, que se ve obligado a colocarse en la situación del más desfavorecido (porque el último que elige se lleva el peor trozo) será el más interesado en que su reparto sea equitativo.