jueves, 6 de noviembre de 2014

CONSERVADURISMO, LIBERALISMO Y CACA

Cuando probamos un sabor desagradable, olemos unas heces, contemplamos carne podrida, o vemos corretear insectos o animales asociados con la suciedad, experimentamos unas sensaciones desagradables que van desde la repugnancia leve hasta la nausea y el vómito. El asco es una emoción útil, y es sencillo entender como evolucionó. Los primeros animales que lo desarrollaron se alejaban eficazmente de posibles fuentes de envenenamiento o infecciones, de modo que aportaban más genes al acervo genético que sus competidores, más vulnerables a ingerir cosas nocivas y morir tontamente.

Es también fácil de entender que, a igualdad de estímulos, la intensidad del asco es variable según las personas: no todos reaccionamos de la misma manera ante imágenes desagradables, sabores desagradables y olores asquerosos. Lo realmente impactante es que la mayor o menor sensibilidad al asco de las personas está relacionada con su tendencia política: cuanto más sensible es uno, más probable es que sea conservador, y cuanto menos sensible más probable es que sea liberal. [1]

Eso al menos es lo que sostiene el psicólogo David Pizarro [2] de la universidad Cornell, en Nueva York, y ésta no es una institución cualquiera: Cornell, junto con Harvard y Yale, es una de las ocho entidades integradas en la prestigiosa Ivy League. Los experimentos a partir de los que se ha llegado a esa conclusión constan de dos fases. En la primera los sujetos son sometidos a una serie de estímulos para detectar la intensidad de su reacción ante el asco: contemplan fotos de cacas y heridas purulentas, definen su nivel de repugnancia ante la posibilidad de comer gusanos o de que les remuevan la sopa con una escobilla, y son monitorizados para medir la intensidad de las reacciones. De este modo se obtiene el nivel de sensibilidad del sujeto frene a la repugnancia. En la segunda fase los sufridos sujetos son sometidos a cuestiones que definen su orientación política, y a continuación se cruzan los datos. De este modo se llega a la sorprendente conclusión de que existe una correlación entre una mayor sensibilidad hacia los estímulos asquerosos y la propensión al conservadurismo político. En otros experimentos Pizarro ha sido incluso capaz de adivinar con bastante precisión cuál fue el voto de los sujetos del experimento en las elecciones de 2008 en función de su sensibilidad: los más propensos a las arcadas fueron también los más predispuestos a votar a McCain.

Primera pregunta. ¿Qué tiene que ver el asco, que parece estar relacionado con impulsos puramente físicos, con la política, que parece residir en campos más cercanos a lo intelectual y moral? Lo cierto es que, si bien el asco parece haberse desarrollado como una defensa frente a la infección y la contaminación, ha demostrado ser perfectamente extensible a las personas o ideas. Los nazis, por ejemplo, asociaban a los judíos con animales u organismos capaces de contaminar y portar enfermedades. No hace mucho en España se pedía el establecimiento de un “cordón sanitario” contra el partido mayoritario de derecha. El planeamiento implícito parece ser que, del mismo modo que determinados microorganismos pueden envenenar los alimentos, determinadas ideas o comportamientos pueden infectar la visión ideal de aquél que se siente asqueado: personas o ideas nocivas pueden contaminar a otras personas o ideas puras. Tal vez por esto algunos psicólogos hablan de un ideal de pureza entre los motores básicos del instinto moral, y esto requiere una pequeña digresión.

La ciencia cognitiva defiende la existencia de un instinto moral en las personas que se ha ido formando a través de nuestro desarrollo evolutivo. Es moral porque actúa en el ámbito de nuestro juicio sobre lo que está bien y lo que está mal, y es instinto porque las respuestas se producen al margen de la razón. Esto no quiere decir, obviamente, que no seamos capaces de construir intelectualmente códigos morales de comportamiento, pero en todo caso el instinto moral permanece ahí, con carácter previo, para proporcionar los ingredientes. Algunos profesores como Jonathan Haidt y Paul Bloom se animan incluso a describir los cinco impulsos fundamentales del instinto moral: aversión a causar daño físico, tendencia a la equidad y reciprocidad, respeto a la jerarquía, lealtad hacia el grupo y protección de la pureza. En este último se situaría precisamente el asco. Dejémoslo de momento ahí.

Volvamos al sorprendente descubrimiento de Pizarro y sus nebulosas implicaciones. ¿Quiere decir que una persona con paladar refinado está más predispuesta a valorar el libre mercado y la iniciativa privada que otra con paladar de corcho? ¿Alguien que carece de olfato estará más inclinado a la igualdad y al gasto público que uno provisto de excelente nariz?

El asco como emoción moral tiene un problema adicional. Uno puede estudiar con circunspección la envidia, la avaricia o la ira, pero cuando enfoca algo que está emparentado con las heces hasta el más sesudo profesor sufre cierta tendencia al gamberrismo. Pizarro, tras descubrir que la sensibilidad al asco influye en la orientación política ha realizado un experimento adicional: ¿puede conseguirse que alguien modifique sus opiniones políticas mediante la aportación de un estímulo asqueroso? Y la respuesta es, me temo, sí. Para llegar a ella Pizarro ha sometido a sus participantes a cuestionarios políticos bajo dos condiciones ambientales completamente distintas: en un recinto bien aireado, y en otro en el que ha soltado una bomba fétida. Aquellos inmersos en el tufo han propendido a emitir opiniones consideradas convencionalmente más conservadoras.

El descubrimiento es grosero pero revolucionario, y abre la puerta a nuevos interrogantes. ¿Puede un votante del PSOE acabar votando al PP si ha acudido al colegio electoral acompañado de un flatulento? ¿Puede basar el PP su campaña electoral en una prescripción masiva de carminativos? Son preguntas impactantes (e inquietantes) que no debemos descuidar.

[1] Téngase en cuenta que “liberal” y “conservador” son categorías norteamericanas, y no tienen por qué encajar exactamente con, por ejemplo, derecha e izquierda en España.

[2] Pueden ver a David Pizarro aquí.

Mr. Psykoaktive, muchas gracias por el descubrimiento de Coursera.