sábado, 21 de junio de 2014

PRERRAFAELITAS EN TURÍN


Al espectador común los prerrafaelitas le suelen gustar porque, a diferencia de lo que suele ocurrir en el arte moderno, no necesita un manual de instrucciones que le diga lo que está viendo. Al de alto nivel cultural también le suelen gustar, pero lo disimula mediante la elevación desdeñosa de la nariz porque ya no puede vivir sin el manual de instrucciones.


La Hermandad Prerrafaelita se constituyó a mediados del siglo XIX por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt como una rebelión contra el establishment artístico de la época, fuera el que fuera. Además de la exigencia de tener nombres compuestos -eran muy estrictos en esto- los fundadores pretendían volver al estilo del Renacimiento temprano -lo de prerrafaelita hace referencia a Rafael Sanzio-. En realidad estaban profundamente alarmados por el daño que la revolución industrial que se estaba desencadenando provocaría en el paisaje, y por eso posaban sus ojos en una idealizada edad media en la que probablemente no lo habrían pasado muy bien.


La calidad de los socios fundadores era desigual. John Everett Millais era un pintor exquisito mientras que William Holden Hunt era… bueno, cursi. Lo cierto es que los prerrafaelitas solían navegar peligrosamente cerca de la cursilería, en la que con cierta frecuencia embarrancaban. Por su parte Dante Gabriel Rossetti parecía emplear una única modelo, que incluso puede que fuera él mismo.




Uno de los cuadros de Millais, Cristo en casa de sus padres, provocó bastante revuelo por lo que se consideró un tratamiento irreverente de los protagonistas. Un enfurecido Charles Dickens llegó a escribir que Millais había representado a María “tan odiosa en su fealdad que habría destacado como un monstruo en el más vil cabaret de Francia o la licorería más ruin de Inglaterra”. Tampoco era para tanto.


Otros notorios prerrafaelitas fueron Ford Madox Brown, Arthur Hughes y John William Waterhouse, cuyas versiones de la dama de Shalott producen impresiones perdurables.


La muestra que exhibe ahora el Palazzo Chiablese de Turín reúne otras de distintos museos, en especial la Tate Britain -antes Tate Gallery-.

Imágenes: 1) John Everett Millais: retrato de Sophie Gray; 2) J. E. Millais: el valle del reposo; 3) J. E. Millais: Ofelia; 4), 5) y 6) Dante Gabriel Rossetti: Perséfone, dama con lilas y autorretrato. Obsérvese la semejanza entre los rostros. 7) J. E. Millais: Cristo en casa de sus padres; 8) John William Waterhouse: la dama de Shalott. El primero y el último de los cuadros no están en la exposición turinesa.

jueves, 5 de junio de 2014

MODESTOS APUNTES SOBRE GIRARD (2)

Dice la wikipedia que Apolonia de Tiana fue un filósofo, matemático y místico neopitagórico. También dice que “destacó por su inteligencia, su sorprendente memoria, su gusto y facilidad por el estudio y su gran belleza”, y que

”su género de vida y su lenguaje sentencioso y oscuro hicieron tal impresión que no tardó en verse rodeado de numerosos discípulos. Se dice que fue admirado por los brahmanes de la India, los magos de Persia y los sacerdotes de Egipto. En Hiérapolis, en Éfeso, en Esmirna, en Atenas, en Corinto y en otras grandes poblaciones de Grecia, Apolonio apareció como preceptor del género humano, visitando los templos, corrigiendo las costumbres, por ejemplo los sacrificios de animales para los dioses, y predicando la reforma de todos los abusos”. [1]


Apolonio era, pues, algo así como un gurú de la época [2]. Hay incluso quien se aventura a hacer una comparación entre Apolonio de Tiana y Jesús de Nazaret. De hecho, también se atribuye al primero la realización de milagros. Flavio Filóstrato nos describe uno de ellos: la erradicación de una plaga que se abatía sobre Efeso.

"Así pues, tras reunir a los efesios, les dijo: Animaos, pues hoy haré cesar la plaga. Y al decirlo, llevó a la población de todas las edades al teatro, donde se halla ahora la estatua del dios protector de la ciudad. Allí parecía pedir limosna un viejo que cerraba artificiosamente sus ojos, y llevaba una alforja y un mendrugo de pan en ella; iba cubierto de harapos y tenía el rostro escuálido. Así pues, Apolonio, disponiendo a los efesios a su alrededor, les dijo: Apedread a ese enemigo de los dioses, usando cuantas más piedras podáis. Extrañados los efesios de lo que decía, y pareciéndoles terrible matar a un extranjero que se hallaba en un estado tan lastimoso, y dado que suplicaba y decía muchas cosas para obtener piedad, Apolonio insistió en exhortar a los efesios a que se le echaran encima y no lo dejaran".

Los efesios se resisten inicialmente, pero alguien acaba lanzando una primera piedra. Es ese el preciso instante que inicia la rápida disolución de las personas en la masa. Desaparecen la inteligencia y la responsabilidad, que son sustituidas por los movimientos miméticos, estúpidos y crueles de un banco de peces:

”Pero cuando algunos lo hacían blanco de sus pedradas y él, que parecía tener los ojos cerrados, los miró intensamente y mostró sus ojos llenos de fuego, lo reconocieron los efesios como un demonio y lo lapidaron de tal modo, que se acumuló sobre él un túmulo de piedras”.

Este es el horrible milagro de Apolonio de Tiana. El mendigo es víctima de un homicidio colectivo, cuya virtud para detener la plaga es discutible, pero que disipa explosivamente la violencia social que la angustia y la frustración. Los efesios recuperan la unanimidad y la tranquilidad sobre el cadáver de la víctima inocente.
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Otras persecuciones parecidas nos resultan más cercanas. En el siglo XIV el poeta Guillaume de Machaut atribuye a los judíos la peste negra que está asolando Francia. Los judíos, cuenta Machaut, han envenenado ríos y fuentes, razón por la que están siendo asesinados por sus indignados vecinos.

En su manifestación básica, el mecanismo del chivo expiatorio nos resulta familiar: una turba, frustrada y enfurecida en una situación de crisis, carga contra alguien ajeno a la masa, al que atribuye gratuitamente la responsabilidad de esa crisis, y lo destruye o lo expulsa de la comunidad. Con esto consigue dos efectos: dar satisfacción a la ira que produce la frustración, y creer que se está haciendo útil para afrontar la crisis. El primer efecto es real; el segundo es placebo (pero los placebos funcionan).

Girard describe cuatro elementos básicos en el mecanismo del chivo expiatorio que llama “estereotipos de la persecución”.

1) El primero es la crisis. Puede ser una repentina epidemia (por ejemplo, la peste a la que se enfrentan los despavoridos vecinos de Machaut), un grave deterioro de la situación económica, o cambios profundos en la estructura social [4]. La crisis a la que se enfrenta la comunidad produce incertidumbre y frustración, y éstas generan violencia. Esta violencia que se extiende por la sociedad es muy peligrosa, puede desatar a su vez venganzas que podrían sumir al grupo en una espiral de destrucción.

2) El segundo estereotipo lo constituyen los rasgos victimarios. Son las características que, al concurrir en una persona, evidencian su culpabilidad para la masa. Estos criterios de selección de víctimas son, según Girard, universales y transculturales. Son fuentes de rasgos victimarios las diferencias: étnicas, raciales, religiosas o ideológicas. Por supuesto, también la deformidad física es un signo victimario [5]. Con frecuencia se intentan acumular en la víctima escogida las deformidades físicas, como cuando es grotescamente caricaturizada. También son sensibles a los estigmas victimarios los miembros de las minorías: “Hay muy pocas sociedades que no sometan a sus minorías, a todos sus grupos mal integrados o simplemente peculiares, a determinadas formas de discriminación cuando no de persecución”. Porque a fin de cuentas el mecanismo del chivo expiatorio no es más que una de las herramientas con las que los grupos se cohesionan y se cierran contra el exterior: “Los miembros de la multitud siempre son perseguidores en potencia, pues sueñan con purgar a la comunidad de los elementos impuros que la corrompen, de los traidores que la subvierten”. En general estar en los extremos del grupo (ser el más rico o el más pobre) también proporciona números en el sorteo victimario.


3) El tercer elemento es la acusación estereotipada. Aquéllos que son escogidos por la masa para servir de chivos expiatorios son previamente acusados de una gama sorprendentemente uniforme de crímenes. Se trata de aquellos que transgreden de forma más clara los tabúes más sagrados de la sociedad. En las sociedades más arcaicas están los sexuales (el incesto, la bestialidad, la violación…), los religiosos (la profanación), y los cometidos contra los jerárquicamente superiores (el gobernante, el padre…) En las modernas sociedades están más de moda los crímenes contra la supervivencia de la comunidad (los ‘envenenamientos’ de Machaut, o la conspiración judía internacional). Para que la víctima pueda desempeñar creíblemente su papel de chivo expiatorio, es decir su responsabilidad en haber hecho tambalear la sociedad, es necesario que la gravedad de los crímenes que se le imputan esté a esa altura.

4) El último estereotipo es, obviamente, la violencia que, materializándose sobre la víctima, satisface las exigencias de la ira.

Obsérvese que en todo el proceso hay una prodigiosa inversión de la secuencia lógica. No es que haya existido un crimen horrible, que la víctima lo haya cometido, y que la muchedumbre la esté castigando por ella (¿quién sería la muchedumbre, en cualquier caso, para hacerlo?). El mecanismo se pone en marcha por el despertar de la ira por razones que permanecen ajenas al mismo. La ira despertada busca alguien en quien descargarse; lo encuentra en aquel que presenta rasgos victimarios; justifica la elección ya tomada con la atribución de crímenes horribles estereotipados; así desencadena virtuosamente la violencia tal y como había decidido desde el primer momento. Pero la víctima es inocente. No es culpable de nada, aunque dada nuestra tendencia natural a promediar y equidistar tendamos a pensar que ‘algo habrá hecho’. Esta ignorancia de la turba que lincha (y relincha) es un elemento adicional del mecanismo del chivo expiatorio, factor muy importante cuando veamos el enfoque que Girard hace sobre el cristianismo.

Notas: [1] Fuente: wikipedia.
[2] O un tertuliano, si hubiera vivido en nuestros días. Incluso no es descartable que hubiera fundado un movimiento popular como alguien que yo me sé.
[3] Todos podemos reconocer en nosotros un reflejo de este mecanismo. Si alguna vez nos hemos dado un martillazo en el dedo al colgar un cuadro, hemos agradecido tener alguien cerca al que echar la culpa. Y en ese momento hemos creído sinceramente que ese alguien era culpable de nuestra torpeza.
[4] Como recuerda Erich Fromm en El miedo a la libertad, el tránsito a la modernidad provoca inseguridad y angustia en las personas que ven tambalearse su mundo. El debilitamiento de los lazos tradicionales que unen al hombre a su comunidad y a su religión, que hasta ese momento le han dado seguridad y han proporcionado un sentido a su vida, le abren camino a la libertad, pero también a la responsabilidad y al desamparo.
[5] Los niños, que al no estar aún domesticados son impecables en su crueldad, suelen exhibir esta tendencia victimaria al acosar al gordito o al gafotas de la clase.