martes, 20 de mayo de 2014

MODESTOS* APUNTES SOBRE GIRARD (1)

”Este grupo al que sus cualidades físicas y psicológicas hacían perfectamente capaz de triunfar sobre los rigores del medio natural era, sin embargo, incapaz de resistir a las fuerzas internas que dislocaban su cultura, y al no disponer de ningún procedimiento regular para dominar estas fuerzas, cometía una auténtico suicidio social”.

Así describe en 1941 el antropólogo Jules Henry a los indios kaingang, recientemente instalados en una reserva en el estado de Santa Catarina, Brasil. El mal que se ha desatado en el grupo, y que amenaza con destruirlo, es la violencia: “la venganza se extendía, seccionando la sociedad como un hacha terrible, diezmándola como haría una epidemia de peste”. [1] En efecto, un círculo vicioso de muertes y venganzas se ha desarrollado en los kaingang, que llevan un cuidadoso registro de los agravios realizados a sus familiares y allegados. Para detenerla intentan dejarla fuera de su ámbito, concentrándose en grupos cerrados cada vez más reducidos, y enfocándola sobre los otros, los de fuera. Para que el reducido grupo no se contamine, en él reina la una anormal permisividad. Los mayores insultos, que si provinieran de alguien ajeno serían fuente de nuevas violencias, son tolerados, y también el adulterio. Pero tarde o temprano la ira consigue contaminar el grupo, que únicamente por la acción de las autoridades brasileñas evita su extinción total.


Para René Girard la propagación de la violencia ha sido siempre la más seria amenaza para la supervivencia de las sociedades primitivas. Las fuentes de la violencia son variadas, pero quizás las más importantes son el temor y la frustración. Y estos son a su vez despertados por cualquier cosa que amenace la estabilidad del mundo tal y como lo conocemos y el papel que ocupa uno en ella. Por eso no sólo las epidemias o hambrunas pueden degenerar en violencia: también las crisis económicas y los bruscos cambios culturales y sociales son especialmente aptos para provocarla.

Una vez despertada, la ira exige ser descargada sobre algo. Y además necesita cierto tiempo para calmarse, del mismo modo que un péndulo tarda en recobrar el reposo una vez que éste se ha alterado. Durante ese tiempo la violencia se propaga en el grupo generando conflictos y disensiones que a su vez generan odio, es decir, violencia personalizada. Los agravios reclaman venganza, y la violencia comienza a extenderse como las ondas concéntricas provocadas por una piedra en el agua. La venganza produce así un ciclo interminable de violencia que se alimenta a sí mismo, un círculo vicioso que amenaza a destruir el grupo. Como en el caso de los kaingang.

Si bien la violencia exige ser descargada tiene también una curiosa cualidad: es irrelevante que aquello en lo que se concentra sea o no el estímulo que la ha despertado. El ser humano dispone de mecanismos sicológicos eficaces para descargar la ira sobre en cosas que no tienen nada que ver con su origen (como puede comprobar cualquiera que se dé un martillazo en un dedo al clavar un cuadro y tenga un niño a mano), y por ello la violencia puede ser engañada:

"Sólo es posible engañar la violencia en la medida en que no se la prive de cualquier salida, o se le ofrezca algo que llevarse a la boca”.

Este tema es recurrente en los cuentos, cuando se engaña al ogro o el dragón que se dispone a devorar un niño proporcionándole una piedra en su lugar.

Según Girard las sociedades primitivas disponían de mecanismos eficaces para engañar la violencia una vez que esta despertaba: el sacrificio.

”Cabe concebir, por ejemplo, que la inmolación de unas víctimas animales desvíe la violencia de algunos seres a los que se intenta proteger hacia otros seres cuya muerte importa menos o no importa en absoluto”. “El deseo de violencia se dirige a los prójimos, pero no puede satisfacerse sobre ellos sin provocar todo tipo de conflictos; conviene, pues, desviarlo hacia la víctima sacrificial, la única a la que se pude herir sin peligro pues no habrá nadie para defender su causa”.



“El sacrificio polariza sobre la víctima unos gérmenes de disensión esparcidos por doquier y los disipa proponiéndoles una satisfacción parcial”.

“Son las disensiones, las rivalidades, los celos, las peleas entre allegados lo que el sacrificio pretende ante todo eliminar, pues restaura la armonía de la comunidad y refuerza la unidad social”.

No sólo los sacrificios animales: también los sacrificios humanos han desempeñado ese papel. No muy lejos de nosotros, en la Atenas clásica, aún existía la figura del pharmakos una persona, ajena a la sociedad, que era mantenida en ella para ser sacrificada en caso de crisis.

La víctima sustitutoria tiene que tener ciertas cualidades: no debe importar, pero debe ser convincente. Porque la sustitución debe engañar a la violencia, es decir, a los que están poseídos por ella, que no deben percibir el fraude de la sustitución.

Pero conforme las culturas van evolucionando el sacrificio va perdiendo eficacia para neutralizar la violencia. Y cuando el nivel de ésta vuelve a crecer (recordemos, por profundos cambios sociales, o graves crisis económicas, o hambrunas, o epidemias) el sacrificio se muestra incapaz para detenerla. Es lo que Girard llama “crisis sacrificial”. En ese momento, con sorprendente unanimidad en todas las culturas ocurre algo. Del mismo modo que el sacrificio agrupaba la violencia y la canalizaba hacia algo prescindible, durante la crisis sacrificial la muchedumbre reúne la violencia dispersa y la concentra unánimemente hacia alguien ajeno al grupo: un chivo expiatorio. Con su eliminación la violencia se disipa, y la sociedad recobra la unidad en un nuevo orden social


Las tragedias griegas son cronistas privilegiados de este momento, y Girard se dedica minuciosamente a describirlo a través de los ojos de aquéllas. Pero el mecanismo del chivo expiatorio, sobre cuya eliminación una sociedad en crisis recupera la unanimidad, es también claramente visible en los mitos de otras culturas. Por ejemplo, el de mito azteca de la creación del sol. O el nórdico de la muerte de Balder.

Así llega Girard a una conclusión desasosegadora: todas las culturas se erigen sobre un homicidio colectivo.

"Los análisis anteriores nos obligan a decidir que la cultura humana está condenada al perpetuo disimulo de sus propios orígenes en la violencia colectiva”.

Y a todo esto ¿por qué estamos nosotros libres de ese círculo vicioso de la violencia y la venganza? ¿Porque somos civilizados y hemos aprendido a controlar la violencia? No exactamente: por el sistema judicial.

“El sistema judicial aleja la amenaza de la venganza. No la suprime: la limita efectivamente a una autoridad soberana y especializada en la materia. Las decisiones de la autoridad judicial siempre se afirman como la última palabra de la venganza”.

Nótese que, según Girard, el sistema judicial no elimina la venganza; simplemente asume la competencia exclusiva en su ejecución. De este modo el ciclo de venganzas queda interrumpido: los allegados del condenado ya no han sido perjudicados por otra persona de la que podrían sentirse tentados de vengarse, sino por una autoridad abstracta y personal contra la que la venganza ya no es posible.

“Si nuestro sistema nos parece más racional se debe, en realidad, a que es más estrictamente adecuado al principio de venganza. La insistencia respecto al castigo del culpable no tienen otro sentido. En lugar de ocuparse de impedir la venganza, de moderarla, de eludirla, o de desviarla hacia un objetivo secundario como hacen todos los procedimientos propiamente religiosos, el sistema judicial racionaliza la venganza, consigue aislarla y limitarla como pretende; la manipula sin peligro; la convierte en una técnica extremadamente eficaz de curación, y, secundariamente, de prevención de la violencia”.


En la próxima entrada contaré cómo el mecanismo del chivo expiatoria ha perdurado en el tiempo y ha llegado hasta nuestros días
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* Lo de ‘modestos’ lo digo porque tengo la fortuna de ser amigo del doctor Johannes von Horrach, cuya tesis doctoral se basó precisamente, en Girard, y espero que contemple con benevolencia esta simplificación de su obra.

Notas: [1] Salvo la inicial, que es de Jules Henry, todas las citas de esta entrada pertenecen al libro de Girard La violencia y lo sagrado.

jueves, 15 de mayo de 2014

APUNTES SOBRE EL PENSAMIENTO BUROCRÁTICO

En su célebre Modernidad y holocausto Zygmunt Bauman defiende que éste es un fruto de aquélla, y que fue la eficacia de la burocracia Alemana la que propició que los nazis consiguieran asesinar a casi seis millones de judíos con recursos limitados. Creo que es difícil que ‘modernidad’ y ‘eficacia’ convivan en un mismo párrafo con ‘burocracia’ sin que se active el corrector de Word, sin embargo Bauman acierta al sugerir que el pensamiento burocrático desempeñó un papel importante en el exterminio.

Esta pendiente un ensayo sobre el pensamiento burocrático, pero anticipo aquí la más importante de sus características: la pérdida de vista de los fines y resultados globales como consecuencia de una estricta división de la actividad en compartimentos estancos. El burócrata ve la realidad con orejeras, atribuye una importancia capital a lo que está en su esfera de visión, y se desentiende olímpicamente del resto. La finalidad de los actos se olvida, y de este modo los requisitos formales pasan a ser considerados ritos sujetos a una observancia supersticiosa. Cada departamento contempla con suspicacia al resto mientras se sobrevalora a sí mismo. De este modo los clientes, tanto los departamentos que dependen de uno como el público, pasan a ser vistos como algo molesto y desagradable, algo que no es habitual en la gestión empresarial (con excepción del pequeño comercio de Palma).

En mi última estancia en la sanidad balear tuve ocasión de conocer a altos cargos (y alguna que otra carga) de los servicios centrales del Ibsalut que no podían ocultar su desconfianza hacia los hospitales y los que trabajábamos en ellos. Era normal. En su visión burocrática la tosca realidad de la actividad sanitaria empañaba la belleza de sus tramitaciones y expedientes administrativos. Sin duda habrían agradecido que se cerraran todos los establecimientos sanitarios y los servicios centrales pudieran trabajar en un hermoso vacío, y es posible incluso que hubieran obtenido así un cierto ahorro. Sólo inicialmente, porque otra de las características de la burocracia es una tendencia a la expansión similar a la de The blob. Seguiremos hablando de este asunto.