sábado, 15 de marzo de 2014

LA DOLCE BELLEZZA


Imposible ver La grande bellezza sin compararla con La dolce vita, pero no compiten en igualdad de condiciones porque el tiempo ha operado dos modestos milagros a favor de ésta última. Uno, si la película de Sorrentino se entiende como una caricatura del mundo real, la de Fellini, que también lo era, ha dejado de serlo para nosotros, que la percibimos como si correspondiera a la Roma real de 1960. Dos, los años han revestido de cierta magia a los ambientes más superficiales de La dolce vita. Esto ocurre, por ejemplo, con la Vía Veneto, posiblemente en su momento tan desprovista de significado como las terrazas de la Castellana o los bares del Paseo Marítimo de Palma, y convertida ahora en evocador estandarte de un sugestivo mundo: precisamente el de la La dolce vita, muy lejano del mundo superficial que Fellini pretendía mostrar. Por la misma razón, no es descartable que, dentro de medio siglo, la Roma de comienzos del siglo XXI se haya convertido en un mundo onírico conocido como ‘la gran belleza’, en el que sus misteriosos ocupantes perpetran bailes grotescos al ritmo de Rafaella Carrá. Tal vez esto sea un síntoma más de que estéticamente el mundo va a peor.


Los personajes principales de ambas películas, Jep Gambardella y Marcello Rubini, tienen mucho en común. Ambos son cronistas privilegiados de la alta sociedad romana, un mundo decadente, superficial y en ocasiones bello. Y ambos se sienten íntimamente superiores a ese mundo. Se consideran desaprovechados, incómodos con la trivialidad imperante, y aspiran a algo más auténtico. ¿Y qué es? Al parecer Marcello anhela el mundo de su amigo Steiner, culto, profundo y sofisticado. Pero dado que Steiner acaba suicidándose tras asesinar a sus dos hijos, no parece que Fellini quiera dejar abierta esa puerta. Por su parte Jep sueña con la primera mujer con la que se acostó, y así averiguamos uno de los significados profundos de la vida que nos desvela Sorrentino: el sexo juvenil. El otro que nos proporciona no es mucho mejor. Resulta que el marido viudo de la primera novia de Jep, que se ha vuelto a casar, vive en una casa decorada con exquisito mal gusto (abundan los perritos de porcelana) y pasa las noches viendo la televisión con su pareja. Sorrentino hace que Jep lo mire con cierta admiración, como si pensara “Qué triste es mi vida, en mi magnífico apartamento delante del Coliseo siempre lleno de mujeres estupendas. ¡Con lo bien que podría estar aquí viendo la tele en pantuflas! Hermanos, no renunciéis al chándal cegados por el resplandor superficial de la belleza”.

Este intento es quizás el mayor error de la película, del mismo modo que las películas de terror se arruinan cuando se intenta dar una explicación a lo que en ellas ocurre. Por lo demás Sorrentino envuelve muy bien sus películas, de modo que el cliente suele quedar satisfecho. Este es el caso de Il Divo , de la que el espectador sale aturdido sin darse cuenta de que sabe tan poco (o mucho) de Andreotti como cuando entró. Las imágenes de Sorrentino deslumbran al espectador, del mismo modo que la belleza, según nos cuenta, deslumbra a Jep. Jep está convencido de que hay algo más detrás de ella; el espectador no tanto. Pero la película merece la pena, aunque sólo sea porque cualquier drama al que Roma presta su escenografía tiene mucho ganado. Otra cosa es si realmente hay drama.

PD: releída esta crítica me doy cuenta de que no he transmitido algo importante: la película es buena.

viernes, 14 de marzo de 2014

LA HOJA DE LA GRAN RUTA


Pues ya tenemos hoja de ruta hacia la rebelión diseñada por la Assemblea Nacional Catalana. Parte de los siguientes hechos incontrovertibles: 1) que Cataluña es una nación singular “que se fundamenta en la voluntad colectiva de ser [1]” , 2) “que todos los esfuerzos hechos desde Cataluña por encontrar reconocimiento y acomodo” dentro de España han fracasado por la inconmovible obstinación de l’Estat espanyol, y 3) que la independencia “es la única herramienta para alcanzar mayores cotas de bienestar, de libertad, de igualdad, de fraternidad y de justicia”.

La hoja de ruta para la secesión prevé distintos escenarios dependiendo de lo que ocurra el 9 de noviembre, día previsto para la consulta ciudadana, y establece acciones distintas dependiendo de que a) esta se celebre [a-1) completamente, a-2) un poquito], o b) no se celebre por b-1) renuncia de los políticos catalanes o b-2) por encontrarse presos o huyendo por el alcantarillado. En este último caso se prevé la creación de una Duma constituyente que, a su debido tiempo, proclamará la independencia exactamente el día de Sant Jordi (de estas instrucciones tan precisas parece deducirse que la Duma constituyente será la propia Assemblea Nacional Catalana). En cambio la hoja de ruta es inmune a los resultados de la eventual consulta (un suponer, que no vote nadie, o que haya un gran número de votos con las caricaturas de Mas y Junqueras).

En este proceso “la visualización pública de que el país entero funciona por sí solo ha de ser claramente percibida por la ciudadanía y ha de concretarse en elementos como el control de las grandes infraestructuras y fronteras (puertos, aeropuertos...), la seguridad pública, las comunicaciones etc”. Además ”el elemento clave será el comportamiento fiscal de la mayoría, cuando deba hace frente al pago periódico de impuestos y escoja, mayoritariamente, ingresarlos en la administración del nuevo estado”. Se ignora si Artur Mas ha cancelado ya los permisos de los Mossos d’Esquadra para que ayuden a decidir a la ciudadanía en periodo tributario.

[1] “Quiero colectivamente ser, luego soy singular”. De El discurso del método... Estivill.

domingo, 9 de marzo de 2014

ROBERT MICHELS Y LA LEY DE HIERRO DE LAS OLIGARQUÍAS

A diferencia de los grandes profetas políticos del siglo XIX, la intención de Robert Michels al escribir Los partidos políticos (1911) es razonablemente modesta:

“Este estudio no pretende ofrecer un sistema (político) nuevo. La finalidad principal de la ciencia no es crear sistemas, sino más bien promover su comprensión. Tampoco el propósito de la ciencia sociológica es descubrir ni redescubrir soluciones, pues no existen soluciones absolutas para muchos problemas de la vida de los individuos ni para los de la vida de los grupos sociales, y esas cuestiones deben permanecer abiertas. El propósito del sociólogo ha de ser, más bien, exponer de forma desapasionada las tendencias y fuerzas antagónicas, las razones y las refutaciones; exponer en resumidas cuentas, la trama y la urdimbre de la vida social. El diagnóstico preciso es el requisito indispensable de todo pronóstico posible”.

Y al final ambos, diagnóstico y pronóstico, no resultan alentadores:

“La democracia conduce a la oligarquía, y contiene necesariamente un núcleo oligárquico”.


Michels parte del estudio del funcionamiento de los partidos políticos. Al ser asociaciones voluntarias creadas para participar en la política, opina, parece que deberían mostrar una mayor inclinación hacia el comportamiento democrático que otras organizaciones. Y dentro de los partidos políticos se centra en la socialdemocracia alemana, y esto a su vez por dos motivos. Para empezar, porque es lo que mejor conoce: Michels no oculta sus simpatías hacia el socialismo, y ha sido sistemáticamente excluido de cargos académicos en las universidades alemanas por esta razón. La segunda razón por la que espera encontrar mayor comportamiento democrático entre los socialistas es algo más ingenua: “por su origen y programa representan la negación de cualquier tendencia (oligárquica) de ese tipo”. De este modo, argumenta Michels, si consigue probar la aparición de manifestaciones oligárquicas en los partidos socialistas podrá, razonablemente, extrapolarlas a cualquier otra organización. Desde luego lo consigue.

“La explicación del fenómeno oligárquico es en parte PSICOLÓGICA; la oligarquía proviene de las transformaciones psíquicas que las personalidades directoras del partido experimentan en el curso de sus vidas; pero la oligarquía depende en mayor medida aún de lo que podríamos llamar PSICOLOGÍA PROPIA DE LA ORGANIZACIÓN, es decir, de las necesidades tácticas y técnicas que resultan de la consolidación de todo conglomerado político disciplinado. Reducida a su expresión más concisa, la ley sociológica fundamental de los partidos políticos (...) puede ser formulada en los términos siguientes: “la organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice ‘organización’ dice ‘oligarquía’.


Así pues hay dos tipos de razones que tuercen inevitablemente el rumbo de la democracia hacia la oligarquía, unas son psicológicas y otras organizativas. Empecemos por estas últimas:

“La razón más abrumadora contra la soberanía de las masas (…) proviene de la imposibilidad mecánica y técnica de su realización. Las masas soberanas son incapaces de adoptar las resoluciones más necesarias (...) En una polémica contra Proudhon (1849) Louis Blanc preguntó si era posible que treinta y cuatro millones de seres humanos (la población de Francia en aquella época) resolviera sus problemas sin aceptar lo que hasta el último hombre de negocios encuentra necesario: la intervención de representantes”.

El problema se produce, pues, cuando la sociedad alcanza un tamaño tal que exige el paso de la democracia directa, en la que todos participan y toman decisiones, a la democracia representativa, en la que la dirección de los asuntos públicos debe ser delegada en unos cuantos representantes políticos. No es que Michels defienda el retorno a una democracia asamblearia, algo que, como Louis Blanc pone de manifiesto en el párrafo precedente, resulta ridículo. Pero es consciente de que en el paso de una a otra algo se rompe:

Victor Considerant se oponía con furia a la teoría de que la soberanía popular estuviera garantizada por el sistema representativo. Aún si aceptáramos en teoría que el gobierno parlamentario in abstracto constituyera realmente un gobierno de las masas, en la vida práctica esto no es más que un fraude continuo por parte de la clase dominante. Con un gobierno representativo, la diferencia entre la democracia y la monarquía, ambas enraizadas en el sistema representativo, es absolutamente insignificante: diferencia no sustancial sino formal. El pueblo elige, en lugar de un rey, diversos reyezuelos (...) El único derecho que el pueblo se reserva es el “privilegio ridículo” de elegir periódicamente un nuevo grupo de amos”.

No tan ridículo. La posibilidad de desalojar periódica e incruentamente del poder a ese grupo de amos no es trivial. Por otra parte, el depender de los votos para adquirir o mantener el poder hace que esos amos sean receptivos a los gustos de los votantes. Al menos al gobernado le queda la satisfacción de ver al gobernante actuar y hacerse el simpático periódicamente con el fin de ser elegido de nuevo (y quizá por eso el nombre de democracia 'representativa' es doblemente adecuado). Pero, además del tamaño, existen razones técnicas y de eficacia que motivan la aparición de la minoría dirigente: los asuntos de gobierno son complicados y requieren gente especializada que se haga cargo de ellos:

“La organización implica la tendencia a la oligarquía. En toda organización, ya sea un partido político, un gremio, o una asociación de cualquier tipo, la tendencia aristocrática se manifiesta. Como consecuencia de la organización todos los partidos o gremios llegan a dividirse en una minoría de directivos y una mayoría de dirigidos”.

En principio la tarea es asumida por los más activos, los más idealistas o los más zascandiles, y generalmente la mayoría los acepta con alivio, pues la libera así de penosas obligaciones. Pero poco a poco a poco se va abriendo una brecha entre estos pocos que dirigen y la masa de los dirigidos. Los dirigentes van adquiriendo conocimientos, habilidades y poder, y esto los va haciendo inatacables:

“En teoría el líder es meramente un empleado ligado por las instrucciones que recibe. Debe llevar a cabo las instrucciones de la masa, de la que no es más que el órgano ejecutivo. Pero en realidad, conforme la organización gana en poder, el control se convierte en algo puramente ficticio. Los miembros deben abandonar la idea de conducir o siquiera supervisar la organización, y están obligados a dejar esas tareas en manos de (...) funcionarios asalariados”.

Y aquí entra en juego el segundo tipo de causas que conducen a la oligarquía, las psicológicas. Y conviene hacer en éstas una subdivisión: por un lado las que afectan a la minoría dirigente, y por otro las que se refieren a la masa de gobernados. Empecemos por los dirigentes.
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El anhelo de estar en un grupo selecto de elegidos, situados en una atalaya desde la que contemplar al resto desde arriba, parece estar firmemente enraizado en nuestra psicología. Alexis de Tocqueville observó que, incluso en la naciente democracia americana, en la que los ideales democráticos eran ampliamente compartidos, era difícil encontrar a gente que no se jactara de descender de los primeros colonos, como si eso los dotara de unas cualidades superiores al resto. Todos esperamos que el resto nos reconozca nuestros superiores méritos, aunque estos sean inexistentes, y la medida en que lo logramos es la fama. Por eso las personas que la han alcanzado despiertan veneración:

“La cualidad que impresiona por encima de todas las demás a las multitudes es el prestigio de la celebridad. Como nos enseña la psicología moderna, un factor notable en la influencia sugestiva ejercida por un hombre es la altura hasta donde ha logrado trepar por la senda que conduce al Parnaso de la celebridad”.


Esta reverencia supersticiosa hacia el dirigente, que en las monarquías se revelaba en la devoción cortesana, se mantiene en la democracia: los impulsos permanecen aunque muden las modas, y en la Europa del culto a la razón esta atracción por el líder “constituye una supervivencia atávica de psicologías primitivas”.

Michels pone como ejemplo el recibimiento que los renanos dispensaron al socialista Lasalle en 1864, tratándolo como a un dios. Y continúa:

“Del mismo modo que los cristianos daban y siguen dando a sus hijos los nombres de los fundadores de su religión, San Pedro y San Pablo, así también los padres socialistas de ciertos lugares de Europa central bautizan a sus hijos Lassallo y a sus hijas Marxina, como emblema de la nueva fe. A menudo los fanáticos tienen que pagar un precio alto por su devoción, en disputas con parientes enojados y con funcionarios recalcitrantes del Registro Civil”.
 
Obviamente Lasalle no fue ajeno a esta adulación, y llegó a prometer a su novia que algún día entraría a la capital alemana como presidente de la república en una carroza tirada por seis caballos blancos. Todos, pues, intentamos ascender al escenario donde se representa la historia: pasar desde las butacas de los espectadores a desempeñar los papeles protagonistas de los gobernantes. Y una vez allí, incluso los idealistas, aquellos que han accedido al poder guiados por sus convicciones, descubren que se está muy bien. Comienzan entonces a desencadenarse sutiles mecanismos psicológicos:

“Quien accede al cargo de delegado adquiere un derecho moral a ese cargo, y los delegados lo conservan a menos que sean desalojados de él por circunstancias extraordinarias o en cumplimiento de leyes (...) La costumbre se hace un derecho. Quien ha desempeñado durante cierto tiempo el cargo de delegado termina por considerar que ese cargo es propiedad suya. Si se le niega la reelección amenaza con represalias (...) que tenderán a sembrar confusión entre sus camaradas, y esa confusión continuará hasta que salga victorioso”.

Con frecuencia los dirigentes amagan con abandonar el cargo, o manifiestan de manera melindrosa su cansancio y su deseo de retirarse, pero no suelen ser más que movimientos estratégicos para reforzarse en él:

“Es lo mismo en todos los partidos políticos. Cuando encuentran un obstáculo los líderes se apresuran a ofrecer su renuncia. Declaran están cansados y hastiados del cargo, cuando en realidad su intención es mostrar a los disidentes el carácter indispensable de su propio liderazgo (…) Aunque estas actitudes tienen una buena apariencia democrática, difícilmente pueden ocultar el espíritu dictatorial de los que las adoptan”.

El deseo de mantener el cargo incluye el de perpetuarse en él a través de sus descendientes. Este problema, que los gobernantes tenían solucionado con la monarquía y las aristocracias de sangre, ha hecho que en la democracia se haya tenido que desarrollar una institución particular: el nepotismo [1]. Con ella la oligarquía consigue que los parientes accedan a los beneficios del poder e, incluso, transmitirlo a sus herederos:

“En Italia, aunque se rinde homenaje a los principios democráticos, no es raro que encontremos que al morir un representante, o cuando deja su cargo, los sufragios de los electores sean transferidos sin problema a su hijo o a su hermano menor, de modo que el cargo quede en familia”.

De modo que lo único que ha cambiado con la aparición de la democracia es la etiqueta social. Ahora hay que invocar continuamente el bien de las masas si uno quiere ascender en la política y acceder al selecto grupo de los que mandan:

“Hoy todos los factores de la vida pública hablan y luchan en nombre del pueblo, del total de la comunidad. El gobierno y los enemigos del gobierno, los reyes y los líderes de los partidos, los tiranos por la gracia de Dios y los usurpadores, los idealistas fanáticos y los egoístas mezquinos y calculadores, todos son ‘el pueblo’, y todos declaran que en sus actos procuran la mera satisfacción de la voluntad nacional”.

Antes el gobernante podía declarar tranquilamente que lo era por la gracia de Dios y disfrutar tranquilamente de los privilegios. Ahora el gobernante tiene que afirmar virtuosamente que gobierna en nombre y en interés del pueblo... y disfrutar a continuación tranquilamente de los privilegios. Este campo es el hábitat idóneo de una nueva especie: “El demagogo, ese fruto espontáneo del suelo democrático, desborda de sentimentalismo y se conmueve profundamente ante las penurias del pueblo”. [2]

En resumen, también en la democracia el poder acaba en manos de una minoría que, en lugar de buscar lo mejor para la mayoría que dice representar, busca satisfacer sus propios intereses. Un partido socialista, por ejemplo, es de naturaleza revolucionaria. Pero sus líderes, que han alcanzado una posición confortable, tienden más bien a querer conservarla: se vuelven conservadores. Llegados a este punto las oligarquías de partidos que dicen defender causas rivales acaban desarrollando muchos intereses comunes: a todos ellos les interesa continuar en lo alto. En este sentido hablar de la “clase política”, según la terminología de Mosca, resulta pertinente.

Recordemos que Aristóteles clasificó los sistemas políticos en función de dos parámetros, el número de gobernantes (uno, pocos o muchos) y el interés perseguido por éstos (el de la sociedad o el propio). De acuerdo con esto distinguía los sistemas puros, en los que los gobernantes buscan el interés de la comunidad (monarquía, aristocracia y politeia) y los corruptos, en los que los gobernantes persiguen el interés propio (tiranía, oligarquía y democracia). La clasificación de Michels se simplifica notablemente: todos son oligarquías. En todos los sistemas políticos al final hay un pequeño grupo de gobernantes que vela por sus propios intereses.
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A la formación de las oligarquías contribuye la propia condición de los gobernados. Hay que decir, para empezar, que Michels hace una clasificación entre oligarquía gobernante y masa gobernada. No menciona la posibilidad de que los gobernados constituyan algo diferente de una masa amorfa:

“El individuo desaparece en la multitud y con él desaparece su personalidad y sentido de la responsabilidad”.

No se puede decir que Michels tenga una gran opinión de la masa:

“Una concepción realista de la condición mental de las masas muestra incuestionablemente que, aunque admitiéramos la posibilidad del avance moral de la humanidad, los materiales humanos de cuyo uso no pueden prescindir los políticos y filósofos en sus planes de reconstrucción social no justifican, por su naturaleza, un optimismo excesivo. Dentro de los límites temporales en que resulta posible formular previsiones humanas, el optimismo seguirá siendo privilegio exclusivo de los pensadores utópicos”.

El primer problema es que la masa es generalmente perezosa:

”No es exagerado afirmar que entre los ciudadanos con derechos políticos el número de los que realmente tiene interés en los asunto políticos es insignificante”. “Aunque ocasionalmente proteste la mayoría está en realidad encantada de que haya personas que se tomen la molestia de atender sus asuntos. En la masa, y aún en la masa organizada de los partidos laborales, existe una necesidad inmensa de dirección y guía”.

“Existe un derecho electoral pero no un deber electoral. Mientras este deber no se sobreponga al derecho parece probable que sólo una pequeña minoría seguirá haciendo uso del derecho al que ha renunciado voluntariamente la mayoría, y que la minoría dictará siempre las leyes para la masa indiferente y apática”.

Y además la masa es fácilmente manipulable:

“Es más fácil dominar a una gran multitud que a una audiencia pequeña. La adhesión de la multitud es tumultuosa, repentina e incondicional. Cuando las sugestiones han logrado su efecto, la multitud no tolera fácilmente la contradicción de una pequeña minoría, ni mucho menos la de individuos aislados“.

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Sobre el devenir de las revoluciones Michels hace un pronóstico que se cumplirá milimétricamente en Rusia. Una revolución, según él, daría origen a ”una dictadura en las manos de aquellos líderes que tienen astucia bastante y poder suficiente para apoderarse del cetro del dominio en el nombre del socialismo”.

La revolución ”podrían conquistarla los socialistas, pero no el socialismo, que moriría en el momento en que sus adherentes triunfaran”. A medida que aumenta la burocracia partidaria, continúa Michels, “el mecanismo se transforma en un fin en sí mismo”. En efecto, en la revolución rusa el Partido, y no el proletariado (sea eso lo que sea) se convertirá en el fin último de la Revolución. Es verdad que se alegará incesantemente que el Partido no es más que el representante del pueblo, pero solo los dirigentes de aquél irán en Zil.


Bukharin leerá con interés, y cierta aprensión, a Michels, e intentará desvanecer la posibilidad de que el paraíso que los bolcheviques tienen en mente vaya a convertirse en su feudo. Por eso afirma que en un régimen socialista:

Lo que constituye una categoría eterna en la presentación de Michels – es decir, la “incompetencia de las masas”- desaparecerá, pues esta incompetencia no es en modo alguno atributo necesario de todos los sistemas; además, es un producto de las condiciones económicas y técnicas que se manifiestan en el estado cultural general y en las condiciones de la educación. Cabe decir que en la sociedad futura habrá una superproducción colosal de organizadores, que anulará la estabilidad de los grupos dirigentes” [3].

Bukharin no acertará en sus previsiones. El Partido, gracias al Gulag se encargará de controlar la “superproducción” de competidores, y él mismo será asesinado por Stalin acusado de ser “una bestia fascista y traidor”.
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Las teorías de Michels se condensan en el último capítulo de Los partidos políticos, donde acuña además una frase afortunada para resumirlas: la ley de hierro de las oligarquías. El resumen es impecable, así que cedamos la palabra casi por completo al autor:

Estos fenómenos (sociológicos) parecen demostrar, indiscutiblemente, que la sociedad no puede existir sin una clase “dominante” o “política” (…) Según esta perspectiva el gobierno, o mejor dicho el Estado, no puede ser sino la organización de una minoría. El propósito de esta minoría es imponer al resto de la sociedad un “orden legal”, que es el fruto de las exigencias del dominio y de la explotación de la masa de ilotas [4] por la minoría gobernante, y que jamás podrá representar en forma auténtica a la mayoría; esta última es así permanentemente incapaz de autogobierno. Aún cuando el descontento de las masas culminara en el intento triunfante de despojar del poder a la burguesía, esto ocurre sólo en apariencia, tal y como afirma Mosca; es forzoso que surja siempre de las masas una nueva minoría organizada que se eleve al rango de clase gobernante. Así la mayoría de los seres humanos están predestinados, por la trágica necesidad de someterse al dominio de una pequeña minoría, a una condición de tutela permanente, y deben avenirse a constituir el pedestal de una oligarquía”. [5]

“De esta manera la revolución social no produciría cambio real alguno en la estructura interna de la masa. Pueden triunfar los socialistas, pero no el socialismo, que perecerá en el momento en que aquéllos triunfen. Estamos tentados de hablar de este proceso como una tragicomedia donde las masas se conforman con dedicar todas sus energías a lograr un cambio de amos (...) Como lo expresa el proverbio italiano Si cambia il maestro di cappella, ma la musica è sempre quella [6]”.

“El resultado parece bastante malo, especialmente si tenemos en cuenta el hecho psicológico de que aún el más puro de los idealistas que llega al poder por pocos años es incapaz de eludir la corrupción que el ejercicio del poder lleva consigo”.

“El gobierno ideal sería, sin duda, el de una aristocracia de personas moralmente buenas y técnicamente eficientes. Pero ¿dónde hemos de descubrir esa aristocracia?”.

En un momento dado Michels creerá encontrarlo nada menos que en el fascismo, y afirmará que Il Duce traduce “en forma desnuda y brillante los deseos de la multitud”. De este modo el socialista Michels aceptará en 1928 el rectorado de la Universidad de Perugia, ofrecido personalmente por Benito Mussolini. 


Quedémonos mejor con su convencimiento en que, si bien la democracia no puede dejar de ser oligárquica, la peor de ellas siempre será preferible a la mejor de las aristocracias de sangre: “si queremos estimar el valor de la democracia debemos compararla con su antítesis; la aristocracia pura”.

“Sería erróneo extraer de esta cadena de razonamiento y de estas convicciones científicas la conclusión de que debemos renunciar a todo esfuerzo por fijar los límites a los poderes ejercidos sobre el individuo por las oligarquías”.

Y acabemos con estos dos párrafos magníficos:

”No es mi intención negar que (...) todo movimiento inspirado sinceramente en un espíritu democrático pueda tener cierto valor como contribución al debilitamiento de las tendencias oligárquicas. El campesino de la fábula dice a sus hijos en el lecho de muerte que hay un tesoro escondido en el campo. Después de la muerte del anciano los hijos escarban por todos los lados para descubrir el tesoro; no lo encuentran, pero su labor infatigable mejora la tierra y les proporciona relativo bienestar. El tesoro de la fábula bien podría simbolizar la democracia. La democracia es un tesoro que nadie descubrirá jamás por la búsqueda deliberada; pero si emprendemos la búsqueda, al trabajar infatigablemente por descubrir lo indescubrible, realizaremos una obra que tendrá fértiles resultados en el sentido democrático”.

“Las corrientes democráticas de la historia parecen olas sucesivas que rompen sobre la misma playa y se renuevan constantemente. Este espectáculo reiterado es a un tiempo alentador y depresivo: cuando las democracias han conquistado ciertas etapas de desarrollo experimentan una transformación gradual, adaptándose al espíritu aristocrático y en muchos casos también a formas aristocráticas contra las cuales lucharon al principio con tanto fervor (...) Aparecen entonces nuevos acusadores denunciando a los traidores; después de una era de combates gloriosos y de poder sin gloria terminan por fundirse con la vieja clase dominante tras lo cual soportan, una vez más, el ataque de nuevos adversarios que apelan al nombre de la democracia. Es probable que este juego cruel continúe indefinidamente”.

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NOTAS: [1] Etimológicamente, “sobrinismo”. [2] Obsérvese como Michels acaba de descubrir la esencia del socialdemócrata. [3] Nikholai Bukharin. Historical materialism. A system of sociology. [4] Tal y como confirma el profesor Belosticalle, aquí Michels confunde idión, aquél que se desinteresa de forma autista de la política, con el ilota, el campesino semiesclavo de Esparta. [5] La historia es, pues, la de la circulación de las élites “que llegan al poder una tras otra y pasan de la esfera de la envidia a la de la avaricia” (Alexander Herzen) [6] “Cambia el director de orquesta, pero la música siempre es la misma”.

Imágenes: 1) Robert Michels; 2) Ferdinand Lassalle y el resto de fundadores de la Allgemeine Deutsche Arbeiterverein (ADAV) (Asociación General Alemana de Trabajadores), antecedente del Partido Socialdemócrata Alemán. 3) Una imagen algo idealizada de Lassalle. 4) Lenin barriendo las oligarquías antes de instaurar la propia. 5) El camarada Stalin acariciando un Zil, símbolo de la excelencia rusa al alcance de cualquier proletario (siempre que pertenezca al Politburó). 6) Concentración fascista en Génova.