sábado, 20 de diciembre de 2014

CULTURAS DE HONOR

Los antropólogos llaman “culturas de honor” a las sociedades en las que concurren dos supuestos: 1) no existe un poder estatal efectivo, de modo que las personas no están protegidas por leyes; 2) por lo anterior, las personas pueden verse fácil y súbitamente desprovistas de sus propiedades y de sus vidas.

”En estas regiones el estado a menudo tiene poco poder para garantizar el cumplimiento de la ley, y los ciudadanos tienen que crear su propio sistema de orden. El medio para hacerlo es la regla de la venganza: si te metes conmigo te castigaré”.

En estas circunstancias mantener una reputación, la de alguien capaz de defenderse recurriendo en su caso a la violencia, puede garantizar una existencia más larga y próspera. Entre las culturas de honor están el far west, la mafia y los beduinos [1].

”Para mantener un creíble poder de disuasión, el individuo debe proyectar una imagen de disposición a responder agresivamente, a afrontar heridas y arriesgar la vida. De este modo debe estar constantemente en guardia contra afrentas que podrían ser interpretadas como falta de respeto. Cuando alguien permite ser insultado, se arriesga a dar la impresión de que carece de la determinación para defenderse lo que es suyo”.

Honor, por tanto, equivale aquí a reputación. En las culturas de honor las personas tienen que estar muy atentas al insulto, porque dejar pasar uno sin respuesta puede indicar que la víctima no tiene el suficiente coraje como para plantear resistencia. El insulto funciona entonces como un tanteo: en caso de no obtener respuesta, el siguiente paso sería la agresión. Desde luego las culturas de honor son altamente violentas y constituyen el hábitat idóneo para los individuos más primitivos, brutales y desagradables. Pero también tienen algunos efectos secundarios benéficos. Para empezar, al ser sociedades en las que un insulto, incluso inadvertido, puede tener consecuencias desagradables para el que lo emite, tienden a desarrollar estrictas normas de cortesía. Además la consideración de la reputación como algo inmaterial vulnerable al insulto favorece el desarrollo de los conceptos de respeto y dignidad.


Posiblemente la película que mejor muestra la sensibilidad ante el insulto en una cultura de honor sea Horizontes de grandeza, de William Wyler, pero hay muchos otros ejemplos. En True Grit, el estupendo remake de los Cohen, el ambiente produce una niña dispuesta a todo para vengar a su padre asesinado, actitud que no deja de despertar admiración entre buenos, malos y espectadores. El hombre que mató a Liberty Valance [2] representa el tránsito de una cultura de honor a una sociedad con leyes. El tránsito es obviamente una bendición, pues supone la destrucción del caldo de cultivo de todos los candidatos a ser Liberty Valance. Pero también implica la desaparición de tipos de una pieza como Tom Doniphon, que tienen que asistir a su propia extinción y a que su chica se largue con el abogado. Esta paradoja, la aparición benéfica de la ley y la nostálgica desaparición de tipos recios es también tratada en los llamados westerns “crepusculares”, como Grupo salvaje. Dentro de las sociedades sin ley, los antropólogos han llegado a la conclusión de que las sociedades basadas en la ganadería son más tendentes a crear culturas de honor que las sociedades agrícolas, quizás porque están más expuestas al robo. Los perpetuos conflictos entre los violentos barones ganaderos y los más pacíficos colonos también los recoge Hollywood. Véase La línea del cielo (si se dispone de abundante tiempo sobrante), Shane, o Chisum.

Curiosamente, dentro de las sociedades con ley se puede detectar la pervivencia de culturas de honor. Por ejemplo, según han demostrado los psicólogos Richard E. Nisbett y Dov Cohen, en el sur de Estados Unidos:

”La tesis de este libro es que el Sur tuvo – y en un grado sustancial aún tiene – un tipo de cultura de honor”.

“La frontera que marca la ausencia de ley se fue moviendo más hacia el sur y más hacia el oeste con cada década desde el comienzo del siglo XVII hasta el final del XIX. La economía ganadera en sus diversas formas se fue desplazando con ella. En el Sur, la frontera ahora ha desaparecido, y pocos continúan viviendo de la ganadería. Pero todo parece indicar que la violencia y la ideología dirigida a la violencia creada por estas condiciones ha pervivido”.

Los experimentos de Nisbett y Cohen en la Universidad de Michigan son brillantes. Selecciónese a unos cuantos participantes norteños y sureños, que no deben conocer el objeto real del experimento, y encárguese a cada uno ciertas tareas que no tienen nada que ver con el mismo. Pídase en un momento dado a cada uno que vaya a recoger algo de un despacho situado al final de un pasillo. Sitúese en el mismo a un cómplice para que los golpee con el hombro al pasar y les llame “gilipollas”. Sométase a continuación al participante a una serie de análisis y pruebas [3].

“Demostramos que después de ser insultados los sureños expresan más cólera que los norteños, sufren más cambios hormonales indicativos de estrés y preparación para la agresión, actúan más agresivamente hacia otros individuos, y exhiben más dominación. Además, el sureño insultado cree que la afrenta lo humilla a los ojos de los otros en un grado muy superior a los norteños”.


Nisbett y Cohen demuestran además que los sureños están mucho más dispuestos a recurrir a la violencia que los norteños, pero no indiscriminadamente sino selectivamente:

“Los sureños no apoyan la violencia de cualquier tipo, sino precisamente los tipos de violencia que se supone que las culturas de honor promueven. Los sureños, comparados con los norteños, están más inclinados a favor de la violencia cuando es para proteger la propiedad, o como respuesta a un insulto”.

En un proceso de selección de personal, tanto en el norte como en el sur se tiende a rechazar a un candidato que presenta antecedentes penales por robo. Sin embargo, en el sur se puede ver con benevolencia a alguien que acaba de salir de la cárcel por matar a aquel que insultó a su novia.

“Las altas tasas de homicidios en el Sur reflejan valores de autoprotección, sensibilidad ante el insulto, y disposición a asumir los asuntos relativas a castigos en las propias manos”.

Richard E. Nisbett y Dov Cohen: Culture of honor: the psychology of violence in the South.

[1] También, al parecer, los españoles éramos una cultura de honor, como demuestra Iñigo Montoya. O los corsos, según Goscinny.


[2] En el idioma original, The man who shot Liberty Valance. Shoot puede entenderse como “pegar un tiro” y como “matar a tiros”. En un divertido artículo del Huffington Post Daniel Gamero defiende que la traducción en español es mala porque hace desaparecer la ambigüedad y se carga el suspense de la escena, cuando no se sabe si Valance está vivo o, afortunadamente, muerto. También se mete con la sorprendente traducción de una sabrosa comida, compuesta por un chuletón, alubias y patatas, convertida súbitamente en un dietético asado con guisantes. Y con otra más chocante aún: la apetitosa tarta de manzana queda convertida en español en ¡una piña!

[3] He seleccionado un gráfico (para verse correctamente se debe hacer click sobre él) que me parece especialmente representativo. Muestra los cambios producidos en la producción de cortisol, hormona relacionada con altos niveles de estrés y ansiedad, y de testosterona, hormona relacionada, entre otras cosas, con la preparación para la agresión y la dominación. Obsérvese la espectacular diferencia de efecto que produce el insulto en norteños y sureños.

sábado, 13 de diciembre de 2014

MITCHELL EL TEMIBLE: LA RISA Y LOS 40 MILLONES

”Sólo soy un tipo al que se le pidió hacer algo por su país”.

James Mitchell a The Guardian Los utilitaristas definen lo bueno independientemente de lo que es justo, y a continuación definen lo justo como aquello que maximiza lo bueno. Queda por tanto definir qué es lo bueno, y si decidimos que es el placer llegaremos al hedonismo, si es domeñarlo al estoicismo, si es la felicidad al eudemonismo, y si es el logro de la excelencia al perfeccionismo. En cualquier caso podemos decir que para el utilitarismo clásico el bien está en la satisfacción racional del deseo, lo que presupone, que no es poco, que los seres humanos somos básicamente racionales.

Lógicamente las satisfacciones de las distintas personas en una sociedad pueden ser incompatibles. El utilitarista busca alcanzar la maximización del bien, diseñando funciones de utilidad a partir de las distintas combinaciones de satisfacciones en conflicto y dibujando curvas de indiferencia. Una de las características del utilitarismo es que, para juzgar la bondad (es decir, la justicia) de un resultado, atiende a la suma de satisfacciones alcanzadas, pero no a cómo se distribuyen éstas entre los participantes. Para los utilitaristas “no hay en principio razón por la cual las mayores ganancias de alguno no han de compensar las menores pérdidas de otros, o, lo que es más importante, por qué la violación de la libertad de unos pocos no pudiera ser considerada correcta por un mayor bien compartido por muchos”, nos explica Rawls en su Teoría de la justicia.

El pensamiento utilitarista presupone la existencia de un observador imparcial y empático que juzga desde fuera la situación y evalúa los distintos bienes en juego. Al ser empático se pone en la piel de aquellos cuyos intereses están en juego, y decide si es razonable sacrificar unos a costa de otros si el resultado obtenido maximiza la función de utilidad.

La justificación de las torturas es eminentemente utilitarista: a costa de sacrificar unos determinados bienes (la dignidad, la integridad, y el deseo de no sufrir de unos sospechosos) se han alcanzado otros bienes (la prolongación de la vida de las eventuales víctimas) Puestos ambos grupos de bienes en la balanza por el imparcial espectador, pesan más las vidas salvadas que los daños causados, y de este modo la decisión es justa y todos duermen bien por las noches. Comencemos con una observación: en la balanza se han pesado daños causados reales junto con daños evitados potenciales (podrá argumentarse: son potenciales precisamente porque se han evitado y no han llegado a convertirse en reales).

Pero sigamos ¿es realmente imparcial el espectador? No desde luego el psicólogo James Mitchell, cuya próspera empresa de torturas se ha embolsado más de 40 millones de dólares (posiblemente para el utilitarista estricto también los 40 millones deberían pesar en la balanza, aunque no sabemos en qué platillo). Mitchell, por cierto, y contra todo pronóstico, se ha definido como firme partidario de Amnistía Internacional, habiendo llegado incluso a ofrecerse para participar en campañas para recaudar fondos. En cualquier caso tampoco el espectador estadounidense parece imparcial, y de hecho todo el asunto de las torturas hace aflorar colateralmente un cierto tufillo xenófobo. Porque, si admitimos las torturas bajo el argumento del mayor daño evitado, cabría importarlas al ámbito doméstico y emplearla, por ejemplo, para desmantelar organizaciones criminales, cosa que no parece que incluso los más esforzados utilitaristas estén dispuestos a aceptar. ¿Es más lícito entonces aplicar torturas a extranjeros sospechosamente oscuros, que hablan lenguas bárbaras, que a aborígenes del país? Dejémoslo ahí.

He aquí una paradoja. Una vez aceptada la procedencia de la tortura ¿es admisible todo tipo de tortura? Parece que no. Seguramente la opinión pública se habría visto aún más indignada si Mitchell, recurriendo a los clásicos, hubiera recomendado el uso del potro, o la extracción de los ojos del torturado. Parece, por tanto, que, después de haber antepuesto lo bueno a lo justo, el juicio utilitarista descubre súbitamente consideraciones humanitarias, o estéticas.

Es el momento de decir que no debe de haber un solo utilitarista que haya aprobado las torturas (entre otras cosas porque la mayoría detesta a Bush), pero no cabe duda que, con sus planteamientos, no es complicado legitimarlas. Y es que es innegable que el utilitarismo tiende a adentrarse con excesiva alegría por terrenos resbaladizos, a convertir las vidas en unidades de medida, y a tratar de incluir los derechos y libertades en el sistema métrico decimal.

He mencionado a Rawls, que no es utilitarista. Él cree que lo que es justo debe definirse con prioridad a lo que es bueno, y que los deseos sólo pueden moverse legítimamente en el campo definido previamente por lo que es justo. Llama a su modelo, que desarrolla en Teoría de la justicia, “justicia como imparcialidad”:

“En la justicia como imparcialidad el concepto de derecho es prioritario al del bien. En contraste con las teorías teleológicas, algo es bueno sólo cuando se ajusta a las formas de vida compatibles con los principios del derecho ya existentes”.

El libro comienza con un planteamiento intuitivo de la justicia que a continuación se propone confirmar o refutar:

“En una sociedad justa las libertades básicas se dan por sentadas, y los derechos, asegurados por la justicia, no están sujetos al regateo político ni al cálculo de intereses sociales”.

“Distinguimos, como cuestión de principio, entre las pretensiones de la libertad y de lo justo, por un lado, y lo deseable de aumentar el beneficio social en conjunto por otro; y que damos cierta prioridad, si no un valor absoluto, a lo primero, Se supone que cada miembro de la sociedad tiene una inviolabilidad fundada en la justicia o, como dicen algunos, en un  derecho natural, el cual no puede ser anulado ni siquiera para el bienestar de cada uno de los demás”.

Por mi parte, el planteamiento está bastante bien como está.

martes, 2 de diciembre de 2014

LA HORA ESTELAR DE LOS IDIOTAS



El 13 de mayo de 1990 el Estrella Roja de Belgrado se enfrentaba con el Dinamo de Zagreb en el estadio de este último, y unos 3.000 miembros de Delije viajaron a la capital croata. Delije era el nombre del principal grupo de hinchas del Estrella Roja, y en los alrededores del estadio Maksimir tuvieron sus primeros enfrentamientos con los BBB (Bad Blue Boys), la hinchada del Dinamo. Una vez dentro del campo, los de Delije fueron estabulados en un lugar separado del resto, pero los BBB no dejaron de acosarlos mediante el lanzamiento de objetos diversos. La tensión fue incrementándose hasta que finalmente, enarbolando asientos arrancados y navajas, y al grito de “Zagreb es serbio” y “Muera Tudjman”, los hinchas de Delije se abalanzaron sobre los seguidores locales. Las alusiones homicidas se referían al nacionalista Franjo Tudjman, que acababa de ganar las elecciones en Croacia.


Pronto los incidentes se extendieron a todo el graderío, y los BBB acabaron imponiendo su superioridad numérica y asaltando el terreno de juego. Mientras la policía intentaba infructuosamente contenerlos, los jugadores del Estrella Roja se retiraron prudentemente a los vestuarios, pero no así los del Dinamo. El mediocampista Zvonimir Boban, contagiado por la ira desencadenada, propinó un formidable patadón a un policía que intentaba contener a un hooligan local [1]. Allí estaba yo, contaría más tarde, un personaje público preparado para arriesgar la vida, la carrera y todo aquello que la fama me había procurado por un ideal, una causa: la causa croata. Mucha épica para tan poco acto, pero quizás la construcción nacional pueda, o deba, hacerse a patadas. El episodio convirtió a Boban en un héroe. Más tarde jugaría en el Celta de Vigo.

Uno de los líderes de Delije era Željko Ražnatović, también conocido como Arkan. Hombre de un temperamento inestable (quizás debido a un exceso de acentos en las consonantes) Arkan había desarrollado una exitosa carrera profesional en el extranjero como atracador de bancos. Aunque había sido detenido en varias ocasiones en Italia, Holanda, Alemania y Suiza, había conseguido fugarse en todas ellas, y algunos atribuyen esta sorprendente habilidad a su relación con el ministro del interior yugoslavo Stane Dolanc, a quien Arkan habría prestado servicios ocultos.


El 11 de octubre de 1990 Arkan y otros hinchas de Delije crearon la Guardia Serbia de Voluntarios, un grupo paramilitar. En 1991, con la guerra propagándose por Yugoslavia, Arkan y sus voluntarios viajaron a Krajina, enclave de mayoría serbia en el interior de Croacia [2]. Fue arrestado por la policía croata, y una vez más misteriosamente liberado. En julio de 1991 Arkan y sus voluntarios marcharon a Bukovar y un año más tarde a Bosnia. Excepcionalmente bien financiados, y por tanto excepcionalmente bien pertrechados, fueron conocidos como Los Tigres de Arkan, y participaron en masacres diversas y operaciones de limpieza étnica contra los bosniacos. Para entonces Arkan era considerado un héroe nacional serbio, y se le dedicaban canciones heroicas y turbo folk. En 1993 fundó el Partido de Unidad Serbia.


Tras los acuerdos de Dayton que marcaron el fin de la guerra de Bosnia, la Guardia Serbia de Voluntarios fue disuelta. Arkan, que se había hecho rico con el pillaje, adquirió el club de segunda división FK Obilić, que bajo su dirección inició una ascensión meteórica. Entre otras cosas porque entre sus nuevos seguidores estaban antiguos Tigres de Arkan que, durante los encuentros, acostumbraban a apuntar con sus armas a los jugadores rivales disminuyendo su concentración y rendimiento. De este modo el FK Obilić llegó a ganar la liga 97/98. Como la UEFA amenazó con excluir al club de las competiciones por sus conexiones con el hampa, Arkan encomendó su dirección a su mujer, la cantante Ceca, que también era turbo folk.

Gracias a sus conexiones políticas y con el mundo del crimen, que iban desde el presidente Milosevic hasta la Camorra napolitana, Arkan se convirtió en un personaje inmensamente rico e influyente. Sin duda debido a sus relaciones en junio de 2000 fue asesinado en el lobby del Hotel Intercontinental de Belgrado. Ese mismo año el Partido de Unidad Serbia que había fundado obtuvo 200.000 votos y 14 escaños en el Parlamento. Un año antes el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia lo había acusado formalmente de crímenes de guerra.

¿A qué viene este relato? Sirve (o no) para enfatizar dos reflexiones acerca del reciente conflicto entre distintos grupos de hinchas en España. La primera: en realidad no son distintos, sino idénticos (y en este sentido es irónico que se peleen entre ellos). Clasificarlos como hinchas del Atlético o del Coruña (o, ya puestos, de ultra derecha o ultra izquierda) es tan absurdo e irrelevante como hacerlo según el color de su pelo. Lo que los caracteriza, e incluye en una única categoría, es un explosivo coctel psicológico derivado de una formación y una capacidad intelectual limitadas, un nivel de frustración notable, y una tendencia a liberar la ira. Son, quizás, los perdedores radicales de los que habla Enzensberger. La segunda: el hooliganismo es la ventana que permite detectar a la sociedad sus elementos más nocivos en tiempos de paz, y conviene que actúe muy severamente contra ellos. En tiempos de guerra continúan siendo los peores, pero entonces están en su salsa y ya no hay quien los detenga. Incluso pueden devenir en héroes, como nos demuestra Arkan (y ya nos contó Kohout [3]).

Reflexiones alternativas: hooliganismo y delincuencia; nacionalismo y hooliganismo; nacionalismo, hooliganismo y kitsch.

[1] Puede verse en el minuto 1:16 del primer vídeo.
[2] En agosto de 1995 Franjo Tudjman, que consiguió que sus atrocidades pasaran más desapercibidas para la opinión pública que las de su colega serbio Milosevic, ordenó la operación Tormenta, una gigantesca actuación militar y de limpieza étnica para expulsar a los serbios de lo que él consideraba Croacia.
[3] Pavel Kohout: La hora estelar de los asesinos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

CONSERVADURISMO, LIBERALISMO Y CACA

Cuando probamos un sabor desagradable, olemos unas heces, contemplamos carne podrida, o vemos corretear insectos o animales asociados con la suciedad, experimentamos unas sensaciones desagradables que van desde la repugnancia leve hasta la nausea y el vómito. El asco es una emoción útil, y es sencillo entender como evolucionó. Los primeros animales que lo desarrollaron se alejaban eficazmente de posibles fuentes de envenenamiento o infecciones, de modo que aportaban más genes al acervo genético que sus competidores, más vulnerables a ingerir cosas nocivas y morir tontamente.

Es también fácil de entender que, a igualdad de estímulos, la intensidad del asco es variable según las personas: no todos reaccionamos de la misma manera ante imágenes desagradables, sabores desagradables y olores asquerosos. Lo realmente impactante es que la mayor o menor sensibilidad al asco de las personas está relacionada con su tendencia política: cuanto más sensible es uno, más probable es que sea conservador, y cuanto menos sensible más probable es que sea liberal. [1]

Eso al menos es lo que sostiene el psicólogo David Pizarro [2] de la universidad Cornell, en Nueva York, y ésta no es una institución cualquiera: Cornell, junto con Harvard y Yale, es una de las ocho entidades integradas en la prestigiosa Ivy League. Los experimentos a partir de los que se ha llegado a esa conclusión constan de dos fases. En la primera los sujetos son sometidos a una serie de estímulos para detectar la intensidad de su reacción ante el asco: contemplan fotos de cacas y heridas purulentas, definen su nivel de repugnancia ante la posibilidad de comer gusanos o de que les remuevan la sopa con una escobilla, y son monitorizados para medir la intensidad de las reacciones. De este modo se obtiene el nivel de sensibilidad del sujeto frene a la repugnancia. En la segunda fase los sufridos sujetos son sometidos a cuestiones que definen su orientación política, y a continuación se cruzan los datos. De este modo se llega a la sorprendente conclusión de que existe una correlación entre una mayor sensibilidad hacia los estímulos asquerosos y la propensión al conservadurismo político. En otros experimentos Pizarro ha sido incluso capaz de adivinar con bastante precisión cuál fue el voto de los sujetos del experimento en las elecciones de 2008 en función de su sensibilidad: los más propensos a las arcadas fueron también los más predispuestos a votar a McCain.

Primera pregunta. ¿Qué tiene que ver el asco, que parece estar relacionado con impulsos puramente físicos, con la política, que parece residir en campos más cercanos a lo intelectual y moral? Lo cierto es que, si bien el asco parece haberse desarrollado como una defensa frente a la infección y la contaminación, ha demostrado ser perfectamente extensible a las personas o ideas. Los nazis, por ejemplo, asociaban a los judíos con animales u organismos capaces de contaminar y portar enfermedades. No hace mucho en España se pedía el establecimiento de un “cordón sanitario” contra el partido mayoritario de derecha. El planeamiento implícito parece ser que, del mismo modo que determinados microorganismos pueden envenenar los alimentos, determinadas ideas o comportamientos pueden infectar la visión ideal de aquél que se siente asqueado: personas o ideas nocivas pueden contaminar a otras personas o ideas puras. Tal vez por esto algunos psicólogos hablan de un ideal de pureza entre los motores básicos del instinto moral, y esto requiere una pequeña digresión.

La ciencia cognitiva defiende la existencia de un instinto moral en las personas que se ha ido formando a través de nuestro desarrollo evolutivo. Es moral porque actúa en el ámbito de nuestro juicio sobre lo que está bien y lo que está mal, y es instinto porque las respuestas se producen al margen de la razón. Esto no quiere decir, obviamente, que no seamos capaces de construir intelectualmente códigos morales de comportamiento, pero en todo caso el instinto moral permanece ahí, con carácter previo, para proporcionar los ingredientes. Algunos profesores como Jonathan Haidt y Paul Bloom se animan incluso a describir los cinco impulsos fundamentales del instinto moral: aversión a causar daño físico, tendencia a la equidad y reciprocidad, respeto a la jerarquía, lealtad hacia el grupo y protección de la pureza. En este último se situaría precisamente el asco. Dejémoslo de momento ahí.

Volvamos al sorprendente descubrimiento de Pizarro y sus nebulosas implicaciones. ¿Quiere decir que una persona con paladar refinado está más predispuesta a valorar el libre mercado y la iniciativa privada que otra con paladar de corcho? ¿Alguien que carece de olfato estará más inclinado a la igualdad y al gasto público que uno provisto de excelente nariz?

El asco como emoción moral tiene un problema adicional. Uno puede estudiar con circunspección la envidia, la avaricia o la ira, pero cuando enfoca algo que está emparentado con las heces hasta el más sesudo profesor sufre cierta tendencia al gamberrismo. Pizarro, tras descubrir que la sensibilidad al asco influye en la orientación política ha realizado un experimento adicional: ¿puede conseguirse que alguien modifique sus opiniones políticas mediante la aportación de un estímulo asqueroso? Y la respuesta es, me temo, sí. Para llegar a ella Pizarro ha sometido a sus participantes a cuestionarios políticos bajo dos condiciones ambientales completamente distintas: en un recinto bien aireado, y en otro en el que ha soltado una bomba fétida. Aquellos inmersos en el tufo han propendido a emitir opiniones consideradas convencionalmente más conservadoras.

El descubrimiento es grosero pero revolucionario, y abre la puerta a nuevos interrogantes. ¿Puede un votante del PSOE acabar votando al PP si ha acudido al colegio electoral acompañado de un flatulento? ¿Puede basar el PP su campaña electoral en una prescripción masiva de carminativos? Son preguntas impactantes (e inquietantes) que no debemos descuidar.

[1] Téngase en cuenta que “liberal” y “conservador” son categorías norteamericanas, y no tienen por qué encajar exactamente con, por ejemplo, derecha e izquierda en España.

[2] Pueden ver a David Pizarro aquí.

Mr. Psykoaktive, muchas gracias por el descubrimiento de Coursera.

jueves, 16 de octubre de 2014

LA MILENARIA TRADICIÓN ESCOCESA


En una época remota recorrieron las tierras altas de Escocia el caudillo Fingal y sus guerreros. Eran tiempos heroicos y trágicos, de batallas permanentes y amores desgraciados, y los personajes deambulaban entre la niebla de las highlands y de su propio destino. Su epopeya fue recogida por el bardo Ossian, hijo de Fingal, cuando ya era un anciano ciego. Los poemas de Ossian fueron rescatados por el escritor y poeta James Macpherson, que en 1760 publicó Fragmentos de poesía antigua recogidos en las highlands de Escocia, y traducidos del gaélico o lenguaje erse. Macpherson, según contaba, había reunido el material disperso a partir de diversas fuentes, que incluían la tradición oral de las highlands y la copia de ciertos manuscritos a los que había tenido acceso en sus interminables desplazamientos. Un par de años más tarde publicaría una nueva selección de poemas sobre Fingal, y finalmente en 1765 recopilaría todos los documentos en Las obras de Ossian. El propio Macpherson situó a Fingal en el siglo III, e identificó al personaje “Caracul” de los poemas con el emperador Caracalla. 


La importancia de la obra de Macpherson era enorme. La creencia general era que el gaélico hablado en las tierras altas de Escocia era una variedad del irlandés. Tenía su origen en la invasión de los escotos [1], un pueblo celta irlandés que en el siglo V había cruzado el mar desde el Ulster invadiendo Argyll y las islas intermedias. La cultura y tradiciones de los highlanders, se pensaba, no eran más que reflejos de la cultura y costumbres irlandesas. Pero el descubrimiento de Macpherson invertía por completo la secuencia. Al identificar a Fionn mac Cumhaill y al bardo Oisín, protagonistas del ciclo feniano de poesía irlandesa, con el rey Fingal y el bardo Ossian, demostraba que los personajes irlandeses se habían basado en los escoceses. En realidad la poesía irlandesa tenía un origen escocés, y el ciclo feniano no era más que una copia de los poemas de Ossian.

Entusiasmado con el descubrimiento, el reverendo John Macpherson [2] de la isla de Skye escribió una Disertación crítica en la que afirmaba la existencia de celtas hablantes de gaélico en las highlands del siglo III, y describía la literatura irlandesa como una mera imitación o apropiación de la escocesa. Para cerrar el círculo James Macpherson escribió una Introducción a la historia de Gran Bretaña e Irlanda en la que recogía todas las tesis del segundo Macpherson, que previamente se habían inspirado en las suyas.

Traducida a otros idiomas, la obra de James Macpherson fue recibida con entusiasmo. Para algunos Ossian era equivalente a Homero, y para otros aún mejor.  Las tierras altas escocesas comenzaron a ser vistas como un lugar poético y misterioso, y sus habitantes como los aguerridos portadores de una cultura ancestral, un cambio notable puesto que hasta este momento los highlanders eran casi unánimemente vistos por sus vecinos lowlanders como una pandilla de palurdos, vagos y maleantes.


Hay que descubrirse ante la desfachatez de los Macpherson, porque todo el asunto no era más que una gigantesca patraña. Ossian, Fingal y sus escoceses del siglo III eran burdas invenciones.

Racial y culturalmente el oeste de Escocia y las Hébridas habían sido, sencillamente, una colonia de Irlanda. De hecho habían estado políticamente unidas durante mucho tiempo: así había ocurrido desde que los escotos, tras la invasión, habían constituido el reino de Dalriada, que abarcaba el Ulster irlandés, las tierras altas escocesas y las islas entre ambos. La actual Escocia no constituyó una unidad política hasta el siglo IX, cuando el rey escoto Kenneth MacAlpin consiguió ser reconocido también por los pictos (estos sí, oriundos de Escocia) Pero incluso entonces, y a lo largo del resto de la Edad Media, los Señores Macdonald de las Islas habían gobernado un territorio a caballo sobre el norte de Irlanda y el oeste de Escocia (sometidos a la soberanía de los reyes de Escocia e Inglaterra). En el señorío de los Macdonald todos los bardos y arpistas (pues la tradición escocesa de la gaita también es una invención) provenían de Irlanda. Desaparecido el señorío de las islas, los Macdonald continuaron siendo poderosos en ambas orillas y se mantuvo la unidad cultural del territorio. Sin embargo poco a poco la cultura fue decayendo en las en las highlands, que se convirtieron en receptoras de los peores bardos irlandeses, de aquellos que no conseguían trabajo en Irlanda. En general las tierras altas escocesas se fueron empobreciendo, y se fue ampliando una brecha con sus vecinos, más civilizados, de las tierras bajas.
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Dada la relación entre highlanders e irlandeses, sus habitantes vestían de forma similar. ¿De dónde salió el kilt? El caso es que ni siquiera Macpherson describía a sus imaginarios escoceses ataviados con esa prenda. Tampoco hacía referencia a que el diseño y color del tartán, el tejido del kilt, dependieran del clan al que su portador estuviera adscrito. El nombre “kilt” apareció por primera vez en 1726, y no hacía referencia a la actual falda con pliegues sino a una forma peculiar de llevar el manto: cubriendo la parte superior del cuerpo y ceñido en la cintura de manera que la parte inferior sirviera como falda. Esta forma de vestir de los highlanders era considerada primitiva e indecorosa ya que la parte inferior solía llevarse “tan corta que en un día de viento, subiendo una colina, o al agacharse, mostraba inmediatamente las indecencias”.


El ancestral kilt fue inventado en 1727 por Thomas Rawlinson, un cuáquero inglés de Lancashire. Rawlinson, que provenía de una familia de herreros, se había trasladado a Inverness para fundir material de hierro utilizando la abundante madera local como combustible. En seguida descubrió que, si bien el manto con cinturón era una vestimenta adecuada para triscar por los brezales, resultaba perturbador cuando su portador se subía a un árbol para talarlo, o se agachaba para recoger unas piedras para construir un horno. Siendo un hombre emprendedor se puso a manos a la obra: separó la falda del manto, la cosió de manera que quedara plisada, y alumbró así una tradición milenaria que rápidamente se puso de moda entre la población local.


En 1745, cuando los clanes levantaron su bandera en Glenfinnan a favor del pretendiente Carlos Estuardo, los highlanders llevaban mayoritariamente el kilt. El diseño y color de los cuadros no era relevante, porque aún no habían descubierto las centenarias diferencias de cada clan. Tras la derrota de Culloden el vestuario highlander fue proscrito, y en una generación las clases bajas lo sustituyeron sin mayores problemas por el pantalón. Sin embargo el kilt se popularizó entre los sectores más cultivados de la población, aquellos que jamás lo habían utilizado, que comenzaron a adoptarlo como un desafío (prudente, de momento sólo en sus casas). Mientras tanto el ejército británico comenzó a reclutar regimientos highlanders, y éstos, que no estaban incluidos en el ámbito de la prohibición sobre el vestuario, adoptaron también el kilt.

La cosa empezaba a ser imparable. En 1778 nació en Londres la Highland society, que se encargó de publicar el Ossian de Macpherson, de luchar contra la prohibición de la indumentaria Highland, y de revitalizar las tradiciones escocesas. Para ellos realizaban reuniones:

llevando la indumentaria que había sido tan aplaudida como vestido de los ancestros celtas (recientemente inventada por un cuáquero inglés) y (…) con el objetivo de conversar en esta lengua enfática (el gaélico irlandés), escuchar la música maravillosa (de la recién adoptada gaita), recitar la antigua poesía (inventada por los desenfadados Macpherson) y observar las típicas costumbres de su país” (los comentarios entre paréntesis son míos).

En 1805 el kilt se había afianzado tanto que sir Walter Scott, que había denunciado las falsedades históricas del Ossian, defendía que nadie podía dudar que los antiguos escoceses lo habían vestido, algo que ni siquiera los fabulosos Macpherson se habían animado a afirmar. Para el año 1822 se había programado una visita de Jorge V a Edimburgo, la primera de un monarca de la casa Hannover a Escocia. El propio Walter Scott fue nombrado maestro de ceremonias, y presionó a los jefes de los clanes para que acudieran correctamente vestidos a la usanza escocesa. Unos meses antes de la vista, cuando ésta ya se había anunciado, los fabricantes de tartán William Wilson & Son, de Bannockburn, decidieron crear un muestrario de diseños de tartán diferenciados para cada clan. A tal fin se aliaron con la Highland society, que certificó con entusiasmo la antigüedad de los diseños. A continuación, Willian Wilson & Son envío muestras a los jefes de los clanes.


La acción conjunta de Walter Scott y los fabricantes de tartán consiguió la proeza de convertir Edimburgo en un circo. Hay que decir que no todos los escoceses estuvieron de acuerdo. El propio hijo de Scott se asombró ante el hecho de que los escoceses se identificaran con las tribus celtas que “siempre habían constituido una parte de la población escocesa muy pequeña y casi siempre sin importancia”. Y Lord Macaulay, aunque no cuestionaba la autenticidad del kilt, protestó ante la profusión de “enaguas a rayas” y ante el hecho de que se considerase que “no podía dar una mejor prueba de respeto hacia las costumbres que habían predominado en Escocia antes de la Unión que disfrazarse delo que, antes de la Unión, era considerado por nueve de cada diez escoceses el vestido de un ladrón”. Pero la acción conjunta del sentimiento y el comercio resultó ser imparable, y es previsible que el kilt se extienda hacia el futuro con tanto éxito como lo ha hecho hacia el pasado.



[1] El nombre no debe inducir a error. Los escotos eran un pueblo celta irlandés que invadió el oeste de Escocia y acabaría dando el nombre a todo el país.
[2] Los Macpherson no estaban emparentados entre sí, pero se hicieron grandes amigos.

Imágenes: 1) Ossian, por François Gerard; 2) James Macpherson; 3) Guerreros escoceses provistos de kilts retroactivos; 4) “La delgada línea roja”. A pesar de la falda, miembros del regimiento Argyll and Sutherland Highlanders resisten una carga de la caballería rusa, numéricamente muy superior, en Balaclava, un episodio que contribuyó a la reforzar la fama militar de los highlanders; 5) El folklore escocés en la actualidad.

* Todo esto puede encontrarse en La tradición de las highlands en Escocia, de Hugh Trevor-Roper.

martes, 23 de septiembre de 2014

IMPONIENDO LA SHARIA EN RAQQA

“Queremos construir un estado islámico que abarque cualquier aspecto de la vida”.


A mediados de agosto la cadena de noticias Vice News, que recientemente ha firmado un acuerdo de colaboración con la productora HBO, emitió un impactante documental sobre las actividades del Estado Islámico en Raqqa, ciudad siria que ha convertido en su capital. Vice News ha realizado notables reportajes, incluyendo una visita a Corea del Norte aprovechando la aparentemente inagotable estupidez del baloncestista Dennis Rodman, único fan conocido en occidente de Kim Jong-Un. Para el documental de Raqqa, Vice News ha empleado al corresponsal Medyan Dairieh, que de algún modo (y en un derroche de valor) ha contactado y convencido a un encargado de prensa del Estado Islámico para que le deje pasear por Raqqa y filmar y entrevistar a los terroristas.

Unos yihadistas derrapando con un tanque en mitad de la calle, y los cuerpos mutilados de unos soldados sirios cuyas cabezas decoran las rejas de un parque, demuestran que las cosas en Raqqa, hasta hace poco una ciudad pasablemente occidentalizada, han cambiado bastante. Abundan las personas que saludan a la cámara levantando el dedo índice, como expresión de que el Califato es la única y verdadera expresión del Islam.

Minuto 7:00. “Vuestro líder es un descendiente de Hussein y de la tribu del profeta. Debemos amar a la familia del profeta. Debéis ayudarlo pagando vuestro dinero, sacrificando vuestra vida, y haciendo todo lo que podáis (no necesariamente en este orden) En el nombre de Dios, el Misericordioso, juramos alianza al Comendador de los Creyentes y Califa de los musulmanes”. En una mezquita los terroristas del Estado Islámico aleccionan a los habitantes de Raqqa sobre las virtudes y genealogía del nuevo califa Abú Bakr al Bagdahdí. Las caras de los asistentes reflejan los ingredientes del coctel de emociones: exaltación, miedo, odio, abyección… Contribuyen a ello los omnipresentes kalashnikov, pues como afirma solemnemente una yihadista, la sharia no puede imponerse sin ellos. Alá escribe recto con cargadores torcidos.

Minuto 9:00. ”Honestamente, la familia es lo menos importante”. En efecto la familia y en general las personas son poco relevantes ante la Causa. “Somos luchadores. Te lo juro, ojala lo tengamos difícil. No queremos una vida feliz y viajecitos, porque esas cosas nos alejan de Dios. Cuando peor sea la situación, más cerca estaremos de Dios”.

A partir del minuto 11:15 la cámara muestra el satisfactorio adoctrinamiento de un niño. En la nauseabunda imitación de un tono paternal el muyahidín de turno, que es oriundo de Bélgica, toma la lección:

Terrorista: ¿Qué hay allí, en Bélgica.
Niño: Infieles.
T: Infieles. ¿Y qué tenemos aquí?
I: El Estado Islámico.
T: ¿Y te gusta el Estado Islámico?
N: Sí.
T: ¿Qué quieres ser, un yihadista o ejecutar una operación de martirio (convertirse en suicida)
N, con cierta aprensión: Yihadista.
T: Por qué matamos a los infieles? ¡Levántate! ¿Qué han hecho los infieles?
N: Matan musulmanes.
T: Porque matan musulmanes. ¿Todos los infieles, como los infieles de Europa?
N: Los infieles de Europa, todos los infieles.


“Por lo que a nosotros respecta, creemos que esta generación de niños es la generación del Califato. Si dios quiere, esta generación luchará contra infieles y apóstatas (…) La doctrina correcta ha sido implantada en estos niños. Todos ellos desean luchar por el bien del Estado Islámico”. A continuación la cámara muestra a unos terroristas jugando con los niños en el Eufrates, una escena tan perturbadora como una reunión de pederastas en un jardín de infancia. De hecho es exactamente eso. El encargado de prensa del Estado Islámico continúa explicando que los que tienen menos de 15 años son enviados aun campo en el que son adoctrinados y adiestrados, y los mayores de 16 van directamente a cumplir sus deberes militares con Alá. ¿Participan en acciones militares? Claro, contesta el encargado con seguridad y erudición, porque Usama Ibn Zaid, el hijo adoptivo de Mahoma, dirigió un ejército a esa edad contra los romanos.

Minuto 15:45. Un yihadista canta: ”Oh Abu Bakr, tú aterrorizas a tus enemigos. Oigo la llamada de las bellas vírgenes. ¡Enrólame como un mártir!”. El que se sienta a su lado escucha con embeleso casi enternecedor lo de las bellas vírgenes. Estamos ante un festejo popular del Estado Islámico y sin duda hay gente profundamente emocionada ante este Tomorrow belongs to me islamista.

Minuto 18:30. Una patrulla armada recorre Raqqa vigilando el cumplimiento de la Sharia: “Mi propósito es establecer el Califato, y para conseguirlo de acuerdo con el Profeta debemos enseñar a otros qué hacer y qué no hacer. De este modo se dirigen a un comerciante para que retire un cartel excesivamente occidental: ”Queremos una calle islámica, somos musulmanes. No nos gustan los infieles. Si tú has puesto esta foto quiere decir que te gustan los infieles”. En esto recuerdan bastante a los que obligan a rotular en catalán. Siempre con tono de buen rollito, y las ametralladoras bien visibles, la patrulla detiene a otro viandante que, tras la evidente alarma inicial, se las arregla para componer una sonrisa incómoda: ¿Esa es tu mujer? Sí, alabado sea Dios. Antes que nada, dile que cambie el tejido de su velo. Y después dile que no sujete la falda porque podemos ver lo que lleva debajo ¡Es tu mujer, hermano, presérvala! La mujer, vertida de negro y tapada hasta las cejas, ha permanecido como un mueble mientras se desarrolla la conversación. Finalizada la actuación los miembros de la patrulla instruyen al reportero: ”Dios ordenó a la mujer llevar velo, no lo inventamos nosotros. Por eso les avisamos. En un tono amable, pero los que no obedezcan serán obligados”. Ante la presencia de la patrulla abundan las sonrisas. Sin duda las primeras provienen del miedo, pero para las siguientes el ajuste de disonancia habrá comenzado a funcionar y la esclavitud será voluntaria.


Minuto 28:05. Tribunales de la Sharia en Raqqa, una curiosa mezcla de burocracia e Islam. Un magistrado cuenta: “La Sharia ha devuelto los tribunales al pueblo”. ¿Se ajusta la actuación de los tribunales a estándares internacionales? ”Se ajusta a estándares internacionales. Por supuesto que no. Pretendemos satisfacer a Dios, y por eso no nos importan los estándares internacionales”

¿Y los cristianos? Un magistrado asegura que no existe persecución, y que los cristianos pueden profesar su fe siempre que paguen un tributo. A lo largo del documental otros muyahidines desmienten esta afirmación, quizás por no haber interiorizado el guión . Los campos de refugiados también lo desmienten, así como las imágenes de niños cristianos heridos. Al no tratarse de palestinos, es difícil que nuestra progresía se interese por ellos.

Pueden ver el reportaje completo aquí.

jueves, 18 de septiembre de 2014

LAS CARTAS DE RENAN A STRAUSS (2)


En mayo de 1882 Renan pronuncia una conferencia en la Sorbona: Qué es la nación.

Empecemos por lo que no es. Descartada la religión, descartada la geografía, algunas tendencias pretenden basarla en la raza:

”Hoy se comete un error todavía más grave: se confunde la raza con la nación y se atribuye a grupos etnográficos, o más bien lingüísticos, una soberanía análoga a la de los pueblos realmente existentes”.

Donde dice pueblos léase países. En efecto, el problema está en que las visiones particularistas de la nación discuten la soberanía de los países realmente existente y amenazan la pacífica convivencia:

  ”La familia germánica, por ejemplo, según esta teoría tiene el derecho de recuperar a los miembros dispersos del mundo germánico, incluso cuando estos miembros no demandan la reunificación. El derecho del germanismo sobre tal provincia es más fuerte que el derecho de los habitantes de esta provincia sobre sí mismos.”



Con esto se está refiriendo obviamente al pasado contencioso alsaciano. Concluye rotundamente:

“La raza no lo es todo, como en los roedores o felinos, y no se tiene derecho a ir por el mundo palpando el cráneo de las gentes para después cogerlas por el cuello y decirles: «¡Tú eres de nuestra sangre; tú nos perteneces!». Más allá de los caracteres antropológicos está la razón, la justicia, lo verdadero, lo bello, que son iguales para todos”.

Impecable. Renan previene además de los riesgos que supone el particularismo y encerrarse en la propia cultura:

”Cuando se lleva a la exageración se encierra uno en una cultura determinada tenida por nacional, se limita, se enclaustra. Se abandona el aire libre que se respira en el vasto campo de la humanidad para encerrarse en los conventículos de los compatriotas. Nada peor para el espíritu, nada más lamentable para la civilización. No abandonemos el principio fundamental de que el hombre es un ser razonable y moral antes de ser miembro de tal o cual raza, un adherente de tal o cual cultura. Antes que la cultura francesa, alemana o italiana está la cultura humana”.
 

Para Renan, la idea de nación presupone la existencia de ciudadanos libres:

”Las naciones así entendidas son algo bastante nuevo en la historia. La antigüedad no las conoció; Egipto, China, la antigua Caldea, no fueron en modo alguno naciones. Eran manadas conducidas por un hijo del sol o un hijo del Cielo. No hubo ciudadanos egipcios, del mismo modo que no hay ciudadanos chinos”.

”El Imperio romano estuvo bastante más cerca de ser una patria. Como resultado del inmenso beneficio que supuso el cese de las guerras, la dominación romana, tan dura en sus inicios, fue aceptada rápidamente. Fue una gran asociación, sinónimo de orden, de paz, de civilización. En los últimos tiempos del Imperio hubo (…) una verdadera estima de la “paz romana” frente al amenazador caos de la barbarie”.

En efecto. Un statu quo pacífico debe ser considerado un valor en sí mismo, oponible frente a los aventureros. Si Renan se hubiera mantenido por este camino la cosa habría estado perfecta, pero a continuación se complica un poco:

“Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas, que a decir verdad no son más que una, constituyen este alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa (…) Haber hecho grandes cosas juntos, querer hacerlas todavía”. “Una nación es pues una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y los sacrificios que todavía se está dispuesto a hacer. Supone un pasado; se resume, no obstante, en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida en común. La existencia de una nación es (perdónenme esta metáfora) un plebiscito de todos los días.

Un plebiscito de todos los días parece algo cansado, pero además ¿por parte de quién? Renan desgraciadamente lo especifica:

”Una nación no tiene más derecho que un rey a decirle a una provincia: me perteneces, luego te tomo: una provincia, para nosotros, son sus habitantes; si alguien tiene derecho a ser consultado en este tema es el habitante”.


Resumiendo. Renan, que ha comenzado simpatizando con planteamientos racistas, ha descubierto el humanismo gracias a la anexión de Alsacia. Entendemos aquí el humanismo como el planteamiento que sitúa al hombre por delante de agregados como la raza, la clase, la nación, o la cultura, y no permite que sea sojuzgado por estos [1]. Renan ha entendido el problema, pero no en todo su alcance. Ha percibido la amenaza contra el humanismo proveniente de los bárbaros de fuera: aquellos que pretenden esclavizar a los ciudadanos contra su voluntad, proscribiendo la disidencia y la diferencia, y estabulándolos según sus respectivas visiones raciales o culturales. Ha entendido perfectamente que los ciudadanos alsacianos no pueden ser supeditados a la raza alemana, y frente a la tiranía de ésta ha opuesto la voluntad de aquellos. Por eso acaba diciendo que la nación es un plebiscito cotidiano, y acaba defendiendo el derecho a la secesión.

Pero Renan no ha entendido que la esclavitud de la raza se ha impuesto obligatoriamente a los alsacianos, pero ha sido escogida voluntariamente por los alemanes para aplicársela a ellos mismos. Este es realmente el peligro: el hombre experimenta continuamente la tentación de renunciar a serlo disolviéndose en la masa, y a renunciar a su libertad a cambio del calor de la manada. En este caso puede ser el hombre el que esté dispuesto a agarrarse él mismo del cuello y a afirmar “yo nos pertenezco” Entonces ¿qué hacer si es una parte de la nación la que se infecta con el virus disolvente, ya sea racista o nacionalista? ¿Qué hacer cuando los bárbaros están dentro? Todo esto Renan parece no haberlo previsto, y cuando acaba patrocinando alegremente la secesión es obvio que no está pensando en una provincia emocionalmente contaminada. Renan no puede pretender defender al ciudadano frente a los bárbaros de fuera sólo para acabar rindiéndolo a los bárbaros de dentro. El derecho a la secesión, es decir, la fragmentación de la soberanía del todo y su cesión a las partes, no es el tratamiento adecuado, sino su veneno. No estaría mal tener esto muy claro.


[1] El humanismo (continúo con este nombre a falta de otro nombre mejor) entiende que esas clasificaciones son particularistas, artificiales e irrelevantes, y se superponen a otras que son universales (comunes a todos los hombres) como lo justo, lo sensato o lo bueno (que me perdonen los multiculturales actuales.

Imágenes: 1) Renan; 2) Ilustración del alsaciano Jean-Jacques Waltz “Hansi”: prusiano obligando a rotular a los alsacianos en catalán (o lo que corresponda); 3) Otra ilustración de Hansi: las sucesivas visitas de los germánicos a Alsacia a lo largo de la historia. Obsérvese cómo todos ellos se marchan llevándose un botín similar. 4) Pueblecito alsaciano; 5) La evidencia de la identidad cultural alemana de Alsacia: el chucrut (los argumentos racistas y nacionalistas no suelen ser más profundos que esto)

lunes, 15 de septiembre de 2014

LAS CARTAS DE RENAN A STRAUSS (1)

Tras la revolución de 1868, y la deposición de la reina Isabel II, el general Prim valora distintas opciones para ocupar el trono español vacante, entre ellas la del príncipe Leopodo de Hohenzollern. Prusia acaba de derrotar a Austria y sus aliados de la confederación alemana, y Francia teme que con un pariente del monarca prusiano en España se encontrará incómodamente situada entre las tenazas de una pinza. Así que presiona diplomáticamente, y Leopoldo termina por retirar su candidatura.


En julio de 1870 el rey Guillermo I Prusia, también Hohenzollern, pasea tranquilamente por el balneario de Bad Ems cuando es súbitamente abordado por el embajador francés. Tras intercambiar las cortesías de rigor, el embajador insta al monarca a que se comprometa para siempre a que jamás un Hohenzollern ocupe el trono de España. El rey, en tono amable, renuncia a hacer ningún compromiso a tan largo plazo, se despide del embajador, encarga a su edecán que en lo sucesivo trate él con el pelmazo, y se va a tomar sus baños.

Siguiendo instrucciones del rey, el edecán manda un escueto telegrama a Bismarck describiendo el encuentro. El Canciller, con su proyecto de unificación a cuestas, se encuentra muy necesitado de un enemigo común para despertar el fervor patriótico alemán, ya de por sí bastante sensible. Así que, tras alterar sutilmente el telegrama, ordena su publicación. Con la nueva redacción parece que el rey de Prusia ha tratado con altanería al embajador francés, y que ha encargado a un sirviente que pasaba por allí que en lo sucesivo trate con él. Tal y como Bismarck espera [1], el emperador Napoleón III reacciona como si se hubiera sentado sobre una avispa, y el 19 de julio de 1870 declara la guerra a Prusia. Napoleón III no sólo ha valorado incorrectamente el telegrama, sino también la potencia bélica de su adversario. El ejército francés sufre una serie ininterrumpida de derrotas que culmina en la definitiva de Sedán, donde de paso es capturado el propio emperador.


Entre los efectos secundarios de la derrota militar está la anexión de Alsacia y Lorena por Alemania, y culminada la ocupación los más ilustres representantes de la universidad alemana se ponen a la tarea de justificarla. En Alsacia se habla alemán, su cultura es alemana. La anexión, argumentan los intelectuales, no es más que una reintegración de las ovejas perdidas en el rebaño alemán. Mientras tanto los diputados alsacianos de la Asamblea Nacional proclaman su lealtad a Francia:

"Proclamamos el derecho de los habitantes de Alsacia-Lorena a seguir siendo miembros de la Patria Francesa, y juramos tanto en nombre propio como en el de nuestros comitentes, nuestros hijos y descendientes, reivindicarlo eternamente y mediante todos los procedimientos, a despecho de todos los usurpadores”.

Parece que es momento de grandes palabras, de hablar de la eternidad, y de arrogarse la representación de unos descendientes que aún no han tenido oportunidad de dársela. Pero la razón está a su lado.

En agosto de 1870 el teólogo y escritor David Friedrich Strauss inserta una carta en La gaceta de Augsburgo en la que solicita a Ernest Renan que se manifieste sobre el asunto. ¿Por qué lo hace? Renan es francés, y no puede sentirse muy satisfecho con el desenlace de la guerra. Quizás porque sabe que Renan no ha sido en el pasado inmune a las teorías racistas, y ha tendido a hablar en términos de espíritus, razas y culturas: ”La raza semítica comparada con la raza indoeuropea significa realmente una combinación inferior de la naturaleza humana” [2]. ”(…) la espantosa simplicidad del espíritu semítico, que angosta el cerebro humano cerrándolo a cualquier idea delicada” [3].


Pero Renan ha descubierto súbitamente a la persona. El hombre, emancipado por la Ilustración de la esclavitud del nacimiento, el rango y el estatus, no puede caer ahora bajo el moderno yugo de la raza, el espíritu o la cultura. En septiembre Renan responde a Strauss en el Journal des débats:

“Considero, por lo demás, que puede tener alguna utilidad el que en esta crisis dos hombres que pertenecen a dos naciones rivales, independientes el uno del oro y ajenos a todo espíritu partidista, intercambien sus puntos de vista –sin pasión, pero con plena franqueza – sobre las causas y el alcance de la lucha actual”.

El tono inicial es Renan es obsequioso (“sus altas y filosóficas palabras (…) debo a Alemania lo que más aprecio, mi filosofía, casi diría que mi religión (…) Alemania ha producido uno de los más bellos desarrollos intelectuales que haya existido jamás”) pero poco a poco comienza a perfilar su argumentación. Ignorando que la distinción ha dejado de existir, Renan intenta dejar al margen a la culta Alemania y atribuir los males al fanatismo y la cerrazón prusiana:

“(…) esa pedantería arrogante y envidiosa que a veces nos desagrada en Prusia iba siendo sustituida poco a poco hasta dar paso al espíritu alemán, con su maravillosa altura y sus poéticas y filosóficas aspiraciones”.

Continúa quejándose del fanatismo que parece haber aquejado súbitamente a Mommsen [45]:

”Su ilustre Mommsen, en una carta que nos ha entristecido un tanto, comparaba hace unos días nuestra literatura a las aguas cenagosas del Sena y pretendía preservar al mundo de aquélla como de un veneno”.


Renan no parece apreciarlo, pero la súbita exaltación del austero profesor Mommsen, diluido en un enfervorecido espíritu alemán, es el mayor síntoma de la virulencia del mal que se ha extendido. Y continúa diciendo:

“Vuestros fogosos germanistas alegan que Alsacia es una tierra germánica, injustamente separada del imperio alemán. Observe que todas las nacionalidades son territorios mal delimitados; si se pone uno a razonar sobre la etnografía de cada cantón, se abre la puerta a guerras sin fin”.

He aquí otro asunto que Renan roza en su carta y no llega a desarrollar: la apropiación de Alsacia es ruptura y destrucción; la postura de Renan defiende la estabilidad y el mantenimiento de la pacífica convivencia, y esto en sí es un valor que se debe preservar.

Strauss no ha encontrado simpatía por parte de Renan en la desmembración de Francia. Sin incluir la carta de Renan, que él mismo había solicitado, hace un par de comentarios despectivos sobre la misma en la Gaceta de Augsburgo y se desentiende del asunto. Renan se enfada y dirige una segunda carta a Strauss en la que le reprocha la falta de delicadeza:

”He aquí, señor, donde veo claramente la diferencia entre nuestros modos de entender la vida. La pasión que le llena y que le parece santa, es capaz de arrancarle un acto lamentable (…) Se deja usted arrastrar por su causa: el apasionamiento le impide apreciar esos remilgos de gentes aburridas que nosotros llamamos gusto y tacto”

Y a continuación se burla con elegancia de la causa que obnubila a Strauss:

”En casi todos los sitios donde los fogosos patriotas de Alemania reclaman un derecho germánico, podríamos nosotros reclamar un derecho celta anterior. Y antes del periodo celta existían, se dice, los alófilos, los fineses y los lapones; y antes de los lapones estaban los hombres de las cavernas; y antes de los hombres de las cavernas estaban los orangutanes: con esta filosofía de la historia no habría otra legitimidad en el mundo que el derecho de los orangutanes, injustamente desposeídos por la perfidia de los civilizados”.

Y vuelve a poner de manifiesto el peligro de la visión del mundo que el alemán defiende:

“Alemania (…) se ha subido a un fogoso caballo que la llevará donde no quiere”. ”La división demasiado acusada de la humanidad en razas (,…) no puede conducir más que a guerras de exterminio (…) Esto sería el fin de esta mezcla fecunda, compuesta de numerosos elementos todos ellos necesarios, que se llama humanidad”.

Renan está en mitad de dos corrientes. Advierte el peligro de supeditar a la persona a ensoñaciones colectivas (raza, espíritu, nación) pero se ve incapaz de renunciar completamente a ellas (”sin duda alguna rechazamos como un error de hecho fundamental la igualdad de los individuos humanos y la igualdad de las razas”) Consigue, sin embargo, reconducir su argumentación hacia el humanismo:

”Seamos menos radicales; al lado del derecho de los muertos admitamos un pequeño espacio para el derecho de los vivos”.

”Alsacia es alemana por lengua y por raza, pero no desea formar parte del estado alemán; esto zanja la cuestión. Se habla del derecho de Francia, del derecho de Alemania. Estas abstracciones nos afectan mucho menos que el derecho que tienen los alsacianos, seres vivos de carne y hueso, a no obedecer a otro poder que el consentido por ellos”.

(continuará)

Notas.
[1] Más tarde Bismarck dirá: “el telegrama produjo el efecto de un trapo rojo ante el toro francés”.
[2] E. Renan: Discursos de apertura en el Colegio de Francia. Citado por A. Finkielkraut en La derrota del pensamiento.
[3] E. Renan: Historia de las lenguas semíticas .
[4] Theodor Mommsen estudioso de la antigüedad clásica y posteriormente político y jurista. Es autor de una monumental Historia de Roma en tres volúmenes.

Imágenes: 1) Guillermo I y el embajador francés en Bad Ems; 2) El asedio de París por los prusianos, por Jean-Louis-Ernest Meissonier; 3) Ernest Renan; 4) ¿Arcadi Espada? No, Theodor Mommsen.

martes, 2 de septiembre de 2014

miércoles, 20 de agosto de 2014

EL ORACULO DEL GUERRERO


1999. El exultante Hugo Chávez que acaba de ganar las elecciones acostumbra a acompañar sus intervenciones con consignas de El oráculo del guerrero. Se trata de su libro de cabecera del momento, una especie de manual de autoayuda repleto de consignas heroicas que liberan simultáneamente al lector de sus dudas, de la obligación de pensar, y del sentido del ridículo:

“En el Camino del conocimiento, el Guerrero debe penetrar más y más profundamente en sí mismo y su vida”; “Que tu corazón escuche el susurro del Universo girando lentamente. Abre tus canales de percepción y conéctate con el Altísimo. Junta tus palmas e inclínate”.

El Oráculo está escrito por el argentino Lucas Estrella, un biólogo experto en artes marciales, y Chávez está convencido de que está inspirado en el Che Guevara. El Comandante asegura que lo “consulta religiosamente”, y que se siente retratado por él. [1]

Siempre dispuestos a complacer a su líder, los plumíferos y tiralevitas de la web Aporrea se lanzarán a adornar sus artículos con lemas oraculares:

”Párate dignamente sobre la Tierra. De perfil. Tu mano sostiene la lanza. Su punta se dirige hacia el Cielo”[2].

”Lo que ahora corresponde es abrir el camino a tu discípulo. Ayúdalo a seguir, despéjale la senda de obstáculos. (…) Entonces, al amanecer, cuando tu discípulo repose, retírate en silencio sin dejar rastro de ti” [3].

”Guerrero, cuando ganes una batalla no pierdas tiempo envainando la espada porque ya mañana vendrá otra batalla”. “Una vez arriba y otra vez abajo. Una vez adelante y otra vez atrás”.

En sus discursos, en sus apariciones en Aló, Presidente, Hugo Chávez salpica sus intervenciones públicas con frases y consignas del Oráculo. Pero un buen día a alguien se le ocurre decir que, en realidad, el Oráculo es un libro levemente encriptado dirigido al público gay [4]. Los lemas del libro son releídos a la luz de esta revelación, y la cosa encaja bastante bien (con perdón). El asunto provoca un gran jolgorio, y bruscamente el Comandante deja de acudir al Oráculo.

No será esta la última peripecia del libro. Con el tiempo será rescatado por la oposición para pedir al comandante que, siguiendo sus enseñanzas, abandone el poder. Así se convertirá en un libro subversivo y golpista para el chavismo:

“Has estado demasiado tiempo en este lugar. El aire está enrarecido. Estás estancado, no fluyes. Tu entorno ya no te aporta nada nuevo. Debes, pues, marcharte en busca de nuevos amaneceres”.

“Ordena las cosas antes de irte. Cierra los círculos (bolivarianos). No dejes cabos sueltos. Que tu partida sea natural, como el migrar de las grullas en invierno”.

[1] http://www.noticias24.com/venezuela/noticia/118812/en-la-venezuela-chavista-del-siglo-xxi-hay-ciertos-textos-que-han-pasado-a-ser-subversivos-y-golpistas/
[2] http://www.aporrea.org/actualidad/a141482.html
[3] http://www.aporrea.org/ddhh/a141532.html
[4] Boris Izaguirre: “Comparada con el libro favorito de Chávez mi novela resulta francamente heterosexual”.

martes, 12 de agosto de 2014

LIBRES E IGUALES

Me permito reproducir aquí estos magníficos versos que Fray Josepho ha publicado en Libertad Digital. No se puede decir mejor:

Para conservar aquello
que nos mantiene ligados.
Para no quedar callados
frente a cualquier atropello.
Para no doblar el cuello
ante embustes colosales…
¡Libres e Iguales!

Para rechazar los cuentos

de una historia que no fue.
Para no perder la fe
de los puros argumentos.
Para refutar inventos
y delirios medievales…
¡Libres e Iguales!

Para defender el hecho

de que somos españoles.
Para escapar de pujoles
y otros ases del cohecho.
Para guardar, por derecho,
nuestras normas esenciales…
¡Libres e Iguales!

Para hablar, porque el mutismo

hace que nos pisoteen.
Para que no nos chuleen
en aras del buenrollismo.
Para escapar del cinismo
de pasteleros neutrales…
¡Libres e Iguales!

Para llamar justamente

a las cosas por su nombre.
Para que nadie se asombre
por desmentir al que miente.
Para que a nadie le tiente
dar favores especiales…
¡Libres e Iguales!

Para sofocar hogueras

de victimismos ficticios. 
ara zanjar beneficios
que laten tras las banderas.
Para que trolas groseras
no cuelen como reales…
¡Libres e Iguales!

Para que la libertad

no encalle en el desvarío.
Para deshacer el lío
con la ley y la verdad.
Para atajar la ruindad
de procesos demenciales…
¡Libres e Iguales!

lunes, 4 de agosto de 2014

viernes, 1 de agosto de 2014

MONEDERO EXPLICA CENICIENTA



Leyendo El gobierno de las palabras del profesor Juan Carlos Monedero nos enteramos de que Marx hablaba de la “subsunción real del trabajo en el capital” ¿Y esto qué es? Investigando en la web encontramos esta definición: “Es la subordinación del trabajo respecto al capital que se produce cuando los procedimientos, la maquinaria y la tecnología empleadas consiguen arrebatar al trabajador/a, la iniciativa en el proceso productivo, siendo desplazada por la dinámica de un sistema de máquinas y procedimientos que convierten en instrumento del funcionamiento maquínico(sic)”.

Insuficiente a todas luces. Afortunadamente el profesor Monedero nos ilustra con un cuento infantil: el de Cenicienta. Recordemos que su argumento está al alcance de cualquiera: Cenicienta es una chica pobre pero mona que vive con dos malvadas hermanastras. Por mediación de un hada regordeta consigue asistir al baile del príncipe local, aunque con la condición de abandonarlo antes de medianoche. El príncipe baila con Cenicienta y se enamora de ella, y asiste asombrado a su precipitada huida cuando llegan las doce. Como con las prisas Cenicienta ha perdido un zapato, el príncipe, con el fin de encontrarla, tiene la ocurrencia de anunciar que se casará con aquella en cuyo pie encaje. Las hermanastras, que no sólo son malas sino bastante brutas, intentan meter sucesivamente sus respectivos pies, mucho más grandes, llegando a incluso a mutilarse en el empeño. Finalmente acude Cenicienta, se calza limpiamente el zapato, se casa con el príncipe, viven felices y todo eso.

Pues bien, esta es la versión del Profesor Monedero. Queridos niños:

Un antojadizo príncipe se ha hecho con una zapatilla que identifica con la felicidad (¿?), extraviada en su huida por una joven desconocida (¡como si esto fuera accesorio!; lo que interesa al príncipe del zapato no es que lo identifique con la felicidad - ¿se puede hacer eso? -, sino que es de la joven desconocida de la que se ha enamorado). El príncipe, todopoderoso, tiene la voluntad y la capacidad para hacer que las mujeres que él decida calcen la zapatilla, sin importar que cada ser humano tenga su propia horma (¡no hombre, no!; lo que él quiere es encontrar a Cenicienta, y el zapato es su única pista; precisamente su método se basa en entender que cada ser humano tiene su propia horma) . Esta voluntad del príncipe para simplificar, tiene su correlato trágico en las hermanastras de Cenicienta (…) Las envidiosas jóvenes, que quieren la gloria de vestir a toda costa el pequeño zapato (sería más correcto “quieren a toda costa la gloria de vestir…”; en cualquier caso, lo que quieren a toda costa es casarse con el príncipe), deciden igualmente simplificar, convirtiéndose al tiempo en víctimas y verdugos. Incapaces de incorporar un pensamiento complejo (¿seguro que son ellas las que son incapaces de pensamientos complejos?), creen que cortándose el talón o el dedo que les sobra, encajarán su pie en el continente que ofrece el arbitrario príncipe. Con reminiscencias psicoanalíticas (¿¿??), la sangre de las mujeres aterrará al pretendiente real que huirá aterrorizado de las candidatas mentirosas (lo aterrorizará que sean tan brutas; huirá porque ninguna de ellas es Cenicienta). En estos casos, los más trágicos de la obra, no se trata solamente del maniaco príncipe que pretende ahormar a otras personas a su gusto (¡y dale!), sino que se trata de seres humanos dispuestos a automutilarse para adaptarse a la voluntad de otra persona. Marx lo expresaría de forma más fría y conceptual hablando de la señalada subsunción real del trabajo en el capital, es decir, la asunción por parte de los trabajadores de la lógica del capital que los condena a estar siempre explotados”.

De acuerdo, nosotros seguimos sin entender lo de la “subsunción real del trabajo en el capital”, pero nos queda el consuelo de que el profesor Monedero ha sido incapaz de entender Cenicienta.


Tengan un buen día.

miércoles, 30 de julio de 2014

OS LO DIJE, JODIDOS IDIOTAS


El historiador británico Robert Conquest fue uno de los primeros en intentar cuantificar los éxitos del comunismo ruso. En sus libros La cosecha del dolor y El Gran Terror expuso:

- Que Lenin y Stalin habían infligido sucesivamente al pueblo ruso una asombrosa cifra de muertes prematuras (Lenin: unos 9.000.000 por la guerra civil, la guerra contra el campesinado y las hambrunas; Stalin: unos 20.000.000 por la destrucción de los kulaks, las hambrunas en Ucrania, Kaszajstan y el Cáucaso y las purgas [1])

- Que Stalin no había sido una aberración con respecto al sistema comunista creado por Lenin, sino la lógica continuación de este.

- Que los intelectuales europeos habían permanecido voluntariamente ciegos frente a datos al alcance de cualquiera.

Conquest publicó El Gran Terror en 1968, cuatro años antes de que el primer volumen de Archipiélago Gulag viera la luz. Cuando en 1990, tras la caída del Muro y la aparición de datos irrefutables desde la propia Rusia, el editor preparó una reedición y preguntó si quería modificar el título, Conquest le proporcionó uno alternativo: Os lo dije, jodidos idiotas [2].

Pues bien, transcurrido casi un siglo desde los crímenes de Lenin, más de 70 años desde los de Stalin, casi 50 años desde las primeras denuncias de Conquest, y más de 20 desde la caída del Muro, el nostálgico [3] Juan Carlos Monedero continúa publicando cosas como éstas:

”la entrega y el sacrificio (fue el ejército rojo quien frenó a los nazis), la eficacia económica (Rusia y China salieron del feudalismo), la conquista de derechos sociales y políticos, la descolonización, el pacifismo, el ecologismo son todos logros de la izquierda”


http://www.aporrea.org/actualidad/a151741.html

[1] Estas cifras incluyen únicamente los muertos, pero no es éste el único sufrimiento proporcionado a los rusos por los dictadores del proletariado. El propio Conquest proporciona la cifra de 40.000.000 de represaliados por el estalinismo, en grados que van desde la persecución y pérdida de trabajo hasta el encarcelamiento o el internamiento en el Gulag.
[2] The Guardian, 15/02/2003.
[3] Parece obvio que Conquest habría usado otro adjetivo.

jueves, 3 de julio de 2014

¿VENEZUELA? ELIGE


El inesperado (excepto, según dice, para Arriola) brote de Podemos, y su vinculación con la revolución bolivariana de Chávez hace conveniente que dediquemos a ésta cierta atención. Para muchos (me incluyo) ha sido un desastre; para Iglesias y Monedero, un ejemplo a seguir y un motivo de esperanza: si ha sido posible en Venezuela ¿por qué no en España? Pero ¿existe alguna semejanza entre la situación de Venezuela y España ante los respectivos advenimientos de Chávez e Iglesias? Pues me temo que sí.

1) Venezuela, al igual que España, protagonizó una exitosa transición a un sistema democrático. En 1958, mientras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez da las últimas boqueadas (gracias, por cierto, a los propios militares) Rómulo Betancourt (Acción Democrática, un partido socialista de corte aprista), Rafael Caldera (Partido Social Cristiano-COPEI), y Jovito Villalba (Unión Republicana Democrática) firman el Pacto de Punto Fijo, por el que se comprometen a apoyar, mediante un gobierno de coalición, al candidato más votado en las elecciones que una Asamblea Provisional está preparando. El ganador resultará ser Rómulo Betancourt. A pesar de las grandes dificultades que afrontará (el casi simultáneo triunfo de Fidel Castro en Cuba alentará los focos de guerrilla en todo Sudamérica; por otro lado, Betancourt salvará la vida de milagro en un atentado patrocinado por Trujillo), lo cierto es que el Pacto de Punto Fijo abrirá un periodo de 40 años de democracia en Venezuela durante los cuales los países de su entorno (incluido el civilizadísimo Chile) irán alternando dictaduras de todo pelaje. A pesar de ese éxito notable llegará el momento en que la recién creada democracia se vea como algo agotado sin remedio. Como la Transición en España.


2) El petróleo provocará un gran desarrollo económico en Venezuela, pero simultáneamente la llevara a un nivel de gasto público insostenible. Nosotros no tenemos petróleo (y ahí está Paulino Rivero para librarnos de la tentación) pero somos más chulos. Y además tenemos comunidades autónomas y nacionalistas, que suponen fuertes estímulos para crear gigantescas estructuras de gasto improductivo (excepto para los que las controlan).

3) A finales de los 80 Venezuela está inmersa en una corrupción generalizada que provoca un imparable (y generalmente merecido) desprestigio de la clase política. España seguirá sus pasos firmemente.

4) El detonante para el estallido del malestar de la gente es, paradójicamente y como ocurrirá en España, la imposición por Carlos Andrés Pérez de medidas liberalizadoras y de reducción del déficit público. En España se traducirá en ocupaciones de la Puerta del Sol y manifestaciones continuas, más o menos violentas, en Madrid, pero en Venezuela la cosa es más seria. Entre febrero y marzo de 1989 se producen una serie de saqueos y motines en Caracas, que serán conocidos como el Caracazo y que ocasionarán un número indeterminado de muertes. El motín será entendido como una prueba de que la democracia no funciona. El dramaturgo Ibsen Martínez (grandísimo nombre) dirá con acierto:

”El Caracazo fue mostrado por los medios y los “analistas” como la prueba reina del fracaso de toda la clase política y como un veredicto de culpabilidad de la democracia representativa venezolana. Poco faltó para que a los saqueadores de supermercados, tiendas de electrodomésticos y licorerías se les asignara el rango de expertos en macroeconomía y derecho constitucional”.

La joven democracia venezolana no se recobrará de este golpe. Mucha gente está en esa predisposición típica de las crisis a confiar ciegamente en el caudillo providencial (por pintoresco que este sea) que las sacará de ella. En 1992 Hugo Chávez dará un golpe de estado; el 1993 el recién elegido Rafael Caldera (uno de los firmantes del Pacto de Punto Fijo, artífice por tanto de la transición venezolana) decidirá, de forma suicida, amnistiarlo; en 1998 Chávez ganará las elecciones.


Poco antes de ellas el filósofo y escritor Alejandro Rossi escribe un artículo en El Universal previniendo contra lo que efectivamente ocurrirá. Lo transcribo íntegramente, pues resume muy bien la historia de la democracia venezolana, y creo que contiene un inquietante paralelismo con España (las negritas son mías).


VENEZUELA ELIGE. Alejandro Rossi

Venezuela se encuentra en un momento de delicadísima definición política. La situación es sumamente confusa y está cargada de presagios. En una semana, el domingo 6 de diciembre, habrá elecciones presidenciales. Llega a su fin el gobierno de Rafael Caldera —uno de los grandes protagonistas de la vida democrática venezolana— y es muy probable que también concluya aquel período que se inició en 1958, con la caída de Pérez Jiménez. No quiero decir que necesariamente terminará la democracia venezolana, aunque hay signos alarmantes de que tal vez pudiese ocurrir.  

Me refiero más bien a dos hechos sobresalientes: la desaparición de las figuras que crearon la modernidad política venezolana y la crisis de los partidos. Para lo primero hay que remontarse al primer gobierno de Acción Democrática, allá en 1945, sin por ello olvidar la novedad que supuso la presidencia de Isaías Medina Angarita en el principio de la década de los cuarenta, y sin tampoco cerrar los ojos ante la violencia —golpe de Estado— con que se instauró la aludida modernidad. Violencia cuya mancha —hay que agregar— siempre ha ensuciado la memoria histórica de Acción Democrática. Pero la historia política de un país nunca es un camino de santidad y los errores, nos guste o no, se entremezclan con las virtudes. Los tres nombres capitales de esa transformación fueron Rómulo Betancourt, Jovito Villalba y Rafael Caldera. Encabezaban respectivamente los partidos Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el Partido Social Cristiano Copei. Acción Democrática se funda en 1941 y los otros dos en 1946. En 1947 se llevan a cabo —después de haber aprobado la nueva Constitución— las primeras elecciones verdaderas de la historia de Venezuela. Don Rómulo Gallegos, candidato de ad, toma posesión como presidente en 1948. En noviembre de ese año otro golpe militar derriba al gobierno legítimo y empiezan a correr los diez años de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. El 23 de enero de 1958 —en un movimiento de protesta generalizada en el que intervienen los tres partidos señalados, más el pc, estudiantes y grupos ciudadanos—, los militares deciden sacar del poder a Pérez Jiménez y crear una Junta transitoria. De nuevo los militares son la palanca del cambio político. En 1958, sin embargo, se crea la estructura básica que ha garantizado la existencia de la democracia venezolana. Lo más importante es el pacto (llamado de "Punto Fijo") que establecen ad, urd y Copei, para apoyar al candidato que resultara ganador en las elecciones de diciembre de ese año de 58 y formar —importantísimo— un gobierno de coalición. Lo cual significaba un indispensable respiro político y a la vez la instauración de los partidos como elementos definitorios de la política nacional. Un cambio enorme. En febrero de 1959, Rómulo Betancourt asume la presidencia.

Fueron cinco años dificilísimos. Gobernar en coalición no era nada fácil, no había práctica, todos estaban aprendiendo. Pero lo peor fueron los intentos de golpe de estado, la tradición caudillesca y bárbara que se negaba a morir y que se disfrazaba de ideologías diferentes. Hubo, así, alzamientos organizados por la vieja casta de las fuerzas armadas y también rebeliones de izquierda, las más tenaces, en ocasiones una mezcla de militares de graduación media, civiles extremistas —remedos del llamado "nasserismo"— y del Partido Comunista, que demencialmente apostó a la línea insurreccional. Añádase a Fidel Castro, decidido, con apoyos de todo orden, a reventar la democracia, y a la creación, por consiguiente, de la guerrilla urbana y campesina, la formación de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Para completar el cuadro, también hubo un atentado contra el presidente, planeado por Rafael Leónidas Trujillo, esa sombra obscura. En aquellos años Fidel Castro representaba para muchos el futuro, la revolución bonita, la fundación de la nueva utopía, y Rómulo Betancourt, por el contrario, era el lento reformista antiguo, el que creía, según ellos, en hipócritas valores democráticos. Tuvo Venezuela esa mala suerte histórica: que su momento político clave coincidiera con la Cuba fidelista. La confusión emotiva e intelectual que esto produjo fue muy profunda. Lo extraordinario, no obstante, es que la democracia venezolana haya resistido. Lo considero una hazaña y por eso pienso que Rómulo Betancourt —más allá de matices y de posibles críticas— es, entre todos, la personalidad política más destacada de la Venezuela moderna.

Las cosas, después, fueron más fáciles. Poco a poco se pacificó el país y los rebeldes en buena medida se incorporaron a la vida civil. Las sucesivas elecciones presidenciales se han llevado a cabo con normalidad, y Rafael Caldera llegó a su primera presidencia en 1969 y derrotó —fijarse bien— a Acción Democrática por apenas treinta mil votos: se respetó el resultado y se inauguró la alternancia en el poder. De ahí en adelante el sistema político se basó en un bipartidismo.

Han pasado cuarenta años. Caldera, el último de los fundadores, deja la Presidencia. Las figuras políticas de prestigio son, por desgracia, escasas. El único que quedaba, Carlos Andrés Pérez, ha sido víctima —a pesar de sus excepcionales dotes de supervivencia— de su propia desmesura y de una implacable persecución política. Esta pobreza de nombres se debe a algo bastante más grave: la crisis de los partidos políticos tradicionales, especialmente la de los dos mayores, Acción Democrática y Copei, ambos sin dirigentes de peso, agobiados por las rencillas y las divisiones. La impresión, además, es la de que todos los partidos han dejado de ser nacionales para convertirse en sectoriales. Las últimas elecciones de las cámaras y de las gobernaturas así lo demuestran: una votación fragmentada que exige complicadas alianzas.

Los dos candidatos más fuertes para la Presidencia de la República no pertenecen, en efecto, a los partidos clásicos. Lo que han creado son agrupaciones electorales de carácter personal y contingente. Otra singularidad es que ninguna de las dos agrupaciones superó en la Cámara a Acción Democrática, cuyo candidato presidencial, debido a problemas de liderazgo e imagen, sin embargo está en las encuestas muy por debajo de Henrique Salas Römer y del teniente coronel Hugo Chávez Frías. El Comandante es, según opiniones especializadas, quien cuenta con mayores probabilidades. Se trata del militar que se levantó en armas en 1992 en contra del entonces gobierno presidido por Carlos Andrés Pérez, rebelión que dejó, por cierto, más de cuatrocientos muertos. Es increíble que la legalidad republicana haya permitido que se presentara como candidato. El Teniente Coronel favorece la boina roja —esos signos típicos de los grupos de choque—, gusta de las amenazas, nada veladas, a la estructura democrática de Venezuela, y balbucea un brumoso programa populista de justicia social.

Los problemas de Venezuela —es verdad— son graves. Una democracia que en un principio era de una honradez impecable, permitió con el paso de los años la corrupción. La inmensa riqueza petrolera y minera ciertamente transformó el país, aunque no eliminó la pobreza. Hay delincuencia creciente, hay crisis financiera, las clases medias han sido castigadas, se vive la dura prueba de mantener la democracia con políticas de austeridad económica, hay impaciencia y fatiga civil. Todo esto es verdad. Pero nada justifica arriesgar la democracia, condición necesaria de cualquier solución. El comandante Chávez es el resultado —grotesco, desde luego— de situaciones y tentaciones latentes en toda Hispanoamérica. Es, pues, una buena oportunidad para reflexionar y sacar conclusiones. Todos.

— El Universal, 29 de noviembre de 1998.