jueves, 27 de junio de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: OWEN (2)


En 1824 este anuncio atrae la atención de Owen:

“Se vende el pueblo Armonía, con 20.000 acres de tierras de primera calidad anexas, situado en el banco este del Gran Wabash a setenta millas navegables desde su embocadura...”.

Armonía ha sido fundada por Georg Rapp. Nativo de Wurtemberg, durante su juventud se ha dedicado a la viticultura hasta que se le ha despertado una vocación religiosa que lo ha convertido en predicador aficionado, para alarma del clero local. Rapp es milenarista: está convencido de que es inminente un segundo advenimiento de Jesucristo que inaugurará su reinado en la tierra durante 1.000 años. A continuación vendrá el Juicio Final propiamente dicho, en el que a cada uno se le asignará su definitivo destino. Durante ese reinado de 1000 años Jesucristo será asistido por los elegidos: los mártires, a los que resucitará a tal fin, y aquéllos que mejor se han preparado para recibirlo. Rapp desea estar entre estos, y ha decidido buscar un lugar virgen donde los hombres puedan vivir de acuerdo con las enseñanzas de Dios y prepararse para su regreso.


En 1803 Rapp y 839 adeptos se embarcan hacia el Nuevo Mundo, y se instalan en Pennsylvania. Los rapitas son milenaristas pero alemanes, es decir, muy organizados (por lo que su comunidad progresa rápidamente) y dotados de escaso interés hacia sus vecinos (por lo que pronto se ganan la antipatía de estos). En su búsqueda de la perfección cristiana Rapp, a través de sesudas interpretaciones de la Biblia [1], ha llegado a la conclusión de que en su versión original Adán era asexuado, de modo que si los rapitas quieren aproximarse a los designios de Dios deben renunciar al sexo. Instaura así la abstinencia entre sus seguidores, lo que provoca el abandono de algunos de ellos. La supervivencia de una comunidad que abandona el coito no preocupa a Rapp, que no sólo está convencido de que el milenio comenzará en breve [2] y estos problemas desaparecerán, sino que si renuncia al sexo el hombre acabará desarrollando habilidades de reproducción asexual (quizás por esporas, o mediante bipartición), puesto que este era el plan inicial que Dios tenía preparado para Adán. Pronto surgen rumores entre los recelosos vecinos de los rapitas según los cuales Rapp ha decidido acabar con la escasa disposición de su hijo hacia la abstinencia castrándolo, lo que le ha provocado como efecto secundario la muerte. Ante la hostilidad circundante Rapp decide cambiar de aires.

En 1814 los rapitas se trasladan a Indiana (que aún no existe como estado) donde, en la orilla del río Wabash, fundan una segunda comunidad: Armonía. Una vez más la comunidad progresa rápidamente y los rapitas quedan en perfecta posición de revista ante Jesucristo, pero éste se retrasa. Rapp teme que con la prosperidad sus fieles, que ya han comenzado a mostrar mayor atención al vestuario y han empezado a pedir mayor tolerancia hacia el consumo de cerveza, se relajen. En 1824, para mantener su tensión, Rapp decide mudarse de nuevo, y en Pennsylvania funda otra ciudad que llamará, misteriosamente, Economía. En ese momento los rapistas ponen a la venta Armonía, y el anuncio llega a las manos de Owen, que en otoño de 1824 viaja a América en compañía de su hijo William.


Pasa por Filadelfia, donde conoce a Marie Duclos Fretagot que dirige una escuela pestalozziana fundada por William Maclure. Ambos acabarán pasando por Armonía. De Filadelfia marcha a Washington donde conoce al presidente saliente James Monroe, al entrante John Quincey Adams, y a una delegación de jefes Chocktaw y Chickasaw que están tratando ciertos asuntos con los primeros. A todos ellos Owen les explica sus planes para rescatar a la humanidad de la ignorancia, lo que escuchan con cortés atención. En diciembre llega a Armonía. Un mes más tarde se formaliza la compraventa.

A finales de enero de 1825 Owen se encuentra de nuevo en Washington presentando una maqueta del edificio en el que los habitantes de Armonía desarrollarán sus actividades. Se trata de un inmueble de planta cuadrada, con torres en las que se alojarán las bibliotecas, laboratorios, salas de música y baile y comedores. Del resto las dos primeras plantas serán dedicados a los alojamientos de las familias, y la tercera a los jardines de infancia para niños desde dos años (pues estos serán educados comunalmente), y a aposentos de los jóvenes aún solteros, que serán seguramente inducidos a abandonar su condición para escapar de la planta más ruidosa del edificio. No llegará a construirse.


En un discurso ante el Congreso Owen expresa su deseo de que pronto los Estados Unidos estén compuestos por miles de comunidades como la que él presenta en ese momento:

Un país, por extenso que sea, dividido en estos proyectos de edificios sociales con jardines y terrenos de recreo, ocupados y cuidados por personas dotadas de superiores aptitudes, será gobernado con mayor tranquilidad que lo que puede hacerse con el mismo número de personas diseminadas por el país viviendo en aldeas, pueblos y ciudades convencionales bajo el sistema individualista”.

Según Owen el viejo sistema tiene los días contados “porque es difícilmente imaginable que alguien continúe viviendo bajo el mísero, ansioso, individualista sistema de oposición y enfrentamiento, cuando podrían organizarse entre ellos tranquilamente convirtiéndose en miembros de una de estas asociaciones de unión, inteligencia y buenos sentimientos”.


A continuación Owen publica un manifiesto en el que invita a participar a todos aquellos que simpaticen con su proyecto comunal. En respuesta, cuando en abril de 1825 Owen llega a Armonía se encuentra con una mezcla heterogénea de idealistas, soñadores, lunáticos y gorrones. Sin dejarse desanimar convierte la iglesia de los rapitas en el ayuntamiento de Nueva Armonía, y redacta la constitución de una Sociedad Preliminar basada en la organización comunal y la igualdad entre todos los habitantes. Salvo los negros, que podrán ser admitidos “como ayudantes si fuera necesario”, pero aclarando que si desean contribuir a la “felicidad universal” deberán hacerlo en Africa, “o en otro país, o en otra parte de este continente”. En julio de 1825 Owen vuelve a Escocia y vende su participación en New Lanark para obtener fondos [3].

El impulso inicial hace que Nueva Armonía vaya funcionando durante los primeros meses. Pero la lectura de los dos primeros números de la Gaceta de Nueva Armonía permite ver que las cosas no marchan como deben: William Owen se dedica a enumerar las instalaciones dejadas por los rapitas y el escaso uso que le están dando los owenitas, rindiendo un involuntario homenaje a los primeros y poniendo de manifiesto la escasa aptitud de los segundos:

Con la maquinaria disponible nuestras operaciones en el negocio de la lana deberían producir ciento sesenta libras de madejas al día, pero la falta de operarios reduce el resultado (...) La fabrica de tintura es un edificio espacioso de ladrillo provisto de recipientes de cobre capaces de contener entre 500 y 2.000 galones, y puede probablemente competir con cualquier otro de Estados Unidos. En este momento este valioso establecimiento no hace nada por falta de una persona competente para dirigirlo (...) El taller de alfarería no está haciendo nada por falta de operarios”.


Aparentemente el molino de agua “capaz de producir sesenta barriles de harina en veinticuatro horas”, y la serrería “capaz de suministrar una ilimitada cantidad de madera” permanecen igualmente desaprovechados.

En enero de 1826 Owen vuelve a Nueva Armonía, y anuncia a sus moradores la inminente llegada de la barcaza Filantrópica también llamada La Barcaza del Conocimiento. Compone su tripulación un entusiasta grupo de científicos, pensadores, y excéntricos ansiosos de conocer de primera mano el proyecto de Owen y de colaborar con su desarrollo. Entre ellos está el geólogo William Maclure, el naturalista Charles-Alexandre Lesueur, el zoólogo Thomas Say y Marie Louis Duclos Fretagot. Los acompaña Robert Dale Owen, el segundo hijo del fundador. La mayoría de ellos han embarcado en Pittsburg un par de meses antes, y han realizado un agradable viaje por el río disfrutando del contacto con la naturaleza y de los animados debates nocturnos. Para entonces la comunidad cuenta con 1.000 habitantes, muchos de los cuales visten el uniforme unisex de Nueva Armonía: bombachos muy amplios ajustados en los tobillos y bajo el pecho, y una blusa igual de abolsada que, según un testigo, proporciona a sus portadores más corpulentos “el aspecto de un colchón de plumas atado por el centro”.

Owen, contra lo que la realidad le muestra, se muestra muy satisfecho por el rápido avance la Comunidad, y decide acortar los plazos y convertir la Sociedad Preliminar en definitiva. En febrero redacta los estatutos de la “Comunidad de Igualdad de Nueva Armonía. El fin último es la búsqueda de la felicidad, y los medios la igualdad y la propiedad en común. Pero Nueva Armonía no consigue una gran cohesión, y en abril dos comunidades se independizan de ella: Macluria y Feiba Peveli. El nombre de esta última proviene de un nuevo sistema de denominación de las poblaciones basada en su longitud y latitud según el cual los números de los grados y minutos son sustituido por vocales y consonantes prefijadas [4].


El 4 de julio se cumple medio siglo desde la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y Owen aprovecha para realizar en la Gaceta otra que estima de similar relevancia: la ”Declaración de Independencia Mental”. Está dirigida a emancipar a la humanidad de sus tres grandes opresores: “la propiedad privada, la religión irracional y el matrimonio”:

Durante casi cuarenta años me he empleado, alma y corazón, día a día, casi sin descanso, en preparar los medios y organizar las circunstancias que me posibilitaran dar el golpe mortal a la tiranía y el despotismo que, por innumerables años, han mantenido el espíritu humano hechizado (y atado) con cadenas y grilletes”.

A partir de ese momento la Gaceta de Nueva Armonía adopta un nuevo sistema de fechado: “Primer año de la Independencia Mental”. Aparte de eso la Declaración no produce otros efectos perceptibles en sus destinatarios. Como resulta innegable incluso para Owen que la comunidad no funciona, a lo largo de los siguientes seis meses intenta reorganizarla siete veces mediante acuerdos, edictos y proclamas. En enero de 1827 uno de los owenitas, un tal William Taylor, solicita permiso para crear una nueva comunidad a las afueras de Nueva Armonía pagando a la comunidad el precio de las tierras. Owen acepta. Esa noche Taylor se lleva a su nueva adquirida propiedad una considerable fracción del ganado y herramientas de la comunidad, y a continuación construye un saloon al que, para desolación de Owen, cobran gran afición sus adeptos. En marzo de 1827 sus hijos William y Robert Dale, reconociendo el fracaso del proyecto, publican en la Gaceta el acta de defunción de la comunidad owenita.


Owen marcha a Méjico, donde pretende convencer al gobierno de que le ceda la provincia de Coahuila e incluso Texas como laboratorio para su proyecto, y a tal fin se entrevista con el General Santa Anna, pero no recibe respuesta. Desilusionado vuelve a Europa, se instala en Londres, y centra sus esfuerzos en la defensa del movimiento sindical. Colabora con el Grand National Consolidated Trades Union, un intento de crear una agrupación de sindicatos de ámbito nacional. En 1834 Owen toma las riendas del decaído proyecto y a final de año lo rebautiza como Asociación Amistosa de los Sindicalistas de Todas las Clases y Todas las Naciones. Simultáneamente lanza el semanario Nuevo Mundo Moral dirigido a conseguir “un cambio completo en el Carácter y Condición de la humanidad y así crear un Nuevo Mundo Moral”. Pocos meses después la organización vuelve a cambiar a Asociación de Todas las Clases y Todas las Naciones, pero a pesar de los sucesivos cambios de denominación el proyecto logra pocos resultados prácticos.

Decepcionado con el mundo real en los últimos años de su vida Owen decide explorar otras vías, e influido por su hijo Robert Dale se centra en el espiritismo. De este modo llega a convencerse de que aquellos que más impacto le causaron cuando vivían, como Jefferson y Shelley, continúan visitándolo tras su muerte. Su visitante más fiel es el Duque de Kent: “todo su proceder espiritual conmigo ha sido magnífico: preparando sus citas y encontrándome en la hora, día y minuto que había fijado”. Sin embargo no consta que ni desde ultratumba el Duque haga esfuerzos por devolverle todo el dinero que Owen le prestó en sus tiempos de bonanza.

[1] Entre otras Mateo 22:30: Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. Unos años más tarde otro socialista, Noyes, la aplicará en sentido opuesto.

[2] Tan seguro esta Rapp de este advenimiento que el día de su muerte afirmará: “si no estuviera tan absolutamente convencido de que el Señor me ha escogido para conducir nuestra comunidad ante su presencia en la Tierra de Canaan, pensaría que hoy es mi último día”.

[3] Se dice que al romper con su socio William Allen se dirige a él en estos términos: “todo el mundo es raro excepto tú y yo, e incluso tú eres un poco raro”.

[4]Con este sistema Washington pasaría a llamarse Feili Nyvul, y París Oput Tedou


Imágenes: 1) Robert Owen; 2) Georg Rapp; 3) Retrato de Charles-Alexandre Lesueur; 4) El falansterio de Owen; 5) y 6) Bocetos de Nueva Armonía por Lesueur; 7) Owen; 8) El jefe chickasaw Miko Pushamata, con el que coincidió Owen en Washington.  

sábado, 22 de junio de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: OWEN



En el año 1784 David Dale, de Glasgow, crea una factoría para hilar y tejer algodón cerca de los saltos del Clyde en el condado de Lanark, Escocia. El agua de las cascadas debe proporcionar la fuerza motriz de las maquinas; por lo demás la elección parece poco afortunada. Las comunicaciones son deficientes y la población escasa, y la que hay desdeña el duro trabajo en las fábricas textiles. Dale construye una aldea alrededor de las fábricas que poco a poco atrae gente, aquellos que no han conseguido encontrar nada mejor con que garantizar su subsistencia. Además decide recurrir a los hospicios e instituciones benéficas de las grandes ciudades para que le proporcionen niños. Con este fin acude a Edimburgo, de donde obtiene 500 ejemplares de edades comprendidas entre los seis y ocho años con los que formaliza contratos para trabajar en la fábrica. La población crece y pronto New Lanark cuenta con 2.000 habitantes, pero la convivencia no es sencilla: imperan la miseria, el alcoholismo y el robo. La situación de los niños no es mejor. Son correctamente alimentados y vestidos, pero desde los seis años (a veces desde los cinco años) deben trabajar catorce horas al día y recibir una rudimentaria educación al finalizar la jornada. En estas condiciones crecen deformes de cuerpo y mente. El periodo contratado dura entre siete y nueve años, es decir, hasta los 14 ó 15. En ese momento los niños y niñas son liberados de sus penosas obligaciones con New Lanark y se apresuran a regresar a Glasgow o Edimburgo, donde sucumben a las tentaciones de la gran ciudad en especial el alcoholismo, el robo y la prostitución activa o pasiva. Y eso que David Dale no es mala persona:

La buena voluntad del señor Dale se torna así en malos resultados. Si estas son las condiciones del trabajo infantil bajo las mejores circunstancias ¿cuáles son las peores?


En una visita a Glasgow Carolina Dale, hija del propietario de New Lanark, coincide con Robert Owen, y ambos se sienten recíprocamente atraídos. Owen es galés y dirige con éxito una fábrica textil en Manchester, donde además es socio de la Sociedad Filosófica y Literaria. Tras visitar New Lanark convence a sus socios de Manchester para que hagan una oferta a Dale, que acepta. En 1799 Owen, que entretanto se ha casado con Carolina, se traslada a New Lanark, que entonces reúne a 2.500 personas. El robo está ampliamente extendido en la comunidad, pero Owen renuncia a imponer sanciones o castigos y comienza a inculcar nuevos hábitos de conducta. Más tarde contará:

Fueron simultáneamente instruidos en como dirigir su trabajo hacia ocupaciones legales y útiles con las que, sin peligro ni deshonor, podían realmente ganar más que lo que habían obtenido previamente con prácticas deshonestas”.

La embriaguez es desalentada de forma similar, y también se persigue el juego y la prostitución. En lugar de penalizar a sus trabajadores cuando su rendimiento no es satisfactorio, Owen cuelga sobre cada puesto de trabajo un cubo cuyas caras están pintadas de colores. La cara negra indica un trabajo deficiente; la azul ‘indiferente’; la amarilla ‘bueno’; y la blanca ‘excelente’. Los trabajadores se ven influidos por la presencia del ‘monitor silencioso’, y su rendimiento mejora gradualmente.


Owen eleva la edad mínima para trabajar desde los 6 años hasta los 10. En ese tiempo arrancado al trabajo los niños dedican todos sus esfuerzos a recibir educación, pues ésta es un elemento esencial en su visión. Los niños entran en la escuela desde los 2 años, con lo que New lanark aporta el primer kindergarten a la historia. En ella los castigos están proscritos y los niños “no son molestados con los libros”, sino que aprenden jugando con los objetos de su entorno en función de su propia curiosidad.

En general Owen trata a su trabajadores con respeto, y con ello consigue despertar en ellos cierta dignidad. En paralelo son mejoradas sus condiciones económicas. Owen crea economatos subvencionados con las ganancias de la fábrica en los que los trabajadores pueden comprar a precio asequible bienes de buena calidad. Algunos de los socios protestan por la derivación de beneficios hacia la mejora de las condiciones de los obreros, pero Owen consigue que nuevos socios entren en el accionariado, entre ellos su amigo Jeremy Bentham. En el transcurso de una decena de años New Lanark experimenta una notable transformación.
 

A partir de ese momento Owen comete el error de generalizar con excesiva alegría los buenos resultados obtenidos en New Lanark, de extrapolar al límite sus experiencias, y de ignorar el efecto del azar. En 1816 sistematiza sus experiencias en Una nueva visión de la sociedad. El pilar básico de esta nueva visión es este: el hombre es completamente incapaz de formar su propio carácter, que le viene impuesto por la educación y las circunstancias:

Cada día que pasa hará más evidente que el carácter del hombre es, sin excepción, siempre formado por otros; que puede ser, y es, mayoritariamente formado por sus predecesores; que ellos le proporcionan o le pueden proporcionar sus ideas y sus hábitos, que son los poderes que gobernarán y dirigirán su conducta. El hombre, por tanto, nunca pudo ni es posible que pueda jamás formar su propio carácter”.

Y por si no queda suficientemente claro Owen lo reitera en mayúsculas: “LA VOLUNTAD DEL HOMBRE NO TIENE EL MENOR PODER SOBRE SUS OPINIONES; DEBE CREER, SIEMPRE LO HIZO, Y SIEMPRE LO HARÁ, EN AQUELLO QUE HA SIDO IMPRESO EN SU MENTE POR SUS PREDECESORES Y LAS CIRCUNSTANCIAS QUE LO RODEARON.


Llevado a su extremo (como hace Owen) este es un planteamiento devastador pues no sólo niega la responsabilidad humana (“el hombre no es un sujeto apto para ser culpado ni alabado”, defiende) sino también su contrapartida, la libertad. Pero Owen está contento porque piensa que ha descubierto la herramienta exclusiva para formar el carácter: la educación:

Los niños (...) pueden ser formados colectivamente para desarrollar cualquier carácter humano. Y a pesar de que estos seres, como el resto de las creaciones de la naturaleza, presentan infinitas variedades poseen esa cualidad plástica que (hace que), con perseverancia y bajo dirección juiciosa, puede ser finalmente moldeada a la imagen de nuestros anhelos y deseos racionales”.

El hombre puede ser formado para adquirir cualquier sentimiento o hábito o cualquier carácter”.

El hombre se convierte así en una pieza de ingeniería social apta para ser moldeada por el visionario de turno. De hecho Owen considera que hasta ese momento la humanidad ha permanecido en las tinieblas, y que su doble descubrimiento (el hombre no puede formar su propio carácter; con la educación se puede modelar cualquier carácter) ilumina una nueva (y feliz) era: “En todas las épocas y en todos los países el hombre parece haber conspirado ciegamente (...) para haber permanecido tan ignorante de sí mismo como lo era del sistema solar en los días anteriores a Copérnico o Galileo”.

Porque la maldad, el crimen y la miseria provienen de la ignorancia, y en realidad son culpa de la sociedad que ha formado deficientemente el carácter de la persona: “En aquellos caracteres que ahora tienden al crimen, obviamente la falta no está en el individuo, sino que los defectos proceden del sistema en el que el individuo ha sido educado”. El mayor crimen, pues, es de la sociedad, que debería dedicarse a educar “en lugar de castigar crímenes después de haber permitido que el carácter humano se haya formado para cometerlos. En realidad la aplicación de una educación adecuada provocará no sólo la desaparición del delito, sino también de la miseria: “Adoptando los medios necesarios el hombre puede ser gradualmente formado para vivir en cualquier parte del mundo sin pobreza, sin crimen y sin castigo; porque estos son los efectos del error en los distintos sistemas de formación, error capital procedente de una gran ignorancia de la naturaleza humana”. “Sobre mi experiencia de una vida dedicada al asunto, no dudo en afirmar que los miembros de cualquier comunidad pueden gradualmente ser formados para vivir sin ociosidad, sin pobreza, sin crimen y sin castigo, porque cada una de estas circunstancias son consecuencia de errores en los distintos sistemas (de educación) prevalentes a lo largo del mundo. Todas ellos son consecuencias necesarias de la ignorancia”.


¿Y qué hacer con las personas adultas, aquellas que ya han incorporado todos los vicios de una deficiente educación? Pues con paciencia y gentileza incluso éstos pueden ser corregidos. Curiosamente Owen defiende que uno mismo es incapaz de alterar su propio carácter ya formado, pero un tercero sí puede conseguirlo: “Incluso los crímenes ahora existentes en los adultos desaparecerán gradualmente: porque incluso la disposición peor formada, salvo los casos de locura incurable, no resistirán una firme, determinada, bien dirigida y perseverante bondad”.

El esquema de la sociedad ideal se cierra con la aplicación de lo que podría llamarse filantropía egoísta. Consiste en que todo hombre debe “descubrir que su felicidad individual sólo puede ser incrementada y extendida en la medida en que él persevere en incrementar y extender la felicidad a su alrededor”:

 “Todo individuo deberá necesariamente dirigirse a promover la felicidad de cualquier otro individuo dentro de su esfera de acción; porque debe comprender claramente y sin ningún tipo de duda que ese comportamiento es la esencia del propio interés y la verdadera causa de la propia felicidad”.

Este concepto es implantado en cada espécimen desde que ingresa en la escuela a los 2 años, donde se le repite con machaconería que “que debe comportarse para hacer felices a sus compañeros”.

Convencido de que tiene en sus manos la llave del Paraíso, Owen buscará horizontes más amplios para implantarlo en la tierra.



Imágenes: 1) Trabajadora manejando una hiladora Jenny, inventada en 1764 por Hargreaves. 2) New Lanark. El edificio 1 es el kindergarten, el 2 la ‘escuela para la formación del carácter’, y el resto las fábricas. 3) El ‘monitor silencioso’, despintado en esta ocasión. 4) Más imágenes de New Lanark. 5) Otra imagen de la spinning Jenny. 6) Robert Owen.
 

sábado, 15 de junio de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: SAINT-SIMON (4)


En este punto resulta necesario hacer un breve resumen del pensamiento de Saint-Simon.

Para empezar, está convencido de que es necesaria una nueva élite, la de los científicos e industriales, que sustituya a la nobleza y el clero en la dirección de la sociedad. En realidad tras la Revolución Francesa la sustitución ya debería haberse producido, pero la nueva élite no es plenamente consciente de su poder, y la antigua, que se resiste a abandonarlo, permanece como un residuo anacrónico en una sociedad en la que las condiciones científicas, filosóficas y tecnológicas no son las mismas que las de la Edad Media.

Saint-Simon esboza una teoría del movimiento de las élites como motor de la sociedad que sus discípulos se encargarán de perfilar. En la historia hay periodos orgánicos y periodos críticos. Los orgánicos son periodos estables en los que gobiernan las élites mejor adaptadas a las circunstancias del momento. En la Edad Media el conocimiento estaba dominado por la metafísica, y la única producción de riqueza era la conquista. En esas condiciones la nobleza protegía y el clero proporcionaba dirección espiritual. Por eso las élites de la Edad Media eran las adecuadas, porque en las circunstancias imperantes eran las más idóneas para proporcionar la máxima satisfacción a los integrantes de la sociedad, aunque en términos generales esa satisfacción fuera más bien escasa. Pero los descubrimientos científicos y tecnológicos, y los avances filosóficos, provocan que las élites tradicionales se queden anquilosadas y otras pugnen por sustituirlas, porque el anhelo de todo hombre es el protagonismo que proporciona el poder. Los periodos críticos son básicamente destructivos. En el caso de la Revolución Francesa el ariete que han empleado las nuevas élites para subvertir el orden existente son los juristas, leguleyos y demás charlatanes, que han sido los encargados de proporcionar los eslóganes vacíos para movilizar a la gente. Por ejemplo “todo el poder para el pueblo” algo que ninguna élite tiene la menor intención de otorgar. Desde la Revolución la sociedad continúa en un periodo crítico, porque las antiguas élites no acaban de ser desalojadas y las nuevas se resisten a tomar el poder.


Pero ¿y la democracia? La democracia no es un asunto de gran relevancia para Saint-Simon, que no cree que deban gobernar los elegidos sino los mejores, y resulta obvio que ambas cosas no tienen por qué coincidir. Saint-Simon, insistamos, cree que lo mejor es que gobierne la élite que mejor se adapta a la época, es decir, la que mejor encaja en nuevo escenario filosófico, científico y tecnológico. ¿Qué tiene que ver la elección de la gente con esto? Pero Saint-Simon no parece pensar que esta nueva elite tenga que imponer su poder, sino que será voluntariamente aceptada por todos cuando comprendan las ventajas que supone su dirección. Porque si hay algo que Saint-Simon detesta es la violencia, y está firmemente convencido del poder de la persuasión.

Con el tiempo Saint-Simon defenderá que las sociedades son exitosas si tienen un sólido elemento de cohesión; en caso contrario se desgastan en las luchas de pequeños intereses mezquinos y provincianos que llevan al caos y a la violencia. Los romanos fueron grandes porque dominaron el mundo con sus leyes, que eran universales. En la Edad Media el cristianismo fue el gran elemento unificador. Ahora la fuerza universal que extiende su red por el mundo la constituyen el crédito y las finanzas, y por eso los banqueros están destinados a convertirse en los capitanes de la sociedad. La necesidad de perseguir un fin común, y la creencia en que el estado debe funcionar como una sociedad mercantil (y las elites dominantes como su consejo de administración) harán que Saint-Simon vaya abandonando el liberalismo y defendiendo la necesidad de una economía planificada. En ella todos, por supuesto, deben trabajar. El ocio es el mayor de los pecados. El propósito de la sociedad debe ser crear las condiciones para que todos sus miembros puedan trabajar en las condiciones que mejor permitan desarrollar sus aptitudes.

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Tras su intento de suicidio Saint-Simon experimenta una recuperación sorprendente, tanto física como psíquica, y en unos meses lanza una nueva publicación: Catecismo de los industriales, En esta tarea es asistido por un nuevo grupo de seguidores entre los que se encuentra el matemático Olinde Rodrigues. La obra se publica en cuatro partes entre diciembre de 1823 y junio de 1824. En la tercera, Sistema de política positiva, Auguste Comte desempeña un papel decisivo, y en su prefacio Saint-Simon declarará ser “la mejor obra en política general jamás publicada”. Sin embargo poco después Comte se enfada con él por  una crítica mal encajada, y se consuma la ruptura entre ambos. Olinde Rodrigues ocupa su puesto como mano derecha del conde.

En ese punto Saint-Simon da un nuevo giro a su doctrina. Desde el comienzo de sus escritos ha pugnado por arrebatar al clero la dirección espiritual de la sociedad. En un principio ha encomendado esta tarea a los científicos, y más tarde a los industriales. Ahora llega a la conclusión de que el anhelo religioso del hombre no puede ser sustituido fácilmente, y decide que es necesario devolver al cristianismo su papel de guía. No a la versión actual sustentada por un clero obsoleto y corrupto, sino a la original y pura de los Padres de la Iglesia. Durante toda su vida Saint-Simon ha tenido una concepción mesiánica de si mismo. Se ha considerado el genio de su siglo, como en los suyos fueron Bacon y Descartes, sobre el que ha recaído la tarea de comprender las nuevas condiciones de la sociedad derivadas y de alumbrar el camino hacia el sistema político adecuado a ellas. Pero ahora su mesianismo toma un tinte religioso sin ambages. Desde luego Jesucristo ha sido un Mesías, pero él ha sido otro. Con estos mimbres en abril de 1925 publica Nuevo Cristianismo.


La obra no es de las mejores de Saint-Simon, lo que puede ser atribuible al disparo en la cabeza, y viene precedida por un infructuoso intento de Olinde Rodrigues por disimular la magnitud del salto entre el industrialismo previo y la nueva versión cristiana. El Nuevo Cristianismo se estructura como un diálogo entre un ‘innovador’ (él mismo como Nuevo Cristiano), y un ‘conservador’ (su escéptico avatar), que será convencido con escaso esfuerzo de las bondades de la nueva doctrina:

Innovador: Dios ha dicho: 'Los hombres deberían tratarse entre sí como hermanos'. Este sublime principio reúne todo lo que es divino en la religión cristiana.

Conservador: ¿Cómo? ¿Reduces el contenido divido de la Cristiandad a un principio único? 

Innovador: Dios naturalmente ha reducido todo a un principio individual, y ha deducido naturalmente todo de ese principio. De otro modo su voluntad hacia los hombres no habría sido sistemática. Sería blasfemo sugerir que el Todopoderoso ha fundado su religión en varios principios”.

 Sentado el dogma unitario sin posibilidad de discusión (bajo amenaza de incurrir en blasfemia), Saint-Simon abandona toda circunspección y convoca a toda la jerarquía eclesiástica, tanto católica como protestante, ante un tribunal en el que él ejerce de acusador y juez. Los cargos son herejía, por haber abandonado las enseñanzas de los Antiguos Padres, y sospecha de haberse convertido en el Anticristo, al haber descarriado a la humanidad. El veredicto, obviamente, es la culpabilidad.


En la nueva sociedad industrial el Nuevo Cristianismo será el guía moral. Atrás quedan el empirismo, el fisicismo, y el positivismo. Pero en cualquier caso está religión no debe ser impuesta por la fuerza sino por la persuasión:

La nueva organización cristiana basará las instituciones temporales y espirituales en el mismo principio todos los hombres deberían tratarse entre sí como hermanos. Dirigiré todas las instituciones, sea cual sea su naturaleza, a incrementar el bienestar de la clase más pobre. Tengo, por tanto, una clara concepción de la nueva doctrina cristiana, y la desarrollaré. Voy a revisar todas las instituciones en Inglaterra, Francia, Alemania del norte y el sur, Italia, España, Rusia y América del Norte y del Sur. Compararé las doctrinas de estas instituciones con la doctrina dedicada directamente del principio fundamental de la moral divina, y convenceré fácilmente a todos los hombres de buena fe y buena voluntad de que si todas estas instituciones estuvieran dirigidas a mejorar el bienestar moral y físico de la clase más pobre , proporcionarían con la mayor rapidez prosperidad a todas las clase de la sociedad y a todas las naciones”.

Saint-Simon tiene prevista la publicación de una segunda parte de la obra, pero pocas semanas después de la publicación Saint-Simon sufre una severa gastroenteritis que finaliza su trayectoria.

Frente a la tumba de Saint-Simon sus discípulos anuncian la intención de predicar su evangelio. La triste ocasión no es un fin, sino el despertar de la nueva religión: el saint-simonianismo. Pocos días después del entierro sus propósitos se materializan en la fundación de una nueva revista por Olinde Rodrigues: El Productor. En ella aparecen artículos del propio Rodrigues, Saint -Amand Bazard, Barthélemy Prosper Enfantin y Auguste Comte.


El evangelio de Saint-Simon resulta ser extraordinariamente adaptable a los gustos de sus apóstoles, que pronto comienzan a incluir materias de su cosecha como la abolición de la propiedad privada o la emancipación de la mujer. Estas innovaciones son principalmente debidas a Enfantin, que poco a poco se va convirtiendo en el líder de la secta. Gracias a sus esfuerzos a finales de 1829 el grupo es convertido solemnemente en Iglesia, en la que propio Enfantin y Bazard ejercen como Supremos Padres. La decisión no agrada a algunos miembros del grupo que lo abandonan. Entre ellos está Comte, que procede a fundar una escuela positivista rival y a inventar la sociología. La situación se mantiene hasta la revolución que en julio de 1830 volatiliza a los borbones de Francia, algo que ya les había advertido Saint-Simon en numerosas cartas en caso de que no se desembarazaran de la gastada aristocracia y abrazaran el industrialismo. A partir de ese momento la iglesia saint-simoniana decide enviar misioneros a distintas partes de Francia y otros países europeos incluyendo Inglaterra, donde reciben el entusiasta apoyo de John Stuart Mill (que quizás no se ha leído la parte relativa a las criticas contra la propiedad privada) y Thomas Carlyle.

En Francia el movimiento experimenta una súbita expansión con la conversión de Pierre Leroux, editor de Le Globe. En noviembre de 1830 el diario anuncia oficialmente su apoyo al saint-simonianismo, y añade a la cabecera el subtítulo ’Diario de la religión saint-simoniana’. Los esfuerzos combinados de los misioneros y Le Globe producen impresionantes resultados. A mediados de 1831 la secta cuenta con 40.000 adeptos y amplias simpatías en el mundo de las artes (entre sus simpatizantes se encuentran Renan, Georges Sand, Liszt y Berlioz).


La influencia de la nueva religión asciende tan rápidamente que uno de sus líderes llegará a afirmar: en unos pocos años toda Francia será saint-simoniana. Pero la profecía no se cumplirá. A finales de 1831 Enfantin se está concentrando en liberar los impulsos sexuales de la represión del cristianismo tradicional, para escándalo de propios y extraños. La secta sufre una nueva y definitiva escisión con la renuncia de Bazard, Rodrigues y gran número de adeptos, y Enfantin emprende una errática trayectoria que será descrita más adelante. Por su parte destacados ex saint-simonianistas como Cabet, Blanqui o Louis Blanc abrazarán la causa de otra religión: el socialismo.


Pero la disolución de la secta no acabará con la influencia de Saint-Simon, que alcanzará a Proudhon, Marx y Engels.. Y en Rusia llegará al círculo de Herzen y Ogarev y más tarde a los tchaikovskistas, entre los que se encontrará el propio Dostoievsky. Saint-Simon conseguirá así después de muerto lograr lo que ha pretendido toda su vida: convertirse en uno de los pensadores más influyentes de Europa.



Imágenes: 1) Catecismo de los Industriales; 2) Carlos X; 3) Olinde Rodrigues; 4) Nuevo Cristianismo; 5) Saint-Amand Bazard; 6) La revolución de 1830 vista por Leon Cogniet; 7) Pierre Leroux; 8) Enfantin.
 

domingo, 9 de junio de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: SAINT-SIMON (3)


Las primeras publicaciones de Saint-Simon pasan completamente desapercibidas, y en 1806 se encuentra de nuevo en Francia. Entre el mantenimiento de su salón y sus viajes ha gastado toda su fortuna, y tiene que recurrir a un conocido para que le proporcione un trabajo como copista: trabaja en él nueve horas al día y dedica la noche a sus reflexiones e investigaciones. Su salud se deteriora, pero transcurridos unos meses una persona se cruza en su camino. Se trata de Diard un antiguo sirviente que le ofrece casa y comida para que pueda concentrarse en su estudios. En 1807, con la ayuda financiera de Diard, publica Introducción a los trabajos científicos del siglo XIX donde defiende que la tarea pendiente es ascender un nuevo nivel científico y filosófico sintetizando el saber adquirido en las distintas ramas del conocimiento, tal y como Bacon y Descartes hicieron en el siglo XVII y Newton y Locke en el XVIII. En la obra además continúa perfilando una teoría de las élites y el poder:

Todo hombre, todo grupo de hombres, cualquiera que sea su carácter, intenta incrementar su poder. El guerrero con su espada, el diplomático con sus ardides, el experto en geometría con su compás, el químico con sus redomas, el fisiólogo con su escalpelo, el héroe con sus hazañas, el filósofo con sus combinaciones, todos ellos luchan para alcanzar el mando. Desde diferentes lados escalan el altiplano en cuya altura está el ser fantástico que rige la naturaleza y al que todo aquél que tiene un fuerte carácter intenta reemplazar”.

Es una reflexión interesante: en el teatro de la vida nadie se conforma con quedarse entre el público: todos desean ascender al escenario donde la acción principal tiene lugar y se reparten los papeles protagonistas. Y este, cuando las necesidades básicas están cubiertas, es el motor más importante de la acción humana.

Como hará en posteriores escritos Saint-Simon defiende una doble moral, una que debe aplicarse a las masas y otra a las elites.

Creo en la necesidad de una religión para mantener el orden social. Creo que el deísmo está obsoleto, pero el fisicismo no está lo suficientemente desarrollado para servir como nueva religión. Creo que debe haber dos doctrinas diferenciadas: fisicismo para la gente cultivada, y deísmo para los ignorantes”.


Mientras tanto se persuade de que el acuerdo resultante de su ruptura con Redern ha sido injusto, y se dedica a importunarlo para que restablezcan su asociación o al menos reconsidere los términos económicos de la liquidación. Con el fin de librarse de las molestias, Redern accede a pasarle una pequeña asignación periódica, pero en 1811 la retira agobiado a su vez por problemas económicos. Es un mal momento para Saint-Simon: su fiel amigo Diard ha muerto el año anterior, y ahora él se encuentra sin medios de subsistencia. La tensión altera su equilibrio mental, y en enero de 1813 es ingresado en un sanatorio donde lo atiende el famoso doctor Pinel. Enterados de sus problemas unos familiares de Péronne acuerdan pasarle una cantidad mensual, y con este alivio y el tratamiento de Pinel en un mes está en condiciones de abandonar la institución. Al finalizar el año ha conseguido escribir dos obras más: Memoria sobre la ciencia del hombre y Trabajo sobre la gravitación universal. Incapaz de financiar las copias mecánicas Saint-Simon se ve obligado a realizar copias manuscritas de ambas que envía a prestigiosos profesores y científicos de Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, y a varios ministros de Napoleón. Por primera vez alcanza el éxito. Algunos destinatarios le responden con entusiasmo, y dirigen cartas a Napoleón asegurándole que la obra de Saint-Simon es merecedora de patrocinio oficial. Con cincuenta y tres años y una salud delicada Saint-Simon siente que su carrera como filósofo social acaba de empezar.


El reconocimiento le proporciona un colaborador: Augustin Thierry, un brillante historiador impresionado con el pensamiento de Saint-Simon. De la colaboración surgirá un año más tarde Sobre la reorganización de la sociedad europea. Con la ayuda de Thierry, al que considera su hijo adoptivo, Saint-Simon se inclina cada vez más por la causa del liberalismo. En 1816 funda La industria, una publicación periódica dirigida a la propagación de lo que llama “opinión industrial”:

Es una exageración afirmar que la Revolución Francesa completó la ruina de los poderes teológicos y feudales. No los destruyó: simplemente redujo la confianza de la gente en los principios en los que estaban basados, así que actualmente estos poderes no tienen la fuerza suficiente para servir de vínculo a la sociedad. ¿En qué ideas, entonces, encontraremos este necesario vínculo orgánico? En las ideas industriales: allí y sólo allí deberemos buscar nuestra salvación y el fin de la revolución”.

La Industria alcanza enseguida un gran número de suscriptores. En principio un industrial es para Saint-Simon toda persona que realiza un trabajo productivo. Pero cuando más adelante defina la élite que debe servir de guía a la sociedad se referirá a los grandes capitanes de la industria: banqueros, fabricantes y comerciantes. En estos momentos Saint-Simon, admirador de la obra de Jean Baptiste Say, se declara firme partidario del laissez faire y de un gobierno “que permita a la sociedad -que conoce por sí misma cuáles son sus necesidades, qué es lo que quiere y qué es lo que prefiere- ser la única juez del mérito y utilidad del trabajo, y que consecuentemente permita al productor depender exclusivamente del consumidor para su salario, la recompensa por su servicio”.


En la primera mitad de 1817, justo antes de la publicación del segundo volumen de La Industria sufre la deserción de su ‘hijo adoptivo’, que comienza a considerar las enseñanzas de su padre algo complicadas para sus gustos. Es sustituido por un joven prometedor que acaba de ser expulsado de la Escuela Politecnica por insubordinación: Augusto Comte. Comte lo ayuda en la preparación del tercer volumen de La Industria, en el que continua abogando por una “moralidad terrenal” y una ciencia positiva que, con la guía de los industriales, consiga desplazar la gastada teología católica. Esta crítica al catolicismo consigue que muchos suscriptores se retiren alarmados, y en 1818 La Industria deja de existir.


Sin dejarse desanimar por el revés Saint-Simon emprende dos nuevas publicaciones, El Político y El Organizador. Este último aparece en mayo de 1819 con un resumen llamado Extractos del Organizador en el que incide sobre dos temas mencionados en publicaciones anteriores. Una, la distinción entre personas productivas, todas aquellas que desempeñan algún trabajo, y personas ociosas, aquellas que viven de las rentas y que por tanto no prestan ningún servicio útil a la nación. Dos, la creencia liberal en que el mejor gobierno es el que menos se entromete en las actividades de los ciudadanos y menos dinero les cuesta. El problema está en que la restaurada monarquía borbónica ha creado un gobierno hipertrofiado que, para dar cobijo a centenares de parásitos, cuesta anualmente centenares de millones de francos al contribuyente. Supongamos, comienza el Extracto, que Francia perdiera de repente a tres mil de sus mejores científicos, artistas e industriales. El resultado sería un desastre del que el país tardaría generaciones en recuperarse. Pero supongamos que en lugar de tres mil personas valiosas perdiera treinta mil de esos ociosos que viven a costa del erario: Francia no se inmutaría. En la relación de zánganos figuran los nombres de nobles y miembros de la familia real, lo que provoca el arresto de Saint-Simon. Y, para empeorar las cosas, mientras éste se encuentra en prisión el duque de Berry, también mencionado en la lista, es asesinado por el fanático Louis Pierre Louvel como paso previo a la aniquilación de los Borbones. Saint-Simon es condenado en primera instancia, aunque en la Corte de Apelación es declarado inocente.


Recobrada la libertad, Saint-Simon reemprende su trabajo en El Organizador, donde comienza a perfilar los detalles de la nueva sociedad industrial, la sociedad que debe surgir cuando el Antiguo Régimen sea definitivamente superado:

El viejo sistema político (me refiero al que aún está en vigor y del que deseamos desembarazarnos) nació en la Edad Media. Dos elementos, muy diferentes en naturaleza, contribuyeron a su formación: desde su origen ha sido siempre una mezcla de sistema teocrático y feudal. La combinación de fuerza física (ejercido por la gente de armas), y las argucias y astucias inventadas por los clérigos, invistieron a los líderes del clero y la nobleza con poderes soberanos, y subyugaron al resto de la población”.

En realidad, continúa Saint-Simon, este era el mejor sistema posible porque, por un lado, el escaso desarrollo de la ciencia motivaba que fuera la metafísica la que tuviera que gobernar estos asuntos. Y por otro porque el único medio de adquirir riqueza era por la vía de la conquista. Pero ahora la situación ha cambiado y es necesario subir el peldaño hacia a la sociedad industrial porque “mediante el progreso de la industria los hombres han adquirido los medios para alcanzar la prosperidad juntos, enriqueciéndose mediante trabajos pacíficos. Y por otra parte se ha alcanzado el conocimiento positivo, , los fenómenos de todo tipo han sido observados y la filosofía, basada en la experiencia, contiene hoy principios que pueden guiar a las personas hacia la moralidad y el bienestar con mucha más seguridad que la metafísica”.


Presa de una actividad inagotable en 1820 Saint-Simon publica El sistema industrial, el primero de tres exitosos ensayos con ese nombre. Pero lo cierto es que si bien Saint-Simon es considerado un autor interesante no acaba de ser tomado en serio del todo. John Stuart Mill, que lo conoce en 1821, lo definirá como una persona inteligente y original. Para el fundador de la doctrina de los industriales esto no es suficiente. Necesita el reconocimiento público que cree merecer, tiene más de sesenta años y desespera de alcanzarlo. Poco a poco la desesperación se va convirtiendo en depresión. En marzo de 1923 escribe una carta a su amigo y seguidor Ternaux. Al finalizar carga una pistola y se dispara en la cabeza. Milagrosamente salva la vida, aunque pierde el ojo derecho.



Imágenes: 1) Portada de La Indusria; 2) El doctor Pinel quitando las cadenas a los pacientes del manicomio de Salpêtrière, por Robert-Fleury; 3) Augustin Thierry; 4) Jean Baptiste Say; 5) Asesinato del duque de Berry al salir de la opera; 6) Auguste Comte.
 

domingo, 2 de junio de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: SAINT-SIMON (2)



Durante unos años Saint-Simon mantiene a pleno rendimiento su salón de la calle Chabanais, para el que no repara en gastos:

Saint-Simon maneja un principesco séquito de sirvientes. Como administrador tiene a Monoyer, el antiguo administrador de M. de Choiseul famoso en su tiempo por su boato; como cocinero jefe Le Gagneur, a quien deben su fama las cenas del mariscal de Duras; como mayordomo jefe Tavernier, que aprendió su profesión en Roma en la casa del cardenal De Bernis. Veinte sirvientes…”.

Entre sus visitantes asiduos se cuenta el matemático Lagrange. En 1798, tras la ruptura con Redern, Saint Simon se ve obligado a mudarse a un piso algo menos lujoso cerca de la Escuela Politécnica. Decide entonces continuar con su aprendizaje de una manera más convencional, e ingresa en la Escuela para estudiar física y matemáticas. El 18 de Brumario* Napoleón asume el poder.

Saint-Simon compatibiliza sus estudios con el mecenazgo científico, y numerosas anécdotas atestiguan su generosidad. En una ocasión acude a visitar al prometedor cirujano Guillame Dupuytren, y al partir deja sobre su mesa 1.000 francos. En 1801 finaliza sus estudios en la Escuela Politécnica y se casa con Sophie de Champgrand, una joven escritora y músico discípula de Grêtry. El matrimonio no está motivado por amor: Saint-Simon cree que una anfitriona cultivada es el complemente ideal en su salón. Sobre estas bases el matrimonio sólo dura un año. Tras el divorcio Saint-Simon decide ampliar sus conocimientos viajando por Europa. Viaja primero a Inglaterra, y más tarde a Suiza. Allí conoce a Madame de Staël, a quien propone infructuosamente matrimonio con el argumento de ser los dos personajes más extraordinarios de la época.


En 1802 en Ginebra Saint-Simon resume por primera vez sus ideas. El resultado recibe el nombre de Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos. La obra se estructura en forma de cartas que Saint-Simon envía a un supuesto amigo que a su vez lo responde, lo que le permite desarrollar sus reflexiones. Para vislumbrar el carácter de Saint-Simon resulta interesante cómo, bajo la forma de este amigo imaginario, se responde a sí mismo:

Me habéis invitado a daros mi opinión acerca del plan que habéis presentado. Lo haré con especial placer porque ningún lector atento podría dejar de quedar impactado por la pureza de la mente del autor, porque su intención es sublime, y porque merece ser favorablemente recibido por toda la gente sensata y reflexiva. Finalmente, porque el objetivo del autor es la felicidad de la humanidad. Trabaja por ello, y yo lo admiro”.

El plan de Saint-Simon consiste en que los científicos sustituyan al clero en la dirección espiritual de la humanidad. Para ello propone la creación del Consejo de Newton, un comité de veintiún sabios generosamente remunerados por suscripción popular para que puedan dirigir todas sus energías a desbrozar el camino del progreso:

Abrid una suscripción ante la tumba de Newton. Aportad todos vosotros, sin distinción, la suma que consideréis oportuna. Dejad que cada suscriptor nomine a tres matemáticos, tres físicos, tres químicos, tres fisiólogos, tres escritores, tres pintores, tres músicos. Dividid las ganancias de la suscripción entre los tres matemáticos, físicos, etc. que reciban mayores votos”. “Creo que todas las clases sociales se beneficiarían de esta organización: el poder espiritual en poder de los sabios; el temporal en las manos de los propietarios; el poder para elegir a los líderes de la humanidad en las manos de todos; la recompensa para los gobernantes, el respeto”.

 
Saint-Simon procede a detallar el plan a todos los implicados: los científicos, los propietarios y los no propietarios. Para los primeros las ventajas del plan son evidentes, así que no se detiene mucho en explicitarlas. En lo referente a los propietarios, Saint-Simon les explica que más vale no enfrentarse a los sabios. A fin de cuentas ellos han sido capaces de poner en marcha la Revolución aunque luego también ellos han sido arrollados por ella; colocándolos en la cúspide de la sociedad y convirtiéndolos en sus guías espirituales las turbulencias desaparecerán. En lo referente a los no propietarios lo cierto es que son los más numerosos. ¿Por qué no tomar ellos el poder? Saint-Simon contesta:

Admito, amigos míos, que es de lo más fastidioso. Pero debéis tener en cuenta que los propietarios, aunque inferiores en número, son más ilustrados que vosotros, y que por el bien general el dominio debería ser proporcional a la ilustración. Mirad lo que ocurrió en Francia cuando vuestros camaradas tomaron el poder: causaron una hambruna”.

Con la guía de la élite científica la humanidad prosperará. Saint-Simon no cree en el espejismo de la igualdad: aparte de poner el poder en manos de los menos preparados, al final hay tantos gobernantes que los gobernados no dan abasto para mantenerlos:

La continua apelación a todos los miembros de la sociedad para asumir las funciones de una asamblea deliberativa fue un fracaso. Aparte de las terribles atrocidades a las que tal aplicación del principio de igualdad llevó naturalmente al poner en manos de ignorantes el poder, finalmente dio lugar a una forma absolutamente impracticable de gobierno en el que había tantos gobernantes (incluyendo los no propietarios) que el trabajo de los gobernados era insuficiente para mantenerlos a todos. Esto llevó a un resultado absolutamente contrario al inalterable de los no propietarios: pagar pocos impuestos”.


De repente en la segunda parte de las Cartas Dios habla directamente a Saint-Simon: “¿Es una aparición? ¿Es sólo un sueño? No lo sé, pero estoy seguro de que experimenté lo que ahora voy a contar”. Dios cuenta a Saint-Simon que ha decidido que Roma deje de representarlo, y que el Papa, cardenales y obispos dejarán de hablar en su nombre. Tras la expulsión de Adán Dios quiso poner a prueba a la humanidad, y puso a su frente a los clérigos para guiarla en el camino correcto, pero su papel de interlocutores de Dios se les ha subido a la cabeza y han fracasado estrepitosamente. Ahora Dios se propone sustituirlos:

Oíd esto: he colocado a Newton a mi lado para iluminar y dirigir a los habitantes de todos los planetas (…) La asamblea de veintiún elegidos de la humanidad se llamará el Consejo de Newton. El Consejo de Newton me representará en la tierra, y decidirá la humanidad en cuatro divisiones: inglesa, francesa, alemana, italiana**

A continuación Dios pasa a describir minuciosamente la organización del Consejo, incluyendo la de sus delegaciones territoriales, y sin desdeñar la decoración de los mausoleos subterráneos de Newton que cada delegación debe erigir.

 

Suelen ser más importantes que lo que se afirma las asunciones implícitas que subyacen inadvertidas a esas afirmaciones. Para Saint-Simon las ciencias humanas están subdesarrolladas:

La fisiología está todavía en la etapa de subdesarrollo por la que las ciencias de la astronomía y la química pasaron. Los fisiólogos deben expulsar a los filósofos, moralistas y metafísicos del mismo modo que los astrónomos expulsaron a los astrólogos y los químicos a los alquimistas”.

Con esto Saint-Simon pretende que la ciencia del hombre y la sociedad sea enfocada desde una perspectiva tan aséptica y racional como la física o las matemáticas, y en esto subyacen dos asunciones implícitas. La primera, que cuando estas ciencias alcancen un nivel adecuado será posible adivinar los movimientos de la sociedad del mismo modo que la astronomía permite predecir los movimientos de un planeta (“un científico, queridos amigos, es un hombre que predice”). La segunda, que será posible construir una sociedad ideal, libre de las imperfecciones (motivadas por la ignorancia) que aquejan a la actual. Saint-Simon es el primero en sentar las bases del historicismo, cuya exacerbación devastará el planeta.

Hay que decir que el aprecio de Saint-Simon por los sabios y científicos no será permanente y gradualmente los sustituirá en la dirección de la sociedad por otro grupo: los industriales.


* 9 de noviembre de 1799.


** Obsérvese que se limita a cuatro países: el principio de igualdad tampoco parece ser especialmente relevante para Dios.



Imágenes: 1) Saint-Simon; 2) Grétry; 3) Portada de las ‘Cartas’; 4) Madame de Stáel; 5) Lagrange.