domingo, 24 de marzo de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS: FOURIER


El origen de las teorías de Charles Fourier está en una manzana (aunque dedicará más atención a las peras). Más adelante afirmará que ha habido cuatro manzanas relevantes en la historia: “Dos fueron famosas por los desastres que causaron, la de Adán y la de Paris, y dos por los servicios que rindieron a la humanidad, la de Newton y la mía”. Las tres primeras son bien conocidas [1], la de Fourier no tanto. La ha encontrado en un restaurante de París y le ha sorprendido su precio exagerado, equivalente al de cien manzanas de excelente calidad en su región de origen. Esto le ha llevado a interpretar que algo funciona incorrectamente: “En ese momento nacieron las investigaciones que, tras cuatro años, me llevaron a descubrir la teoría de las series industriales y los grupos, y de este modo las leyes del movimiento universal que habían pasado desapercibidas a Newton.” En efecto, transcurrido ese tiempo Fourier revela al mundo las leyes de la “gravitación pasional”, que tienen una ventaja sobre las de Newton: éstas últimas imperan “en el mundo de la pura curiosidad (el equilibrio de las estrellas)”, mientras que las de Fourier lo hacen “en el de la pura utilidad (el equilibrio de la pasiones)”. De hecho el descubrimiento de Fourier está destinado, según su autor, a “conducir a la raza humana a la opulencia, los placeres sensuales, y la unidad global". Un programa irresistible, al menos en sus dos primeros puntos.

Fourier nace en Besançon, Francia, en 1772, el mismo año que Robert Owen y doce más tarde que Saint-Simón. Su padre es un próspero negociante de ropa y su madre también proviene de una exitosa estirpe de comerciantes de la ciudad. Ella está atenazada por escrúpulos religiosos de todo tipo, y la primera infancia de Fourier transcurre entre misas. A los siete años, agobiado por las visiones del infierno, decide limpiar su conciencia de una vez por todas confesando, no sólo los pecados realmente cometidos, sino todo el muestrario incluyendo la fornicación y la simonía. Ese año es importante para Fourier porque, además de la exhaustiva confesión, pronuncia un solemne juramento al estilo de Aníbal de odio eterno hacia el comercio. Su cumplimiento no será fácil: el testamento de su padre le asigna una cuantiosa herencia a condición de que a los veinte años esté desarrollando operaciones mercantiles. Esto desespera a Fourier, que prefiere pasar el tiempo en su cuarto tocando el violín o consultando viejos atlas. También dedica gran atención al cuidado de las flores.

Fourier es un autodidacta. Posee una curiosidad inagotable y una gran memoria, pero se cansa fácilmente ante los libros extensos. La educación que recibe en el colegio de Besançon se centra en retórica, teología, y latín. Adquiere así el dominio de esta lengua, del catecismo, y, como señalará algún biógrafo, la habilidad de sazonar sus textos con citas erróneas de Virgilio y Horacio. Él se siente atraído por las matemáticas y las físicas, lo que le lleva a acariciar la posibilidad de ingresar en la prestigiosa academia de ingeniería militar de Mezières, lo que finalmente no consigue al no disponer de título nobiliario. Su bagaje de conocimientos no provendrá tanto de los libros, sino de la experiencia.


Fourier pasa la revolución en Lyon, en ese momento centro de la industria textil del sur de Francia. Allí presencia las luchas de los canuts, los trabajadores de la seda, por la mejora de sus salarios. En 1793, con veintiún años recoge su herencia y se establece como comerciante independiente. Asiste a la rebelión de Lyon contra el gobierno revolucionario, y en el torbellino de los acontecimientos se ve reclutado y luchando contra el ejército de la Convención. Tras la derrota está a punto de ser ejecutado por los jacobinos, pierde la mayor parte de su herencia, y al finalizar el año escapa de Lyon, que en esos momentos se encuentra experimentando el Terror revolucionario de Robespierre. Vuelve a Besançon, pero es arrestado y sólo se salva por la intercesión de un pariente jacobino. En junio de 1794 es enrolado en la caballería ligera y pasa dieciocho meses en el ejército del Rhin. Pasa el Directorio (1795-1799) viajando por el sur de Francia mientras trabaja en distintas casas comerciales.


Mientras tanto ha ido desarrollando su teoría, que en 1799 ya se encuentra en avanzado estado de gestación en su cabeza. Marcha a París para obtener la formación científica necesaria para completarla, pero una serie de reveses, entre los que se encuentran el agotamiento del resto de su herencia, hacen que en 1801 vuelva a estar en Lyon trabajando como comercial de un negociante de ropa. Para entonces las líneas maestras de su teoría ya están perfiladas en su mente. Su conocimiento lo ha obtenido de su trato con otras gentes, de sus viajes en calidad de agente comercial y de su introspección. Desde entonces no volverá a interesarse por otro filósofo o pensador, y sus lecturas se limitarán a los periódicos, de donde extraerá información adicional para confirmar su teoría. A lo largo de los siguientes treinta y seis años escribirá sin cesar. Mientras se dedique a concretar la cartografía de su utopía, y a definir las apasionadas actividades de sus habitantes, llevará una vida gris con escasos entretenimientos. Permanecerá soltero, no se le conocerán relaciones sexuales o sentimentales (en Armonía dos caras de la misma moneda), y practicará una ordenada rutina cuidando sus flores y atendiendo a sus gatos.


Frecuentemente Fourier comparará a los destinados a recibir sus enseñanzas con pacientes sometidos a una operación de cataratas: su visión se incrementará espectacularmente, pero deben ser expuestos gradualmente a la luz para evitar el deslumbramiento. A tal fin ha reunido un escaso número de personas a las que revela sus descubrimientos mientras bebe café y juega al dominó. El primer intento por difundir su teoría lo hace en el Boletín de Lyon, un periódico local leído por funcionarios en el que predominan los anuncios y las odas a Napoleón. El artículo “Armonía universal” pretende aclarar las dudas de uno de sus adeptos sobre Armonía, la civilización utópica que Fourier pretende engendrar: “es una teoría matemática relativa a todos los mundos y sus habitantes, una teoría sobre los dieciséis órdenes sociales que pueden establecerse en los distintos mundos a lo largo de la eternidad. De las dieciséis posibles sociedades sólo tres van a tener lugar en nuestro mundo: Salvajismo, Barbarie, y Civilización. Pronto todas llegarán a su fin y todas las naciones de la Tierra entrarán en la decimoquinta etapa, que es la Simple Armonía.

Por unos días el artículo proporciona cierta notoriedad a Fourier, aunque existe división de opiniones: en el Boletín es presentado como un pensador profundo, mientras que en Periódico de Lyon se le define como un candidato idóneo para el manicomio de Charenton. Envalentonado por este primer lance publica el “Triunvirato Continental” en el que predice una desastrosa guerra entre Francia y Rusia seguida de una era de paz perpetua. Las ideas utópicas son una cosa, pero las expectativas derrotistas de guerra otra, y Fourier es reprendido por las autoridades.

Sin dejarse desanimar el 4 de Nivoso del año XI según el calendario republicano (26 de diciembre de 1803) Fourier redacta una carta para el fiscal general en la que le anuncia oficialmente su descubrimiento y lo pone a disposición de la República: “Soy el inventor del cálculo matemático de los destinos, un cálculo que Newton tuvo a su alcance sin darse cuenta. Él determinó las leyes de la atracción material y yo he descubierto las de la atracción pasional, una teoría no desarrollada por nadie antes que yo”. La carta anuncia el inminente colapso de las sociedades civilizadas, bárbaras y salvajes y el advenimiento de Armonía. Fourier, en suma, ha descubierto las leyes que rigen las pasiones, leyes que “deberían haber sido descubiertas hace 2.300 años; han permanecido ocultas por el descuido y la presunción de las tres ciencias metafísicas, políticas y morales.” Bastaba con haberse fiado de los designios del Creador y no haber pretendido inútilmente reprimirlas: “La atracción, que explica los designios de Dios en lo referente a las estrellas y los animales, es también el órgano de Dios en lo que respecta a los humanos.”


En la carta Fourier solicita al Fiscal que le sea permitido publicar sus artículos, y que transmita sus teorías a Napoleón. Éste no podrá resistirse a atender a Fourier por dos razones. Primero porque le ofrece, si le ayuda a implantar Armonía, el título de “Primado o Emperador del Globo." Y segundo porque en Armonía “las pasiones serán tan numerosas, tan explosivas, y tan variadas que el rico pasará su vida en un estado de frenesí permanente, y las veinticuatro horas del día pasarán tan rápidamente como si fueran una.” En efecto, en Armonía existirán ricos y pobres, porque Fourier no concede excesiva importancia a la igualdad siempre que se garantice un mínimo de subsistencia y que cada cuál reciba un dividendo en función de lo que trabaja: “La pobreza es la principal causa de los desórdenes sociales. La desigualdad, muy vituperada por los filósofos, no es desagradable para la gente. La burguesía se deleita en la jerarquía; adora ver a los peces gordos marchando adornados con sus galas: El pobre los contempla con el mismo entusiasmo. Sólo si carece de lo más necesario comienza a detestar a sus superiores y las costumbres de la sociedad.” En esto no le falta razón. (continuará)

Notas
[1] Sobre la manzana de Paris. Un buen día Hera, Atenea y Afrodita preguntaron a Zeus cuál de ellas era la más bella y él, prudentemente, optó por delegar el juicio en otra persona: Paris, hijo de Príamo rey de Troya. Las candidatas se presentaron ante Paris y sucesivamente intentaron sobornarlo: Hera le prometió convertirlo en rey de Europa y Asia, Atenea le ofreció sabiduría, y Afrodita sexo. Obviamente gano esta última (Fourier habría sido el primero en entender la decisión), y Paris le entregó una manzana que simbolizaba el triunfo. La elección acabó llevando a la guerra de Troya y a la destrucción de la ciudad.

Imágenes: 1) El juicio de Paris, por Anton Mengs. 2) Un taller de canuts. 3) El asedio de Lyon. 4) Charles Fourier. 5) Una visión de Armonía.

jueves, 14 de marzo de 2013

IG FARBEN. EPÍLOGO

 

Finalizado el juicio los condenados se dirigieron a su nuevo destino, la prisión de Landsberg. En febrero de 1951 todos ellos habían recobrado su libertad. No puede decirse que el juicio y su posterior reclusión los hubiera convertido en unos parias. El antiguo SS Obersturmbannführer Heinrich Buetefisch se convirtió en miembro del consejo de administración de Ruhr-Chemie, y en 1964 recibió la Cruz de Servicios Distinguidos, aunque le fue retirada por protestas ciudadanas. Friedrich Jaehne ingresó en el consejo de administración de Hoechst, y también recibió la Cruz de Servicios Distinguidos. Fritz Gajewsky pasó a formar parte de los consejos de administración de Dynamit Nobel AG, Genschow&Co., y Verwaltungs AG. Otto Ambros, cuyo currículum incluía una Cruz de Caballero otorgada por Hitler y el mérito de haber propuesto Auschwitz como sede de la nueva planta de buna de IG, se convirtió en consejero de Grunenthal, Pintsch Bamag AG, Knoll AG, Telefunken GMBH, Berliner Handelsgesellschaft, Süddeutsche Kalkstickstoff-Werke y otras. Fritz ter Meer ingresó en el consejo de Bayer, y en 1955 fue elegido presidente, cargo que ostentó durante los siguientes ocho años. Fue además consultor del gobierno alemán en materia de carburante sintético. Hermann Schmitz ingresó de inmediato en el consejo de administración de un banco… Y así todos los antiguos directivos del grupo.

Antes de que la guerra finalizase el general Eisenhower había encargado una investigación sobre el papel de IG Farben en el esfuerzo bélico alemán, y el informe resultante había sido tajante: IG había sido indispensable. Muy impresionado Eisenhower esbozó un plan de acción que incluía la voladura de las plantas de IG más estrechamente relacionadas con la producción de material militar, y la desintegración del grupo en un número indeterminado pero suficiente de compañías independientes. En noviembre de 1945 el Consejo Aliado de Control, la administración militar de las cuatro potencias que iba a gobernar la Alemania ocupada, dictó una ley destinada a “asegurar que Alemania no volverá a amenazar a sus vecinos ni la paz en el mundo (…) teniendo en cuenta que IG Farbenindustrie, consciente y prominentemente, se dedicó a edificar y mantener el potencial bélico de Alemania”. En febrero de 1947 la autoridad militar norteamericana dictó la Ley para la Prohibición de la Excesiva Concentración de Poder Económico Alemán en virtud de la cual IG Farben sería dividida en cuarenta y siete empresas independientes. En junio de 1948 el bloqueo ruso de Berlín provocó la desintegración del Consejo Aliado de Control, que un año más tarde fue sustituido por una comisión de carácter civil integrada por Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Finalmente en enero de 1951 la comisión aliada decidió el destino de IG Farben. Las 159 plantas existentes en la república federal no se dividirían entre cuarenta y siete empresas, sino entre nueve: BASF, Bayer, y Hoechst, las Tres Grandes renacidas para la ocasión, y seis compañías menores. A mediados de los 70 BASF, Bayer, y Hoechst se encontraban entre las treinta mayores compañías del mundo, y habían sido protagonistas del “milagro alemán”. Hoechst se fusionó en 1999 con Rhône-Poulenc y se convirtió en Aventis. En 2004, tras una nueva fusión se convirtió en Sanofi-Aventis. Hoy es una de las 10 mayores empresas farmacéuticas del mundo, ranking del que Bayer entra y sale según los años. El grupo BASF vendió en 2000 su división farmacéutica a Abbott Laboratorios, y es hoy la mayor compañía química del mundo.


Imagen: Avión aterrizando en Berlín-Tempelhof, dentro del puente aéreo organizado por los aliados para romper el bloqueo ruso.

(Dedicado a Viejecita

domingo, 10 de marzo de 2013

IG FARBEN (13)


En junio de 1945 Telford Taylor era coronel del ejército de los Estados Unidos. Había pasado la mayor parte de la guerra en Blechtley Park, al norte de Londres, donde un ejército de descifradores se había encargado de proporcionar a los mandos aliados las órdenes secretas que, previamente encriptadas con las máquinas Enigma, se transmitían entre sí los distintos cuerpos del ejército alemán. Taylor había estudiado Derecho en Harvard, y en 1939 había sido ayudante del Fiscal General. En esa situación conoció al juez Robert Jackson, que más tarde estaría al frente del Tribunal Militar Internacional en el juicio contra los archicriminales. A finales de 1945 Taylor recibió una llamada de Jackson en la que le propuso participar en el juicio. Tras un año en Nuremberg actuando dentro del equipo de fiscales, Taylor fue designado fiscal jefe para los juicios subsiguientes. Como la tarea era excesiva para una sola persona, en algunos de estos juicios delegó en otro para que se encargara por completo de preparar la acusación. En el de IG Farben el elegido fue Josiah Dubois Jr.

Dubois formó su equipo con un grupo de entusiastas abogados recién salidos de Harvard, que a lo largo de los siguientes meses se encargaron de recoger evidencias con las que incriminar al personal de IG. Muy pronto descubrieron, para su sorpresa, que no era nada fácil encontrar documentación escrita relevante para el caso. Pronto, también, descubrieron el motivo: Otto Ambros había utilizado Ludwigshafen como centro de operaciones para recibir documentación proveniente de todas las oficinas de IG y proceder a su destrucción. Explicó que el motivo era obtener pasta de celulosa, ya que se habían enfrentado a una seria escasez de papel. El único descubrimiento de cierta relevancia provino de unas cajas de documentos que habían sido requisadas por una unidad de combate americana en las oficinas de IG en Berlín. Estas cajas habían sido enviadas al Departamento de Guerra, en Washington, donde habían sido rutinariamente clasificadas, etiquetadas, y sepultadas en un almacén, y de donde los investigadores consiguieron rescatarlas.



Los acusadores fueron más afortunados en la búsqueda de testigos. Viajando por las ruinas de Europa consiguieron encontrar, tanto judíos, como prisioneros de guerra que se las habían arreglado para sobrevivir a Auschwitz. También localizaron a algunos trabajadores de IG con la conciencia intranquila. Especialmente reveladores eran algunas declaraciones que se habían tomado a directivos de IG Farben en los días posteriores a sus respectivos arrestos en 1945. Por ejemplo la de Georg von Schnitzler, que con evidentes muestras de remordimiento había admitido: “IG tuvo una gran responsabilidad y proporcionó desde el sector químico sustancial e incluso decisiva ayuda a la política exterior de Hitler que llevó a la guerra y a la ruina de Alemania. Debo reconocer que IG es altamente responsable de las políticas de Hitler.”

Pero para el momento en que el juicio estaba siendo preparado Schnitzler ya había cambiado de versión. Había contribuido decisivamente a ello la presión ejercida por el glacial Fritz ter Meer, que lo había increpado y amenazado en varias ocasiones incluso delante de sus compañeros. Quizás la presencia intimidatoria de ter Meer contribuyera a que los directivos de IG acabaran llegando al juicio recitando un guión sospechosamente unánime: no soy más que un empresario, y me limité a cumplir ordenes; el poder tiránico de Hitler era tal que no pude resistirme; bueno sí, me afilié al Partido, pero sólo para eludir la atención de la Gestapo; por lo que yo sé, en la planta de Auschwitz los trabajadores recibían un trato ejemplar; no, no, claro que no, ¿cómo iba a saber que en Birkenau estaban matando judíos; ¿antisemita? ¿yo? de ninguna manera; no, no es cierto que IG Farben acompañara al ejército alemán apoderándose de las compañías extranjeras a su paso: si hubo algún cambio en la titularidad de las mismas a nuestro favor fue a través de transacciones libres y legales; ¿qué si me suena el nombre de Zyklon B? Nuestra cartera de productos era tan amplia…

La acusación por su parte pretendía demostrar que IG Farben no había estado sometida sino asociada a Hitler. Que había colaborado decisivamente en que Alemania estuviera preparada para la guerra, y que había obtenido cuantiosos beneficios a cambio. Y que con tal de maximizar éstos, había llegado a participar directamente en la maquinaria de muerte de Auschwitz. Un problema que encontraban los fiscales era que los directivos de IG Farben estaban lejos del arquetipo de matón nazi. Se trataba de gente bien educada, hombres de negocios y científicos: la maldad no era visible en ellos. Un segundo problema estaba en que la situación política estaba cambiando rápidamente.


En mayo de 1947 DuBois y su equipo decidieron que habían reunido evidencias suficientes, y Taylor leyó la acusación en nombre de los Estados Unidos contra los ejecutivos de IG Farben:

Sin duda los acusados nos contarán que no eran más que celosos, y quizás mal dirigidos, patriotas. Escucharemos que todo lo que hicieron fue lo que cualquier patriótico hombre de negocios habría hecho en circunstancias similares. Y en lo que se refiere a la carnicería de la guerra, y a la muerte de inocentes, estos fueron las lamentables acciones de Hitler y los nazis, a cuya dictadura ellos también estaban sometidos.”

En el banquillo se sentaban veinticuatro altos directivos del grupo, entre ellos Carl Krauch, Hermann Schmitz, Fritz ter Meer, Otto Ambros, Heinrich Buetefisch, Georg von Schnitzler, Walter Duerrfeld, Heinrich Gattineau y Fritz Gajewski. Las acusaciones se agrupaban en tres cargos principales, los mismos que recogía la Carta de Londres: 1) preparación de una guerra de conquista; 2) saqueo y expolio de los países conquistados; 3) esclavización y asesinato en masa. Dentro del primer cargo estaban incluidas la decisiva intervención de IG en el plan cuatrienal que preparó la guerra y su colaboración en la consecución y almacenamiento de materias primas decisivas para su desarrollo. Bajo el segundo, saqueo y expolio, los acusadores pretendían demostrar la íntima colaboración entre la Wehrmacht e IG Farben en la apropiación de las industrias químicas de Austria, Polonia, Checoslovaquia, Francia, Noruega, y Rusia. El último cargo, esclavización y asesinato en masa, era el más importante, y se centraba en las actividades de IG Farben en Auschwitz. En todos los cargos los fiscales intentaban demostrar que IG Farben no había actuado compelida por una presión intolerable del régimen nazi, sino por el ánimo de lucro, y que de hecho había obtenido inmensos beneficios de su estrecha colaboración con éste.

Todos los acusados, actuando a través de IG (…) participaron en (…) la esclavización de prisioneros en campos de concentración (…) y en el maltrato, intimidación, tortura, y asesinato de personas esclavizadas. En el curso de estas actividades millones de personas fueron arrancadas de sus hogares, deportadas, esclavizadas, maltratadas, aterrorizadas, torturadas y asesinadas.”

Farben, en completo desafío a la decencia y consideración humana, maltrató a sus trabajadores esclavizados sometiéndolos, entre otras cosas, a un trabajo desmesuradamente largo, arduo y agotador, sin tener en cuenta en absoluto su estado mental o físico. El único criterio que determinaba el derecho a vivir o morir era la eficiencia productiva de dichos prisioneros. A causa de insuficiente descanso, insuficiente comida, y de inadecuados alojamientos (que consistían en una cama de paja insalubre compartida por un número de prisioneros entre dos y cuatro), muchos murieron en el trabajo o se colapsaron por graves enfermedades allí contraídas. Con los primeros síntomas de disminución en la productividad de cualquiera de estos trabajadores, ya fuera causada por enfermedad o agotamiento, estos trabajadores eran sometidos a la bien conocida “Selección”. “Selección” simplemente significaba que si, en el curso de un examen, parecía que la capacidad productiva del prisionero no sería restablecida en los siguientes días, éste era considerado prescindible y enviado a “Birkenau”, campo de Auschwitz dedicado a la exterminación rutinaria. El significado de “Selección” y “Birkenau” era conocido por todos en Auschwitz, y se convirtió en un asunto de conocimiento general (…) La conducta de Farben en Auschwitz puede resumirse en un comentario de Hitler [1]: ¿Qué nos importa? Mira hacia otro lado si no puedes soportarlo.


Du Bois estaba satisfecho con la evidencia recogida y el comienzo del juicio. Pero de forma paralela a su desarrollo se estaban produciendo acontecimientos externos que acabarían influyendo en su resultado. El invierno de 1947 fue excepcionalmente duro en Alemania, añadiendo el frío al tormento del hambre. En ese momento comenzaba a imponerse la idea, contraria a la que sustentaba el Plan Morgenthau, de que la recuperación económica de Alemania era esencial para la de Europa. En marzo el ex-presidente Herbert Hoover, que había sido enviado a Alemania por Truman, expresó en un informe:

Hay una fantasía según la cual la Nueva Alemania (…) puede ser reducida a un ‘estado pastoril’. Esto no puede ser conseguido a no ser que exterminemos o desplacemos fuera de ella a veinticinco millones de personas.”

Y en julio el Secretario de Estado George Marshall emitió una nueva directiva para la zona ocupada bajo dominio norteamericano. ( Se trataba de la JCS, Joint Chief Staff 1779, que sustituía a la JCS 1067 dictada bajo el espíritu del Plan Morgenthau, que prohibía cualquier actuación que favoreciera la recuperación industrial de Alemania). La JCS afirmaba: “Una Europa pacífica y próspera requiere la contribución económica de una Alemania estable y productiva.”. Pero además el idilio entre Rusia y sus aliados de guerra había llegado a su fin. Stalin había dejado de ser el campechano “Tio Joe” que la propaganda americana había intentado presentar [2], y el comunismo se revelaba como un peligroso adversario para las democracias liberales. En marzo de 1947 se enunció la “Doctrina Truman”, por la que Estados Unidos garantizaba su apoyo económico y político a Grecia y Turquía para evitar su caída en la esfera comunista. Ese mismo mes, también gracias a la presión de Truman, los comunistas de los gobiernos de Francia e Italia fueron expulsados. Una renacida Alemania era necesaria como bastión contra la marea roja.



 Mientras tanto el juicio seguía su curso. Una noche, después de cenar, DuBois y un compañero caminaban por los alrededores del Palacio de Justicia cuando se les acercó el abogado de ter Meer. Para su sorpresa, el propio ter Meer se encontraba también allí, fuera de su celda y del recinto del Palacio. El abogado bastante apurado explicó que los jueces, sin que la acusación lo supiera, habían permitido a su cliente salir para que fuera a Frankfurt a resolver unos asuntos, y en ese momento el guardia no les dejaba pasar. Los asuntos que ter Meer había atendido en Frankfurt estaban relacionados con su ex secretario Ernst Struss, que pretendía declarar que su jefe había tenido perfecto conocimiento de lo que ocurría en Birkenau.

Ter Meer no consiguió parar la declaración de Struss. También fue devastadora para los intereses de IG Farben la de Norbert Jaehne, hijo de uno de los acusados, que detalló el maltrato recibido por los trabajadores de Monowitz. A estas declaraciones se sumaron las de supervivientes judíos y prisioneros de guerra que en conjunto pulverizaban las alegaciones de inocencia de los acusados. Estos entonces se dedicaron a hacer un uso masivo del ‘estado de necesidad’. Si no hubieran acatado las instrucciones de Hitler, alegaban, ellos mismos habrían acabado en el campo de concentración. El argumento fue tan repetido que el juez aclaró que una interpretación tan extensiva del estado de necesidad y de acatamiento de órdenes habría acabado llevando a la conclusión de que Hitler había sido el único responsable de los horrores del nazismo.

A final de año se abrió un nuevo frente contra la acusación en los Estados Unidos. El racista congresista de Mississippi John E. Rankin declaró: “Lo que está ocurriendo en Nuremberg, Alemania, es una desgracia. El resto de los países ya se han lavado las manos y se han retirado de esta saturnalia de persecución. Pero una minoría racial, dos años y medio después del fin de la guerra, está, no sólo ahorcando soldados sino juzgando hombres de negocios alemanes en el nombre de Estados Unidos.”


Mientras tanto el ritmo de los acontecimientos se aceleraba. En febrero de 1948 los comunistas tomaron el poder en Checoslovaquia, y en abril Truman puso en marcha el Plan Marshall. El juicio finalizó el 12 de mayo de 1948. Todos los acusados fueron declarados inocentes del primer cargo, preparación para una guerra agresiva. Del segundo, saqueo y expolio, nueve de los acusados fueron declarados culpables. Del tercero, esclavización y asesinato en masa, únicamente tres. Las penas fueron las siguientes:

Otto Ambros. Culpable del cargo tres. Ocho años de prisión.
Walter Durrfeld. Culpable del cargo tres. Ocho años.
Fritz ter Meer. Culpable de los cargos dos y tres. Siete años.
Carl Krauch. Culpable del cargo tres. Seis años.
Heinrich Buetefisch. Culpable del cargo tres. Seis años.
Georg von Schnitzler. Culpable del cargo dos. Cinco años.
Hermann Schmitz. Culpable del cargo dos. Cuatro años.

Otros cinco acusados fueron encontrados culpables del cargo dos y sentenciados a condenas entre tres y un año y medio. Josiah DuBois resumió el sentimiento general de los fiscales: estas penas serían leves incluso si se tratara de ladrones de gallinas.


[1] En realidad el comentario lo había hecho Himmler.
[2] Roosevelt creía realmente que Stalin era una persona franca y campechana. En 1943, en una conversación con su embajador en Moscú William C. Bullitt, en la que éste intentaba convencer al presidente de la malicia de Stalin, y del peligro de la “ameba roja” que amenazaba con fagocitar todo el este de Europa, Roosevelt le contestó: “Tengo la corazonada de que él (Stalin) no es esa clase de persona (…) Él no quiere nada más que seguridad para su país, y creo que, si le concedo todo lo que razonablemente pueda y no le pido nada a cambio, él, nobleza obliga, no intentará anexionar nada, y trabajará conmigo por un mundo de paz y democracia.”

Imágenes: 1) Los acusados. 2) Telford Taylor. 3) Manifestación en Berlín en el invierno de 1947: “Queremos pan; queremos carbón”. 4) Otto Ambros en el banquillo. 5) Fritz ter Meer. 6) Carl Krauch. 7) Cartel del Plan Marshall.

domingo, 3 de marzo de 2013

LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS (?): ENFANTIN

  
Barthélemy-Prosper Enfantin nace en París en 1796 en una familia acomodada. Estudia primero en el Liceo, y después en la Escuela Politécnica donde obtiene el título de ingeniero. A partir de ese momento desempeña diversos trabajos y viaja por el mundo. En 1821 se encuentra en San Petersburgo trabajando en la sucursal de un banco francés. Dos años más tarde vuelve a Francia e ingresa simultáneamente en la Caja Hipotecaria y en la sociedad secreta de los carbonarios, recientemente importada a Francia desde Italia y dirigida por Saint-Amand Bazard. En 1825 se produce el acontecimiento decisivo de su vida: su amigo el matemático Olinde Rodríguez le presenta a Saint-Simón. A partir del encuentro Enfantin se convierte en su más ardiente discípulo, y le ayuda a reorganizar el recientemente adquirido Le Globe, el periódico que utilizarán para difundir sus ideas.

Quienes lo conocen describen a Enfantin como un hombre de buena presencia y gran magnetismo, capaz de provocar impresiones perdurables en quienes se cruzan con él. Tras la muerte de Saint-Simon Enfantin y Bazard se convierten en los “Padres Supremos” de los saint-simonianos, y trasladan su sede a la rue Monsigny, cerca del Bulevar de los Italianos. Pero las diferencias entre ambos son profundas. Bazard pretende que el movimiento tenga una orientación básicamente política; para Enfantin el camino del cambio pasa por crear un nuevo orden moral. Una idea clave en él es la “rehabilitación de la carne”. El hombre es un ser tanto espiritual como sensual, y no hay nada malo en ello. Enfantin enuncia su intención de desarrollar una teoría sobre el amor libre que libre al hombre de la “tiranía del matrimonio”. Las discusiones con Bazard son terribles, y en una de ellas éste sufre una “congestión cerebral”[1]. Finalmente en 1831 Bazard y sus seguidores abandonan la organización. Enfantin, que ha dejado su trabajo para consagrarse a la difusión de su doctrina, queda como Padre único.


La influencia de Enfantin no deja de crecer, y nuevos seguidores confluyen sin cesar a la sede del grupo. Libre de Bazard continúa desarrollando sus teorías. Según él el desarrollo de la humanidad ha creado un cisma absurdo entre el cuerpo y la mente que ha convertido al hombre en un ser incompleto:
La humanidad se desarrolló primero materialmente y luego espiritualmente. Un día deberá armonizar el desarrollo de la mente y la materia. Cuando la humanidad estaba bajo el influjo de la ley de la carne, de la ley de la sangre, los líderes eran hombres violentos (…) Cuando el espíritu decidió resistir a la carne y la derrotó a través del Cristianismo, usó mentiras, milagros y jesuitismo. Hoy tanto la violencia como la mentira deben cesar. Porque el éxtasis cristiano y la exaltación pagana han enfrentado la carne y el espíritu en situación de hostilidad, y así han destinado la carne a la violencia y el espíritu a la mentira. Por tanto esta guerra, esta lucha, esta hostil disposición, deben rendirse a la ley del amor, que dará satisfacción a ambos, carne y espíritu, ciencia e industria (¿?), culto y dogma, teoría y práctica” [2]

Una mañana un discípulo llamado D’Eichthal despierta a Enfantin en estado de gran agitación. Le cuenta que la noche anterior, estando en Notre Dame ha recibido una revelación: “Jesús vive en Enfantin”. Resulta que Enfantin es uno de los miembros de una Sagrada Pareja, el Hijo y la Hija de Dios, que deberán proporcionar a la humanidad un nuevo evangelio. La idea no sorprende en exceso a Enfantin, aunque se muestra inicialmente cauteloso. Mientras no parezca la Mesías femenina, dice a D’Eichthal, yo tampoco seré el Mesías, y le pide que le deje seguir durmiendo. Pero D’Eichthal vuelve a aparecer al poco tiempo y le dice que es la hora de proclamarse Hijo de Dios. Enfantin se levanta, se calza las medias, y proclama solemnemente “Homo sum” [3]. A partir de ese momento es rebautizado como Cristo, como Papa, y como “La Ley viviente”. El nuevo Mesías se deja crecer la barba, posiblemente para imitar al original, comienza a usar una túnica con la P de Padre bordada en ella, y continúa elaborando su evangelio particular.


Enfantin defiende que la creencia en que el hombre tiende a la promiscuidad y la mujer a la fidelidad no es más que un mito. Para él hay dos caracteres básicos, el tipo Otelo, tendente a la fidelidad, y el tipo Don Juan, orientado hacia la variedad, y esta clasificación es transversal a ambos sexos. Ambas tendencias son igualmente válidas, y el nuevo orden deberá atender a sus necesidades básicas. Con los Otelos no habrá problemas: cuando encuentren sus parejas se dedicarán a sus asuntos sin molestar a nadie. Pero los donjuanes masculinos o femeninos serán más complicados de manejar y necesitarán un guía. Se trataría de encontrar a la Sagrada Pareja que “regularía, santificaría y lubricaría (sic) las relaciones de los sexos a través de la gracia del abandono”. En otras cuestiones sobre sexualidad Enfantin se muestra menos explícito, y se remite a la inminente llegada de la Mesías femenina para que les aclare las dudas.

Para difundir sus teorías Enfantin, sin reparar en gastos, organiza animadas reuniones, conferencias y bailes en la rue Monigny. Más tarde comentarán, escandalizados, que “a estas reuniones acudían mujeres jóvenes y elegantes que bailaban por el gusto de bailar, sin percibir el aspecto religioso de estas danzas y placeres” [4]. Los dispendios provocan problemas financieros a la organización, y la naturaleza de las reuniones la aparición de la policía. Enfantin es detenido, acusado de atentar contra la moral pública, y brevemente encerrado.


Al salir de la cárcel Enfantin y sus adeptos se mudan a Ménilmontant, en las afueras de París. Allí continúa con sus enseñanzas sobre la emancipación femenina, y persevera en la búsqueda de la Mesías femenina: “Esperamos a la mujer que, con el hombre, encuentre la ley definitiva bajo la que el hombre y la mujer estarán unidos y vivirán en una sagrada igualdad” (las cursivas no son mías). Pero la policía continua vigilando al Padre, y tiene lugar un segundo arresto en el que Enfantin insiste en ser defendido por dos mujeres alegando que la cuestión es de suma importancia para el futuro del sexo femenino. A pesar de ello es juzgado culpable y encerrado durante unos meses.

Mientras tanto, a través de algunas revelaciones secundarias, la Comunidad ha llegado a la conclusión de que la Mesías Femenina será judía y se encuenta en un lugar indeterminado del cercano oriente. Así que con el fin de encontrarla Enfantin y sus discípulos se trasladan a Egipto, tierra mucho más espiritual que un suburbio de París. Además, intentando compatibilizar una vez más lo material y lo espiritual, Enfantin promueve la construcción de un canal entre el Mediterráneo y el Mar Rojo que sirva para el matrimonio de la espiritual, estática, y femenina cultura oriental con el materialista pero activo occidente. Enfantin no alcanza el éxito en ninguna de las dos empresas, pero las andanzas del grupo atraen la atención del Virrey de Egipto, y algunos de los adeptos del Padre, tras cambiar su fe por la islámica, deciden quedarsea su servicio.


Al volver a Francia Enfantin se encuentra desencantado. No duda de la verdad de su doctrina, pero entiende que el mundo no está maduro para recibirla. Comienza a desempeñar trabajos más bien prosaicos, y en 1841, por mediación de algunos amigos de la Escuela Politécnica, ingresa en una comisión científica que viajará a Argelia para realizar un estudio sobre el norte de Africa y la colonización. En 1843 escribe La colonización en Argelia. De vuelta en Francia, en 1945 es nombrado director de los ferrocarriles de París y Lyon, cargo que desempeña con gran competencia. Además crea el diario Le Crédit y utiliza su influencia para abogar por la creación del Crédit Foncier, un banco hipotecario público destinado a financiar a los ayuntamientos. Enfantin muere en París en 1864. Finaliza así la extraordinaria carrera del hombre que comenzó como Mesías y acabó como eficaz ingeniero de trenes.

Notas: [1] E. Durkheim: El socialismo. [2] P. Enfantin: Extracto de la palabra del Padre en la reunión general de la familia del 19 de noviembre de 1831. [3] E. Wilson: Hacia la estación de Finlandia. [4] Reybaud: Reformadores.



Imágenes: 1) 3) 4) y 5): Enfantin en distintas etapas de su vida. 2) Bazard.
 

sábado, 2 de marzo de 2013

LOS IDUS DE MARZO

Un joven idealista (Ryan Gosling) empieza a trabajar como director de comunicación para un prometedor candidato (George Clooney) que se presenta a las elecciones primarias del Partido Demócrata. Durante la campaña tendrá la oportunidad de comprobar hasta qué extremos se puede llegar con tal de alcanzar el éxito político. (FILMAFFINITY)


Si eso es lo que la película pretendía demostrar, no lo consigue. Mike Morris (George Clooney), Gobernador de Pennsylvania, compite en las primarias con el Senador de Arkansas para ver quién será el candidato demócrata a la presidencia. Su jefe de campaña es Paul Zara (Philip Seymour Hoffman), cuyo segundo es Stephen Meyers (Ryan Gosling). Este parece ser un idealista sinceramente cautivado por las cualidades del candidato Morris. Tampoco nos engañemos: los puestos de jefe y subjefe de campaña de un candidato a ser presidente son enormemente atractivos, porque traen consigo mucho prestigio, grandes cantidades de dinero, un futuro profesional prometedor, y la posibilidad de acostarse con las becarias de la campaña, como efectivamente ocurre.

El caso es que para cualquiera de los candidatos es decisivo el apoyo del Senador de Carolina del Norte, que controla a un número de delegados suficiente para desequilibrar la balanza a favor del apoyado. Pero este Senador es un mal bicho. El de Arkansas está dispuesto a ofrecerle la Secretaría de Estado de un futuro gobierno si le apoya, y los jefes de campaña de Morris le aconsejan que haga exactamente lo mismo o las elecciones estarán perdidas, y aquí debería estar la clave de la película.

La realidad, a diferencia del laboratorio de la razón, impone restricciones al actuar en ella. Un sistema de valores que funciona perfectamente en el éter, se ve sometido a tensiones desde el preciso instante en que desembarca en el mundo. Ante el descubrimiento de este hecho elemental las personas reaccionan de diferente manera. Los que no tienen escrúpulos se sienten aliviados, pasan a desterrar del mundo los valores, y reclasifican a las personas en tontos (aquéllos que aún pretenden conservarlos) y listos (los sinvergüenzas como ellos). Los maquiavélicos no eliminan del todo la actuación de los valores, pero sí del campo de la actuación política. Los idealistas absolutos abandonan voluntariamente el barco ante la evidencia de que no es perfecto, y lo privan así de la posibilidad de mejorarlo con su ayuda. Los fanáticos, por su parte, ignoran la realidad y pretenden instaurar su modelo como si aquélla no existiera: estos son, desde luego, los que provocan mayores desastres. Hay, finalmente, un grupo de personas que experimentan dudas pero no abandonan, e intentan minimizar los daños en los valores optimizando los resultados prácticos, caminando en lo real pero con la vista siempre puesta en lo ideal.

Esto es lo que llevó a Max Weber a formular la distinción entre la ética de la convicción, la animada por el seguimiento absoluto de los principios, y la ética de la responsabilidad, aquella que tiene en cuenta las consecuencias de los actos. Pues bien, el dilema al que se enfrenta Morris/Clooney es si, con el fin de aspirar a una presidencia para la que parece especialmente dotado, debe transigir y ofrecer la secretaría de estado a un tipo poco adecuado. Dicho de otro modo: hasta qué punto se puede flexibilizar una postura antes de romperse.

Pero la película renuncia a este planteamiento tan sugestivo. El director parece contentarse con demostrarnos que las personas no son siempre lo que parecen (pues menudo descubrimiento), por la vía de enseñar como Clooney, que se ha pasado toda la película poniendo cara de bueno, puede adoptar de repente expresión siniestra. Y, mucho más difícil, cómo Ryan Gosling cambia de fisonomía y pasa de parecer inocente a fríamente intrigante. Esto último obviamente no lo consigue, porque Gosling es un buen representante de esa cantera de jóvenes actores con indestructibles caras de tonto, selecto grupo que encabeza Jake Gyllenhaal y sigue Tobey Maguire. Tendrían que haber escogido a Edward Norton para que el personaje funcionara.

En cualquier caso la película es bastante entretenida.