sábado, 26 de mayo de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (2): LOS DESTINATARIOS


En el siglo XIX la mayoría de la población rusa estaba formada por campesinos, y dentro de estos la mayoría eran siervos. Wikipedia proporciona los siguientes datos del censo de 1857: de una población total de 62,5 millones de habitantes, 23,1 millones eran siervos. Nada menos que el 37,7% de la población.

Con bastantes matices, puede compararse la situación de los siervos en Rusia en el siglo XIX con la de aquéllos de Europa occidental en la Edad Media. Su posición no era favorable. Estaban obligados a realizar una serie de prestaciones personales a favor de su señor, principalmente la de trabajar las tierras de éste, que no podían abandonar salvo en fechas determinadas y con muchas restricciones (1). Abandonar, por cierto, no quiere decir que tuvieran la facultad de instalarse por su cuenta, sino únicamente de cambiar de amo. Debían, además, pagar los correspondientes tributos al zar, y estaban sujetos a periódicas levas. Los señores tenían amplia capacidad disciplinaria sobre ellos, aunque no podían matarlos.


Con frecuencia los siervos disponían de terrenos propios, que les habían sido cedidos por sus amos o por el estado. Estas tierras eran gestionadas como propiedades comunales por los campesinos de cada aldea, que se reunían en una especie de asamblea denominada obshchina y también mir, y hasta el momento no he conseguido enterarme de la diferencia entre ambos conceptos. La obshchina se encargaba de asignar las tierras disponibles entre sus miembros, ya que el sistema de cultivo tradicional consistía en dividir los terrenos en tres franjas de las cuáles cada año era dejada una en barbecho (de este modo cada franja era cultivada durante dos años consecutivos y se dejaba descansar el tercero). Además, la obshchina se encargaba de recoger los tributos correspondientes y de organizar los reclutamientos. Dedico tanta atención a la obshchina porque desempeñó un papel de gran importancia, al menos en la fantasía de los populistas.

Periódicamente se producían revueltas campesinas de mayor o menor entidad. En realidad la situación, la pervivencia de siervos en un país europeo en el siglo XIX, era escasamente sostenible, y en 1861 el zar Alejandro II decretó su emancipación y la asignación de una parte de las tierras que venían trabajando. Inicialmente el histórico decreto produjo un entusiasmo moderado entre sus destinatarios, porque sus expectativas eran algo exageradas. Para empezar, aspiraban a recibir la totalidad de las tierras que habían cultivado. Además, se les impuso el pago de una tasa de redención para compensar a los anteriores propietarios de las tierras repartidas. La emancipación tampoco gustó a algunos de los populistas más vehementes, que pensaban que unos campesinos satisfechos estarían menos dispuestos a hacer la revolución. De hecho, esta satisfacción se produjo, y Robert Conquest proporciona datos objetivos: entre 1859 y 1863 el número registrado de revueltas es de 3.579, mientras que entre 1878 y 1882 es de 136. La situación del campesino no era buena, pero había mejorado notablemente.

En realidad, el problema no era el tamaño de las tierras a disposición de los campesinos rusos. En 1877 el promedio de las tierras asignadas era de 35,5 acres. En ese mismo momento, en Francia, el tamaño medio de la totalidad de las propiedades cultivables era inferior a 9 acres, y tres cuartas partes del total eran menores de 5 acres. El problema estaba en que las tierras se cultivaban de manera muy ineficiente. Los campesinos rusos se aferraban obstinadamente a sus modos de explotación tradicionales, y eran extraordinariamente reacios al cambio. Por ejemplo, el sistema de las tres franjas de terreno se había abandonado en Europa occidental siglos atrás.


Vistos desde lejos, los intelectuales solían considerar a los campesinos el alma del pueblo ruso, pero al verlos más de cerca la cosa cambiaba. Bakunin, con su desparpajo habitual, había exhortado a los estudiantes: “¡Abandonad las universidades, academias y escuelas! ¡Desechad una ciencia que en su estadio actual sólo contribuye a ataros e inmovilizaros! ¡Id a vivir entre el pueblo, y liberad a vuestros hermanos de una servidumbre criminal!”.  Él, prudentemente, optó por ignorar su propio consejo, pero otros lo siguieron. Este es el caso de los narodniki, jóvenes estudiantes que, a mediados de siglo, marcharon “al encuentro del pueblo”. Como dice Enzensberger, los narodniki se encontraron con la agobiante tarea de predicar el socialismo a un pueblo firmemente convencido de que la tierra descansa sobre cuatro ballenas (2). A partir de ese contacto directo, adjetivos como “ignorante”, “borracho”, y “ladrón” no fueron infrecuentes al describir a los depositarios del alma rusa. Quizás fue en este momento cuando se inició la tendencia a sustituir al incómodo campesino por la figura abstracta del Pueblo.

Sin dejarse desanimar por estas consideraciones, desde mediados del siglo XIX algunos intelectuales, realizando una interpretación audaz del asunto, decidieron que, en realidad, la obshchina era un embrión del socialismo implantado ya en las aldeas, que, por consiguiente, la ausencia de un proletariado no suponía el menor problema para desarrollar la revolución, y que, en resumen, Rusia estaba mejor preparada que la Europa occidental para recibir las bondades del socialismo. A esta idealización de la obshchina contribuyó el propio Herzen, habitualmente ecuánime, y aún irónico, en sus reflexiones.
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(1) Desde el siglo XV se había establecido una norma según la cuál los siervos podían únicamente cambiar de amo en las semanas anterior y posterior a la fiesta de san Yuri de otoño. Esta prerrogativa fue sufriendo progresivas limitaciones.

(2) En la actualidad sabemos que el socialismo tiene más posibilidad de triunfar allá donde una mayoría cree que la Tierra descansa sobre cuatro ballenas.

Imágenes:
1.- Campesinos rusos.
2.- Una reunión de una obshchina, por Korovin.
3.- Campesinos emigrando el día de San Yuri.

domingo, 6 de mayo de 2012

ESCENAS DEL POPULISMO RUSO (1): INTRODUCCIÓN


Se conoce normalmente como populismo a un conjunto heterogéneo de movimientos revolucionarios que brotaron en Rusia desde el primer tercio hasta el final del siglo XIX. El término ‘populista’ no es equivalente al actual, es decir, el que usamos para referirnos al régimen, partido, o político que confía su triunfo al estímulo de la estupidez de sus votantes. En el caso ruso, 'populismo' se refiere a la característica esencial compartida por las distintas corrientes: su enfoque en los campesinos.

El periodo de tiempo estudiado tiene una duración determinada. Puede situarse su inicio en la revuelta decembrista de 26 de diciembre de 1825. No se suele incluir a los decembristas entre los populistas rusos, pero yo los menciono por dos razones. Una, que entre sus reivindicaciones incluían la emancipación de los siervos. Dos, que tuvieron gran influencia en los padres del populismo, en especial, en Alexander Herzen. La fecha final del estudio del populismo se suele situar, también convencionalmente, en el asesinato del zar Alejandro II en 1881. Después de esto, el nuevo zar, con las simpatías de la opinión pública, emprendió una intensa represión que fue desmantelando los grupos terroristas remanentes. Los últimos populistas, como Plejanov, acabaron derivando hacia formas más puras de marxismo.


He dicho que Herzen fue uno de los padres del populismo. Lo otros dos son Mijaíl Bakunin y Nikolai Chernyshevsky, pero ahí acaba todo el parecido. Herzen era un pensador brillante y elegante; Chernyshevsky era honrado, trabajador, y bastante aburrido; Bakunin era un destructivo histrión. Es desolador que, de los tres, el más conocido sea precisamente el último. En la siguiente generación encontraremos gente menos preparada y más desagradable. Podemos dedicarnos a hablar de las ideologías que aducían, pero encontraremos más explicación a su conducta en afecciones juveniles: adanismo, total indiferencia hacia los demás, narcisismo, temor a la exclusión, y tendencia a la uniformidad mimética. He aquí algunos nombres que serán mencionados: “Tierra y libertad” (Zemlia i Volya), los nihilistas, Ishutin, Nechayev, Tkachev, Lavrov, el movimiento “Marchar al pueblo”, ”La voluntad del pueblo” (Narodnaya Volya).

Termino esta entrada con tres características comunes a todos ellos. La primera, que se arrogaban el papel de intérpretes de la voluntad del pueblo. La segunda, que consideraban el mayor de los males la desigualdad, tendiendo a sacrificar cualquier otro ideal, incluyendo la libertad, a la consecución de aquélla. El problema es que, como Herzen se encargó de manifestar, estaban dispuestos a sacrificar bienes ciertos y presentes por ideales inciertos y futuros. La tercera, es su naturaleza milenarista. Dice Isaiah Berlin:

Todos estos pensadores comparten una visión apocalíptica: que una vez el reino del mal (la autocracia, la explotación, la desigualdad) se consuma en el fuego de la revolución, surgirá natural y espontáneamente de sus cenizas un orden justo y armonioso, necesitando únicamente la suave dirección de los ilustrados revolucionarios para conseguir la adecuada perfección. Este sueño utópico, basado en la simple fe en la naturaleza humana regenerada (…) Sus raíces se hunden profundamente en la imaginación religiosa de la humanidad.

 Imágenes:
1.- Destrucción de los decembristas en la Plaza del Senado de San Petersburgo, por Vasily Timm.
2.- Alexander Herzen.