martes, 18 de enero de 2011

IMPOSTURAS INTELECTUALES

”Por nuestra parte, empezaremos por lo que se articula en la sigla S(Ø), que es, ante todo, un significante. (...) Y puesto que la batería de significantes, en cuanto tal, es por eso mismo completa, este significante no puede ser más que un trazo que se traza desde su círculo sin que se pueda contar como parte de él. Puede simbolizarse mediante la inherencia de un (-1) en el conjunto total de los significantes. Como tal, es impronunciable, pero no así su operación, ya que ésta es la que se produce cada vez que es pronunciado un nombre propio. Su enunciado se iguala a su significado. Así, calculando ese significado según el método algebraico que utilizamos, tendremos: S (significante) / s (enunciado) = s (significado), siendo S = (-1), da como resultado: s = √-l

Cuando es razonable dudar si el texto precedente ha sido producido por un intelectual, o de forma aleatoria por un babuino encadenado a una máquina de escribir, hay que reconocer que hay un problema en este mundo (el intelectual). La cuestión no es trivial, y se suscitó recientemente en el blog de Horrach. En la vida cotidiana es legítimo sospechar, cuando alguien no consigue producir un texto suficientemente claro, que el propio autor no comprende el asunto con claridad. Pero, obviamente, este criterio no es inmediatamente trasladable a campos especializados, tales como la filosofía, donde el desconocimiento del lenguaje empleado pueden hacer que el mensaje no sea inmediatamente comprensible para el profano.

Pero si esto es innegable, y no debemos descartar de antemano la validez de cualquier texto que nos resulte incomprensible, es igualmente cierto que el empleo de un lenguaje críptico, no asequible a todo el público, puede resultar muy tentador para el intelectual desaprensivo. Lo abstruso puede hacerse pasar por profundo, y, ante el temor de quedar como un ignorante, el que no lo entiende se abstendrá de confesarlo. Se puede llegar de este modo a una situación sorprendente en la que el “científico” no busque iluminar con la luz del conocimiento, sino, precisamente, ampararse en su oscuridad. El investigador así orientado no pretenderá descubrir el funcionamiento de las cosas, sino acotar un campo de seudo-saber en el que él gobierne como Sumo Sacerdote.

Afortunadamente frente a esto hay defensas. Para empezar, el pensador-brujo puede ser desenmascarado por otros de su propia especialidad. Así Schopenhauer y Popper, como filósofos, están cualificados para opinar que el filósofo Hegel es un charlatán. Quizás por eso, porque los brujos tampoco estaban seguros en su propia jungla, a lo largo del siglo veinte muchos entre ellos decidieron buscar cobertura en otra, y la escogida fue la matemática. De este modo estos intelectuales se dedicaron a coger aquí y allá complicadas teorías y fórmulas, y, camuflados con ellas (igual que el comando se pone hojas en el casco para pasar desapercibido entre la vegetación) se lanzaron al mundo científico a enunciar sus propias, y frecuentemente pintorescas, tesis. Pero, ¡ay!, las incursiones de los brujos en las junglas ajenas, si bien los libraban de las críticas de los colegas, los ponían a tiro de los aborígenes de éstas. Eso es lo que hizo en 1996 el físico Alan Sokal, al observar la alegría con la que algunos pensadores se habían envuelto en las matemáticas para defender sus planteamientos. A partir de citas de estos autores, Sokal elaboró un disparatado artículo titulado "Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”, que envió a una revista especializada, que lo publicó sin pestañear. Es más, no sólo no detectó que era una parodia, sino que posteriormente lo argumento en un debate en el que algunos científicos criticaban el relativismo posmodernista.

A partir de esta broma, unos años más tarde Alain Sokal y Jean Bricmont publicaron el libro “Imposturas intelectuales”, en el que respetuosamente trituraban a una serie de intelectuales, principalmente posmodernos franceses. En el libro podemos ver como Lacan -de él es el parrafo con el que comienza esta entrada- utiliza las matemáticas para llegar a la conclusión de que el goce sexual es compacto, el pene es igual a la raíz cuadrada de menos uno, y el individuo neurótico es equiparable a la figura geométrica del toro -y esto no es una analogía, asegura Lacan con rotundidad: el individuo neurótico es un toro-.

No es menos interesante comprobar cómo la filósofa Luce Irigaray utiliza las matemáticas para defender sus planteamientos feministas:

”¿La ecuación E = mc² es una ecuación sexuada? Tal vez. Hagamos la hipótesis afirmativa en la medida en que privilegia la velocidad de la luz respecto de otras velocidades que son vitales para nosotros. Lo que me hace pensar en la posibilidad de la naturaleza sexuada de la ecuación no es, directamente, su utilización en los armamentos nucleares, sino por el hecho de haber privilegiado a lo que va más aprisa”.

Irigaray también defiende que, si se conoce menos de la dinámica de los fluidos que de la de los sólidos, es por puro machismo. Así lo expone, con total seriedad, Katherine Hayles;

"(Irigaray) atribuye a la asociación de fluidez con feminidad el privilegio otorgado a la mecánica de los sólidos sobre la de los fluidos y la incapacidad de la ciencia para tratar los flujos turbulentos en general. Mientras que el hombre tiene unos órganos sexuales protuberantes y rígidos, la mujer los tiene abiertos y por ellos se filtra la sangre menstrual y los fluidos vaginales. Aunque el hombre en ocasiones también fluye, por ejemplo cuando eyacula el semen, este aspecto de su sexualidad no se tiene muy en cuenta. Lo que cuenta es la rigidez de los órganos masculinos, no su complicidad en el flujo de fluidos. Estas idealizaciones son reinscritas en las matemáticas, que conciben los fluidos como planos laminados y otras formas sólidas modificadas. Del mismo modo que las mujeres quedan borradas en las teorías y el lenguaje masculinos y existen sólo como no hombres, los fluidos han sido también borrados de la ciencia y existen sólo como no sólidos. Desde esta perspectiva no es sorprendente que la ciencia no haya podido trazar un modelo válido de la turbulencia. El problema del flujo turbulento no puede ser resuelto porque las concepciones acerca de los fluidos (y de la mujer) han sido formuladas para dejar necesariamente residuos inarticulados (Hayles, 1992, pág. 17)".

La exégesis de Hayle nos sirve para alertar sobre uno de los peligros de la verborragia seudocientífica: es extraordinariamente contagiosa.

lunes, 10 de enero de 2011

IG FARBEN (5)


Uno de los primeros movimientos de la recién constituida IG Farben fue conseguir control accionarial suficiente sobre las principales empresas de explosivos de Alemania. De este modo, IG se integraba verticalmente con las que hasta ese momento habían sido sus clientes. Simultáneamente comenzó una expansión internacional, creando en Estados Unidos la IG Chemical Company. Sin embargo en Francia fracasaron sus intentos de adquirir, a través de hombres de paja, el control de la Kuhlmann, la principal industria del sector, cuando la verdadera identidad de los adquirentes salió a la luz. Una creciente preocupación para IG residía en que la competencia en la producción de nitratos era cada vez mayor. Francia y Estados Unidos habían construido sus propias plantas Haber-Bosch, y otros países industrializados comenzaban a desarrollar las suyas. El crecimiento de la producción mundial hacía prever que en breve IG tendría que reducir la capacidad de Leuna y Oppau.

Pero el sueño de Bosch era liberar a Alemania de la dependencia del petróleo extranjero, usando para ello la tecnología de alta presión y sus ingentes reservas de carbón. A las consideraciones patrióticas se unía la expectativa de enormes beneficios, que el crecimiento espectacular del sector del automóvil permitía esperar. En realidad, ante la creciente demanda de carburante, los expertos auguraban el inminente agotamiento de las reservas petrolíferas mundiales. Como consecuencia de esa preocupación generalizada, en 1924 el Presidente Calvin Coolidge creó la Federal Oil Conservation Board, organismo dedicado al estudio y evolución del sector.

Finalmente Bosch decidió adquirir los derechos sobre el proceso Bergius de conversión de carbón en carburante sintético. Bosch era plenamente consciente de que hasta ese momento sólo se había conseguido reproducir en laboratorio, pero tenía plena confianza en su propia capacidad técnica para, de forma similar a como había hecho con el proceso Haber de producción de nitratos, adaptarlo a la producción industrial. Sólo existía un problema: el coste. El precio de las patentes, y la cuantía de las inversiones, habría estado fuera del alcance de BASF en solitario, pero resultaba excesiva incluso para los recursos acumulados de IG. Fue necesario el genio de Hermann Schmitz*, que recientemente había sido nombrado director financiero del grupo, para materializar la adquisición, pero la situación económica de IG quedó seriamente comprometida. De inmediato, Bosch comenzó una la construcción de un laboratorio experimental en Oppau.

Con el fin de aliviar las enormes cargas financieras de IG, Bosch pensó en contar con un socio internacional que compartiera los gastos de investigación, y la elección recayó en la Standard Oil. Sólo era necesario convencerla, y a tal fin, en la primavera de 1925 Bosch envió a unos cuantos altos directivos a Estados Unidos para sondear los intereses de la petrolera. En el curso de la visita, que duró varias semanas, los ejecutivos mencionaron, como de pasada, los progresos que Bosch había logrado en el proceso de producción sintética de petróleo, e invitaron a sus colegas a devolverles la visita a Alemania. De este modo en marzo de 1926 Frank Howard, responsable de investigación y desarrollo, llegó a Ludwigshafen, la sede de BASF. Allí quedó tan impresionado por los laboratorios alemanes que inmediatamente se puso en contacto con Walter C. Teagle, presidente de Standard Oil, que en aquellos momentos se encontraba en París, pidiéndole que se reuniera con él en los siguientes términos: “de acuerdo con mis observaciones y las discusiones que hemos tenido hoy, creo que este asunto es el más importante asunto al que se ha enfrentado la compañía desde su disolución**. La BASF puede producir gasolina de alta calidad del lignito y otros carbones de baja calidad. Esto significa, absolutamente, la independencia de Europa en suministro de carburante. Sólo nos queda competir en precio”. Llegado a Ludwigshafen, Beagle quedó igualmente impactado: ” no sabía lo que era investigación hasta que llegué aquí”.

La alarma de Howard y Teagle era algo prematura, pues de momento Bosch se había limitado a la construcción de unos cuantos hornos experimentales Bergius en Oppau. Pero tan visible había sido el interés de la Standard Oil que acabó por contagiar al propio Bosch, quien, echando todas las precauciones por la borda, ordenó la inmediata construcción de una gigantesca planta Bergius junto a la planta Haber-Bosch de Leuna. Lo anunció a los accionistas de IG, ante la alarma de éstos, en la junta celebrada el 1 de septiembre de 1926. Pero la medida pareció más razonable cuando, unas semanas más tarde, la Federal Oil Conservation Board emitió un informe que anunciaba lúgubremente que las reservas mundiales de petróleo no durarían más allá de seis años.

En agosto de 1927 Teagle y Bosch alcanzaron un acuerdo de cooperación para la investigación y desarrollo, en el que la Standard se comprometía a construir una planta Bergius para el refinado de petróleo crudo en Luisiana, adquiriendo la mitad de los royalties que pudieran derivarse del proceso, si este llegaba a buen puerto y a ser patentado. A pesar de la insistencia de Teagle, Bosch retuvo firmemente todos los derechos relativos a la producción directa de gasolina a partir de carbón. Sin embargo, sólo un año más tarde la situación económica de IG obligó a Bosch a replantear la situación. En este nuevo acuerdo, Standard Oil adquiría la patente Bergius de conversión de carbón en carburante y los derechos de explotación en todo el mundo salvo Alemania. A cambio IG obtenía un 2% del accionariado de Standard, y 35 millones de dólares en efectivo. Ambas empresas habían delimitado sus respectivas áreas de influencia a la manera de de grandes potencias.

Una vez concluido el acuerdo, Bosch se dedicó de lleno a otro proyecto. Con el fin de eliminar, también, la dependencia alemana del caucho, IG estaba trabajando en la obtención de un caucho sintético llamado Buna a partir del carbón. Por el momento los coste eran excesivos, y de ningún modo podían competir con los del caucho natural. Pero Bosch esperaba reducir los costes utilizando petróleo en lugar de carbón como materia prima. Una vez más, se puso en contacto con Standard para compartir los costes y beneficios del proyecto, y el acuerdo culminó con la constitución de la Joint American Study Company (JASCO)

Apenas se habían completado los acuerdos entre IG Farben y Standard Oil cuando sufrieron un golpe demoledor. La Gran Depresión, combinada con el descubrimiento de nuevos pozos petrolíferos en Tejas, provocó un descenso del precio del crudo que hizo que el proyecto de conseguir gasolina sintética a partir de carbón se arrumbara en un rincón. De manera similar, la caída aún más drástica del precio del caucho natural hizo que IG aparcara el proyecto de obtención de buna, que no se revitalizaría hasta la inminencia de la guerra.

* Ver IG Farben (3)
** Se refiere a la división de Standard Oil Trust en 1911 por decisión de la Corte Suprema de EEUU.
(En la imagen, Carl Bosch)

viernes, 7 de enero de 2011

UN COLUMNISTA DE PÚBLICO

El otro día cayó en mis manos una columna de Público firmada por un tal Vicenç Navarro. El contenido era desaforado, es decir, dentro de la más estricta normalidad en el diario. Lo que me llamó la atención fue que el currículum del autor era superior a los de un columnista estándar de Público.

En su web, VN defiende su condición de exiliado político de la dictadura, pero no aporta ninguna información adicional sobre el asunto, y en este caso hay varias cuestiones que mueven a la duda. En primer lugar, que se exilió en los 60, cuando la intensidad de la represión había decaído notablemente. En segundo, que la dictadura tuvo el detalle de esperar a que VN terminara la carrera antes de provocar su exilio:sólo fue entonces cuando éste se marchó a trabajar a la universidad de Uppsala en Suecia, lo que permite sospechar que, más que un exiliado, fue un proto-erasmus. En tercer lugar, que el retorno del exilio no se produjo al morir el dictador, sino casi 20 años más tarde, lo que podría llevar a establecer ciertas semejanzas entre VN y el teniente Onoda. Hay que tener en cuenta que un currículo de antifranquista es altamente rentable, y por tanto una cierta desconfianza es saludable.

VN suele hablar del presente y del pasado, y con frecuencia confunde ambos. Es un fervoroso partidario de la Memoria Histórica, es decir, de que el estado emplee abundantes recursos públicos para convencer a la gente de que la historia se desarrolló según las fantasías de Vicenç Navarro. Su finalidad es la habitual: conseguir, a través de la distorsión del pasado, una hiperlegitimidad para las opciones políticas de izquierda del presente. Según VN, la Transición no fue tal, sino Transacción ante la derecha. En realidad, está convencido de que en España aún no vivimos en una verdadera democracia, sino en un estado criptofascista. ¿Y qué es lo que entiende VN por democracia? Eso, al menos, tendremos ocasión de averiguarlo.


En el artículo que ha dado origen a esta entrada, VN defiende que una democracia seria no debería honrar por igual a todos los muertos de la guerra civil, pues unos fueron los buenos y otros los malos. Obviamente hubo buenos y malos, pero para VN la línea de corte coincide exactamente con la que dividía a la derecha y la izquierda. Esta visión de las cosas, basada en el convencimiento de que la izquierda representa el Bien, no es inusual entre sus filas, ni entonces ni ahora. Tampoco es, obviamente, democrática: ante este tipo de convencimiento los resultados electorales concretos suelen representar una cuestión de relevancia mucho menor, y eso puede explicar, ya que hablamos de la guerra civil, la respuesta socialista al triunfo electoral de la derecha en el 33. Pero si bien esta creencia no es infrecuente, resulta más llamativo que alguien se anime a enunciarla con tanta claridad, pues normalmente la etiqueta lo proscribe. Quizás por ello VN intenta in extremis racionalizar su postura: los buenos eran los de la izquierda, pero no porque fueran la izquierda, sino porque eran los que luchaban por restablecer la democracia. El argumento se deja así a la buena voluntad de los lectores, que deben decidir si ingieren sin pestañear que los comunistas, los socialistas, los anarquistas y los nacionalistas eran convencidos demócratas. Y, volviendo a octubre de 1934, ¿no contradice la revolución el supuesto afán demócrata de los socialistas? VN está preparado para esta pregunta, y responde tajantemente: no. Y punto. Al parecer VN no ve la necesidad de aportar argumentación adicional.

Esta es su web, por si quieren curiosear.

domingo, 2 de enero de 2011

LA FALACIA DE SUMA CERO

Me interesa comentar ahora una de las falacias analizadas por Scruton: la de suma cero.

Suma cero es aquella situación en la que la suma de las ganancias de unos participantes se equilibra exactamente con la suma de las pérdidas de los otros (es decir, lo que ganan unos participantes es lo que pierden otros). Este es el caso, por ejemplo, del poker. Obviamente, no todas las situaciones en las que nos vemos inmersos son de suma cero, pero el optimista sin escrúpulos insiste en extender el concepto a todos los campos. Veamos el caso de la prosperidad. La falacia opera sumando el nivel de cada uno de los agentes en un momento dado, prescindiendo olímpicamente de las diferentes trayectorias que han podido llevar a los distintos resultados. A continuación realiza un promedio imaginario, y, una vez definida la línea media, todos lo que quedan por encima se delatan, pues necesariamente han obtenido su posición arrebatando su parte a los que quedan por debajo. De este modo, el éxito se convierte en prueba de culpabilidad.

La falacia de suma cero, aplicada al estudio del peso de los miembros de una familia en la que uno de ellos es anoréxico, conduce a la conclusión de que, en realidad, lo que ocurre es que el resto se está comiendo la comida del más flaco. Y eso es exactamente lo que el optimista sin escrúpulos hace al contemplar el ámbito internacional, donde la falacia es aplicada con auténtico fervor. Ante la evidencia de que unos países alcanzan niveles razonables de prosperidad, mientras que otros se estancan en la miseria, el optimista no intenta analizar cuál es la receta que conduce al éxito, sino que de éste deduce la culpabilidad.

Obsérvese la prodigiosa inversión de la secuencia intelectual que esta falacia provoca. Conseguir una sociedad avanzada depende de una delicada receta realizada a partir de diversos ingredientes: el sistema político, el sistema económico, el nivel educativo y cívico de la población y los gobernantes, la solidez de las leyes e instituciones, el control de los poderes públicos, la religión, el nivel de corrupción... Pues bien, la falacia de suma-cero convierte al mejor indicador de que las cosas están siendo bien hechas en una prueba de culpabilidad: si unas sociedades progresan no es porque han conseguido la alquimia social adecuada, sino porque han explotado a otras. Y, del mismo modo que esta falacia culpabiliza a las sociedades que han hecho bien los deberes, exime de responsabilidad a aquellas que no los han hecho. De este modo, una sociedad abierta y democrática puede ser criminalizada, mientras que otra gobernada por dictadores corruptos puede muy bien ser vista como una víctima.

Al denostar la receta exitosa, la aplicación de la falacia de suma cero impide a las sociedades más atrasadas progresar, ofreciéndoles a cambio una justificación para su fracaso y un cauce para expresar su resentimiento. Pero, en realidad, da la impresión de que al optimista sin escrúpulos no le preocupa tanto el progreso de las sociedades desfavorecidas como culpar a las sociedades triunfantes, y eso nos lleva al origen de esta falacia.

Como he dicho en una entrada anterior, Scruton lo sitúa, como el del resto de las que analiza, en emociones originadas en nuestro pasado cavernícola. Sin embargo, yo creo que el origen de esta falacia en concreto es más cercano: la destrucción de la religión marxista por la realidad. Más concretamente, la falacia de suma cero podría ser un intento de salvar el fracaso de la profecía de la depauperización (según la cuál el capitalismo acabaría polarizando toda la riqueza en unos pocos privilegiados y una gigantesca masa sin recursos), trasladándola al ámbito internacional. Con esto el optimista consigue mantener a duras penas sus creencias, y continúa disponiendo a su alcance de unos malvados a quien culpar de su incumplimiento.