jueves, 30 de septiembre de 2010

I.G. FARBEN (2)


En julio de 1914, a menos de un mes del estallido de la guerra, la planta BASF de Oppau producía 40 toneladas diarias de amoniaco sintético. Entretanto Bosch había realizado pruebas en el laboratorio, y a partir del amoniaco había obtenido cantidades limitadas de nitrato de sodio. El nitrato era imprescindible para la fabricación de pólvora, pero, sorprendentemente, el Ministerio de la Guerra no había demostrado un gran interés en el asunto. Por el contrario, en agosto, como un elevado número de técnicos y trabajadores de Oppau habían sido llamados a filas, la planta tuvo que ser cerrada. Este desinterés del mando alemán era una consecuencia directa del Plan Schlieffen, sobre el que se basaba el ataque a Francia. El Plan había sido creado por el conde Alfred von Schlieffen entre 1897 y 1905, y se planteaba como objetivo fundamental evitar que Alemania se viera envuelta en una guerra en dos frentes. Partía de la hipótesis de que Rusia tardaría unas seis semanas en movilizar a su ejército, y, consiguientemente, este era el tiempo que concedía Schlieffen para la derrota de Francia.

Puesto que los militares alemanes preveían una fulgurante victoria, no estaban preocupados por la escasez de pólvora y, en general, de materias primas. Cuando apenas habían transcurrido unas semanas desde el inicio de la guerra, Walter von Rathenau, presidente de la AEG (Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft), se entrevisto con el Ministro de la Guerra, el general Erich von Falkenhayn, y le expuso su inquietud, que reflejaba la del mundo industrial. Alemania no era especialmente rica en materias primas, y dependía directamente del exterior para el abastecimiento de productos tales como petróleo, nitratos, y goma, todos ellos decisivos para el desarrollo de la guerra. Los aliados bloqueaban la entrada de esas mercancías, y, en caso de que no llegara a cumplirse el calendario previsto por el Plan Schlieffen, en poco más de seis meses la industria se colapsaría, y con ella Alemania. Rathenau era una figura de prestigio: no sólo era consejero en un centenar de empresas, sino que además era un personaje político que, algunos años más tarde, llegaría a ser Ministro de Exteriores. Falkenhayn fue receptivo a su inquietud, y creo una Oficina de Materias Primas dependiente de su Ministerio. Al frente de ella puso a Haber, que se trajo consigo un surtido de Premios Nobel y otros prominentes científicos. Pronto, firmemente apoyada por Falkenhayn, el Gabinete Haber creció en influencia. Sin embargo, muchos de los generales prusianos del Ministerio contemplaban con desdén y suspicacia a Rathenau, que no sólo era civil sino además judío. Pero en septiembre de 1914 las tropas alemanas fueron detenidas en El Marne, a las puertas de París, y las esperanzas de una rápida victoria se desvanecieron por completo.

A partir de ese momento el problema más acuciante era la escasez de nitratos, y, con la armada inglesa dominando el atlántico, las posibilidades de acceder al mercado chileno eran nulas. Así las cosas Haber persuadió al Ministerio de la Guerra para que convocara con urgencia a Bosch a Berlín. Este explicó a Falkenhayn que, si bien la producción de nitrato sódico a partir de amoniaco se había logrado en el laboratorio, estaba lejos de conseguirse una producción industrial. Era necesario trabajar febrilmente, era imprescindible que los ingenieros y técnicos llamados a filas retornaran a Oppau, y era muy recomendable que BASF recibiera cuantiosos fondos del Ministerio. Satisfechas todas sus condiciones previas, Bosch puso manos a la obra.

A la espera de los resultados de los trabajos de Bosch y la BASF, el Ministerio de la Guerra buscó una solución militar a la escasez de nitratos y encargó al Almirantazgo un plan para romper el bloqueo naval y abrir la ruta con Chile. El proyecto recibido en respuesta incluía la conquista de las islas Malvinas, usadas por los ingleses para el abastecimiento de sus buques. Allí fue enviado el almirante von Spee que, tras algún éxito inicial, fue mandado al fondo con su flota.

El tiempo corría en contra de Alemania, y Falkenhayn designó al comandante Max Bauer como enlace del Ministerio de la Guerra con los representantes de la industria. Asesorado por el Gabinete Haber, Bauer se enteró de que la industria de los colorantes empleaba sustancias altamente tóxicas, como el fosgeno o los compuestos del cloro, que podían ser fácilmente convertidas en armas químicas sin necesidad de realizar grandes cambios en las plantas industriales. Bauer visitó entonces a Duisberg y le solicitó la colaboración de la industria en el desarrollo de armas químicas. Duisberg era un patriota, fiel a Alemania y a Bayer, y comprendió de inmediato las posibilidades que el proyecto ofrecía para revitalizar el sector. Otras consideraciones no fueron tenidas en cuenta. El primer gas tóxico producido por la Bayer derivaba del fosgeno y se conoció como “T-stoff”. Tenía efectos lacrimógenos y fue probado contra los rusos en el frente oriental con escaso éxito. Las bajas temperaturas congelaron el gas, que se precipitó, inofensivo, a tierra.

Mientras tanto Haber, que desde la Oficina de Materias Primas participaba con fervor en el proyecto de creación de gases venenosos, consideró que el cloro era un agente más adecuado para sus propósitos, y supo que BASF había conseguido almacenarlo en cilindros metálicos en lugar de los tradicionales recipientes de cristal, poco adecuados para ser manejados en un campo de batalla. Esta vez decidieron probarlo en el frente occidental. En abril de 1915 Haber, acompañado de representantes del Ministerio de la Guerra y de la industria de los colorantes, llegó a Ypres, en Bélgica, con 5.000 cilindros de cloro líquido, Tras esperar condiciones de viento favorables, el día 22 los abrieron y dejaron que una espesa nube amarilla se dirigiera a las líneas enemigas. El efecto fue devastador: el paso del gas dejó 15.000 combatientes inutilizados, 5.000 de ellos muertos, y abrió una amplia brecha en el frente. Entusiasmado con el éxito, Haber se puso a trabajar en un ataque masivo sobre el frente oriental. Su mujer le rogó que abandonara el proyecto, pero él destino de Alemania, y el prurito científico de Haber, estaban en juego. Partió, pues, hacia el este, y su mujer se suicidó. Desgraciadamente para los alemanes, desaparecido el factor sorpresa, los gases venenosos dejaron de ser un arma decisiva para el desarrollo de la guerra.


martes, 28 de septiembre de 2010

I.G. FARBEN (1)


En 1856 William Henry Perkin, un estudiante de dieciocho años del Royal College of Chemistry de Londres, intentaba sintetizar quinina a partir de la anilina. La quinina, un alcaloide usado para combatir la malaria, únicamente puede extraerse de forma natural del árbol de la Quina , que crece en regiones andinas de Bolivia y Perú. La producción natural resultaba, por tanto, dramáticamente insuficiente para la demanda mundial, y por eso los científicos se esforzaban para encontrar un sustitutivo. Perkin no obtuvo el éxito que esperaba. Al oxidar la anilina, en lugar de los blancos cristales de la quinina deseados, obtuvo una sustancia de un indeleble color malva: había descubierto el primer colorante artificial. Perkin, cuyo espíritu era más negociante que científico, abandono el College y fundó una fábrica con su padre en la que comenzó a producir sus propios pigmentos. Así nació una nueva industria.

El descubrimiento de los colorantes sintéticos había sido inglés, pero fueron los alemanes los que se aprovecharon de él. La anilina es un derivado del benceno, y éste era extraído a su vez del alquitrán de hulla, un residuo del proceso de obtención de alumbrado de gas. Los alemanes disponían de ingentes cantidades de alquitrán, desechos de la producción de acero en el Ruhr a los que, de este modo, podían dar una nueva utilidad. Al comenzar el siglo XX seis grandes compañías alemanas dominaban la industria mundial de producción y distribución de colorantes sintéticos. Las mayores eran conocidas como las Tres Grandes:

BASF (Badische Anilin und Soda-Fabrik, Ludwigshafen)
Bayer (Farbenfabriken vorm. Friedrich Bayer & Co., Leberkusen)
Hoechst (Farbwerke vorm. Meister Lucius und Bruening of Hoechst am Main)

Y eran seguidas por otras tres empresas:

Agfa (Aktiengesellschaft für Anilinfabrikanten, Berlín)
Cassella (Leopold Cassella & Co., Frankfurt)
Kalle (Kalle & Co., Biebrick)

Si bien las empresas alemanas habían conseguido el monopolio mundial de la industria del colorante, permanecían enredadas entre ellas en interminables luchas de precios y litigios sobre patentes. En 1903 Carl Duisberg, director general de Bayer y prominente figura en la industria, visitó América y admiró la elegancia con la que algunas empresas, y en especial la Standard Oil de Nelson Rockefeller, sorteaban la legislación anti-trust del país. Al volver a Alemania Duisberg se reunió con los directivos de las empresas del sector de los colorantes, que, obviamente, se mostraron receptivos a cualquier idea que pudiera disminuir la sangría que les suponía la competencia. De este modo se crearon dos Interessen Gemeinschaft (comunidades de intereses) que agrupaban respectivamente a BASF, Bayer y AGFA, por un lado, y a Hoechst, Cassella y Kalle por otro.

Las I.G. se encargaban de fijar políticas comunes y organizar el reparto de cuotas exclusivamente en el ámbito de la fabricación de colorantes, pero las integrantes se mantenían como empresas independientes, que se dedicaron a explorar otros campos de la química. AGFA se con
virtió en la principal productora mundial de material fotográfico. Hoechst y Bayer diversificaron hacia la industria farmacéutica. La primera desarrolló la Novocaína, y apoyo la investigación que llevaría a la obtención del Salvarsan, el medicamento que curaba la sífilis. De los laboratorios de Bayer emergió la Aspirina. También la Heroína, diseñada para remediar la adicción a la morfina y como medicamento contra la tos, especialmente efectivo en los niños.

En principio el nombre de BASF no era tan conocido para el público como AGFA, Bayer o Hoechst, ya que no se dedicó al gran consumo. Sin embargo, dentro del sector la empresa era altamente respetada. Para empezar, fue la primera empresa en desarrollar los colorantes azules (los rojos y los verdes habían resultado mucho más sencillos de alcanzar), en una carrera en la que había empeñado su prestigio y su dinero. Tras este triunfo se embarcó en una empresa de mucha mayor trascendencia: la obtención de nitratos sintéticos. Los nitratos naturales, también conocidos como guano, de los que Chile poseía el monopolio natural, eran usados como fertilizantes. A finales del siglo XIX las teorías de Malthus,
que profetizaban la incapacidad de la Tierra para alimentar una población en aumento, hacían temer que las reservas de nitrato de Chile acabaran agotándose, por lo que la búsqueda de un nitrato sintético se convirtió en una prioridad. Adicionalmente, el nitrato de sodio era un elemento fundamental en la fabricación de pólvora negra y, en general, de explosivos.


En 1909 el científico Fritz Haber, patrocinado por BASF, desarrolló en laboratorio un proceso para, mediante la combinación de elevadas presiones y temperaturas, obtener amoniaco a partir de hidrógeno y nitrógeno. La obtención de amoniaco representaba un paso intermedio en la obtención de nitratos sintéticos, pero, previamente, había que desarrollar un procedimiento para conseguir trasladar los resultados del laboratorio a la producción industrial. BASF escogió para esta misión al ingeniero Carl Bosch, que construyó una planta en Oppau, muy cerca de la sede de la empresa. En 1913 Bosch consiguió su objetivo, y la planta de Oppau era capaz de producir industrialmente amoniaco. Este método basado en altas presiones y temperaturas se denominó Haber-Bosch, en honor del científico y el ingeniero que lo habían desarrollado.
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* El árbol de la Quina fue denominado Cinchona por Linneo, ya que, según la tradición, la primera persona en ser curada de la malaria usando corteza de Quina había sido la condesa de Chinchón. Se dice que fueron los quechuas los primeros en apreciar sus virtudes curativas, y que fueron los jesuitas los que la introdujeron en Europa. Por eso era conocida como “corteza jesuita” o “polvo jesuita” (con perdón)

sábado, 18 de septiembre de 2010

DE NUEVO, UN HONOR

Santi González ha tenido la amabilidad de publicar esta entrada en su blog.

viernes, 10 de septiembre de 2010

VILFREDO PARETO: LOS RESIDUOS Y LAS DERIVACIONES

"Para empezar, debemos hacer constar que la mayor parte de las acciones humanas tienen su origen, no en el razonamiento lógico, sino en el sentimiento. (…) No obstante al hombre, impelido a actuar por motivos no-lógicos, le gusta relacionar lógicamente sus actos con ciertos principios; de este modo inventa estos a posteriori para justificar sus acciones. Así sucede que una acción A, que en realidad es el efecto de la causa B, es presentada por su autor como el efecto de una muy frecuentemente imaginaria causa C. El hombre que engaña a sí a sus iguales comienza engañándose a sí mismo, y firmemente cree en su propio argumento.
Vilfredo Pareto. El ascenso y caída de las élites.

"En el lenguaje de Pareto, los residuos son los sentimientos o las expresiones de los sentimientos inscritos en la naturaleza humana, y las derivaciones son los sistemas intelectuales de justificación mediante los cuales los individuos enmascaran sus pasiones o confieren apariencia de racionalidad a proposiciones o a formas de conducta que no la tienen.
Raymond Aron. Las etapas del pensamiento sociológico.

Así pues Pareto defiende que tendemos a ocultar nuestras motivaciones emocionales detrás de formulaciones lógicas construidas a posteriori, y que este enmascaramiento suele engañar tanto a su autor como a los espectadores. Pareto presenta el siguiente esquema, en el que A representa el estado emocional del individuo, B sus acciones y C las razones invocadas para éstas, que pueden tomar el aspecto de una teoría o una ideología. Dice Pareto: ”La tendencia muy marcada que tienen los hombres a tomar las acciones no-lógicas por acciones lógicas los lleva a creer que B es un efecto de la ‘causa’ C. De este modo se establece una relación directa CB en lugar de la relación indirecta que resulta de las dos relaciones AB, AC”.


Puesto que son los sentimientos (A) los que determinan nuestra conducta (B), las refutaciones lógicas de la cobertura ideológica (C) tienen escasa utilidad. Es ésta una aparente paradoja con la que, supongo, todos nos hemos enfrentado en algún momento, al ver como personas inteligentes soportan ver demolida argumentalmente su ideología sin que esto les haga variar un ápice su posición. Para modificar los comportamientos hay que actuar sobre los sentimientos. Sólo a largo plazo las discusiones en las ideologías pueden influir en ellos. Por eso, como dice Aron, “para actuar sobre los hombres los razonamientos necesitan transformarse en sentimientos”. El propio Pareto revela algunos mecanismos dialécticos para influir en el comportamiento de los hombres:

Aunque no tenga el más mínimo valor lógico-experimental, la repetición vale más y es mejor que la más rigurosa demostración lógico experimental. La repetición actúa especialmente sobre los sentimientos y modifica los residuos. La demostración lógico experimental actúa sobre la razón; en el mejor de los casos, puede modificar las derivaciones, pero tiene escasa influencia sobre los sentimientos.

Los residuos son manifestaciones de nuestro sustrato instintivo y emocional. A partir de la observación y los datos históricos Pareto realiza una exhaustiva clasificación en cinco clases. Sin embargo, para el propio Pareto las más importantes son la primera y la segunda:

- La primera clase de residuos es “el instinto de las combinaciones”. Refleja la tendencia a establecer relaciones entre las cosas, a realizar desarrollos lógicos, a razonar. Las sociedades más brillantes de la historia son aquellas en las que, según Pareto, han predominado los residuos de la primera clase, como la Atenas de Pericles.

- La segunda clase es “la persistencia de los conglomerados”, y es en cierto modo la otra cara de la moneda de la anterior. Si el instinto de las combinaciones impulsa a las sociedades hacia el cambio y la renovación, la persistencia de los conglomerados refleja la tendencia a conservar las instituciones ya formadas y a rechazar los cambios. Como resume Aron de estos residuos “uno incita a construir edificios intelectuales y otro a estabilizar las combinaciones”. En la esfera de los residuos de segunda clase Pareto incluye las costumbres, creencias, y religiones. Y, siguiendo el ejemplo anterior, si la Atenas de Pericles estaba saturada de residuos de la primera clase, Esparta predominaban más bien los de segunda.

Los residuos de primera clase favorecen el progreso (o, al menos, el movimiento), el individualismo, la sofisticación y, quizás, la decadencia de las sociedades. Por el contrario, los de segunda están más relacionados con el tribalismo. Por eso la cuarta clase, “los residuos en relación con la sociabilidad” (que es importantísima) podría ser subsumida en la segunda.

Según Pareto, si bien los residuos son relativamente estables (básicamente similares en una persona del s.X y en otra del s.XX), se producen oscilaciones o ciclos en los que varía el peso relativo de los residuos de una u otra clase en la sociedad. De este modo, los residuos de primera y segunda clase funcionan como un par de fuerzas que determina los movimientos de la sociedad (el otro motor de la sociedad, del que escribiré más adelante, es la circulación de las élites)

En cuanto a las derivaciones, de la gran y vistosa variedad de argumentos con que los hombres pueden justificar sus actos Pareto se limita a establecer cuatro categorías, que recogen aquellas argumentaciones que suelen ser más convincentes, tanto para el que las emite como para el que las recibe:

1. Las simples afirmaciones.
2. Los argumentos de autoridad.
3. La apelación a entidades sobrenaturales o a principios abstractos (la igualdad, la democracia…)
4. Las acrobacias verbales.

En “El ascenso y caída de las élites”, un breve ensayo escrito antes del “Tratado de sociología general”, Pareto, al hablar de los ciclos con los que los residuos se presentan en la sociedad, dice que hay momentos de la historia en que es detectable un fuerte incremento del sentimiento religioso. Uno de ellos coincide con la expansión del cristianismo en el imperio romano. Otro con la expansión del socialismo (incluyendo ls distintas marcas del marxismo). Tanto el cristianismo como el socialismo son, para Pareto, meras derivaciones, expresiones ambas de un sentimiento religioso predominante. Pero el enorme éxito de la derivación “socialismo” proviene de tener, además, una convincente apariencia científica. La Ilustración no significó tanto el triunfo de la razón como el triunfo del prestigio de la razón, y desde entonces toda derivación necesita tener una buena apariencia de racionalidad. Podría decirse que esa necesidad de apariencia de razón se ha incorporado ya a los residuos.

En cualquier caso, si aceptamos que detrás de la aceptación del socialismo hay una emoción religiosa nos encontraremos con unas cuantas ironías. Para empezar, cuando contemplamos la pretendida (y efectivamente virulenta) laicidad de sus adeptos. Para continuar, la constatación de que la progresía está aquejada de residuos conservadores, pues no olvidemos que las emociones religiosas se integran en los residuos de segunda categoría. Lo dejo aquí.