sábado, 28 de agosto de 2010

FLIGHT FROM DEATH: THE QUEST FOR IMMORTALITY

(“Flight from Death – The Quest for immortality”. Documental realizado por varios psicólogos sociales discípulos de Ernest Becker, autor de “La negación de la muerte” . Puede descargarse aquí, aunque debo avisar, por si Teddy Bautista se asoma por aquí, que no sé si es legal hacerlo.)

A los seres humanos no nos hace gracia la idea de morirnos, y buscamos ávidamente la inmortalidad (entendámonos, inmortalidad en términos humanos equivale, quizás, a unos miles de años) El caso es que, inasequible de momento la inmortalidad física, tendemos a buscar, como sustitutivo, la inmortalidad simbólica. A tal fin, intentamos eludir nuestra vulnerabilidad, o insignificancia, o ambas, formando parte de entidades que consideramos más grandes y perdurables: una religión, una nación, una raza, una cultura, una ideología… En sus variables más cutres, incluso un equipo de fútbol puede provocar efectos placebos.

Esto no quiere decir, obviamente, que sea malo sentirse parte de una cultura o una ideología. Sin embargo la utilización de estas supra-entidades como mecanismos denegatorios de la muerte tiene, según los psicólogos sociales autores del reportaje, serios efectos secundarios. El primero es que, al aspirar a la inmortalidad de la entidad denegatoria en la que nos integramos, se produce una cierta pugna con las entidades competidoras. Parece lógico pensar que si hay una realidad destinada a triunfar, a ser inmortal, las otras tienen que estar equivocadas, y, en cierto modo, ser malas. Eso conduce, necesariamente, a la intolerancia. El segundo de los efectos negativos se refleja en una serie de experimentos, que constituyen la parte más interesante del documental.

Parece ser que, cuando se nos recuerda la muerte, tendemos a cerrar filas en torno a nuestra supra-entidad denegatoria (aquella en la que aspiramos a ser inmortales), y a reaccionar agresivamente contra las personas integradas en entidades rivales. En uno de esos experimentos se presentó a dos grupos de jueces un cuestionario en el que se incluía una pregunta sobre la pena que impondrían en un caso de prostitución. Sin embargo, en el cuestionario del segundo grupo de jueces se incluía una pregunta sobre su muerte (la del juez). Pues bien, mientras la pena media impuesta por los jueces del primer grupo, aquéllos a los que no se les había presentado un recordatorio de muerte, se situaba en torno a 50$, en el segundo grupo estaba en 450$. Según los investigadores, ante el recuerdo de la muerte los jueces estaban reaccionando mucho más agresivamente ante los infractores de su sistema de valores, en el que aspiraban a conseguir la inmortalidad. Esta agresividad se veía confirmada en otro experimento (esta vez sin jueces), en el que sujetos a los que se recordaba la muerte se sentían impulsados a hacer tragar dosis masivas salsa picante a aquéllos de religión distinta a la suya.

En resumen, los autores del documental defienden que la agresividad que genera la utilización de entidades como mecanismos denegatorios de la muerte es el principal camino para causar daño a nuestros semejantes. Personalmente, aunque no discuto su importancia, pienso que son el odio y la estupidez las principales autopistas que llevan al mal. Pero Benjamingrullo hizo una atrevida sugerencia cuando recomendó el documental: que Zapatero utiliza constantemente recordatorios de la muerte (el aborto, la eutanasia, el desenterramiento de muertos…) con el fin exacerbar la agresividad de sus seguidores. Obviamente Zapatero es incapaz de un razonamiento tan profundo, pero ¿hay algún cerebro del mal en el PSOE (una especia de Spectra o el Doctor No) capaz de practicarlo? Lo dejo ahí.

jueves, 19 de agosto de 2010

GENTE CORRIENTE (Ordinary people. Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland. Christopher R. Browning)


En julio de 1942 el Batallón 101 de la Ordnungspolizei* recibió órdenes de acudir a Józefów, un pueblo situado a unos 100 kilómetros al sur de Lublin en el que vivían 1.800 judíos. Su misión consistía en ir casa por casa, sacar de ellas por la fuerza a sus habitantes, y conducirlos a la plaza del pueblo. Aquellos que tuvieran dificultad para moverse serían liquidados en el acto. Una vez en la plaza, se seleccionarían aquellos en mejor forma para ir a un campo de trabajo en Lublin. El resto, hombres, mujeres y niños, serían conducidos a las afueras, donde los hombres del Batallón 101 procederían a asesinarlos.

Los policías llegaron a Józefów al amanecer. Wilhelm Trapp, de 53 años, comandante del Batallón, los reunió en semicírculo y, con voz temblorosa y lágrimas en los ojos, les transmitió la tarea que debían realizar. A continuación hizo una sorprendente oferta: si alguno de los presentes de mayor edad no se sentía capacitado para llevar a cabo la misión podía retirarse. Sólo uno de los policías se adelantó, y fue inmediatamente recriminado por su oficial superior. Sin embargo Trapp lo atajó, y entonces diez policías más dieron un paso al frente a su vez. A estos de les asignó la tarea de escoltar a los judíos escogidos hasta Lublin. El resto se organizó en pelotones de ejecución y se marchó a un bosque a las afueras del pueblo. A continuación, comenzó el traslado en camión de los judíos. Un primer grupo de 35 personas llegó, y fueron escoltadas por un grupo igual de policías hasta el bosque. Previamente estos policías habían sido aleccionados por el doctor del batallón sobre el modo más efectivo de matar a los judíos. Consistía en colocar la punta de la bayoneta entre los omoplatos del paciente y disparar. Con esto no sólo se conseguía una muerte rápida, sino evitar que el cráneo de la víctima estallase y salpicase con su contenido a los verdugos.

Seguramente el policía que marchaba acompañado de un judío hacia el lugar donde tenía que matarlo no se sentía muy cómodo. Posiblemente volar la cabeza a una persona indefensa a la que acababa de conocer no le parecía del todo bien. Sin embargo, frente a ello se alzaban cuestiones de mucha mayor consideración. Para empezar, se trataba de una orden, y él era un policía. Además, si se negaba a realizar su tarea, por desagradable que fuera, sería considerado un débil y un cobarde por sus compañeros. Y él no quería merecer, de ningún modo, la mala opinión del grupo. A fin de cuentas sólo se trataba de un judío. Y él era un alemán. Investido de gran autoridad, además, como demostraban su abrigo y sus botas. Había progresado mucho desde que trabajaba en los muelles de Hamburgo, y ahora era una persona importante ¿Iba a tirar todo por la borda? Podemos imaginar al policía sufriendo, no por la agonía que su víctima experimentaba en aquellos momentos, sino por su propia indecisión. Y la salida más fácil a su desazón pasaba por descargar su arma contra el judío.

Los policías emparejados con los judíos llegaron al bosque, donde cada uno hizo tumbar en el suelo a su víctima. A continuación, siguiendo las instrucciones del doctor, apoyaron la punta de la bayoneta en la espalda de sus víctimas y dispararon. Terminada la tarea se dirigieron a por una nueva remesa. Mientras tanto, los judíos que permanecían en la plaza conocieron su destino al oír los primeros disparos, y la espera se convirtió en agonía. Pero, seamos sinceros, también los asesinos estaban sufriendo. Al cabo de unas cuantas idas y venidas la tarea comenzó a repugnarlos. Entendámonos, no es que experimentaran un fuerte asco moral ante la idea de matar personas inocentes, sino una mera repulsión física. La cuestión consistía en que los tiros no siempre eran certeros, y al segundo o tercer judío muerto todos estaban empapados de sangre y vísceras. Los policías eran personas sensibles, y esto los repugnaba. No es imposible que esto añadiera un nuevo resentimiento hacia sus víctimas, que se obstinaban en morir tan aparatosamente. Por eso, conforme avanzaba el día, algunos tiradores comenzaron a remolonear y escabullirse. No fueron muchos. Más del ochenta por ciento continuaron matando hasta que, diecisiete horas más tarde, el último de los 1.500 judíos de Józefów había sido eliminado.


Con el tiempo el Batallón 101 mejoró notablemente en eficacia. Para empezar, en Józefów habían desperdiciado todas las pertenencias de los judíos, que habían quemado en la plaza tras la matanza. Por el contrario en su segundo acción, en Lomazy, los habían hecho desnudar por completo antes de eliminarlos, despojándolos de todos sus objetos de valor. Además el Batallón 101 se había hecho acompañar de auxiliares estonios, lituanos y ucranianos que se encargarían de realizar el trabajo sucio. Ahora los policías no mataban a los judíos: se limitaban a extraerlos de sus casas y llevarlos a los lugares de ejecución. Ahora todo era más aséptico, más limpio. Como una gran una cadena de montaje ¿Puede haber algo horrible en una cadena de montaje? Gracias a esta especialización del trabajo, en la mitad del tiempo que en Józefów consiguieron despachar 1.700 judíos. Entonces los policías se dieron cuenta de una cosa singular: los pocos reparos morales que habían experimentado en Józefów habían desaparecido en Lomazy. Ellos habían hecho lo que habían hecho, y ellos, obviamente, sabían que no eran monstruos. Por lo tanto, todo el asunto no era, en realidad, monstruoso. Todo era normal. No se trataba, digamos, de un energúmeno abriendo la cabeza con un hacha. Se trataba de personas que, metódicamente, realizaban su trabajo.

Pero los dirigentes nazis estaban preocupados por la lentitud del proceso de destrucción de los judíos, y diseñaron cadenas de montaje a gran escala. Crearon ordenados campos de exterminio en los que un gas permitía matar grandes cantidades de judíos en poco tiempo, ahorrando, además, a los verdugos la vista de la sangre. Esto fue una bendición para los policías del Batallón 101, que tenían que limitarse a buscar los judíos y meterlos en trenes. Nada más limpio, nada más aséptico, nada más normal. Entre agosto de 1942 y mayo de 1943 el Batallón 101 envió a 45.200 judíos a una limpia muerte en el ordenado campo de Treblinka.


Sin embargo, no debemos dejar de hacer constar los logros más importantes del Batallón 101 en la categoría asesinato directo. Fue en noviembre de 1943, y la historia es la siguiente. Muchos industriales alemanes habían solicitado a Himmler que no se desperdiciase la fuerza de trabajo esclavo que representaban los judíos, y Hitler temporalmente había accedido. Para tanto él como Himmler sabían que no se trataba más que de paréntesis, y que el objetivo era una Europa completamente libre de judíos. Ahora el momento había llegado, y el Batallón 101 recibió la orden de limpiar los campos de trabajo de Majdanek y Poniatowa. En el primero mataron a 16.500 judíos. En el segundo a 14.000. La cifra, impresionante, de asesinatos perpetrados directamente por el Batallón 101 ascendía así a 38.000 personas.

A finales de los años 50 los miembros del Batallón 101, muchos de los cuáles continuaban trabajando en la policía de Hamburgo, fueron procesados. Cuando intentaban explicar sus motivaciones les resultaba difícil encontrar palabras. Eran otros tiempos, y ellos sabían que lo que habían hecho entonces era normal, aunque ahora no lo fuera.

Los policías del Batallón 101 eran gente perfectamente normal, y eso es lo más escalofriante. La realización del mal extremo no provino de unas mentes infinitamente malignas, sino, más bien, de mentes excesivamente limitadas, incapaces de entender correctamente la situación y experimentar un asco moral insalvable ante ella. No tuvo su origen en gigantescas pasiones, sino en motivaciones triviales, mezquinas y estúpidas, amparadas por una ideología malvada (y también trivial, mezquina y estúpida). El mal proviene con frecuencia de la banalidad. Arendt evidenció que Eichman era un burócrata agobiado por problemas de logística. Tampoco los asesinos del Batallón 101 eran genios del mal: eran gente ordinaria. En todos los sentidos.
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p.d. En esta pagina web he encontrado las fotos del Batallón 101. La segunda, en la que están humillando a un judío, es indudablemente auténtica: es la que aparece en la portada del libro de Browning. La autenticidad de las otras no está contrastada, aunque la web parece seria. En todas ellas puede verse a unos palurdos encantados de lucir un uniforme militar. Gracias a él, han adquirido importancia y prestigio. Tanto que tienen poder sobre la vida y la muerte de otras personas. La sensación, posiblemente, es embriagadora.

p.d.2. Gracias BEN GUNN. Tengo una deuda de gratitud con usted.
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*La Ordnungspolizei, la Policía del Orden era una de las dos ramas en las que se dividía la policía alemana en tiempos de Hitler. La otra era la Policía de Seguridad, que estaba encuadrada en la Oficina Principal de Seguridad del Reich de las SS, a cuyo mando estaba Reinhard Heydrich. La Policía de Seguridad se dividía, a su vez, en la Gestapo, encargada de la persecución de delitos políticos, y la Policía Criminal (Kripo) que básicamente consistía en un cuerpo de detectives encargados de la resolución de crímenes no políticos. A partir de 1936, fecha en la en que Heinrich Himmler fue nombrado Jefe de la Policía Alemana en el Ministerio del Interior, la Policía del Orden pasó a depender de éste. Sin embargo, a diferencia de la Gestapo y la Kripo, no estaba englobada en las SS. Cada batallón estaba compuesto por 500 hombres, divididos en tres compañías y éstas, a su vez, en pelotones.

viernes, 6 de agosto de 2010

HERRAMIENTAS DE INFLUENCIA (4) Robert Cialdini: “Influencia. Ciencia y práctica”

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La mejor manera de comprobar el mecanismo de la autoridad es acudir a Milgram.

En 1974 Stanley Milgran, psicólogo social de la Universidad de Yale, realizó un experimento destinado a probar el poder de la autoridad sobre la conducta de las personas. Comenzó insertando un anuncio en un diario local solicitando interesados en participar en un estudio de la universidad sobre memoria. Las personas que respondían al anuncio se encontraban ante un evidente científico, ataviado con su correspondiente bata blanca, que les explicaba que el estudio trataba sobre la mejora del aprendizaje mediante la aplicación de castigos físicos. Uno de los voluntarios, que actuaría como ‘alumno’, debería memorizar pares de palabras, y después otro, el ‘maestro’, lo examinaría y le administraría descargas eléctricas, de intensidad creciente, cuando las respuestas fueran incorrectas. A continuación, el ‘alumno’ era sujetado con correas a una silla, con electrodos adosados a su cuerpo, y el ‘maestro’ era colocado en una habitación contigua ante una máquina de aspecto sofisticado, en la que una hilera de luces indicaba la progresión del voltaje aplicado, desde 25 voltios hasta 450 (el doble del normal en una vivienda), las últimas luces marcadas con conspicuas señales de peligro.

Imaginémonos la escena. Según avanza la prueba comienzan a producirse errores por parte del alumno, y el maestro se ve obligado a aplicar las descargas. Conforme éstas van subiendo en intensidad, las protestas del alumno se incrementan. Cuando el castigo supera los 100 voltios éste, entre gritos, exige ser liberado. El maestro duda, pero el científico que dirige el experimento, y que permanece impasible tomando notas, se limita a decirle que el experimento debe continuar. Al llegar a 200 voltios la angustia del alumno, que parece haber caído en mitad de una pesadilla, es evidente. Ante las nuevas dudas del maestro, el científico vuelve a decirle, tranquilamente, que debe seguir. 250 voltios y el alumno, entre alaridos, asegura que tiene mal el corazón y que no cree que pueda resistir. 300 voltios y el alumno queda sumido en el silencio. Por lo que el maestro sabe, puede estar desmayado o muerto. El científico le asegura que debe seguir hasta el final…

Obviamente las descargas eran falsas, y el “alumno”, un actor colaborador del experimento, se limitaba a fingir el dolor y la desesperación, pero el “maestro” no lo sabía. El objeto del estudio era la disposición de una persona a infligir daño a otra a instancia de una autoridad. Los resultados son desoladores.

Antes de realizar el experimento, Milgram se reunió con un grupo de colegas y alumnos de psicología de Yale y les pidió que realizaran una estimación previa de los resultados. Según ellos, sólo una o dos de cada 100 personas estarían dispuestas a llegar hasta el final administrando los 450 voltios. La realidad los desmintió dramáticamente: dos tercios de las personas fueron capaces de administrar el máximo voltaje a los “alumnos”. Esta diferencia de 65 puntos porcentuales representa la medida de lo serio que es el peligro, pues quiere decir que no estamos en absoluto preparados para la acción de este mecanismo. Esta carencia no se ve subsanada tras la visualización del experimento, ya que tendemos a pensar que los “maestros”, que son obtusos o malvados o ambas cosas, son los otros, pero que a nosotros jamás podría pasarnos algo así. Desengañémonos. Como dijo el propio Milgram tras comprobar los resultados, los participantes son iguales que usted y yo.
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Además del poder de la autoridad, el experimento parece demostrar que nuestras objeciones para causar daño a otras personas no son, en realidad, muy sólidas. Convendría, por tanto, investigar cuál es la naturaleza de éstas. En el experimento los “maestros” sufren enormemente al activar las descargas eléctricas: palidecen, se muerden las uñas, se golpean los puños contra la frente… Pero ¿sufren por la tortura que están infligiendo o por su propia indecisión? Un aspecto importante del experimento es que, salvo por las reacciones del ‘alumno’, todo transcurre en un ambiente de total normalidad: el profesor, que no tiene aspecto siniestro, está tranquilo pasando aburridamente papeles; la habitación es aséptica y no tiene en absoluto aspecto de mazmorra; no suena una música tenebrosa. Hay una contradicción entre las protestas del alumno y el resto de las señales que causa desazón al maestro y un deseo de salir cuanto antes de la situación. Es posible que, en esas circunstancias, la salida más fácil esté al final de la hilera de lucecitas de la máquina, es decir, continuar administrando descargas hasta el final. Quizás en ese momento el alumno empiece a ser visto, no como un ser al que provocamos sufrimiento, sino como un estorbo molesto cuyos gritos nos causan incomodidad.

Así las cosas ¿qué es lo que nos preocupa realmente? ¿Hacer daño a otra persona o la posibilidad de ser considerados malos? La distinción es importante, pues si la respuesta es la segunda, estamos ante un asunto de mera etiqueta social, de modo que bastará con que ésta desaparezca para que con ella desaparezca nuestra oposición a hacer sufrir a otros. En realidad, si combinamos el efecto del mecanismo de la autoridad con el de la normalidad y la etiqueta social, nos daremos cuenta de que no es complicado generar una sociedad enferma en la que sus habitantes se acostumbren a vivir inmersos en el mal. Esta condición, obviamente, sólo será visible desde fuera.

martes, 3 de agosto de 2010

HERRAMIENTAS DE INFLUENCIA (3) Robert Cialdini: “Influencia. Ciencia y práctica”

Aparentemente todo el mundo odia las “risas enlatadas”, esas muestras artificiales de hilaridad que se desencadenan en las escenas cómicas de los programas y series televisivas. Sin embargo, los productores estadounidenses, gente competente, las emplean con regularidad. ¿Por qué? Por una única razón: saben que funcionan perfectamente, y que el público se ríe más cuando están presentes (y eso, me temo, nos incluye a usted y a mí)

Según el mecanismo del dictado social(1) tendemos a decidir lo que es correcto averiguando lo que otras personas piensan que es correcto. Nuestro aprendizaje y nuestros comportamientos son fuertemente miméticos, de modo que antes de actuar (e incluso de pensar) observamos disimuladamente a nuestro alrededor para ver qué hace la gente que nos rodea. Como otros atajos para simplificar situaciones complicadas, el dictado social funciona habitualmente bien (del mismo modo que habitualmente sirve perfectamente para los bancos de peces). Sin embargo, puede ser utilizado en nuestra contra por aquellos que lo conocen. En el ejemplo de las falsas risas enlatadas, nuestra respuesta automática es perfectamente similar a la de la pava ante la grabación del “chip, chip” adosada a un turón.

Un experimento realizado por Festinger demuestra la extraordinaria importancia del dictado social. Festinger infiltró a unos colaboradores en una secta cuyo líder espiritual había profetizado la destrucción del mundo mediante inundación, y que, en la víspera de la catástrofe, los adeptos serían rescatados mediante una flotilla de platillos volantes. Pues bien, cuando llegada la fecha ni el rescate ni el fin del mundo tuvieron lugar, los miembros del grupo reaccionaron al fracaso de la profecía de una manera sorprendente: con una frenética labor de proselitismo. Los acólitos intentaban, de repente, ganar nuevos fieles, una actividad que, hasta ese momento habían evitado. ¿Cual era la razón de este comportamiento sorprendente, que los llevaba a difundir su mensaje cuando acababa de fracasar y era, por tanto, más susceptible a la burla? La respuesta es que los adeptos estaban fuertemente implicados en su creencia, y el coste de volver atrás era muy elevado (algunos de ellos habían abandonado sus trabajos y vendido sus propiedades). De modo que lo que trataban desesperadamente era crear un número suficiente de fieles que pudieran ser considerados como respaldo social, que, de este modo, sustituiría a la evidencia del fracaso de la profecía. (Pueden ver una descripción ampliada del experimento aquí)

Con frecuencia el mecanismo del dictado social produce fenómenos alarmantes. Uno de ellos es el llamado “efecto espectador”, que afirma que, ante una situación de necesidad, la posibilidad de que una persona sea auxiliada es inversamente proporcional al número de personas presentes. Este efecto, descrito en 1968 por Darley y Latane, recibe también el nombre de “síndrome Genovese”. Catherine Genovese fue asesinada en marzo de 1964 en Nueva York, en tres asaltos sucesivos que se prolongaron a lo largo de más de media hora, sin que ninguno de los numerosos testigos que asistieron a la escena desde la seguridad de sus casas (38 según el Times) acertara a llamar a la policía. El efecto espectador resulta de una combinación de otros resortes. Uno es la mera dilución de la responsabilidad. Pero otro deriva directamente del dictado social. En una situación de posible emergencia, como en cualquier otra, miramos a nuestro alrededor para ver cómo reaccionan las personas que están a nuestro lado, con el fin de decidir si es necesario intervenir. Como todo el mundo está haciendo lo mismo (es decir mirar disimuladamente alrededor para ver que hacen los demás, sin intervenir), se produce una errónea imagen de serenidad compartida que hace llegar a los presentes a la conclusión de que la intervención no es necesaria.(2).

Otro efecto sorprendente del mecanismo del dictado social es el llamado “efecto Werther”. La obra de Goethe “Las desventuras del joven Werther”, novela romántica cuyo protagonista se quita la vida, generó una oleada de suicidios en los países en los que se iba publicando. En la actualidad, se ha comprobado que las noticias sobre suicidios producen otros, de modo que los medios adquieren cierta responsabilidad en el asunto (en algunos países, como Noruega, se prohíbe, en general, la información sobre suicidios). El sociólogo David Phillips ha estudiado el impacto de la imitación en los suicidios, y ha concluido, sorprendentemente, que el efecto es tan poderoso que la publicidad de un suicidio aumenta notablemente las posibilidades de sufrir un accidente aéreo (por suicidio del piloto). La influencia del dictado social no se limita a los suicidios, sino también a determinados crímenes. Por eso, la gran publicidad que, por razones de audiencia, los medios les conceden es altamente contraproducente, y aquí volvemos a su responsabilidad.

Cialdini nos muestra un último ejemplo del poder del dictado social: el suicidio masivo de los seguidores del reverendo Jim Jones en la Guayana. Jones, que había asesinado a los colaboradores de un congresista americano enviados allí para investigar, ordenó a sus seguidores que cometieran suicidio. Podemos imaginárnoslos mirándose disimuladamente entre sí, y creando la falsa impresión de tranquilidad. Es interesante reflexionar sobre el efecto que produce “el que tira la primera piedra”. Aquel adepto especialmente fanatizado que, siguiendo las instrucciones de Jones, es el primero en cometer suicidio, desencadenando el efecto mimético y convirtiendo en masa a todos los demás adeptos. Quizás, en definitiva, el dictado social sea el mecanismo que mejor explique los sorprendentes hábitos de los lemmings.
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(1) En el original, social proof. Podría haberlo traducido literalmente como “la prueba social”, pero me parecía un término algo confuso.

(2) Este principio, descrito por Daniel Katz en 1931, se conoce como “ignorancia múltiple”. Puede formularse así: una situación donde la mayoría de los miembros de un grupo disienten en privado de una norma o conducta, pero la observan porque asumen, incorrectamente, que la mayoría del grupo la acepta.

domingo, 1 de agosto de 2010

HERRAMIENTAS DE INFLUENCIA (2) Robert Cialdini: “Influencia. Ciencia y práctica”

El segundo de los grandes resortes de influencia que describe Cialdini es la consistencia, que deriva del fenómeno de la disonancia descrito por Leon Festinger. La disonancia es el malestar que nos produce comprobar que nuestros comportamientos no se ajustan a nuestras creencias, lo que provoca que intentemos eliminar las diferencias entre ambos. El procedimiento lógico sería adaptar nuestra conducta a nuestras creencias y valores, pero, en realidad, no es lo que ocurre habitualmente. En el proceso de ajuste los eslabones más débiles son, por un lado, las creencias y valores, que pueden ser modificados para que coincidan con nuestro comportamiento (con las necesarias racionalizaciones), y, por otro, la propia realidad, que puede ser retorcida o ignorada(1) para evitar las divergencias.

Tras la guerra de Corea se descubrió que había habido un sorprendente número de ‘conversiones’ al comunismo entre los prisioneros de guerra norteamericanos que regresaban a su país. Muchas de éstas conversiones tenían su origen en lavados de cerebro(2) directos, pero en otras el procedimiento había sido mucho más sutil. Veamos un ejemplo del origen de éstas últimas.

Parece ser que los comunistas chinos organizaban pequeños concursos entre los prisioneros de guerra norteamericanos, en los que se les pedía que realizaran ensayos descriptivos de las diferencias entre los sistemas americano y comunista. Las recompensas no eran muy importantes, quizás una ración extra de arroz. Los prisioneros sabían que, para lograr el premio, tenían que incluir algún comentario favorable al comunismo, como “tampoco el sistema americano es perfecto”, o “en el comunismo el desempleo no es un problema”. Este tipo de declaraciones les parecían inofensivas y no tenían reparo al hacerlas, pero tenían un efecto de bola de nieve que acababa arrastrándolos(3). Para empezar, los comunistas se preocupaban de que los prisioneros dejaran sus declaraciones por escrito, lo que dificultaba a sus autores la posibilidad de desvincularse de lo dicho. Cialdini defiende, además, que hay un resorte que nos lleva a creer que lo que alguien escribe refleja realmente lo que piensa, aunque seamos conscientes de las presiones que puede haber sufrido el autor, y esto ocurría a otros prisioneros a los que eran mostradas las declaraciones. De este modo, el propio prisionero comenzaba a verse, reflejado en los ojos de los demás, como favorable al comunismo.

Las recompensas que ofrecían los captores eran pequeñas. Esta es una de las más interesantes manifestaciones de la disonancia, que Festinger describió en uno de sus experimentos. Insertó una oferta de empleo en un diario que, básicamente, consistía en que los interesados debían mentir a otras personas (por ejemplo, realizando publicidad evidentemente engañosa). Festinger realizó el experimento con dos grupos de personas. A los primeros les pagó una cantidad insignificante, y a los segundos una mucho más respetable. El resultado descubierto por Festinger fue que aquellos a los había pagando poco acababan creyéndose las mentiras que habían aceptado contar a terceros. La explicación era que éstos últimos se habían visto obligados a romper la disonancia creada (soy buena persona pero miento por una miseria), pero, como siempre, lo habían hecho por el lado más sencillo, es decir, convenciéndose de que en, en realidad, no se trataba de mentira. Esto funcionaba exactamente igual con los prisioneros norteamericanos, que se veían enfrentados a su visión de ellos mismos (y, lo que es peor, a la que los demás tenían de ellos), como colaboradores del enemigo por unos granos de arroz. Lo más sencillo era romper la disonancia convenciéndose de que, en realidad, eran simpatizantes del comunismo, lo que reforzaba el efecto descrito en el punto anterior.

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(1) La disonancia es el mecanismo que lleva a los humanos a ignorar los hechos que no se ajustan a sus creencias, según la magnifica descripción de CATALINA, “Si no lo creo no lo veo”. Es, posiblemente, el mecanismo que más directamente lleva al sectarismo.

(2) La técnica del “lavado de cerebro” se basa en las investigaciones de Pavlov, que demostró con sus perros unos procesos que eran extrapolables a los humanos. Pavlov observó que, cuando éstos eran sometidos a situaciones extremas de angustia o tensión, se producían invariablemente en ellos alteraciones en su conducta que seguían la siguiente secuencia:

a) Fase equivalente: el cerebro reacciona igual ante los estímulos débiles y los intensos.
b) Fase paradójica: el cerebro responde con mayor intensidad a los estímulos débiles que a los intensos
c) Fase ultraparadójica: las reacciones normales se invierten, y se dan respuestas positivas a estímulos negativos y viceversa. Aquí podría encontrarse en parte la explicación del “síndrome de Estocolmo”

Pasados estos niveles, cuando los estímulos superaban la resistencia a la angustia o stress, se producía una inhibición protectora del cerebro. En el hombre, esta reacción recibe la denominación genérica de histeria, y se traduce en diversos síntomas: estupor, amnesia, pérdida del habla o del uso de los miembros… En este estado, el cerebro puede ser vaciado de los parámetros de comportamiento previos (lo que incluye las creencias), y ser sustituido por unos nuevos.

(3) Inicios modestos permiten construir sobre ellos y llegar a grandes resultados. Sobre el efecto de bola de nieve que tienen los pequeños compromisos realizados previamente Cialdini cuenta otro ejemplo revelador. Un grupo de investigadores, que decían trabajar en nombre del gobierno, realizaron una encuesta en un barrio residencial de una población de Estados Unidos, en la que pedían a los vecinos su autorización para una labor de voluntariado social consistente en colocar en su jardín una valla diciendo “Conduzca con cuidado”. Los investigadores les mostraban entonces una foto con una valla ya instalada en otra casa: era enorme y fea, y prácticamente tapaba la visión desde el interior. Lógicamente, la práctica totalidad de los vecinos rehusaban su colaboración. A continuación, los investigadores repitieron el experimento en otro vecindario de similares característica. Sin embargo, en este caso previamente otros miembros del grupo habían visitado a los vecinos pidiéndoles su colaboración para la colocación de una señal insignificante, de unos cuantos centímetros, a lo que la mayoría había accedido. Ahora estos vecinos se veían atados por el mecanismo de la consistencia, y la aceptación a la absurda señal gigantesca subió hasta un 76%.