lunes, 7 de mayo de 2018

ENTREVISTA EN ULTIMA HORA 06/05/2018

Mi entrevista en Última Hora:


martes, 1 de mayo de 2018

WILD WILD COUNTRY

¡Atención spoiler! Dejen inmediatamente de leer, vayan a Netflix y vuelvan después de haber visto el documental.


En la imagen Bhagwan Shree Rajneesh, gurú hindú que imparte revelación mediante la alternancia de silencios y sentencias sencillas con apariencia de profundidad y susceptibles de muchas interpretaciones. Desde un punto de vista puramente racional recuerda un poco a Míster Chance, pero indudablemente conoce la naturaleza humana. Regenta una comunidad en la India, y gran número de fieles occidentales acuden para disolverse en el calor de la tribu. Nada fuera de lo normal, pero en un momento dado, quizás para huir de la justicia hindú, los rajneeshitas deciden trasladarse a los Estados Unidos. La secta dispone de mucho dinero –muchos de sus adeptos son acaudalados-, lo que le permite adquirir un rancho de 26.000 hectáreas: Big Muddy en Oregón.


Hay que decir que el hombre nuevo que predica Bhagwan aspira a combinar la espiritualidad oriental con la ciencia –y aún el capitalismo- occidental. Entre sus adeptos hay técnicos y arquitectos que no desdeñan el progreso científico, y que consiguen convertir el gran lodazal en un rancho bien cuidado e irrigado. Rebautizado como Rajneeshpuram Big Muddy llegará a tener 7.000 habitantes, aeródromo y código postal: el 97741.

Es importante entender que estamos ante una secta, un grupo excluyente con vocación totalitaria incompatible por definición con una sociedad abierta. Este es el centro del conflicto que los aturdidos habitantes de Oregón no sabrán formular cabalmente cuando aquella comience a expandirse. De manera poco efectiva enfocarán sus críticas en un aspecto accesorio pero llamativo: las orgías en las que los bhagwanitas alcanzan éxtasis espirituales y de los otros.


He aquí una teoría: existe una serie de tipos humanos que se van repitiendo en las distintas sociedades a lo largo de la historia. Aunque difieran en las accesorias, sus características fundamentales permanecen inmutables, y por eso pueden ser reconocidos en los escenarios más diversos con los disfraces más variados. La capacidad para detectarlos y presentarlos es una de las razones del éxito de Shakespeare, y en esta historia aparecen tipos con nitidez shakesperiana. El primero es el déspota, la persona que utiliza a las personas para alcanzar y mantener el poder y que con frecuencia las atormenta incluso sin necesidad, quizás para evidenciar el nivel alcanzado en la jerarquía del grupo. Todos hemos conocido alguno, en el trabajo, en la política -cierto líder actual encaja perfectamente en la categoría- o incluso encarnado en la persona de un funcionario poco colaborativo. En Rajneeshpuram el papel es desempeñado por Ma Anand Sheela.


Al establecerse en los Estados Unidos Bhagwan se ha relajado un poco, lo que tal vez sea imputable al exceso de sexo y vehículos de lujo. La situación ha ido escalando hasta que el gurú ha entrado en contacto con unos adeptos acaudalados de Hollywood: además de facilitarle nuevos placeres, lo han introducido en drogas no habituales como el gas de la risa. Ahora la mirada de Bhagwan ha cambiado: de escrutar el alma del oyente y desentrañar los secretos del cosmos ha pasado a reflejar un divertido estupor. Y la lógica de su discurso también se ha resentido. Poco a poco ha dejado de hablar en público, y se limita a pasear sonriente repartiendo bendiciones en todas direcciones. En estas circunstancias ha ido delegando gradualmente las tareas de gobierno en Sheela, hasta entonces su secretaria personal.

El mandato de Sheela llega en un momento importante para la expansión de la secta. Experta en usar las fisuras de una ley en la que no cree –y supongo que esto también les suena en la política actual-, ha conseguido controlar por la fuerza de los votos Antelope, un pequeño pueblo cercano al rancho cuyos poco sofisticados vecinos asisten con impotente alarma a la marea roja que los engulle. Con el rancho incorporado a la ciudad Sheela puede crear una policía armada de la secta, a la que dota de armas semiautomáticas –al menos 100 Kalashnikov AK-47 y 20 Uzis- y el orwelliano nombre de Fuerza de Paz de Rajneeshpuram.


El siguiente paso es controlar todo el condado de Wasco. Un día Sheela manda una cuadrilla de autocares en todas direcciones. Su objetivo declarado es recoger indigentes, los desheredados de la tierra a los que todas las sociedades han marginado pero a los que ahora los bhagwanitas van a devolver su dignidad; el real, que voten a favor de la secta para conseguir controlar también el condado. Pero la fiscalía ha comenzado a ponerse en marcha, y con una serie de argumentos legales consigue desactivar la posibilidad de sufragio mendicante. Ahora los vagabundos, a los que se les ha dado unas expectativas exageradas, constituyen un grupo turbulento que amenaza la tranquilidad de la secta. Sheela toma entonces una serie de medidas expeditivas: para garantizar el buen comportamiento de los desheredados de la tierra comienza a prescribir regularmente narcóticos en su cerveza vespertina -posteriormente los reembarcará en los autobuses y los irá depositando en ciudades cercanas-; para conseguir una mayoría en las futuras elecciones emprende sobre los vecinos no afines una campaña de envenenamiento con salmonella; para neutralizar a las autoridades decide asesinar al fiscal.

Aparece aquí otro de los tipos humanos: el asesino. En este caso se trata de una adepta australiana incorporada desde el origen a la secta y que, racionalizándolo de las maneras más pintorescas, se presentará voluntaria a todas las iniciativas homicidas que Sheela proponga. El asesino, obvio es, acaba siendo siempre herramienta necesaria del déspota.


Tal vez porque empieza a atisbar un horizonte penal incierto, o por mera codicia, Sheela acaba fugándose a Europa con unos cuantos adeptos –asesina incluida- y 45 millones de dólares pertenecientes a la secta. Los bhagwanitas quedan en estado de shock, y Bhagwan se ve obligado a recuperar el habla. En una escenografía chocante el gurú mantiene el tono doctrinal, pero el contenido ha descendido a niveles muy groseros: Sheela es una criminal, ha planeado crímenes, ha pretendido bombardear la fiscalía –esto no lo sabíamos- , toma drogas duras, nos ha birlado el dinero, y en resumen debe ser devuelta cargada de cadenas. El discurso proporciona al FBI la oportunidad de enviar un ejército de investigadores al rancho, que entre otras cosas, descubren el asombroso sistema de grabaciones que Sheela tenía organizado, una pequeña Stasi en un rincón de Oregón. Ella por su parte se encuentra concediendo exclusivas al Stern y posando en pelotas.

¿Por qué esta historia extraordinaria en tan poco conocida fuera de Estados Unidos? Posiblemente porque, a pesar de tener todos los ingredientes necesarios, no acaba en baño de sangre. Justo cuando las autoridades estadounidenses planean el asalto al rancho para desmantelarlo por completo un jet despega con destino a las Bermudas llevando al líder espiritual en su interior. A pesar de haber sido abandonados por segunda vez, los adeptos bhagwanitas se mantendrán fieles a la secta hasta el final, y esto, huida del líder y fidelidad perruna de los adeptos, también tiene ecos en nuestro paisaje político. Posiblemente es normal: es muy duro renunciar al caudal de lealtad invertido aunque el depositario demuestre fehacientemente no merecerlo, y en este sentido la lealtad perruna del alcalde electo de Rajneeshpuram configura un tercer tipo universal.


Vean la serie si es que aún no lo han hecho. Disfrutarán, además, de los testimonios de todos los protagonistas.

domingo, 15 de abril de 2018

LA RAZA CATALANA

Entrevista a Francisco Caja en La Gaceta (11 de julio de 2016): “El catalanismo desde un punto de vista doctrinal debe ser colocado entre las filas de lo que se denomina técnicamente la raciología (…) Se estudian los textos y se constata la existencia de una raza catalana con unas características singulares”. La raza es, ha sido siempre, una «diferencia» de naturaleza espiritual, manifiesta el presidente de Convivencia Cívica Catalana, que explica que la definen fundamentalmente, porque no pueden recurrir a otra cosa, por rasgos espirituales, una diferencia espiritual en relación al otro, al enemigo, que es el castellano.


Esta es, pues, la tesis básica de La raza catalana: «Este libro sostiene que el núcleo de la doctrina catalanista es la doctrina de la raza». Como es natural, a partir de la segunda guerra mundial este fundamento está cuidadosamente disimulado: «Si uno dijera: los inmigrantes son una raza inferior que amenaza la pureza de sangre de la raza catalana sería inmediatamente tachado de racista. Consecuentemente la forma de burlar esa “prohibición” es transferir la estructura que se contiene en esa fórmula a términos “abstractos” o “metafóricos”, que expresan lo mismo pero consiguen “hacer pasar” el contenido prohibido-reprimido». ¿Y la raciología qué es? «Su presupuesto es la existencia de una diferencia espiritual irreductible entre los grupos humanos, esto es, su desigualdad esencial, observable en sus manifestaciones “materiales”».

«Die Religion ist einerlei. In der Rasse liegt die Schweinerei» No importa lo que reza; la condición del cerdo está en la raza. Esta es la traducción aproximada de un ripio, dedicado a los judíos, que circulaba en la Alemania de los años 30. Tras la llegada del nacionalsocialismo al poder un Decreto de 7 de abril de 1933 ordenó la expulsión de funcionarios de “ascendencia no aria”. Faltaba entonces definir los criterios raciales que permitirían distinguir a los arios de los no arios, y un reglamento de 11 de abril hizo una primera aproximación: no arios serían aquellos que tuvieran un progenitor o un abuelo judío. ¿Y cómo se detectaría a estos? Pues no por la sangre, o por criterios físicos tales como la curvatura de la nariz, sino por la religión que practicaban. En 1935, en una de las masivas manifestaciones de Nuremberg, Hitler ordenó que se redactara inmediatamente una “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes” –obsérvese la mezcla de aspectos físicos y espirituales-. Su forma definitiva se alcanzó un par de meses después en la Primera Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich, que dividió, a través de una casuística complicada, a los no arios entre judíos y Mischlinge –mezclados-: sobre los judíos recaería toda la acción criminal nazi. Lo importante –y sorprendente- es constatar que, a pesar de llamarse “leyes raciales”, el criterio seguía sin ser racial sino religioso; y lo determinante ni siquiera sería la religión del afectado, sino la de sus antecesores [1].

Por tanto ni siquiera el mayor de los racialismos es racista: ésta no es más que una etiqueta para el potente impulso destructivo que subyace. ¿Y cuál es este? Llámese racialismo, nacionalismo, etnicismo o supremacismo ante lo que estamos es ante la necesidad de definir un agregado de personas –una tribu, un clan, una raza, una etnia, una nación- a la que se atribuye una superioridad espiritual:

«Los pueblos (...) son principios espirituales. En vano se querrá dar de ellos una explicación geográfica, etnográfica o filológica. El ser y esencia del pueblo están, no en las razas ni en las lenguas, sino en las almas. La nacionalidad es, pues, un Volkgeist, un espíritu social y público». [2] 


Como la definición se hace por contraposición a un enemigo -que funciona como el espejo deformado del agregado ideal- el catalizador es el odio. [3]. Sí, uno de los atractivos de este movimiento es la canalización del resentimiento y la frustración, y por eso los brotes más virulentos se producen en las crisis más profundas. Se suele asociar el nacionalismo al romanticismo, pero este impulso primordial –construcción especular del agregado propio y el enemigo- es obviamente muy anterior. Según Tony Blair nació cuando el primer troglodita se asomó desde su cueva y, señalando hacia afuera con su cachiporra, dijo: ahí está el enemigo. Propongo, por tanto, “tribalismo” para describir este fenómeno.

Es importante entender que este impulso está inscrito en nuestros genes. La democracia liberal –el oasis- es una construcción cultural; la disolución en la tribu- el desierto- es una tendencia biológica. Por eso la segunda es mucho más potente que la primera, lo que dificulta notablemente la defensa del oasis.


He aquí unas pinceladas de muestra. Observen qué parecida es esta dicotomía de Domènec Martí i Julià a las que hacía Sabino Arana entre vascos y maketos: no falta ni el organillo que tanto atribulaba al patriota vasco:

«En Cataluña (¡que siempre lo podamos decir!) no existen los dos terribles elementos que son más expresivos de la decadencia de los pueblos: los atentados a las personas y el vicio de la bebida. Los atentados a las personas [...] son cometidos la inmensa mayoría de veces por individuos forasteros. [...] Lo mismo puede decirse de los borrachos: son pocos y no de casa. Poseyendo nuestra personalidad nacional caracteres antropológicos y sociales de tanto valor, clama al cielo que se permitan costumbres tan desnaturalizadoras como -la estampa es el retrato mismo de la corrupción-: ‘En una mala barraca, en la penumbra, en la que corrientes de aire helado hieren los pulmones como puñaladas, mientras un piano de manubrio excita apetitos infames con sus toques indecentes de la flamenquería castellana’».


O la teoría de Pompeu Gener:

«El problema está entablado entre la España Lemosina, Aria de origen y por tanto evolutiva, y la España Castellana, cuyos elementos Presemíticos y Semíticos, triunfando sobre los Arios, la han paralizado, haciéndola vivir sólo de cosas que ya pasaron».

«España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Berber y la Mogólica, y por espurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando todos lo que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles».

«La raza del Centro que quería pasar por superior y culta, resulta bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África».

… sin olvidar, por supuesto, su explicación química de la diferencia:

«La atmósfera de Madrid es pobre en helio y argón, y en sus aguas faltan el ‘krypton, el neon y el xenon’, de forma que en Madrid «la inteligencia tiene que funcionar mal por fuerza, por la deficiente nutrición del cerebro».

Tampoco es que sea mucho más sofisticada la distinción que hace Enric Prat de Riba entre las mentalidades catalana y castellana:

«la una positiva y realista, la otra fantasiosa y charlatana; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Éstos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica. [...] Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada».

La distinción entre catalanes-arios y castellanos-semitas se convertirá, especialmente después de la crisis del 98, en una de las ideas clave del nacionalismo catalán. Después de la Segunda Guerra Mundial la racionalización racista del tribalismo desaparece apresuradamente [4] y, manteniéndose intacto éste, es sustituida aquella por un cóctel de cultura, etnia y lengua [5]: ahora la etiqueta triunfadora es “respecto a la identidad cultural”.


La cuestión es esta: el tribalismo, independientemente de la etiqueta con que se adorne, destruye meticulosamente todos los valores ilustrados que conforman nuestra democracia liberal. El más obvio, la igualdad. Pero también anula la libertad y la autonomía personal: al conferir determinados valores espirituales a los agregados –buenos al propio, malos al ajeno- se acepta implícitamente que los miembros de cada uno de ellos están impregnados fatalmente por ellos. El cervantino “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” se sustituye por “un hombre es más que otro si pertenece a la tribu adecuada” –desde sus respectivas perspectivas tribales todas lo son, claro-. Ante esto el progreso personal no es posible.

Como recuerda el profesor Caja «la raza manda, es un fatalismo -el término es del propio Robert- frente al que la voluntad política nada podrá». Estamos ante la famosa distinción de Ignatieff entre nación étnica –la definida por los valores imaginarios del agregado escogido- y nación cívica –la determinada por los derechos de ciudadanía-. Pere Bosch Gimpera distinguirá entre el pueblo, lo auténtico y esencial, y el estado, lo falso y contingente e impotente ante aquel. Así lo describe Prat de la Riba:

«que España no es nuestra patria [...] que el Estado es una entidad artificial, que se hace y deshace por voluntad de los hombres, mientras que la patria es una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres».

Adiós, por tanto al concepto universal de ciudadanía; en su lugar la sociedad queda dividida entre buenos y malos, puros e impuros con algún hereje de por medio.

Observemos ahora estos dos textos, este del Doctor Bartomeu Robert en su discurso del Ateneo de 1900:

«El hombre, considerado en el concepto de su conformación física, a pesar de la multiplicidad de los órganos que lo componen, no es más que una inmensa federación celular. La Nación en el concepto orgánico, no es otra cosa que una numerosa agrupación de hombres los cuales vienen a representar, respecto del conjunto, una manera de células sociales»,


Y este de Martí i Julià:

«Los pueblos, los núcleos sociales diferenciados, las nacionalidades, son organismos vivos en los cuales se encuentran todas las funciones y actividades que posee la personalidad humana. Son organismos más superiores aún que los humanos porque poseen funciones intelectuales y morales más desarrolladas, más extensas, más complejas, y porque puede decirse que son organismos más conscientes y con mayor conocimiento de todos los atributos, antecedentes y accidentes. El elemento fundamental de estos organismos sociales es la personalidad nacional, que no está precisamente localizada en el individuo, porque es imposible que la individualidad sea pura y sin defectos, pero que, aunque se encuentra en el conjunto de todos los individuos, es la expresión de una suma de individualidades con las menos imperfecciones posibles».

En el tribalismo las personas quedan reducidas a células del organismo superior –y Martí i Juliá explicita lo superior que es éste-, lo que quiere decir a que las personas siempre serán subordinables a la tribu. Este es el último y devastador ataque contra el principio ilustrado –y kantiano- del valor absoluto de la persona. Adiós a los derechos individuales; bienvenidos los derechos de los pueblos y las lenguas.

Hemos dicho desde el principio que el impulso tribal está en la naturaleza humana. ¿Qué es lo que ofrece a la persona, tentándola a abdicar de la libertad, la igualdad, y la ciudadanía? Pues lo habitual: la tribu ofrece calor, certeza, elusión de responsabilidad, sentido a la vida e inmortalidad: «El individuo y la raza son eternos a través del soma, que pasa de padres a hijos y no muere». [6] 

Por supuesto el tribalismo marcha invocando todos los valores que va destruyendo en su camino. Por supuesto apela continuamente a la democracia, con la que es incompatible: hay que estar en guardia ante los espejismos que conjura, a base de convertir los valores ilustrados en palabras bonitas y huecas. Quizás el caso más llamativo sea el de la diversidad, a la que el tribalismo aborrece, y que invoca para construir parcelas que no puedan contaminarse al contacto con el otro: en ningún sitio es más visible este temor al contagio que cuando el nacionalismo reclama un estado, puro e incontaminado, para la tribu.

En el segundo tomo de La raza catalana Francisco Caja explica como el pujolismo, sin alterar en absoluto el contenido tribal del nacionalismo catalán, cambia la racionalización racista por la étnico-cultural- lingüística. Lo veremos en una próxima entrada.

La raza catalana (Volumen 1). Francisco Caja López (2009).


NOTAS:

[1] Francisco Caja recuerda estos comentarios de Hitler recogidos por Martin Bormann: «Hablamos de raza judía por comodidad de lenguaje, puesto que no existe, propiamente hablando, y desde el punto de vista de la genética, una raza judía. Sin embargo, existe una realidad de hecho a la que, sin la menor duda, se puede otorgar esta calificación que es incluso admitida por los mismos judíos (…) La raza judía es ante todo una raza mental».

[2] Prat de la Riba.

[3] Prat de la Riba lo revelará ingenuamente «éramos catalanes y nada más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, profundamente, lo que éramos, lo que era Cataluña; esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor, como la primera, sino el odio».

[4] A excepción de Bosch Gimpera, de quien hablaremos en su momento.

[5] Francisco Caja afirma que la lengua de los nacionalistas «es un devorador de cuerpos, un super-organismo que tiene derechos imprescriptibles, que impone deberes, que exige fidelidad absoluta, una lealtad inexcusable, que toma posesión de los cuerpos».

[6] Bosch Gimpera.

Imágenes: 1) Francisco Caja; 2) Enric Prat de la Riba; 3) Domènec Martí i Julià; 4) Pompeu Gener; 5) Pere Bosch Gimpera; 6) Estatua al doctor Robert en Sitges.

martes, 27 de marzo de 2018

EL DILEMA DEL PRISIONERO


Keawe [1] está desesperado y a primera vista no se entiende por qué. Es poseedor de una botella mágica que le proporciona todo tipo de riquezas y ventajas. La adquirió por 2 céntimos y le sirvió para curar a su mujer, gravemente enferma, y para vivir en un palacio repleto de lujos. El problema es que la botella es del diablo: la puso en circulación en su momento por un precio elevado con dos condiciones: a) sólo puede cambiar de titularidad si alguien la adquiere, por billetes o monedas enteras, a un precio inferior al que pagó el último comprador; b) el poseedor que muera sin haberse desembarazado de ella por esta vía irá directamente al infierno. Dado que Keawe pagó dos céntimos tiene que venderla por uno, y aquel que la adquiera ya no podrá desprenderse de ella al no haber ninguna moneda inferior. ¿Quién la adquiriría en estas condiciones, sabiendo que es un pasaporte seguro hacia el infierno? Keawe debería haber sabido que nunca se desprendería de ella, y si la compró fue exclusivamente para salvar a su mujer. Pero ¿y el anterior propietario? ¿Cómo se atrevió a comprarla sabiendo que aquél a quien a vendiera ya no podría librarse de ella? ¿Y el anterior? Es evidente que cuando la botella tenía un precio elevado –digamos 10.000 $- era fácil de vender por un precio de 9.999 $. Pero ¿en qué momento misterioso la botella se convirtió en algo intransmisible?

El economista Martin Shubik diseño un juego similar llamado “la subasta del dólar”, aunque yo sugiero que imaginen un billete de 50€. El juego es el siguiente: los jugadores pueden pujar para llevarse el billete. Se trata en parte de una puja ordinaria, en la que cada uno tiene que superar la puja precedente y el mejor postor se llevará el billete; pero existe una condición adicional: aquel que haga la segunda mejor puja debe pagar esa cantidad sin llevarse nada a cambio. Es tentador y parece seguro - tentación y seguridad parecen ser los parámetros clave del juego- realizar las primeras pujas: 1 céntimo por un billete de 50€. Y así las siguientes. Pero al igual que con la botella del diablo, hay un momento en que la cosa se tuerce. ¿Hasta dónde llegarán las pujas? Cabría pensar que hasta 50€, pero no es así: en ese momento el asunto ha adquirido una dinámica propia. El licitador que acabe pujando 50€ por el billete de 50€ -anulando así todo beneficio- tiene detrás al penúltimo licitador que deberá pagar la cantidad ofertada previamente –digamos 49€-. Éste estará entonces tentado a ofrecer 51€ por el dichoso billete disminuyendo su pérdida de 49€ a 1€. Obsérvese que el juego, que ha empezado como una posibilidad de ganancia, se ha convertido sin transición aparente en un intento desesperado de evitar pérdidas. Pero si se produce la puja por 51€ el anterior licitador tiene ante sí un nuevo dilema: la pérdida cierta de 50€ o la probabilidad de limitar la pérdida a 2€. Y así en adelante.


Hay juegos que tienen una solución racional. Este es el caso del reparto de una tarta entre dos personas cuando se asigna a una de ellas la tarea de cortarla y a la otra la de elegir el trozo que prefiera. Si asumimos que ambos jugadores pretenden llevarse el máximo de tarta, es obvio que el segundo jugador escogerá el trozo más grande de los que el primero haya producido, y éste, por tanto, se llevará el menor. De este modo la estrategia del cortador debe estar dirigida a maximizar el mínimo que sabe que inevitablemente se va a llevar, y eso lo consigue cortando la tarta en dos partes iguales. Esto se conoce como “teorema minimax”, que establece que en los juegos bipersonales de suma cero, donde cada jugador conoce de antemano la estrategia de su oponente y sus consecuencias, existe una estrategia que permite a ambos jugadores minimizar la pérdida máxima esperada. Fue enunciado por el matemático John Von Neumann en 1928 en un documento titulado “Teoría de juegos de salón”. Años más tarde, en 1944, Von Neumann y el economista de Princeton Oskar Morgenstern, publicarían “Teoría de juegos y comportamiento económico”.

¿Hay entonces una vía racional de acción ante cada dilema? Desgraciadamente no. En 1949 la URSS detonó su primera bomba atómica, mucho antes de lo previsto por occidente, iniciando así la carrera nuclear; era una situación única en la historia, en la que un país podía alcanzar la fuerza suficiente para borrar por completo a sus enemigos del mapa. En 1950 surgieron muchas voces en Estados Unidos pidiendo a Truman que lanzase un ataque devastador contra la URSS. La que tuvo más difusión fue la del Secretario de Estado de Marina Francis P. Matthews, que urgió a los americanos a convertirse en “agresores por la paz”; a continuación el presidente recibió cientos de cartas cuya lectura resulta bastante descorazonadora. Un pastor presbiteriano escribió a Truman: «Estamos un 110% a favor de su idea de bombardear a Stalin. Cuando en la granja queremos librarnos de las mofetas que matan nuestros pollos, vamos a sus guaridas y las volamos; con Stalin igual que con las mofetas, vuélelo y dele lo que se merece». Otros fueron aún más lejos y sugirieron bombardear también China. Por lo general tampoco los que se manifestaban horrorizados ante la idea de volatilizar fríamente cientos de miles de vidas conseguían racionalizarlo con claridad. Algunos llegaron a atribuirlo a una conjura del Vaticano –Matthews era un ferviente católico- destinada a que las superpotencias se destruyeran entre sí para gobernar sobre las ruinas resultantes. Otros compararon al Secretario de Estado con Hitler, el propio Stalin, e incluso la Inquisición española. Es curioso comprobar que la mayoría de ellos, estuvieran a favor o en contra del bombardeo, parecían convencidos de que todo el mundo compartía su respectiva opinión.


Pero no sólo eran anónimos ciudadanos –y Matthews- los que se manifestaban a favor del “ataque preventivo”. Bertrand Russell abogó decididamente por un ultimátum a la URSS seguido por un inmediato ataque en caso de que ésta no aceptase renunciar a su soberanía a favor de un gobierno mundial de los Estados Unidos [2]. El propio Von Neumann fue más directo: «Si me preguntan por qué no bombardearlos mañana contestaré ¿por qué no hoy? Si me dicen “hoy a las cinco” contestaré ¿por qué no a la una?». La carrera armamentística nuclear puede ser vista como un clásico ejemplo del “dilema del prisionero”. Fue formulado por primera vez en 1950 por Merril Flood y Melvin Dresher [3] de la RAND Corporation, un think tank dedicado, ente otras cosas, a estudiar estrategias para la nueva era nuclear. Imaginemos a dos delincuentes que han asaltado un banco y son detenidos por la policía, que no tiene pruebas concluyentes contra ellos. Los encierran en distintas celdas, y a cada uno de ellos por separado les proponen simultáneamente un mismo trato: tenemos suficientes pruebas para meteros un año en la cárcel por un cargo menor, pero si delatas a tu compañero quedarás libre y a él lo condenaremos cuatro años; no obstante, si ambos os delatáis recíprocamente os condenaremos a ambos a tres años de cárcel. El dilema se puede representar de la siguiente forma:

“Traicionar” equivale a delatar al compinche, y “cooperar” a renunciar a hacerlo. En cada celda está el resultado entre paréntesis medido en años de prisión, correspondiendo el primer término al jugador 1. Por ejemplo, en la celda superior derecha el resultado (-4, 0) refleja que si el delincuente/jugador 1 coopera, y el delincuente/jugador 2 traiciona, el primero es condenado a cuatro años y el segundo queda libre -el signo negativo hace referencia a que el resultado es desfavorable-.

Es evidente que el mejor resultado en conjunto es el representado en la celda superior izquierda: ambos cooperan y reciben un año de condena cada uno. Sin embargo obsérvese desde este punto de vista: para cada jugador, independientemente de lo que haga el otro, lo más “racional” –el resultado esperado es superior- es traicionar. Obsérvese desde la perspectiva del jugador 2. Si el jugador 1 ha cooperado, el 2 queda libre si ha traicionado y es condenado a un año si ha cooperado a su vez; si el 1 ha traicionado, el 2 es condenado a 3 años si ha traicionado a su vez, y a cuatro años si le ha ocurrido cooperar. En este último caso además, se le ha quedado cara de tonto, cosa que no es relevante a efectos de teoría de juegos pero sí en el mundo real. Pero, si desde la perspectiva de cualquiera de los jugadores, es más rentable traicionar, es inmediato que se den cuenta de que el otro se encuentra en una posición simétrica. De modo que la solución “racional” al que los jugadores del dilema del prisionero se ven impulsados es la celda inferior derecha (-3, -3): ambos traicionan y reciben tres años de condena. Lo perturbador del dilema es que parece conducir a una solución distinta a lo requerido por el bien común: casilla superior izquierda (-1, -1).


En Doctor Strangelove Kubrick presentaba el precario equilibrio nuclear entre los bloques americano y soviético como una pesadilla, un momento de locura protagonizado por unos políticos chiflados dominados por la testosterona [4]. Ojalá hubiera sido así: querría decir que en realidad había existido una solución racional al problema. Pero obsérvese la decisión de Estados Unidos y la URSS de aumentar su arsenal nuclear y compárese con el dilema del prisionero: ambos países habrían estado mejor si ninguno la hubiera emprendido, pero el dilema los empujaba a una desdichada espiral armamentística. Desgraciadamente en política el dilema del prisionero no es infrecuente.

Hay un motivo para la esperanza. En el mundo real la mayoría de los dilemas del prisionero son iterados -se van repitiendo-. Y ante un dilema del prisionero iterado la cooperación sí es la mejor estrategia. Consiste en comenzar cooperando y efectuar el siguiente movimiento en función de lo que haya hecho el oponente: si a su vez cooperó se continúa cooperando, y si traicionó es traicionado en la siguiente jugada. Es lo que en inglés se conoce como tit for tat, es una estrategia evolutivamente estable –la teoría de juegos también se aplica en psicología evolutiva- y parece explicar que nuestra tendencia natural a la equidad –o, si lo prefieren, nuestra tendencia a penalizar a los aprovechados- es uno de nuestros módulos morales más sólidos. Más sobre esto otro día.




Notas:
[1] El diablo de la botella, Robert Louis Stevenson.
[2] Obsérvense los niveles de inhumanidad a los que conduce una aplicación “racional” del utilitarismo.
[3] Aunque el nombre, y esquema más conocido, se debe a Albert Tucker, también de la RAND Corporation.
[4] El sexo es omnipresente en la película, que comienza con misiles alzándose en amenazadoras erecciones y bombarderos copulando con aviones nodriza, y culmina con orgásmicas explosiones nucleares. Recordemos además que el general Ripper –fíjense en los nombres de todos los protagonistas- desencadena el conflicto por una impotencia sobrevenida que atribuye a una conspiración soviética.

¿Desean saber más? Lean El dilema del prisionero, de William Poundstone. También pueden aproximarse a los fundamentos matemáticos de la teoría de juegos a través del curso impartido por la Universidad de Stanford a través de Coursera.

domingo, 18 de marzo de 2018

MAS INFORMACIÓN, PEOR INFORMADOS


Tocqueville y Stuart Mill nos previnieron contra la tiranía de la mayoría, la sofocante unanimidad intelectual creada por las corrientes emocionales dominantes, generadas a su vez por el movimiento de la masa social. Y también nos recomendaron los antídotos adecuados para combatirla: la libertad de expresión (Mill) y la prensa libre (Tocqueville). Ellos posibilitarían la libre circulación de opiniones que, confrontadas en el campo de la argumentación, harían que prevalecieran la razón y la verdad. Cabría pensar que en el mundo de internet, con la facilidad de circulación de la información, habríamos conseguido un campo fértil para que las mejores ideas floreciesen. ¿Está ocurriendo así? Dos artículos parecen indica que la mayor accesibilidad al conocimiento no está consiguiendo una sociedad mejor informada.

El primero, de Manuel Toscano en Vozpopuli, habla sobre el avance de la falsedad en la era digital. El artículo –léanlo, lo explica mejor que yo- recoge un estudio de Vosoughi, Roy y Aral realizado sobre Twitter según el cual, en las redes, la fuerza de propagación de la mentira es mucho mayor que la de la verdad. Según el estudio las historias falsas alcanzan a más personas, lo hacen más rápidamente y son mucho más retuiteadas que las verdaderas. Esto se acentúa en el caso de las noticias políticas. El éxito de la mentira no parece estar en la habilidad o dedicación de los propagadores, ni tampoco en los dichosos bots. El atractivo está en las propia mentiras, mucho más emocionantes que la aburrida verdad y más aptas para captar eficazmente nuestra atención. Dicho de otro modo, el éxito de la mentira está en nuestra propia estructura biológica. Los intentos, por cierto, por neutralizarlas son con frecuencia contraproducentes, efecto detectado por Lakoff que hace que muchos afectados renuncien a la defensa en un intento de no convertir bulos en elefantes.

«Las redes sociales funcionan como máquinas de polarización», dice Toscano, y eso nos lleva al segundo de los artículos, éste del NYT: YouTube, the great radicalizer de Zeynep Tufecki. Describe cómo los algoritmos que utiliza YouTube para detector un patrón de preferencias en el usuario acaban conduciéndolo a las versiones más extremas de estas. Como cuenta la autora, si busca contenidos sobre Trump YouTube le acaba sugiriendo noticias sobre supremacistas blancos; y si es sobre Clinton es muy posible que acabe atendiendo a teorías conspirativas sobre el 11-s. Como si el algoritmo de Youtube fuera continuamente subiendo la puja hacia lo más radical de la opción escogida. ¿Una exageración? Parece que no. En una investigación conducida por el WSJ –apoyada por un ex ingeniero de Youtube- se concluyó que, en efecto, cuando el usuario manifiesta su interés por noticias relacionadas con la derecha o la izquierda moderadas acaba siendo llevado a sus versiones más extremas.

Esto no es porque los ingenieros de YouTube sean unos supervillanos empeñados en destruir el mundo. Sencillamente, quieren atraer audiencia porque viven de los anunciantes, y todo parece indicar que la audiencia es mejor enganchada cuanto más desaforada es la historia. Con esto volvemos a nuestra estructura biológica: detrás de nuestra curiosidad hay rasgos evolutivos y sesgos cognitivos que quizás estén mal adaptados a nuestra sociedad de la información- Y del mismo modo en que nuestro gusto por el azúcar y la grasa está mal adaptado a una sociedad de abundancia, Youtube y las redes podrían estar sobrealimentando una curiosidad morbosa poco adaptada a la búsqueda fría de la verdad.

En todo caso esto es alarmante, porque quiere decir que el algoritmo del YouTube acaba dando más visibilidad a las tendencias más extremas, y premiando al político incendiario frente al moderado. Todos conocíamos la existencia del sesgo confirmatorio, nuestra tendencia a buscar exclusivamente la información que confirme nuestra opinión. Lo que no sospechábamos era la capacidad de la tecnología para exacerbarlo y llevarnos a la polarización. Curiosamente, la información más accesible no parece estar consiguiendo que el “mercado de las ideas” funcione mejor.

domingo, 4 de marzo de 2018

ISAIAH BERLIN O EL LIBERALISMO CAUTELOSO


Parte 1. El dogma invisible.

“Siglo de las Luces” es el título perfecto para el relato de la Ilustración: el momento magnífico en que la razón y el conocimiento aportarían la luz que disiparía las tinieblas de la superstición y la ignorancia en las que, voluntaria o involuntariamente, se había sumergido y esclavizado a la humanidad.

«La reorganización racional de la sociedad pondría fin a la confusión espiritual e intelectual, al reinado del prejuicio y la superstición, a la obediencia ciega a dogmas no examinados, y a las estupideces y crueldades de los regímenes opresivos que esas tinieblas intelectuales habían engendrado y promovido».

Lo que sin duda nació fue la era de las ideologías: visiones sobre la organización de la sociedad nacidas de los propios gustos y fobias de sus autores, presentadas con el envoltorio de la razón, y destinadas a sustituir las antiguas religiones con sus propios profetas, herejes e infiernos. Con la vista puesta en los avances de las ciencias naturales, estas visiones asumieron inadvertidamente un dogma: en algún sitio está la respuesta correcta. De algún modo la razón permitirá encontrar la fórmula científica que, con la limpieza de una ecuación, permita definir una sociedad ideal en la que todos los valores convivan armoniosamente.

«En algún momento comprendí que lo que todas estas visiones tenían en común era un ideal platónico: en primer lugar que, como en las ciencias, todas las preguntas auténticas deben tener una respuesta y sólo una, siendo las demás, necesariamente errores; en segundo lugar, que debe haber un camino seguro hacia el descubrimiento de estas verdades; en tercer lugar, que las auténticas verdades, una vez descubiertas, necesariamente deben ser compatibles entre sí y formar un todo común, pues una verdad no puede ser incompatible con otra».


Parte 2: la incompatibilidad de los valores


Cuando Isaiah Berlin leyó a Maquiavelo descubrió que consideraba las virtudes cristianas incompatibles con las de un gobernante que, siguiendo el modelo de los romanos, pretendiera llevar a su país a la grandeza. No es que Maquiavelo antepusiera las virtudes romanas a las cristianas; sencillamente advertía de que el gobernante que lo hiciese difícilmente podría ejecutar con éxito su tarea:

«La idea que esto sembró en mi mente fue la percatación (con un sobresalto) de que no todos los valores supremos buscados por la humanidad, antes y ahora, son necesariamente compatibles».


A continuación descubrió sucesivamente a Gianbattista Vico y a Johann Gottfried Herder. Ambos veían las culturas y civilizaciones como diferentes soluciones a las necesidades humanas; distintos modos de combinar los valores obteniendo cócteles distintos a partir de ellos. Cada una de estas culturas tiene lo que Vico denominaba su “centro de gravedad” en torno al que se articula su existencia. Un espectador proveniente de otra cultura puede asomarse a ella, como hace el turista que visita lugares diferentes. Pero para vivirla plenamente tendría que sumergirse en ella, entrar en un medio diferente del propio con sus reglas particulares:

«Pero no hay una escala de ascenso de los antiguos a los modernos. Si esto es así, tiene que ser absurdo decir que Racine es un poeta mejor que Sófocles, que Bach es un Beethoven rudimentario, que, digamos, los pintores impresionistas son la cúspide a la que aspiraron pero no alcanzaron los pintores de Florencia. Los valores de esas culturas son distintos y no necesariamente compatibles entre sí».

A la asunción inconsciente de que todos los valores son compatibles entre sí, y que por tanto se trata sencillamente de resolver el rompecabezas en el que encajarán limpiamente, Roger Scruton lo llamará “falacia de la agregación”.

«El concepto del todo perfecto, la solución última, en que coexisten todas las cosas buenas, me parece no sólo inalcanzable —esto es una perogrullada— sino conceptualmente incoherente; no entiendo lo que significa una armonía de esta índole. Algunos de los grandes bienes no pueden vivir juntos. Esta es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable.».

En concreto, hay dos valores humanos básicos que no son estrictamente compatibles entre sí: la libertad y la igualdad

«Tanto la libertad como la igualdad se encuentran entre las metas básicas que los seres humanos han buscado durante muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total de los poderosos, de los talentosos, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y los menos dotados».

Robert Nozick demostrará que la igualdad en los resultados sólo puede conseguirse sofocando la libertad; y que, de manera recíproca, la libertad desbarata la igualdad.

Berlin llegó a esta conclusión a través de Maquiavelo, Vico y Herder; otros lo han conseguido por otros caminos menos tortuosos. En todo caso ¿no lleva esto al relativismo? ¿No lleva a la convicción de que las culturas no son comprensibles entre sí y mucho menos comparables y juzgables? Berlin entiende que no:

«“Yo prefiero el café, tú prefieres la champaña. Tenemos gustos diferentes. No hay nada más que decir.” Esto es relativismo. Pero la opinión de Herder, y la de Vico, no es ésa, sino lo que yo describiré como pluralismo: es decir, la concepción de que existen muchos fines distintos que los hombres pueden buscar y, sin embargo, seguir siendo hombres plenamente racionales, hombres completos, capaces de entenderse unos a otros y de simpatizar entre sí (…) Desde luego, si no tuviéramos algunos valores en común con estas figuras distantes cada civilización estaría encerrada en su propia burbuja impenetrable y no podríamos comprenderlas en absoluto».

Jonathan Haidt desarrollará la teoría del ecualizador moral para describir como, a partir de unos mismos valores, distintas culturas o ideologías enfatizan unos u otros llegando a soluciones completamente diferentes –la intención de Haidt es, precisamente, demostrar que en ideologías aparentemente opuestas, como las de demócratas y republicanos, subyacen valores comunes diferentemente ecualizados-. Posiblemente es esto a lo que hace referencia Berlin en su estudio de Vico y Herder. Al final los valores subyacentes son humanos y por tanto comprensibles entre humanos; de otros modo nos acercaríamos a culturas diferentes con la misma perplejidad que a los extraterrestres de Villenueve [1].



Parte 3: el peligro de la utopía.

Pero la búsqueda del ideal platónico no sólo es descabellado: ha demostrado ser muy peligroso. Posiblemente el primero que lo vio fue Herzen:

«La respuesta a todo esto fue dada hace más de un siglo por el radical ruso Alexander Herzen. En su ensayo Desde la otra orilla, que en efecto es un obituario de las revoluciones de 1848, dijo que durante su tiempo había surgido una nueva forma de sacrificio humano, es decir, seres humanos en los altares de abstracciones como nación, Iglesia, partido, clase, progreso o las fuerzas de la historia. Todas ellas fueron invocados en su época y en la nuestra; si éstos exigen la matanza de seres humanos, habrá que satisfacerlos».


Este es  el origen de los horrores de nacionalismos y totalitarismos. La causa de las terribles matanzas del siglo XX está en la asunción inadvertida de esta sencilla idea:

«Algunos profetas armados tratan de salvar a la humanidad, y algunos otros sólo a su propia raza por causa de sus atributos superiores, pero cualquiera que sea el motivo, los millones sacrificados en guerras o revoluciones — cámaras de gas, gulag, genocidio, todas las monstruosidades por las que será recordado nuestro siglo— son el precio que los hombres deberán pagar por la felicidad de las generaciones futuras. Si vuestro deseo de salvar a la humanidad es sincero, habréis de endurecer vuestro corazón y no calcular el costo».


«Yo sé que estáis equivocados, yo sé lo que necesitáis, lo que todos los hombres necesitan; y si hay resistencia, basada en la ignorancia o en la malevolencia, entonces debe ser quebrantada, y cientos de miles habrán de perecer para que millones sean felices para siempre. ¿Qué otra opción nos queda a quienes poseemos el conocimiento, que estar dispuestos a sacrificarlos a todos?».


En resumen:

«La posibilidad de una solución final (…) resulta ser una ilusión; y una ilusión muy peligrosa. Pues si realmente creemos que es posible semejante solución, entonces, sin duda, ningún costo será excesivo para alcanzarla: para hacer que la humanidad sea justa y feliz, creadora y armoniosa para siempre… ¿qué precio podría ser excesivo? Para hacer semejante tortilla, sin duda no hay límite al número de huevos que deban romperse: tal fue la fe de Lenin, de Trotsky, de Mao y, hasta donde yo sé, de Pol Pot. Puesto que yo conozco el camino único hacia la solución última del problema de la sociedad, sé por dónde guiar a la caravana humana. Y puesto que vosotros sois ignorantes de lo que yo sé, si se quiere alcanzar la meta no se os puede permitir la libertad de elección ni siquiera dentro de los límites más estrechos (…) Lo único de lo que podemos estar seguros es de la realidad del sacrificio, de los moribundos y los muertos. Pero el ideal por el que mueren sigue sin realizarse. Hemos roto los huevos y crece el hábito de romperlos pero la tortilla sigue invisible».



Conclusión: la democracia liberal como tolerancia

«Si la antigua fe en la posibilidad de realizar la armonía última es una falacia y si son válidas las posiciones de los pensadores a quienes ha acudido —Maquiavelo, Vico, Herder, Herzen— entonces, si aceptamos que los grandes bienes pueden chocar, que algunos de ellos no pueden vivir juntos, aunque otros sí puedan —en resumen, que no es posible tenerlo todo, ni en principio ni en la práctica— y si la capacidad creadora humana puede depender de toda una variedad de elecciones que se excluyen mutuamente, entonces, como una vez preguntaron Chernyshevski y Lenin: “¿Qué hacer?” ¿Cómo elegimos entre distintas posibilidades? ¿Qué y cómo debemos sacrificar, en aras de qué? Me parece a mí que no hay una respuesta clara».

Y a continuación él mismo aventura una respuesta:

«Lo mejor que puede hacerse, por regla general, es mantener un equilibrio precario que impedirá que surjan situaciones desesperadas, elecciones intolerantes: tal es el primer requerimiento para una sociedad decente, por la que siempre podamos esforzarnos a la luz de la limitada gama de nuestro conocimiento y aun de nuestra imperfecta comprensión de personas y sociedades. En estas cuestiones es muy necesaria cierta humildad. Ésta puede parecer una respuesta muy tibia, no el tipo de cosa que quisieran los jóvenes idealistas para, en caso necesario, luchar y sufrir por ella, por la causa de una sociedad nueva y más noble».

Esta es, en realidad, la aportación más importante de Isaiah Berlin a la democracia liberal: la tolerancia. Y esto es lo que la distingue de todos esos credos políticos basados en la confrontación. De aquellos que conciben la realidad como lucha de clases, de razas o de identidades, y que dividen así el espacio político entre amigos y enemigos a los que hay que pulverizar para alcanzar a la felicidad. No es un descubrimiento menor, desde luego.

Sólo cuando cabalmente se entiende esto, que nuestro conocimiento es limitado, que no hay recetas únicas milagrosas, que los valores compiten entre sí, que con frecuencia hay que llegar a transacciones y compromisos, que el adversario puede tener razón, y que la argumentación racional como el único campo en el que las ideas pueden batirse –y que el fair play intelectual exige aceptar ser derrotados por argumentos superiores-, se entiende que la acción política debe estar dominada por la cautela, muy alejada de posiciones maximalistas a la que sólo pueden aspirar los fanáticos. Esto, desde luego, no es muy estimulante para los buscadores de certezas y seguridades.

«Felices los que viven bajo una disciplina que aceptan sin cuestionar, que libremente obedecen las órdenes de sus jefes, espirituales o temporales, cuyo mundo es cabalmente aceptado como una ley inquebrantable; o quienes, por sus propios métodos, han llegado a convicciones claras e inquebrantables sobre lo que deben hacer y lo que deben ser, y que no admiten una posible duda. Sólo puedo decir que quienes yacen en tan confortables lechos de dogma son víctimas de formas de una miopía causada por ellos mismos, con unas anteojeras que pueden dejarlos contentos, pero no darles un entendimiento de lo que es ser humanos».

Desgraciadamente el de la democracia cautelosa no es un relato épico, y por tanto no es apto para despertar emociones. Este es nuestro problema y este debe ser nuestro objetivo: transformarlo en un relato cautivador capaz de desmentir la burlona afirmación de Foxá [2]. Este, creo, es el reto que tendremos que superar con éxito si queremos preservar el oasis.

Isaiah Berlin. El estudio adecuado de la humanidad: una antología de ensayos. La búsqueda del ideal.

Notas
[1] Vean la frustrada película La llegada. Mejor aún, no la vean y lean Fiasco de Stanislaw Lem.
[2] Foxá decía, más o menos, que es glorioso morir por la patria, pero pedir a alguien que lo haga por la democracia es como pedirle que se sacrifique por el sistema métrico decimal. Tampoco se trata de pedir a nadie que muera, obviamente.

domingo, 25 de febrero de 2018

DE DISPARATES Y ATROPELLOS


Hoy escribo en Vozpópuli sobre la imposición del catalán en la sanidad de Baleares.