domingo, 15 de abril de 2018

LA RAZA CATALANA

Entrevista a Francisco Caja en La Gaceta (11 de julio de 2016): “El catalanismo desde un punto de vista doctrinal debe ser colocado entre las filas de lo que se denomina técnicamente la raciología (…) Se estudian los textos y se constata la existencia de una raza catalana con unas características singulares”. La raza es, ha sido siempre, una «diferencia» de naturaleza espiritual, manifiesta el presidente de Convivencia Cívica Catalana, que explica que la definen fundamentalmente, porque no pueden recurrir a otra cosa, por rasgos espirituales, una diferencia espiritual en relación al otro, al enemigo, que es el castellano.


Esta es, pues, la tesis básica de La raza catalana: «Este libro sostiene que el núcleo de la doctrina catalanista es la doctrina de la raza». Como es natural, a partir de la segunda guerra mundial este fundamento está cuidadosamente disimulado: «Si uno dijera: los inmigrantes son una raza inferior que amenaza la pureza de sangre de la raza catalana sería inmediatamente tachado de racista. Consecuentemente la forma de burlar esa “prohibición” es transferir la estructura que se contiene en esa fórmula a términos “abstractos” o “metafóricos”, que expresan lo mismo pero consiguen “hacer pasar” el contenido prohibido-reprimido». ¿Y la raciología qué es? «Su presupuesto es la existencia de una diferencia espiritual irreductible entre los grupos humanos, esto es, su desigualdad esencial, observable en sus manifestaciones “materiales”».

«Die Religion ist einerlei. In der Rasse liegt die Schweinerei» No importa lo que reza; la condición del cerdo está en la raza. Esta es la traducción aproximada de un ripio, dedicado a los judíos, que circulaba en la Alemania de los años 30. Tras la llegada del nacionalsocialismo al poder un Decreto de 7 de abril de 1933 ordenó la expulsión de funcionarios de “ascendencia no aria”. Faltaba entonces definir los criterios raciales que permitirían distinguir a los arios de los no arios, y un reglamento de 11 de abril hizo una primera aproximación: no arios serían aquellos que tuvieran un progenitor o un abuelo judío. ¿Y cómo se detectaría a estos? Pues no por la sangre, o por criterios físicos tales como la curvatura de la nariz, sino por la religión que practicaban. En 1935, en una de las masivas manifestaciones de Nuremberg, Hitler ordenó que se redactara inmediatamente una “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes” –obsérvese la mezcla de aspectos físicos y espirituales-. Su forma definitiva se alcanzó un par de meses después en la Primera Ordenanza de la Ley de Ciudadanía del Reich, que dividió, a través de una casuística complicada, a los no arios entre judíos y Mischlinge –mezclados-: sobre los judíos recaería toda la acción criminal nazi. Lo importante –y sorprendente- es constatar que, a pesar de llamarse “leyes raciales”, el criterio seguía sin ser racial sino religioso; y lo determinante ni siquiera sería la religión del afectado, sino la de sus antecesores [1].

Por tanto ni siquiera el mayor de los racialismos es racista: ésta no es más que una etiqueta para el potente impulso destructivo que subyace. ¿Y cuál es este? Llámese racialismo, nacionalismo, etnicismo o supremacismo ante lo que estamos es ante la necesidad de definir un agregado de personas –una tribu, un clan, una raza, una etnia, una nación- a la que se atribuye una superioridad espiritual:

«Los pueblos (...) son principios espirituales. En vano se querrá dar de ellos una explicación geográfica, etnográfica o filológica. El ser y esencia del pueblo están, no en las razas ni en las lenguas, sino en las almas. La nacionalidad es, pues, un Volkgeist, un espíritu social y público». [2] 


Como la definición se hace por contraposición a un enemigo -que funciona como el espejo deformado del agregado ideal- el catalizador es el odio. [3]. Sí, uno de los atractivos de este movimiento es la canalización del resentimiento y la frustración, y por eso los brotes más virulentos se producen en las crisis más profundas. Se suele asociar el nacionalismo al romanticismo, pero este impulso primordial –construcción especular del agregado propio y el enemigo- es obviamente muy anterior. Según Tony Blair nació cuando el primer troglodita se asomó desde su cueva y, señalando hacia afuera con su cachiporra, dijo: ahí está el enemigo. Propongo, por tanto, “tribalismo” para describir este fenómeno.

Es importante entender que este impulso está inscrito en nuestros genes. La democracia liberal –el oasis- es una construcción cultural; la disolución en la tribu- el desierto- es una tendencia biológica. Por eso la segunda es mucho más potente que la primera, lo que dificulta notablemente la defensa del oasis.


He aquí unas pinceladas de muestra. Observen qué parecida es esta dicotomía de Domènec Martí i Julià a las que hacía Sabino Arana entre vascos y maketos: no falta ni el organillo que tanto atribulaba al patriota vasco:

«En Cataluña (¡que siempre lo podamos decir!) no existen los dos terribles elementos que son más expresivos de la decadencia de los pueblos: los atentados a las personas y el vicio de la bebida. Los atentados a las personas [...] son cometidos la inmensa mayoría de veces por individuos forasteros. [...] Lo mismo puede decirse de los borrachos: son pocos y no de casa. Poseyendo nuestra personalidad nacional caracteres antropológicos y sociales de tanto valor, clama al cielo que se permitan costumbres tan desnaturalizadoras como -la estampa es el retrato mismo de la corrupción-: ‘En una mala barraca, en la penumbra, en la que corrientes de aire helado hieren los pulmones como puñaladas, mientras un piano de manubrio excita apetitos infames con sus toques indecentes de la flamenquería castellana’».


O la teoría de Pompeu Gener:

«El problema está entablado entre la España Lemosina, Aria de origen y por tanto evolutiva, y la España Castellana, cuyos elementos Presemíticos y Semíticos, triunfando sobre los Arios, la han paralizado, haciéndola vivir sólo de cosas que ya pasaron».

«España está paralizada por una necrosis producida por la sangre de razas inferiores como la Semítica, la Berber y la Mogólica, y por espurgo que en sus razas fuertes hizo la Inquisición y el Trono, seleccionando todos lo que pensaban, dejando apenas como residuo más que fanáticos, serviles e imbéciles».

«La raza del Centro que quería pasar por superior y culta, resulta bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África».

… sin olvidar, por supuesto, su explicación química de la diferencia:

«La atmósfera de Madrid es pobre en helio y argón, y en sus aguas faltan el ‘krypton, el neon y el xenon’, de forma que en Madrid «la inteligencia tiene que funcionar mal por fuerza, por la deficiente nutrición del cerebro».

Tampoco es que sea mucho más sofisticada la distinción que hace Enric Prat de Riba entre las mentalidades catalana y castellana:

«la una positiva y realista, la otra fantasiosa y charlatana; la una llena de previsión, la otra el colmo de la imprevisión; la una ligada a la corriente industrial de los pueblos modernos, la otra nutrida de prejuicios de hidalgo cargado de deudas e inflado de orgullo. Éstos son los rasgos distintivos propios de los dos pueblos que son la antítesis uno del otro por la raza, el temperamento y el carácter; por el estado social y la vida económica. [...] Los castellanos, que los extranjeros designan en general con la denominación de españoles, son un pueblo en el que el carácter semítico es predominante; la sangre árabe y africana que las frecuentes invasiones de los pueblos del sur le han inoculado se revela en su manera de ser, de pensar, de sentir y en todas las manifestaciones de su vida pública y privada».

La distinción entre catalanes-arios y castellanos-semitas se convertirá, especialmente después de la crisis del 98, en una de las ideas clave del nacionalismo catalán. Después de la Segunda Guerra Mundial la racionalización racista del tribalismo desaparece apresuradamente [4] y, manteniéndose intacto éste, es sustituida aquella por un cóctel de cultura, etnia y lengua [5]: ahora la etiqueta triunfadora es “respecto a la identidad cultural”.


La cuestión es esta: el tribalismo, independientemente de la etiqueta con que se adorne, destruye meticulosamente todos los valores ilustrados que conforman nuestra democracia liberal. El más obvio, la igualdad. Pero también anula la libertad y la autonomía personal: al conferir determinados valores espirituales a los agregados –buenos al propio, malos al ajeno- se acepta implícitamente que los miembros de cada uno de ellos están impregnados fatalmente por ellos. El cervantino “no es un hombre más que otro si no hace más que otro” se sustituye por “un hombre es más que otro si pertenece a la tribu adecuada” –desde sus respectivas perspectivas tribales todas lo son, claro-. Ante esto el progreso personal no es posible.

Como recuerda el profesor Caja «la raza manda, es un fatalismo -el término es del propio Robert- frente al que la voluntad política nada podrá». Estamos ante la famosa distinción de Ignatieff entre nación étnica –la definida por los valores imaginarios del agregado escogido- y nación cívica –la determinada por los derechos de ciudadanía-. Pere Bosch Gimpera distinguirá entre el pueblo, lo auténtico y esencial, y el estado, lo falso y contingente e impotente ante aquel. Así lo describe Prat de la Riba:

«que España no es nuestra patria [...] que el Estado es una entidad artificial, que se hace y deshace por voluntad de los hombres, mientras que la patria es una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres».

Adiós, por tanto al concepto universal de ciudadanía; en su lugar la sociedad queda dividida entre buenos y malos, puros e impuros con algún hereje de por medio.

Observemos ahora estos dos textos, este del Doctor Bartomeu Robert en su discurso del Ateneo de 1900:

«El hombre, considerado en el concepto de su conformación física, a pesar de la multiplicidad de los órganos que lo componen, no es más que una inmensa federación celular. La Nación en el concepto orgánico, no es otra cosa que una numerosa agrupación de hombres los cuales vienen a representar, respecto del conjunto, una manera de células sociales»,


Y este de Martí i Julià:

«Los pueblos, los núcleos sociales diferenciados, las nacionalidades, son organismos vivos en los cuales se encuentran todas las funciones y actividades que posee la personalidad humana. Son organismos más superiores aún que los humanos porque poseen funciones intelectuales y morales más desarrolladas, más extensas, más complejas, y porque puede decirse que son organismos más conscientes y con mayor conocimiento de todos los atributos, antecedentes y accidentes. El elemento fundamental de estos organismos sociales es la personalidad nacional, que no está precisamente localizada en el individuo, porque es imposible que la individualidad sea pura y sin defectos, pero que, aunque se encuentra en el conjunto de todos los individuos, es la expresión de una suma de individualidades con las menos imperfecciones posibles».

En el tribalismo las personas quedan reducidas a células del organismo superior –y Martí i Juliá explicita lo superior que es éste-, lo que quiere decir a que las personas siempre serán subordinables a la tribu. Este es el último y devastador ataque contra el principio ilustrado –y kantiano- del valor absoluto de la persona. Adiós a los derechos individuales; bienvenidos los derechos de los pueblos y las lenguas.

Hemos dicho desde el principio que el impulso tribal está en la naturaleza humana. ¿Qué es lo que ofrece a la persona, tentándola a abdicar de la libertad, la igualdad, y la ciudadanía? Pues lo habitual: la tribu ofrece calor, certeza, elusión de responsabilidad, sentido a la vida e inmortalidad: «El individuo y la raza son eternos a través del soma, que pasa de padres a hijos y no muere». [6] 

Por supuesto el tribalismo marcha invocando todos los valores que va destruyendo en su camino. Por supuesto apela continuamente a la democracia, con la que es incompatible: hay que estar en guardia ante los espejismos que conjura, a base de convertir los valores ilustrados en palabras bonitas y huecas. Quizás el caso más llamativo sea el de la diversidad, a la que el tribalismo aborrece, y que invoca para construir parcelas que no puedan contaminarse al contacto con el otro: en ningún sitio es más visible este temor al contagio que cuando el nacionalismo reclama un estado, puro e incontaminado, para la tribu.

En el segundo tomo de La raza catalana Francisco Caja explica como el pujolismo, sin alterar en absoluto el contenido tribal del nacionalismo catalán, cambia la racionalización racista por la étnico-cultural- lingüística. Lo veremos en una próxima entrada.

La raza catalana (Volumen 1). Francisco Caja López (2009).


NOTAS:

[1] Francisco Caja recuerda estos comentarios de Hitler recogidos por Martin Bormann: «Hablamos de raza judía por comodidad de lenguaje, puesto que no existe, propiamente hablando, y desde el punto de vista de la genética, una raza judía. Sin embargo, existe una realidad de hecho a la que, sin la menor duda, se puede otorgar esta calificación que es incluso admitida por los mismos judíos (…) La raza judía es ante todo una raza mental».

[2] Prat de la Riba.

[3] Prat de la Riba lo revelará ingenuamente «éramos catalanes y nada más que catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, profundamente, lo que éramos, lo que era Cataluña; esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor, como la primera, sino el odio».

[4] A excepción de Bosch Gimpera, de quien hablaremos en su momento.

[5] Francisco Caja afirma que la lengua de los nacionalistas «es un devorador de cuerpos, un super-organismo que tiene derechos imprescriptibles, que impone deberes, que exige fidelidad absoluta, una lealtad inexcusable, que toma posesión de los cuerpos».

[6] Bosch Gimpera.

Imágenes: 1) Francisco Caja; 2) Enric Prat de la Riba; 3) Domènec Martí i Julià; 4) Pompeu Gener; 5) Pere Bosch Gimpera; 6) Estatua al doctor Robert en Sitges.

martes, 27 de marzo de 2018

EL DILEMA DEL PRISIONERO


Keawe [1] está desesperado y a primera vista no se entiende por qué. Es poseedor de una botella mágica que le proporciona todo tipo de riquezas y ventajas. La adquirió por 2 céntimos y le sirvió para curar a su mujer, gravemente enferma, y para vivir en un palacio repleto de lujos. El problema es que la botella es del diablo: la puso en circulación en su momento por un precio elevado con dos condiciones: a) sólo puede cambiar de titularidad si alguien la adquiere, por billetes o monedas enteras, a un precio inferior al que pagó el último comprador; b) el poseedor que muera sin haberse desembarazado de ella por esta vía irá directamente al infierno. Dado que Keawe pagó dos céntimos tiene que venderla por uno, y aquel que la adquiera ya no podrá desprenderse de ella al no haber ninguna moneda inferior. ¿Quién la adquiriría en estas condiciones, sabiendo que es un pasaporte seguro hacia el infierno? Keawe debería haber sabido que nunca se desprendería de ella, y si la compró fue exclusivamente para salvar a su mujer. Pero ¿y el anterior propietario? ¿Cómo se atrevió a comprarla sabiendo que aquél a quien a vendiera ya no podría librarse de ella? ¿Y el anterior? Es evidente que cuando la botella tenía un precio elevado –digamos 10.000 $- era fácil de vender por un precio de 9.999 $. Pero ¿en qué momento misterioso la botella se convirtió en algo intransmisible?

El economista Martin Shubik diseño un juego similar llamado “la subasta del dólar”, aunque yo sugiero que imaginen un billete de 50€. El juego es el siguiente: los jugadores pueden pujar para llevarse el billete. Se trata en parte de una puja ordinaria, en la que cada uno tiene que superar la puja precedente y el mejor postor se llevará el billete; pero existe una condición adicional: aquel que haga la segunda mejor puja debe pagar esa cantidad sin llevarse nada a cambio. Es tentador y parece seguro - tentación y seguridad parecen ser los parámetros clave del juego- realizar las primeras pujas: 1 céntimo por un billete de 50€. Y así las siguientes. Pero al igual que con la botella del diablo, hay un momento en que la cosa se tuerce. ¿Hasta dónde llegarán las pujas? Cabría pensar que hasta 50€, pero no es así: en ese momento el asunto ha adquirido una dinámica propia. El licitador que acabe pujando 50€ por el billete de 50€ -anulando así todo beneficio- tiene detrás al penúltimo licitador que deberá pagar la cantidad ofertada previamente –digamos 49€-. Éste estará entonces tentado a ofrecer 51€ por el dichoso billete disminuyendo su pérdida de 49€ a 1€. Obsérvese que el juego, que ha empezado como una posibilidad de ganancia, se ha convertido sin transición aparente en un intento desesperado de evitar pérdidas. Pero si se produce la puja por 51€ el anterior licitador tiene ante sí un nuevo dilema: la pérdida cierta de 50€ o la probabilidad de limitar la pérdida a 2€. Y así en adelante.


Hay juegos que tienen una solución racional. Este es el caso del reparto de una tarta entre dos personas cuando se asigna a una de ellas la tarea de cortarla y a la otra la de elegir el trozo que prefiera. Si asumimos que ambos jugadores pretenden llevarse el máximo de tarta, es obvio que el segundo jugador escogerá el trozo más grande de los que el primero haya producido, y éste, por tanto, se llevará el menor. De este modo la estrategia del cortador debe estar dirigida a maximizar el mínimo que sabe que inevitablemente se va a llevar, y eso lo consigue cortando la tarta en dos partes iguales. Esto se conoce como “teorema minimax”, que establece que en los juegos bipersonales de suma cero, donde cada jugador conoce de antemano la estrategia de su oponente y sus consecuencias, existe una estrategia que permite a ambos jugadores minimizar la pérdida máxima esperada. Fue enunciado por el matemático John Von Neumann en 1928 en un documento titulado “Teoría de juegos de salón”. Años más tarde, en 1944, Von Neumann y el economista de Princeton Oskar Morgenstern, publicarían “Teoría de juegos y comportamiento económico”.

¿Hay entonces una vía racional de acción ante cada dilema? Desgraciadamente no. En 1949 la URSS detonó su primera bomba atómica, mucho antes de lo previsto por occidente, iniciando así la carrera nuclear; era una situación única en la historia, en la que un país podía alcanzar la fuerza suficiente para borrar por completo a sus enemigos del mapa. En 1950 surgieron muchas voces en Estados Unidos pidiendo a Truman que lanzase un ataque devastador contra la URSS. La que tuvo más difusión fue la del Secretario de Estado de Marina Francis P. Matthews, que urgió a los americanos a convertirse en “agresores por la paz”; a continuación el presidente recibió cientos de cartas cuya lectura resulta bastante descorazonadora. Un pastor presbiteriano escribió a Truman: «Estamos un 110% a favor de su idea de bombardear a Stalin. Cuando en la granja queremos librarnos de las mofetas que matan nuestros pollos, vamos a sus guaridas y las volamos; con Stalin igual que con las mofetas, vuélelo y dele lo que se merece». Otros fueron aún más lejos y sugirieron bombardear también China. Por lo general tampoco los que se manifestaban horrorizados ante la idea de volatilizar fríamente cientos de miles de vidas conseguían racionalizarlo con claridad. Algunos llegaron a atribuirlo a una conjura del Vaticano –Matthews era un ferviente católico- destinada a que las superpotencias se destruyeran entre sí para gobernar sobre las ruinas resultantes. Otros compararon al Secretario de Estado con Hitler, el propio Stalin, e incluso la Inquisición española. Es curioso comprobar que la mayoría de ellos, estuvieran a favor o en contra del bombardeo, parecían convencidos de que todo el mundo compartía su respectiva opinión.


Pero no sólo eran anónimos ciudadanos –y Matthews- los que se manifestaban a favor del “ataque preventivo”. Bertrand Russell abogó decididamente por un ultimátum a la URSS seguido por un inmediato ataque en caso de que ésta no aceptase renunciar a su soberanía a favor de un gobierno mundial de los Estados Unidos [2]. El propio Von Neumann fue más directo: «Si me preguntan por qué no bombardearlos mañana contestaré ¿por qué no hoy? Si me dicen “hoy a las cinco” contestaré ¿por qué no a la una?». La carrera armamentística nuclear puede ser vista como un clásico ejemplo del “dilema del prisionero”. Fue formulado por primera vez en 1950 por Merril Flood y Melvin Dresher [3] de la RAND Corporation, un think tank dedicado, ente otras cosas, a estudiar estrategias para la nueva era nuclear. Imaginemos a dos delincuentes que han asaltado un banco y son detenidos por la policía, que no tiene pruebas concluyentes contra ellos. Los encierran en distintas celdas, y a cada uno de ellos por separado les proponen simultáneamente un mismo trato: tenemos suficientes pruebas para meteros un año en la cárcel por un cargo menor, pero si delatas a tu compañero quedarás libre y a él lo condenaremos cuatro años; no obstante, si ambos os delatáis recíprocamente os condenaremos a ambos a tres años de cárcel. El dilema se puede representar de la siguiente forma:

“Traicionar” equivale a delatar al compinche, y “cooperar” a renunciar a hacerlo. En cada celda está el resultado entre paréntesis medido en años de prisión, correspondiendo el primer término al jugador 1. Por ejemplo, en la celda superior derecha el resultado (-4, 0) refleja que si el delincuente/jugador 1 coopera, y el delincuente/jugador 2 traiciona, el primero es condenado a cuatro años y el segundo queda libre -el signo negativo hace referencia a que el resultado es desfavorable-.

Es evidente que el mejor resultado en conjunto es el representado en la celda superior izquierda: ambos cooperan y reciben un año de condena cada uno. Sin embargo obsérvese desde este punto de vista: para cada jugador, independientemente de lo que haga el otro, lo más “racional” –el resultado esperado es superior- es traicionar. Obsérvese desde la perspectiva del jugador 2. Si el jugador 1 ha cooperado, el 2 queda libre si ha traicionado y es condenado a un año si ha cooperado a su vez; si el 1 ha traicionado, el 2 es condenado a 3 años si ha traicionado a su vez, y a cuatro años si le ha ocurrido cooperar. En este último caso además, se le ha quedado cara de tonto, cosa que no es relevante a efectos de teoría de juegos pero sí en el mundo real. Pero, si desde la perspectiva de cualquiera de los jugadores, es más rentable traicionar, es inmediato que se den cuenta de que el otro se encuentra en una posición simétrica. De modo que la solución “racional” al que los jugadores del dilema del prisionero se ven impulsados es la celda inferior derecha (-3, -3): ambos traicionan y reciben tres años de condena. Lo perturbador del dilema es que parece conducir a una solución distinta a lo requerido por el bien común: casilla superior izquierda (-1, -1).


En Doctor Strangelove Kubrick presentaba el precario equilibrio nuclear entre los bloques americano y soviético como una pesadilla, un momento de locura protagonizado por unos políticos chiflados dominados por la testosterona [4]. Ojalá hubiera sido así: querría decir que en realidad había existido una solución racional al problema. Pero obsérvese la decisión de Estados Unidos y la URSS de aumentar su arsenal nuclear y compárese con el dilema del prisionero: ambos países habrían estado mejor si ninguno la hubiera emprendido, pero el dilema los empujaba a una desdichada espiral armamentística. Desgraciadamente en política el dilema del prisionero no es infrecuente.

Hay un motivo para la esperanza. En el mundo real la mayoría de los dilemas del prisionero son iterados -se van repitiendo-. Y ante un dilema del prisionero iterado la cooperación sí es la mejor estrategia. Consiste en comenzar cooperando y efectuar el siguiente movimiento en función de lo que haya hecho el oponente: si a su vez cooperó se continúa cooperando, y si traicionó es traicionado en la siguiente jugada. Es lo que en inglés se conoce como tit for tat, es una estrategia evolutivamente estable –la teoría de juegos también se aplica en psicología evolutiva- y parece explicar que nuestra tendencia natural a la equidad –o, si lo prefieren, nuestra tendencia a penalizar a los aprovechados- es uno de nuestros módulos morales más sólidos. Más sobre esto otro día.




Notas:
[1] El diablo de la botella, Robert Louis Stevenson.
[2] Obsérvense los niveles de inhumanidad a los que conduce una aplicación “racional” del utilitarismo.
[3] Aunque el nombre, y esquema más conocido, se debe a Albert Tucker, también de la RAND Corporation.
[4] El sexo es omnipresente en la película, que comienza con misiles alzándose en amenazadoras erecciones y bombarderos copulando con aviones nodriza, y culmina con orgásmicas explosiones nucleares. Recordemos además que el general Ripper –fíjense en los nombres de todos los protagonistas- desencadena el conflicto por una impotencia sobrevenida que atribuye a una conspiración soviética.

¿Desean saber más? Lean El dilema del prisionero, de William Poundstone. También pueden aproximarse a los fundamentos matemáticos de la teoría de juegos a través del curso impartido por la Universidad de Stanford a través de Coursera.

domingo, 18 de marzo de 2018

MAS INFORMACIÓN, PEOR INFORMADOS


Tocqueville y Stuart Mill nos previnieron contra la tiranía de la mayoría, la sofocante unanimidad intelectual creada por las corrientes emocionales dominantes, generadas a su vez por el movimiento de la masa social. Y también nos recomendaron los antídotos adecuados para combatirla: la libertad de expresión (Mill) y la prensa libre (Tocqueville). Ellos posibilitarían la libre circulación de opiniones que, confrontadas en el campo de la argumentación, harían que prevalecieran la razón y la verdad. Cabría pensar que en el mundo de internet, con la facilidad de circulación de la información, habríamos conseguido un campo fértil para que las mejores ideas floreciesen. ¿Está ocurriendo así? Dos artículos parecen indica que la mayor accesibilidad al conocimiento no está consiguiendo una sociedad mejor informada.

El primero, de Manuel Toscano en Vozpopuli, habla sobre el avance de la falsedad en la era digital. El artículo –léanlo, lo explica mejor que yo- recoge un estudio de Vosoughi, Roy y Aral realizado sobre Twitter según el cual, en las redes, la fuerza de propagación de la mentira es mucho mayor que la de la verdad. Según el estudio las historias falsas alcanzan a más personas, lo hacen más rápidamente y son mucho más retuiteadas que las verdaderas. Esto se acentúa en el caso de las noticias políticas. El éxito de la mentira no parece estar en la habilidad o dedicación de los propagadores, ni tampoco en los dichosos bots. El atractivo está en las propia mentiras, mucho más emocionantes que la aburrida verdad y más aptas para captar eficazmente nuestra atención. Dicho de otro modo, el éxito de la mentira está en nuestra propia estructura biológica. Los intentos, por cierto, por neutralizarlas son con frecuencia contraproducentes, efecto detectado por Lakoff que hace que muchos afectados renuncien a la defensa en un intento de no convertir bulos en elefantes.

«Las redes sociales funcionan como máquinas de polarización», dice Toscano, y eso nos lleva al segundo de los artículos, éste del NYT: YouTube, the great radicalizer de Zeynep Tufecki. Describe cómo los algoritmos que utiliza YouTube para detector un patrón de preferencias en el usuario acaban conduciéndolo a las versiones más extremas de estas. Como cuenta la autora, si busca contenidos sobre Trump YouTube le acaba sugiriendo noticias sobre supremacistas blancos; y si es sobre Clinton es muy posible que acabe atendiendo a teorías conspirativas sobre el 11-s. Como si el algoritmo de Youtube fuera continuamente subiendo la puja hacia lo más radical de la opción escogida. ¿Una exageración? Parece que no. En una investigación conducida por el WSJ –apoyada por un ex ingeniero de Youtube- se concluyó que, en efecto, cuando el usuario manifiesta su interés por noticias relacionadas con la derecha o la izquierda moderadas acaba siendo llevado a sus versiones más extremas.

Esto no es porque los ingenieros de YouTube sean unos supervillanos empeñados en destruir el mundo. Sencillamente, quieren atraer audiencia porque viven de los anunciantes, y todo parece indicar que la audiencia es mejor enganchada cuanto más desaforada es la historia. Con esto volvemos a nuestra estructura biológica: detrás de nuestra curiosidad hay rasgos evolutivos y sesgos cognitivos que quizás estén mal adaptados a nuestra sociedad de la información- Y del mismo modo en que nuestro gusto por el azúcar y la grasa está mal adaptado a una sociedad de abundancia, Youtube y las redes podrían estar sobrealimentando una curiosidad morbosa poco adaptada a la búsqueda fría de la verdad.

En todo caso esto es alarmante, porque quiere decir que el algoritmo del YouTube acaba dando más visibilidad a las tendencias más extremas, y premiando al político incendiario frente al moderado. Todos conocíamos la existencia del sesgo confirmatorio, nuestra tendencia a buscar exclusivamente la información que confirme nuestra opinión. Lo que no sospechábamos era la capacidad de la tecnología para exacerbarlo y llevarnos a la polarización. Curiosamente, la información más accesible no parece estar consiguiendo que el “mercado de las ideas” funcione mejor.

domingo, 4 de marzo de 2018

ISAIAH BERLIN O EL LIBERALISMO CAUTELOSO


Parte 1. El dogma invisible.

“Siglo de las Luces” es el título perfecto para el relato de la Ilustración: el momento magnífico en que la razón y el conocimiento aportarían la luz que disiparía las tinieblas de la superstición y la ignorancia en las que, voluntaria o involuntariamente, se había sumergido y esclavizado a la humanidad.

«La reorganización racional de la sociedad pondría fin a la confusión espiritual e intelectual, al reinado del prejuicio y la superstición, a la obediencia ciega a dogmas no examinados, y a las estupideces y crueldades de los regímenes opresivos que esas tinieblas intelectuales habían engendrado y promovido».

Lo que sin duda nació fue la era de las ideologías: visiones sobre la organización de la sociedad nacidas de los propios gustos y fobias de sus autores, presentadas con el envoltorio de la razón, y destinadas a sustituir las antiguas religiones con sus propios profetas, herejes e infiernos. Con la vista puesta en los avances de las ciencias naturales, estas visiones asumieron inadvertidamente un dogma: en algún sitio está la respuesta correcta. De algún modo la razón permitirá encontrar la fórmula científica que, con la limpieza de una ecuación, permita definir una sociedad ideal en la que todos los valores convivan armoniosamente.

«En algún momento comprendí que lo que todas estas visiones tenían en común era un ideal platónico: en primer lugar que, como en las ciencias, todas las preguntas auténticas deben tener una respuesta y sólo una, siendo las demás, necesariamente errores; en segundo lugar, que debe haber un camino seguro hacia el descubrimiento de estas verdades; en tercer lugar, que las auténticas verdades, una vez descubiertas, necesariamente deben ser compatibles entre sí y formar un todo común, pues una verdad no puede ser incompatible con otra».


Parte 2: la incompatibilidad de los valores


Cuando Isaiah Berlin leyó a Maquiavelo descubrió que consideraba las virtudes cristianas incompatibles con las de un gobernante que, siguiendo el modelo de los romanos, pretendiera llevar a su país a la grandeza. No es que Maquiavelo antepusiera las virtudes romanas a las cristianas; sencillamente advertía de que el gobernante que lo hiciese difícilmente podría ejecutar con éxito su tarea:

«La idea que esto sembró en mi mente fue la percatación (con un sobresalto) de que no todos los valores supremos buscados por la humanidad, antes y ahora, son necesariamente compatibles».


A continuación descubrió sucesivamente a Gianbattista Vico y a Johann Gottfried Herder. Ambos veían las culturas y civilizaciones como diferentes soluciones a las necesidades humanas; distintos modos de combinar los valores obteniendo cócteles distintos a partir de ellos. Cada una de estas culturas tiene lo que Vico denominaba su “centro de gravedad” en torno al que se articula su existencia. Un espectador proveniente de otra cultura puede asomarse a ella, como hace el turista que visita lugares diferentes. Pero para vivirla plenamente tendría que sumergirse en ella, entrar en un medio diferente del propio con sus reglas particulares:

«Pero no hay una escala de ascenso de los antiguos a los modernos. Si esto es así, tiene que ser absurdo decir que Racine es un poeta mejor que Sófocles, que Bach es un Beethoven rudimentario, que, digamos, los pintores impresionistas son la cúspide a la que aspiraron pero no alcanzaron los pintores de Florencia. Los valores de esas culturas son distintos y no necesariamente compatibles entre sí».

A la asunción inconsciente de que todos los valores son compatibles entre sí, y que por tanto se trata sencillamente de resolver el rompecabezas en el que encajarán limpiamente, Roger Scruton lo llamará “falacia de la agregación”.

«El concepto del todo perfecto, la solución última, en que coexisten todas las cosas buenas, me parece no sólo inalcanzable —esto es una perogrullada— sino conceptualmente incoherente; no entiendo lo que significa una armonía de esta índole. Algunos de los grandes bienes no pueden vivir juntos. Esta es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable.».

En concreto, hay dos valores humanos básicos que no son estrictamente compatibles entre sí: la libertad y la igualdad

«Tanto la libertad como la igualdad se encuentran entre las metas básicas que los seres humanos han buscado durante muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total de los poderosos, de los talentosos, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y los menos dotados».

Robert Nozick demostrará que la igualdad en los resultados sólo puede conseguirse sofocando la libertad; y que, de manera recíproca, la libertad desbarata la igualdad.

Berlin llegó a esta conclusión a través de Maquiavelo, Vico y Herder; otros lo han conseguido por otros caminos menos tortuosos. En todo caso ¿no lleva esto al relativismo? ¿No lleva a la convicción de que las culturas no son comprensibles entre sí y mucho menos comparables y juzgables? Berlin entiende que no:

«“Yo prefiero el café, tú prefieres la champaña. Tenemos gustos diferentes. No hay nada más que decir.” Esto es relativismo. Pero la opinión de Herder, y la de Vico, no es ésa, sino lo que yo describiré como pluralismo: es decir, la concepción de que existen muchos fines distintos que los hombres pueden buscar y, sin embargo, seguir siendo hombres plenamente racionales, hombres completos, capaces de entenderse unos a otros y de simpatizar entre sí (…) Desde luego, si no tuviéramos algunos valores en común con estas figuras distantes cada civilización estaría encerrada en su propia burbuja impenetrable y no podríamos comprenderlas en absoluto».

Jonathan Haidt desarrollará la teoría del ecualizador moral para describir como, a partir de unos mismos valores, distintas culturas o ideologías enfatizan unos u otros llegando a soluciones completamente diferentes –la intención de Haidt es, precisamente, demostrar que en ideologías aparentemente opuestas, como las de demócratas y republicanos, subyacen valores comunes diferentemente ecualizados-. Posiblemente es esto a lo que hace referencia Berlin en su estudio de Vico y Herder. Al final los valores subyacentes son humanos y por tanto comprensibles entre humanos; de otros modo nos acercaríamos a culturas diferentes con la misma perplejidad que a los extraterrestres de Villenueve [1].



Parte 3: el peligro de la utopía.

Pero la búsqueda del ideal platónico no sólo es descabellado: ha demostrado ser muy peligroso. Posiblemente el primero que lo vio fue Herzen:

«La respuesta a todo esto fue dada hace más de un siglo por el radical ruso Alexander Herzen. En su ensayo Desde la otra orilla, que en efecto es un obituario de las revoluciones de 1848, dijo que durante su tiempo había surgido una nueva forma de sacrificio humano, es decir, seres humanos en los altares de abstracciones como nación, Iglesia, partido, clase, progreso o las fuerzas de la historia. Todas ellas fueron invocados en su época y en la nuestra; si éstos exigen la matanza de seres humanos, habrá que satisfacerlos».


Este es  el origen de los horrores de nacionalismos y totalitarismos. La causa de las terribles matanzas del siglo XX está en la asunción inadvertida de esta sencilla idea:

«Algunos profetas armados tratan de salvar a la humanidad, y algunos otros sólo a su propia raza por causa de sus atributos superiores, pero cualquiera que sea el motivo, los millones sacrificados en guerras o revoluciones — cámaras de gas, gulag, genocidio, todas las monstruosidades por las que será recordado nuestro siglo— son el precio que los hombres deberán pagar por la felicidad de las generaciones futuras. Si vuestro deseo de salvar a la humanidad es sincero, habréis de endurecer vuestro corazón y no calcular el costo».


«Yo sé que estáis equivocados, yo sé lo que necesitáis, lo que todos los hombres necesitan; y si hay resistencia, basada en la ignorancia o en la malevolencia, entonces debe ser quebrantada, y cientos de miles habrán de perecer para que millones sean felices para siempre. ¿Qué otra opción nos queda a quienes poseemos el conocimiento, que estar dispuestos a sacrificarlos a todos?».


En resumen:

«La posibilidad de una solución final (…) resulta ser una ilusión; y una ilusión muy peligrosa. Pues si realmente creemos que es posible semejante solución, entonces, sin duda, ningún costo será excesivo para alcanzarla: para hacer que la humanidad sea justa y feliz, creadora y armoniosa para siempre… ¿qué precio podría ser excesivo? Para hacer semejante tortilla, sin duda no hay límite al número de huevos que deban romperse: tal fue la fe de Lenin, de Trotsky, de Mao y, hasta donde yo sé, de Pol Pot. Puesto que yo conozco el camino único hacia la solución última del problema de la sociedad, sé por dónde guiar a la caravana humana. Y puesto que vosotros sois ignorantes de lo que yo sé, si se quiere alcanzar la meta no se os puede permitir la libertad de elección ni siquiera dentro de los límites más estrechos (…) Lo único de lo que podemos estar seguros es de la realidad del sacrificio, de los moribundos y los muertos. Pero el ideal por el que mueren sigue sin realizarse. Hemos roto los huevos y crece el hábito de romperlos pero la tortilla sigue invisible».



Conclusión: la democracia liberal como tolerancia

«Si la antigua fe en la posibilidad de realizar la armonía última es una falacia y si son válidas las posiciones de los pensadores a quienes ha acudido —Maquiavelo, Vico, Herder, Herzen— entonces, si aceptamos que los grandes bienes pueden chocar, que algunos de ellos no pueden vivir juntos, aunque otros sí puedan —en resumen, que no es posible tenerlo todo, ni en principio ni en la práctica— y si la capacidad creadora humana puede depender de toda una variedad de elecciones que se excluyen mutuamente, entonces, como una vez preguntaron Chernyshevski y Lenin: “¿Qué hacer?” ¿Cómo elegimos entre distintas posibilidades? ¿Qué y cómo debemos sacrificar, en aras de qué? Me parece a mí que no hay una respuesta clara».

Y a continuación él mismo aventura una respuesta:

«Lo mejor que puede hacerse, por regla general, es mantener un equilibrio precario que impedirá que surjan situaciones desesperadas, elecciones intolerantes: tal es el primer requerimiento para una sociedad decente, por la que siempre podamos esforzarnos a la luz de la limitada gama de nuestro conocimiento y aun de nuestra imperfecta comprensión de personas y sociedades. En estas cuestiones es muy necesaria cierta humildad. Ésta puede parecer una respuesta muy tibia, no el tipo de cosa que quisieran los jóvenes idealistas para, en caso necesario, luchar y sufrir por ella, por la causa de una sociedad nueva y más noble».

Esta es, en realidad, la aportación más importante de Isaiah Berlin a la democracia liberal: la tolerancia. Y esto es lo que la distingue de todos esos credos políticos basados en la confrontación. De aquellos que conciben la realidad como lucha de clases, de razas o de identidades, y que dividen así el espacio político entre amigos y enemigos a los que hay que pulverizar para alcanzar a la felicidad. No es un descubrimiento menor, desde luego.

Sólo cuando cabalmente se entiende esto, que nuestro conocimiento es limitado, que no hay recetas únicas milagrosas, que los valores compiten entre sí, que con frecuencia hay que llegar a transacciones y compromisos, que el adversario puede tener razón, y que la argumentación racional como el único campo en el que las ideas pueden batirse –y que el fair play intelectual exige aceptar ser derrotados por argumentos superiores-, se entiende que la acción política debe estar dominada por la cautela, muy alejada de posiciones maximalistas a la que sólo pueden aspirar los fanáticos. Esto, desde luego, no es muy estimulante para los buscadores de certezas y seguridades.

«Felices los que viven bajo una disciplina que aceptan sin cuestionar, que libremente obedecen las órdenes de sus jefes, espirituales o temporales, cuyo mundo es cabalmente aceptado como una ley inquebrantable; o quienes, por sus propios métodos, han llegado a convicciones claras e inquebrantables sobre lo que deben hacer y lo que deben ser, y que no admiten una posible duda. Sólo puedo decir que quienes yacen en tan confortables lechos de dogma son víctimas de formas de una miopía causada por ellos mismos, con unas anteojeras que pueden dejarlos contentos, pero no darles un entendimiento de lo que es ser humanos».

Desgraciadamente el de la democracia cautelosa no es un relato épico, y por tanto no es apto para despertar emociones. Este es nuestro problema y este debe ser nuestro objetivo: transformarlo en un relato cautivador capaz de desmentir la burlona afirmación de Foxá [2]. Este, creo, es el reto que tendremos que superar con éxito si queremos preservar el oasis.

Isaiah Berlin. El estudio adecuado de la humanidad: una antología de ensayos. La búsqueda del ideal.

Notas
[1] Vean la frustrada película La llegada. Mejor aún, no la vean y lean Fiasco de Stanislaw Lem.
[2] Foxá decía, más o menos, que es glorioso morir por la patria, pero pedir a alguien que lo haga por la democracia es como pedirle que se sacrifique por el sistema métrico decimal. Tampoco se trata de pedir a nadie que muera, obviamente.

domingo, 25 de febrero de 2018

DE DISPARATES Y ATROPELLOS


Hoy escribo en Vozpópuli sobre la imposición del catalán en la sanidad de Baleares.


domingo, 4 de febrero de 2018

IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

Oscuridad. Precedido por un cortejo de monjes similares a zombis, aparece Felipe II (Jordi Mollá) con mirada febril y mascullando incontroladamente entre dientes: una figura siniestra y ridícula que, por alguna razón, anda como Chiquito de la Calzada. A continuación aparece Isabel Tudor (Kate Blanchett) irradiando claridad. Elizabeth, the golden age (2007).


Ken Follett: “En el siglo XVI, España era el matón del barrio: grande y malo” [1].

¿Imperiofobia o leyenda negra? La primera denominación indica que no estamos ante un fenómeno aislado, sino a una reacción emocional repetida desde el Imperio Romano hasta el estadounidense. Es importante entender que las leyendas no suelen nacer de hechos sino de prejuicios: son éstos los que la conjuran y construyen-

«¿De qué se trata en definitiva? En realidad son un conjunto de tópicos poco variados: inferioridad racial (sangre mala y baja), incultura y barbarie, orgullo y deseo de riqueza desmedidos, incontinencia sexual y costumbres licenciosas, Imperio Inconsciente y poco más (…) Su semejanza resulta de las circunstancias análogas que provocan su nacimiento: orgullo herido y necesidad de no sentirse inferior (o agradecido), y oligarquías regionales asentadas desde antiguo que se ven en peligro».

La Leyenda negra es la referida específicamente a España, y Elvira Roca se dedica a rastrear su formación y evolución: nace en la Italia española, y se va enriqueciendo con vistosas aportaciones hasta nuestros días.

Los italianos aportaron desde el inicio el ingrediente esencial de la inferioridad racial: tantos años de convivencia con moros y judíos habían convertido a los españoles en una raza mestiza e impura, por completo diferente de los italianos que se habían mantenido incontaminados desde el glorioso Imperio Romano. Por si eso fuera poco los españoles eran también godos [2]. Sí, la Leyenda negra es hija del racismo y la xenofobia:

«Si hubiera reflejado un prejuicio antisemita o contra los negros, hace tiempo que constituiría delito, pero la hispanofobia pertenece a una clase de racismo que, por su nacimiento vinculado a un imperio, vive bajo el camuflaje de la verdad y arropado por el prestigio de la respetabilidad intelectual (…) la imperiofobia es una clase de prejuicio racista hacia arriba, idéntico en esencia al racismo hacia abajo, pero mucho mejor disimulado, porque va acompañado de un cortejo intelectual que maquilla su verdadera naturaleza y justifica su pretensión de verdad».

Hay que hacer notar aquí varias cosas. En primer lugar que la antipatía hacia España no afectaba a todos los italianos, y que muchos se integraron perfectamente en un Imperio al que también consideraban suyo:

«Hijos segundones de ilustres familias como los Colonna, los Sforza, los Aragona, los Chiesa, los Gesualdo, los Alciato, los Farnese, los Médici, los Montalto y muchos más ocuparon cargos importantes en la Administración y el Ejército, o trabajaron para España en el seno de la Iglesia. Marcantonio Colonna, héroe de Lepanto, fue virrey de Sicilia. Todavía existe el tercio Alejandro Farnesio en el ejército español, y qué se puede añadir a la biografía de Andrea Doria».


En segundo lugar que los italianos eran italianos. Su racismo no alcanzó las cotas a las que llegaría más tarde, y su hispanofobia se limitó frecuentemente a la burla: ellos fueron los que construyeron el estereotipo del español ruidoso y fanfarrón.

La coherencia y seriedad intelectual no son el fuerte de la Leyenda negra. Cuando el antisemita Lutero la rescató centró sus ataques en el componente judío de los españoles pasando por alto el godo. Es normal: eso le permitió contraponer los latinos –incluyendo, desde luego, a los italianos- a los germanos, que para entonces ya habían empezado a construirse un pasado glorioso a partir de la Germania de Tácito. En el siglo XIX, en plena construcción nacional alemana y con la superioridad racial germánica refrendada científicamente, el relato se consolidará definitivamente: la lucha de Lutero fue una lucha por la unificación germánica frustrada por latinos fanáticos y sospechosamente oscuros. Curiosamente casi al mismo tiempo este ingrediente de la Leyenda estaba moviéndose en dirección opuesta:

«En una versión más tardía, que nace vinculada al liberalismo, el prejuicio gira sobre sí mismo, y la relación de los españoles con el mundo semita sirve ahora para acusar a estos de intolerancia con moros y judíos. No hay salvación: los españoles o son demasiado semitas o son perseguidores de semitas».

Con el tiempo, además del racismo la Leyenda fue agregando otros ingredientes: de ser sospechosa de impiedad por su mezcla con judíos y moros, España pasó a ser identificada directamente con el Anticristo por los protestantes.

«Hay una gran diferencia entre el uso que hacen los italianos del tópico y el que hace el protestantismo. Los italianos buscan rebajar la eminencia, oscurecer el brillo del imperio para poner de manifiesto su superioridad (o al menos su no inferioridad) frente a los imperiales: todos somos cristianos, pero nosotros los italianos somos mejores cristianos porque los españoles, contaminados como están de semitismo, necesariamente han corrompido su religión. Martín Lutero y el protestantismo llevan la impiedad al extremo: colocan a los españoles al nivel del Demonio y el Anticristo. Son los hijos de Satanás. Esto, como ya dijimos, no sucede en Italia. Con el protestantismo, la impiedad evoluciona a demonización y este es un paso de gigante, cuya importancia difícilmente se puede exagerar».


Pero el mayor descubrimiento de Lutero fue el poder del arma que la imprenta ponía a su disposición: la propaganda.

«Los procedimientos propagandísticos son inéditos y enteramente creación de la Reforma (…) La imprenta pone de manifiesto el poder taumatúrgico de las imágenes y Lutero es el primero en comprender que un uso eficaz de este medio es esencial para triunfar. En esto fue un visionario. El uso de las imágenes será decisivo en todos los frentes de propaganda y servirá para levantar el mito de la Inquisición, vincular intolerancia, crueldad y barbarie al nombre de España y, en definitiva, para «crear la imagen» (la expresión lo dice todo) que del mundo hispanocatólico se tiene dentro y fuera del protestantismo».


Lutero contó con el talento de Lucas Cranach para la realización de panfletos escatológicos dirigidos contra el mundo católico. En sus ataques no se resignó a dejarse constreñir por los límites del absurdo: llegó a afirmar, con total tranquilidad, que España era en realidad aliada de los turcos.

La Inglaterra de los Tudor añadió al coctel español la cobardía, la crueldad y la incompetencia. Los españoles eran todos malvados sin fisuras, cuyas maquinaciones se veían siempre descubiertas y desbaratadas por los ingleses [3]. Pero fue Guillermo de Orange el que llevó la propaganda hasta niveles que no serían superados hasta el siglo XX:

«Orange ha debido pasar a la historia como uno de los padres fundadores de la propaganda, lo cual no es pequeña cosa (…) Es cierto que había aprendido en los talleres luteranos, pero introduce innovaciones interesantes. La fraseología, los tópicos principales, el uso de imágenes impactantes de tipo escatológico o lo que podríamos llamar «gore» son creación luterana. Pero la campaña propagandística como tal, organizada y sistemática, al modo de una campaña electoral, no aparece hasta que Orange y su gente la crean. Un detalle bastará: el de Nassau es consciente de que su lengua materna no tiene mucha difusión exterior y de que el poder de España tiene muchos enemigos, de manera que se ocupó de que sus folletos fueran plurilingües o se tradujeran a las principales lenguas de Europa y de que llegasen a los lugares más distantes».

A Guillermo de Orange se debe el exitoso “España nos roba”:

«La propaganda orangista convenció a muchos de que ahora los impuestos se pagaban para los españoles y de que estos estaban financiando el imperio con los impuestos de los holandeses (…) En 1566 Manuel Filiberto de Saboya, gobernador general, advirtió a Felipe II de que se extendía la idea de que los Países Bajos soportaban la mayor parte de la carga fiscal del imperio y, aunque el rey se apresuró a presentar cuentas detalladas para demostrar que esto no era cierto, no sirvió de nada (…) Fueron necesarios muchos años de intensa propaganda y el concurso de los predicadores calvinistas para convencer a una parte de la población neerlandesa (insistimos, solo una parte) de que eran explotados y oprimidos, y de que, por lo tanto, debían rebelarse contra el rey».

Aquí Felipe II descubrió, para su sorpresa, que la razón tiene poca fuerza contra la propaganda, que intentar desmontarla con argumentos es como espantar a cacatúas que se limitan a trasladarse a otra rama, que la palabra es impotente ante la imagen, y que una mentira repetida mil veces se convierte, gracias al confort cognitivo, en algo verdadero y bueno.


Para los holandeses el Anticristo dejó de ser el español en abstracto, y pasó a ser Felipe II en concreto. La Inquisición era su instrumento o bien el rey era una marioneta manejada por aquella, que eso no quedó siempre claro. Este de la Inquisición acabó convirtiéndose en el tema clave de la Leyenda, pervivió a través de la Ilustración -a Voltaire y a Montesquieu, por ejemplo, les encajaba perfectamente ese relato de la oscuridad fanática religiosa contrapuesta a la luz de la Razón- y ha llegado a nuestros días en plena forma.

En su incansable propaganda los orangistas encontraron un poderoso aliado:

«Buscando más argumentos para la propaganda, los orangistas tropiezan con un texto que hacía ya veinticinco años que había sido publicado, sin que tuviera notoriedad fuera de España: la Brevísima relación de fray Bartolomé de Las Casas, que es inmediatamente traducida al holandés y al francés, y convertida en uno de los pilares de la leyenda negra (…) Tengo para mí que muy pocas personas han leído la Brevísima. Su mera lectura es suficiente para desacreditarla como documento fidedigno y no hace falta desarrollar ningún tipo de razonamiento. Produce estupor y lástima a partes iguales. Nadie con un poco de serenidad intelectual o sentido común defiende una causa, por noble que sea, como lo hizo el dominico (…) Solo el haber caído en manos de la propaganda ha podido hacer de fray Bartolomé un apóstol de los derechos humanos. Sus barbaridades no tienen límite: desde la justificación de los sacrificios humanos con el argumento de que es lo mismo que la misa, solo que los indios no son capaces de comulgar metafóricamente con su dios, hasta la apología del tráfico negrero: para que los mansos indios no tengan que trabajar lo mejor es traer negros que, como no tienen alma, pueden servir para cualquier cosa».



La entidad intelectual de la Brevísima podía ser escasa, pero eso no tenía la menor importancia. Lo importante eran los impactantes grabados de Theodor de Bry de su edición más famosa:

«Los grabados de De Bry son la razón del éxito sin parangón de la Brevísima, entre otras razones porque nunca la leyó mucha gente y son los grabados los que, como en las portadas de las iglesias medievales, informan de aquello que el parroquiano debe conocer».

La propaganda de Las Casas [4] se intentó asimismo desmontar por la razón, de nuevo sin éxito. También proviene de Guillermo de Orange el miedo que aún despierta el Duque de Alba en Holanda, y la acusación a Felipe II de haber matado a su hijo Carlos, tema que sería posteriormente incorporado a la memoria histórica gracias al talento sucesivo de Schiller y Verdi.


Toda la exitosa propaganda protestante ha conseguido ocultar un hecho básico: que las luchas de alemanes y holandeses contra el imperio español fueron, en realidad, guerras civiles en las que los  derrotados fueron, además, condenados a desaparecer de la Historia:

«El destino de estos alemanes y holandeses ha sido el de ser barridos de la historia, porque uno de los mayores empeños de la historia oficial reconstruida por los nacionalismos en el siglo XIX ha sido el de soslayar que las guerras antiimperiales fueron guerras civiles (…) Como todo nacionalismo, este opera apoderándose del nombre y de la voz de un pueblo. No hablo en mi nombre, dicen los luteranos desde el principio, hablo en nombre de los germanos. Quien está contra mí, está contra Alemania, es un traidor, un antipatriota (...) Hubo españoles en aquel conflicto, pero hubo sobre todo y principalmente alemanes que apoyaban la unidad política y religiosa del Imperio y que perdieron la guerra. La reconstrucción nacionalista de los hechos se empeña en presentar una versión distinta, según la cual los alemanes, como un solo hombre, estaban todos del mismo lado, y los pocos que estaban en el otro bando eran un residuo de traidores en los que no merece la pena fijarse (…) La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar».

Elvira Roca ha escrito un ensayo apasionado y contracorriente [5] con el que, como recuerda Arcadi Espada, ha conseguido «algo de extremada dificultad en esta época: ha hecho de España un país simpático».

Imperiofobia y leyenda negra. María Elvira Roca Barea.




Notas:
[1] Este es el diagnostico que de la España imperial hace Ken Follet, probablemente más apropiado para cualquiera de sus libros.
[2] Curiosamente esta atribución despectiva se mantiene en el archipiélago canario contra los peninsulares.
[3] En su denigración del catolicismo consiguieron que María Tudor pasara a la historia con el apelativo de “la sanguinaria”, a la vez que su hermana Isabel, que mató más que ella, pasara por una figura ecuánime y ponderada.
[4] Elvira Roca compara a Las Casas con Chomsky en su condición de paladín del antiamericanismo: «Chomsky ha sido una máquina expendedora de antiamericanismo durante décadas. Ha negado el genocidio camboyano y ha escrito cosas como esta: “En comparación con las condiciones impuestas por la tiranía y la violencia de Estados Unidos, el Este de Europa bajo la esfera rusa era prácticamente un Paraíso”. Y su prestigio sigue intacto (…) Pero ni Chomsky ni fray Bartolomé fueron fabricantes de leyendas negras, sino dispensadores de un producto del que existía una gran demanda (…) Ambos encontraron una causa de gran repercusión a la que servir y de ella obtuvieron buenos beneficios en forma de notoriedad social, respeto intelectual y moral y provecho material». [5] No deben perderse de ningún modo la introducción al libro.

Imágenes: 1) Il capitano Spavento, también conocido como Capitán Matamoros, el bravucón español que los italianos incorporaron a la Comedia del Arte. 2) Lutero como Hércules Germanicus, el campeón germánico-protestante frente al catolicismo latino. 3) Lucas Cranach. Campesinos alemanes expresando su opinión al Papa por un conducto poco habitual. 4) La visión holandesa del Duque de Alba. 5) y 6) La relación de los españoles con los indios, según Theodor de Bry. 7) Inquisición y depravación sexual, una de las últimas aportaciones a la Leyenda a partir del S. XIX.

miércoles, 24 de enero de 2018

UNA HEREJE LIBERAL


A pesar de haber abandonado el Islam, Ayaan Hirsi Ali reclama no ser vista como una apóstata sino como una hereje. Ella cree que es posible –es necesario- reformarlo desde dentro, desanclarlo del siglo VII y adaptarlo a la modernidad. Hirsi Ali, nacida en Somalia y trasladada a occidente, disfruta de una visión clara de las recetas que han creado sociedades abiertas basadas en la libertad de pensamiento, la igualdad y la tolerancia; mucho más clara, por cierto, que aquellos que hemos nacido en ellas. Ella, y esto también se nos olvida con frecuencia, entiende que nuestra democracia liberal es una construcción cultural, y por eso si queremos preservarla debemos conocer sus fundamentos intelectuales:

«Mi trabajo como estudiante consistió en (…) conocer a los pensadores, sus teorías del poder, las élites políticas, psicología de masas y sociología, y políticas públicas; los métodos por los que llegaron a sus conclusiones, sus críticas y sus métodos para hacer crítica».

El Islam necesita una profunda reforma. Al igual que Lutero en la iglesia en Wittenberg, Hirsi Alí cuelga en el libro sus particulares cinco tesis: 1) se debe rechazar la infalibilidad del Corán y el Hadiz [1], abriéndolos a la interpretación y el pensamiento crítico; 2) es necesario dejar de dar prioridad a la vida de después de la muerte; 3) se debe finalizar con la supremacía de la sharia, la legislación derivada del Corán y el Hadiz, sobre la ley secular; 4) hay que acabar con la práctica coactiva y cotidiana de “ordenar el bien; prohibir el mal” [2]; 5) hay que renunciar a la yihad, la guerra santa. Hirsi Ali desarrolla estos mandamientos de manera convincente a lo largo del libro, aunque tal vez podría haberlos resumido en dos: es necesario dejar de dividir el mundo entre creyentes y no creyentes, y hay que tolerar la diferencia [3]. Todo debe comenzar «con el reconocimiento de que el extremismo islamista está radicado en el propio Islam».


Mahoma pasó los primeros años de su vida predicando pacíficamente en la Meca; luego se trasladó a Medina donde decidió que se debía convertir por la fuerza a los que rehusaran ser convencidos. Por eso Hirsi Ali distingue actualmente entre los musulmanes de la Meca, el grupo más pacífico y numeroso, y los musulmanes de Medina, los fanáticos:

«Son los musulmanes de Medina los que llaman a judíos y cristianos “cerdos y monos”. Son los musulmanes de Medina los que prescriben la decapitación por el crimen de no ser creyente en el Islam, la lapidación por adulterio y el ahorcamiento de homosexuales. Son los musulmanes de Medina los que encubren a las mujeres con burkas, y las golpean si salen de casa solas o inadecuadamente provistas de velo».

No representan más de un 3% de la población musulmana. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que «los musulmanes de la Meca pueden ser más numerosos, pero son demasiado pasivos, indolentes y-lo más importante- carecen del vigor intelectual necesario para enfrentarse a los musulmanes de Medina». Al lado de estos dos grupos hay un tercero, muy minoritario pero de esencial importancia: los disidentes [4]. Haberlos haylos, aunque la mayoría son desconocidos en occidente. Y esto es un problema, porque los disidentes necesitan el apoyo de occidente.


Hirsi Ali se dirige a los musulmanes de La Meca, pues considera que los de Medina son impermeables a la razón. Hirsi Ali relata haber pasado también por la fase de Medina. Fue cuando Jomeini lanzó su fatwa contra Salman Rushdie por publicar los versos satánicos, una condena de muerte que Hirshi Ali comprendía y compartía.

«Todo el mundo en mi comunidad creía que Rushdie debía morir; al fin y al cabo había insultado al Profeta. Mis amigos lo decían, mis maestros lo decían, el Corán lo decía, y yo lo decía y lo creía también. Nunca cuestioné la justicia de la fatwa contra Rushdie; pensaba que era completamente moral para Jomeini asegurarse de que el apóstata que había insultado al Profeta fuera castigado, y que el castigo adecuado a su crimen era la muerte».

A su debido tiempo Hirsi Ali también fue destinataria de una fatwa prescribiendo su muerte. Por eso cree que puede argumentar desde «la perspectiva de quien ha sido en distintas épocas cada uno de los tipos de musulmán: un creyente, un fundamentalista y un disidente. Mi viaje ha ido de La Meca a Medina a Manhattan».

Pero el libro no está dirigido exclusivamente a los musulmanes moderados: también a los occidentales: «Intento desafiar la visión, casi universal entre los liberales occidentales, según la cual la explicación (del terrorismo) se encuentra en los problemas económicos y políticos del mundo musulmán».

Recuérdese al expresidente Zapatero diagnosticando que la causa del terrorismo estaba en “océanos de injusticia”. «Para mí, sin embargo, cuando un asesino cita el Corán como justificación de su crimen, deberíamos al menos considerar la posibilidad de que lo diga en serio», dice Hirsi Ali. Posiblemente es imposible erradicar a sicópatas y asesinos de una sociedad, pero no se pueden tolerar ideologías que les permitan canalizar sus instintos y ennoblecer sus acciones. Y de esto en España tenemos bastante experiencia.


Sin embargo hay esperanza: para Hirsi Ali el cambio ya ha comenzado. La Primavera Árabe, un fracaso a los ojos de occidente, representa el inicio de la disidencia tanto política como religiosa.

«Es, desde luego, un lugar común aceptar que la elección de Al Sisi como presidente fue un síntoma del fracaso de la Primavera Árabe. Pero esto es no comprender el proceso desatado por las revoluciones que comenzaron en Túnez a finales de 2010. Las revoluciones, allí como en Egipto, Libia y Siria, se dirigieron contra corruptos dictadores; entonces fueron secuestradas por musulmanes de Medina tales como los Hermanos Musulmanes, a los que los dictadores habían mantenido a raya. Cuando esto quedó claro a los egipcios -especialmente los habitantes de las ciudades- volvieron a las calles para destituir al gobierno de Mohamed Mursi (…) La Primavera Árabe fue en realidad un éxito. Mostró que los poderosos pueden ser desafiados; cuando otra forma de autoridad –la autoridad religiosa- pretendió aprovecharse de la apertura, hubo una segunda revolución, al menos en Egipto (…) Finalmente, creo, el rechazo a someterse a la voluntad de gobernantes seculares será continuado por otro más general a someterse a la voluntad del imán, el mullah, el ayatola, o el ulema».

Si la imprenta supuso el comienzo de la reforma del cristianismo, internet puede ser el vehículo para la reforma del Islam.

Heretic: Why Islam needs a Reformation Now. Ayaan Hirsi Ali. 2015

Notas:
[1] El Hadiz o Sunna recoge los actos y manifestaciones de Mahoma. Junto con el Corán forma el cuerpo doctrinal básico del Islam.
[2] Se refiere a la costumbre social de enarbolar la antorcha inquisitorial en cuanto se detecta un comportamiento contrario a lo ortodoxo. En occidente asistimos a manifestaciones de este fenómeno en el ámbito de la corrección política. [3] Hirsi Ali: «La intolerancia es lo único que una sociedad libre no se puede permitir tolerar».
[4] Este esquema, violentos, masa inerte y un pequeño –pero muy valioso- número de disidentes recuerda extraordinariamente a la sociedad vasca cuando ETA estaba en activo.