domingo, 4 de febrero de 2018

IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

Oscuridad. Precedido por un cortejo de monjes similares a zombis, aparece Felipe II (Jordi Mollá) con mirada febril y mascullando incontroladamente entre dientes: una figura siniestra y ridícula que, por alguna razón, anda como Chiquito de la Calzada. A continuación aparece Isabel Tudor (Kate Blanchett) irradiando claridad. Elizabeth, the golden age (2007).


Ken Follett: “En el siglo XVI, España era el matón del barrio: grande y malo” [1].

¿Imperiofobia o leyenda negra? La primera denominación indica que no estamos ante un fenómeno aislado, sino a una reacción emocional repetida desde el Imperio Romano hasta el estadounidense. Es importante entender que las leyendas no suelen nacer de hechos sino de prejuicios: son éstos los que la conjuran y construyen-

«¿De qué se trata en definitiva? En realidad son un conjunto de tópicos poco variados: inferioridad racial (sangre mala y baja), incultura y barbarie, orgullo y deseo de riqueza desmedidos, incontinencia sexual y costumbres licenciosas, Imperio Inconsciente y poco más (…) Su semejanza resulta de las circunstancias análogas que provocan su nacimiento: orgullo herido y necesidad de no sentirse inferior (o agradecido), y oligarquías regionales asentadas desde antiguo que se ven en peligro».

La Leyenda negra es la referida específicamente a España, y Elvira Roca se dedica a rastrear su formación y evolución: nace en la Italia española, y se va enriqueciendo con vistosas aportaciones hasta nuestros días.

Los italianos aportaron desde el inicio el ingrediente esencial de la inferioridad racial: tantos años de convivencia con moros y judíos habían convertido a los españoles en una raza mestiza e impura, por completo diferente de los italianos que se habían mantenido incontaminados desde el glorioso Imperio Romano. Por si eso fuera poco los españoles eran también godos [2]. Sí, la Leyenda negra es hija del racismo y la xenofobia:

«Si hubiera reflejado un prejuicio antisemita o contra los negros, hace tiempo que constituiría delito, pero la hispanofobia pertenece a una clase de racismo que, por su nacimiento vinculado a un imperio, vive bajo el camuflaje de la verdad y arropado por el prestigio de la respetabilidad intelectual (…) la imperiofobia es una clase de prejuicio racista hacia arriba, idéntico en esencia al racismo hacia abajo, pero mucho mejor disimulado, porque va acompañado de un cortejo intelectual que maquilla su verdadera naturaleza y justifica su pretensión de verdad».

Hay que hacer notar aquí varias cosas. En primer lugar que la antipatía hacia España no afectaba a todos los italianos, y que muchos se integraron perfectamente en un Imperio al que también consideraban suyo:

«Hijos segundones de ilustres familias como los Colonna, los Sforza, los Aragona, los Chiesa, los Gesualdo, los Alciato, los Farnese, los Médici, los Montalto y muchos más ocuparon cargos importantes en la Administración y el Ejército, o trabajaron para España en el seno de la Iglesia. Marcantonio Colonna, héroe de Lepanto, fue virrey de Sicilia. Todavía existe el tercio Alejandro Farnesio en el ejército español, y qué se puede añadir a la biografía de Andrea Doria».


En segundo lugar que los italianos eran italianos. Su racismo no alcanzó las cotas a las que llegaría más tarde, y su hispanofobia se limitó frecuentemente a la burla: ellos fueron los que construyeron el estereotipo del español ruidoso y fanfarrón.

La coherencia y seriedad intelectual no son el fuerte de la Leyenda negra. Cuando el antisemita Lutero la rescató centró sus ataques en el componente judío de los españoles pasando por alto el godo. Es normal: eso le permitió contraponer los latinos –incluyendo, desde luego, a los italianos- a los germanos, que para entonces ya habían empezado a construirse un pasado glorioso a partir de la Germania de Tácito. En el siglo XIX, en plena construcción nacional alemana y con la superioridad racial germánica refrendada científicamente, el relato se consolidará definitivamente: la lucha de Lutero fue una lucha por la unificación germánica frustrada por latinos fanáticos y sospechosamente oscuros. Curiosamente casi al mismo tiempo este ingrediente de la Leyenda estaba moviéndose en dirección opuesta:

«En una versión más tardía, que nace vinculada al liberalismo, el prejuicio gira sobre sí mismo, y la relación de los españoles con el mundo semita sirve ahora para acusar a estos de intolerancia con moros y judíos. No hay salvación: los españoles o son demasiado semitas o son perseguidores de semitas».

Con el tiempo, además del racismo la Leyenda fue agregando otros ingredientes: de ser sospechosa de impiedad por su mezcla con judíos y moros, España pasó a ser identificada directamente con el Anticristo por los protestantes.

«Hay una gran diferencia entre el uso que hacen los italianos del tópico y el que hace el protestantismo. Los italianos buscan rebajar la eminencia, oscurecer el brillo del imperio para poner de manifiesto su superioridad (o al menos su no inferioridad) frente a los imperiales: todos somos cristianos, pero nosotros los italianos somos mejores cristianos porque los españoles, contaminados como están de semitismo, necesariamente han corrompido su religión. Martín Lutero y el protestantismo llevan la impiedad al extremo: colocan a los españoles al nivel del Demonio y el Anticristo. Son los hijos de Satanás. Esto, como ya dijimos, no sucede en Italia. Con el protestantismo, la impiedad evoluciona a demonización y este es un paso de gigante, cuya importancia difícilmente se puede exagerar».


Pero el mayor descubrimiento de Lutero fue el poder del arma que la imprenta ponía a su disposición: la propaganda.

«Los procedimientos propagandísticos son inéditos y enteramente creación de la Reforma (…) La imprenta pone de manifiesto el poder taumatúrgico de las imágenes y Lutero es el primero en comprender que un uso eficaz de este medio es esencial para triunfar. En esto fue un visionario. El uso de las imágenes será decisivo en todos los frentes de propaganda y servirá para levantar el mito de la Inquisición, vincular intolerancia, crueldad y barbarie al nombre de España y, en definitiva, para «crear la imagen» (la expresión lo dice todo) que del mundo hispanocatólico se tiene dentro y fuera del protestantismo».


Lutero contó con el talento de Lucas Cranach para la realización de panfletos escatológicos dirigidos contra el mundo católico. En sus ataques no se resignó a dejarse constreñir por los límites del absurdo: llegó a afirmar, con total tranquilidad, que España era en realidad aliada de los turcos.

La Inglaterra de los Tudor añadió al coctel español la cobardía, la crueldad y la incompetencia. Los españoles eran todos malvados sin fisuras, cuyas maquinaciones se veían siempre descubiertas y desbaratadas por los ingleses [3]. Pero fue Guillermo de Orange el que llevó la propaganda hasta niveles que no serían superados hasta el siglo XX:

«Orange ha debido pasar a la historia como uno de los padres fundadores de la propaganda, lo cual no es pequeña cosa (…) Es cierto que había aprendido en los talleres luteranos, pero introduce innovaciones interesantes. La fraseología, los tópicos principales, el uso de imágenes impactantes de tipo escatológico o lo que podríamos llamar «gore» son creación luterana. Pero la campaña propagandística como tal, organizada y sistemática, al modo de una campaña electoral, no aparece hasta que Orange y su gente la crean. Un detalle bastará: el de Nassau es consciente de que su lengua materna no tiene mucha difusión exterior y de que el poder de España tiene muchos enemigos, de manera que se ocupó de que sus folletos fueran plurilingües o se tradujeran a las principales lenguas de Europa y de que llegasen a los lugares más distantes».

A Guillermo de Orange se debe el exitoso “España nos roba”:

«La propaganda orangista convenció a muchos de que ahora los impuestos se pagaban para los españoles y de que estos estaban financiando el imperio con los impuestos de los holandeses (…) En 1566 Manuel Filiberto de Saboya, gobernador general, advirtió a Felipe II de que se extendía la idea de que los Países Bajos soportaban la mayor parte de la carga fiscal del imperio y, aunque el rey se apresuró a presentar cuentas detalladas para demostrar que esto no era cierto, no sirvió de nada (…) Fueron necesarios muchos años de intensa propaganda y el concurso de los predicadores calvinistas para convencer a una parte de la población neerlandesa (insistimos, solo una parte) de que eran explotados y oprimidos, y de que, por lo tanto, debían rebelarse contra el rey».

Aquí Felipe II descubrió, para su sorpresa, que la razón tiene poca fuerza contra la propaganda, que intentar desmontarla con argumentos es como espantar a cacatúas que se limitan a trasladarse a otra rama, que la palabra es impotente ante la imagen, y que una mentira repetida mil veces se convierte, gracias al confort cognitivo, en algo verdadero y bueno.


Para los holandeses el Anticristo dejó de ser el español en abstracto, y pasó a ser Felipe II en concreto. La Inquisición era su instrumento o bien el rey era una marioneta manejada por aquella, que eso no quedó siempre claro. Este de la Inquisición acabó convirtiéndose en el tema clave de la Leyenda, pervivió a través de la Ilustración -a Voltaire y a Montesquieu, por ejemplo, les encajaba perfectamente ese relato de la oscuridad fanática religiosa contrapuesta a la luz de la Razón- y ha llegado a nuestros días en plena forma.

En su incansable propaganda los orangistas encontraron un poderoso aliado:

«Buscando más argumentos para la propaganda, los orangistas tropiezan con un texto que hacía ya veinticinco años que había sido publicado, sin que tuviera notoriedad fuera de España: la Brevísima relación de fray Bartolomé de Las Casas, que es inmediatamente traducida al holandés y al francés, y convertida en uno de los pilares de la leyenda negra (…) Tengo para mí que muy pocas personas han leído la Brevísima. Su mera lectura es suficiente para desacreditarla como documento fidedigno y no hace falta desarrollar ningún tipo de razonamiento. Produce estupor y lástima a partes iguales. Nadie con un poco de serenidad intelectual o sentido común defiende una causa, por noble que sea, como lo hizo el dominico (…) Solo el haber caído en manos de la propaganda ha podido hacer de fray Bartolomé un apóstol de los derechos humanos. Sus barbaridades no tienen límite: desde la justificación de los sacrificios humanos con el argumento de que es lo mismo que la misa, solo que los indios no son capaces de comulgar metafóricamente con su dios, hasta la apología del tráfico negrero: para que los mansos indios no tengan que trabajar lo mejor es traer negros que, como no tienen alma, pueden servir para cualquier cosa».



La entidad intelectual de la Brevísima podía ser escasa, pero eso no tenía la menor importancia. Lo importante eran los impactantes grabados de Theodor de Bry de su edición más famosa:

«Los grabados de De Bry son la razón del éxito sin parangón de la Brevísima, entre otras razones porque nunca la leyó mucha gente y son los grabados los que, como en las portadas de las iglesias medievales, informan de aquello que el parroquiano debe conocer».

La propaganda de Las Casas [4] se intentó asimismo desmontar por la razón, de nuevo sin éxito. También proviene de Guillermo de Orange el miedo que aún despierta el Duque de Alba en Holanda, y la acusación a Felipe II de haber matado a su hijo Carlos, tema que sería posteriormente incorporado a la memoria histórica gracias al talento sucesivo de Schiller y Verdi.


Toda la exitosa propaganda protestante ha conseguido ocultar un hecho básico: que las luchas de alemanes y holandeses contra el imperio español fueron, en realidad, guerras civiles en las que los  derrotados fueron, además, condenados a desaparecer de la Historia:

«El destino de estos alemanes y holandeses ha sido el de ser barridos de la historia, porque uno de los mayores empeños de la historia oficial reconstruida por los nacionalismos en el siglo XIX ha sido el de soslayar que las guerras antiimperiales fueron guerras civiles (…) Como todo nacionalismo, este opera apoderándose del nombre y de la voz de un pueblo. No hablo en mi nombre, dicen los luteranos desde el principio, hablo en nombre de los germanos. Quien está contra mí, está contra Alemania, es un traidor, un antipatriota (...) Hubo españoles en aquel conflicto, pero hubo sobre todo y principalmente alemanes que apoyaban la unidad política y religiosa del Imperio y que perdieron la guerra. La reconstrucción nacionalista de los hechos se empeña en presentar una versión distinta, según la cual los alemanes, como un solo hombre, estaban todos del mismo lado, y los pocos que estaban en el otro bando eran un residuo de traidores en los que no merece la pena fijarse (…) La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar».

Elvira Roca ha escrito un ensayo apasionado y contracorriente [5] con el que, como recuerda Arcadi Espada, ha conseguido «algo de extremada dificultad en esta época: ha hecho de España un país simpático».

Imperiofobia y leyenda negra. María Elvira Roca Barea.




Notas:
[1] Este es el diagnostico que de la España imperial hace Ken Follet, probablemente más apropiado para cualquiera de sus libros.
[2] Curiosamente esta atribución despectiva se mantiene en el archipiélago canario contra los peninsulares.
[3] En su denigración del catolicismo consiguieron que María Tudor pasara a la historia con el apelativo de “la sanguinaria”, a la vez que su hermana Isabel, que mató más que ella, pasara por una figura ecuánime y ponderada.
[4] Elvira Roca compara a Las Casas con Chomsky en su condición de paladín del antiamericanismo: «Chomsky ha sido una máquina expendedora de antiamericanismo durante décadas. Ha negado el genocidio camboyano y ha escrito cosas como esta: “En comparación con las condiciones impuestas por la tiranía y la violencia de Estados Unidos, el Este de Europa bajo la esfera rusa era prácticamente un Paraíso”. Y su prestigio sigue intacto (…) Pero ni Chomsky ni fray Bartolomé fueron fabricantes de leyendas negras, sino dispensadores de un producto del que existía una gran demanda (…) Ambos encontraron una causa de gran repercusión a la que servir y de ella obtuvieron buenos beneficios en forma de notoriedad social, respeto intelectual y moral y provecho material». [5] No deben perderse de ningún modo la introducción al libro.

Imágenes: 1) Il capitano Spavento, también conocido como Capitán Matamoros, el bravucón español que los italianos incorporaron a la Comedia del Arte. 2) Lutero como Hércules Germanicus, el campeón germánico-protestante frente al catolicismo latino. 3) Lucas Cranach. Campesinos alemanes expresando su opinión al Papa por un conducto poco habitual. 4) La visión holandesa del Duque de Alba. 5) y 6) La relación de los españoles con los indios, según Theodor de Bry. 7) Inquisición y depravación sexual, una de las últimas aportaciones a la Leyenda a partir del S. XIX.

miércoles, 24 de enero de 2018

UNA HEREJE LIBERAL


A pesar de haber abandonado el Islam, Ayaan Hirsi Ali reclama no ser vista como una apóstata sino como una hereje. Ella cree que es posible –es necesario- reformarlo desde dentro, desanclarlo del siglo VII y adaptarlo a la modernidad. Hirsi Ali, nacida en Somalia y trasladada a occidente, disfruta de una visión clara de las recetas que han creado sociedades abiertas basadas en la libertad de pensamiento, la igualdad y la tolerancia; mucho más clara, por cierto, que aquellos que hemos nacido en ellas. Ella, y esto también se nos olvida con frecuencia, entiende que nuestra democracia liberal es una construcción cultural, y por eso si queremos preservarla debemos conocer sus fundamentos intelectuales:

«Mi trabajo como estudiante consistió en (…) conocer a los pensadores, sus teorías del poder, las élites políticas, psicología de masas y sociología, y políticas públicas; los métodos por los que llegaron a sus conclusiones, sus críticas y sus métodos para hacer crítica».

El Islam necesita una profunda reforma. Al igual que Lutero en la iglesia en Wittenberg, Hirsi Alí cuelga en el libro sus particulares cinco tesis: 1) se debe rechazar la infalibilidad del Corán y el Hadiz [1], abriéndolos a la interpretación y el pensamiento crítico; 2) es necesario dejar de dar prioridad a la vida de después de la muerte; 3) se debe finalizar con la supremacía de la sharia, la legislación derivada del Corán y el Hadiz, sobre la ley secular; 4) hay que acabar con la práctica coactiva y cotidiana de “ordenar el bien; prohibir el mal” [2]; 5) hay que renunciar a la yihad, la guerra santa. Hirsi Ali desarrolla estos mandamientos de manera convincente a lo largo del libro, aunque tal vez podría haberlos resumido en dos: es necesario dejar de dividir el mundo entre creyentes y no creyentes, y hay que tolerar la diferencia [3]. Todo debe comenzar «con el reconocimiento de que el extremismo islamista está radicado en el propio Islam».


Mahoma pasó los primeros años de su vida predicando pacíficamente en la Meca; luego se trasladó a Medina donde decidió que se debía convertir por la fuerza a los que rehusaran ser convencidos. Por eso Hirsi Ali distingue actualmente entre los musulmanes de la Meca, el grupo más pacífico y numeroso, y los musulmanes de Medina, los fanáticos:

«Son los musulmanes de Medina los que llaman a judíos y cristianos “cerdos y monos”. Son los musulmanes de Medina los que prescriben la decapitación por el crimen de no ser creyente en el Islam, la lapidación por adulterio y el ahorcamiento de homosexuales. Son los musulmanes de Medina los que encubren a las mujeres con burkas, y las golpean si salen de casa solas o inadecuadamente provistas de velo».

No representan más de un 3% de la población musulmana. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que «los musulmanes de la Meca pueden ser más numerosos, pero son demasiado pasivos, indolentes y-lo más importante- carecen del vigor intelectual necesario para enfrentarse a los musulmanes de Medina». Al lado de estos dos grupos hay un tercero, muy minoritario pero de esencial importancia: los disidentes [4]. Haberlos haylos, aunque la mayoría son desconocidos en occidente. Y esto es un problema, porque los disidentes necesitan el apoyo de occidente.


Hirsi Ali se dirige a los musulmanes de La Meca, pues considera que los de Medina son impermeables a la razón. Hirsi Ali relata haber pasado también por la fase de Medina. Fue cuando Jomeini lanzó su fatwa contra Salman Rushdie por publicar los versos satánicos, una condena de muerte que Hirshi Ali comprendía y compartía.

«Todo el mundo en mi comunidad creía que Rushdie debía morir; al fin y al cabo había insultado al Profeta. Mis amigos lo decían, mis maestros lo decían, el Corán lo decía, y yo lo decía y lo creía también. Nunca cuestioné la justicia de la fatwa contra Rushdie; pensaba que era completamente moral para Jomeini asegurarse de que el apóstata que había insultado al Profeta fuera castigado, y que el castigo adecuado a su crimen era la muerte».

A su debido tiempo Hirsi Ali también fue destinataria de una fatwa prescribiendo su muerte. Por eso cree que puede argumentar desde «la perspectiva de quien ha sido en distintas épocas cada uno de los tipos de musulmán: un creyente, un fundamentalista y un disidente. Mi viaje ha ido de La Meca a Medina a Manhattan».

Pero el libro no está dirigido exclusivamente a los musulmanes moderados: también a los occidentales: «Intento desafiar la visión, casi universal entre los liberales occidentales, según la cual la explicación (del terrorismo) se encuentra en los problemas económicos y políticos del mundo musulmán».

Recuérdese al expresidente Zapatero diagnosticando que la causa del terrorismo estaba en “océanos de injusticia”. «Para mí, sin embargo, cuando un asesino cita el Corán como justificación de su crimen, deberíamos al menos considerar la posibilidad de que lo diga en serio», dice Hirsi Ali. Posiblemente es imposible erradicar a sicópatas y asesinos de una sociedad, pero no se pueden tolerar ideologías que les permitan canalizar sus instintos y ennoblecer sus acciones. Y de esto en España tenemos bastante experiencia.


Sin embargo hay esperanza: para Hirsi Ali el cambio ya ha comenzado. La Primavera Árabe, un fracaso a los ojos de occidente, representa el inicio de la disidencia tanto política como religiosa.

«Es, desde luego, un lugar común aceptar que la elección de Al Sisi como presidente fue un síntoma del fracaso de la Primavera Árabe. Pero esto es no comprender el proceso desatado por las revoluciones que comenzaron en Túnez a finales de 2010. Las revoluciones, allí como en Egipto, Libia y Siria, se dirigieron contra corruptos dictadores; entonces fueron secuestradas por musulmanes de Medina tales como los Hermanos Musulmanes, a los que los dictadores habían mantenido a raya. Cuando esto quedó claro a los egipcios -especialmente los habitantes de las ciudades- volvieron a las calles para destituir al gobierno de Mohamed Mursi (…) La Primavera Árabe fue en realidad un éxito. Mostró que los poderosos pueden ser desafiados; cuando otra forma de autoridad –la autoridad religiosa- pretendió aprovecharse de la apertura, hubo una segunda revolución, al menos en Egipto (…) Finalmente, creo, el rechazo a someterse a la voluntad de gobernantes seculares será continuado por otro más general a someterse a la voluntad del imán, el mullah, el ayatola, o el ulema».

Si la imprenta supuso el comienzo de la reforma del cristianismo, internet puede ser el vehículo para la reforma del Islam.

Heretic: Why Islam needs a Reformation Now. Ayaan Hirsi Ali. 2015

Notas:
[1] El Hadiz o Sunna recoge los actos y manifestaciones de Mahoma. Junto con el Corán forma el cuerpo doctrinal básico del Islam.
[2] Se refiere a la costumbre social de enarbolar la antorcha inquisitorial en cuanto se detecta un comportamiento contrario a lo ortodoxo. En occidente asistimos a manifestaciones de este fenómeno en el ámbito de la corrección política. [3] Hirsi Ali: «La intolerancia es lo único que una sociedad libre no se puede permitir tolerar».
[4] Este esquema, violentos, masa inerte y un pequeño –pero muy valioso- número de disidentes recuerda extraordinariamente a la sociedad vasca cuando ETA estaba en activo.

domingo, 3 de diciembre de 2017

BABYLON BERLIN


Es un mundo a punto de desaparecer, sucio, sórdido y fascinante. Lo peor no son las fuerzas destructivas –los comunistas, los nacional-socialistas, los militares ávidos de probar de nuevo- que la crisis y el paro han conjurado. Todo eso podría ser combatido, pero la ciudad está dominada por la incertidumbre moral y política, y la acción ha sido sustituida por un frenético movimiento sin dirección.

La ciudad se resume en el Moka Efti, un restaurante y cabaret bajo cuya deslumbrante apariencia se mueven entrelazados los gusanos. Una ciudad dentro de la ciudad, y todo ello resumido en una canción: hacia el polvo y las cenizas. Se muestra en el segundo capítulo y tiene la belleza de la danza macabra. Sus acordes tienen el olor dulzón de lo siniestro, y es posible que esto fuera lo que asustase a los nazis cuando hablaban de arte degenerado. Si todo esto les evoca “expresionismo” posiblemente están en lo cierto.

En ese mundo que se desmorona el verdadero protagonista no es ninguno de los obvios. No es el policía que trata de encontrar unas películas chantajistas. No es la chica, prostituta ocasional que anhela ser investigadora. Es el consejero Benda, que lucha sólo por evitar la desintegración desde la lucidez y la democracia.

Véanla, óiganla y siéntanla.

p.d. En la segunda temporada el ambiente se desvanece, y queda una serie más bien trivial. Y los últimos episodios, penosos.

Babylon Berlín (2017): Henk Handloegten, Tom Tykwer, Achim von Borries

viernes, 17 de noviembre de 2017

¿Y ESTO QUIEN LO PAGA?


Pues no, no ha sido simbólico como pretende vender ahora la señora Forcadell: la farsa ha tenido un coste real, un coste altísimo. Y ni siquiera vamos a referirnos ahora de la destrucción de la convivencia, o a la demolición de la democracia. Hablando de economía, años de nacionalismo han dejado a Cataluña por los suelos. Puede verse, para empezar, en el nivel de endeudamiento: si usted es catalán, soporta sobre sus hombros una deuda de 10.311€. Todos y cada uno de los catalanes llevan ahora esa carga, el doble de lo que soportan en promedio los ciudadanos del resto de Comunidades Autónomas. Tampoco se está ahora como para presumir en competitividad. Según el indicador RCI de la Unión Europea, que mide la corrupción percibida por los ciudadanos y la rendición de cuentas del Gobierno, Cataluña está en el puesto 177 de las 263 regiones europeas, la penúltima de entre las españolas. Y tampoco sale bien en el Doing Business: es la novena en España en cuanto a facilidades para abrir una empresa.

Es que nosotros preferimos contar "la parte épica y bonita del relato", dirá el exconsejero Toni Comín. Por eso no le interesará recordar la fuga masiva de empresas: van más de 2.500, incluidas 6 de las 7 que forman parte del IBEX35. De ellas, 212 se marcharon el 9 de octubre, víspera de la declaración de independencia. Hasta la Bruixa d’Or, que posiblemente no ve el futuro pero sí el presente, ha hecho las maletas. Y eso no es todo.

Ha caído abruptamente el comercio minorista: un 30% en octubre según la Confederación Española del Comercio. Y ha descendido ese mismo mes un 15% la actividad turística. Y, como es natural, el empleo se resiente: el paro subió en casi 15.000 personas, el doble que en 2016 y la mayor cifra de los últimos años. Si usted es catalán, no sólo lleva una mochila de más de 10.000€ de deuda a la espalda: además tiene muchas más posibilidades que un balear o un asturiano de haberse quedado sin trabajo estas últimas semanas.

Según la AIREF la irresponsabilidad secesionista puede acabar costando entre 3.300 y 14.000 millones al PIB, y entre 75.000 y 225.000 puestos de trabajo. Mientras tanto, el prestigio de Cataluña en el extranjero se tambalea. Ahora mismo nos jugamos la apuesta española por la Agencia Europea del Medicamento. E incluso los organizadores del Mobile World Congress han amenazado con cambiar la sede si continúa la inestabilidad.

La solución que ahora ofrece Junqueras es nada menos que Marta Rovira, que en su momento explicó a una reportera de la televisión France 24 cómo se financiaría la secesión: “Je, je, hmm, estamos estudiando… uh, una nueva vía de ingresos… invertir los actuales recursos… tanto humanos como… ejem, institucionales… pues de la mejor la manera posible… y en fin que sea lo que toque para financiarla. ¿Más preguntas?".

Publicado en Voz Populi, 17/11/2017.

sábado, 11 de noviembre de 2017

ESPAÑA, SIGNIFICANTE VACIO

Publicado en El Español, 7/11/2017


Podemos es una fuerza política patriótica que apuesta por la unidad de España". Esto afirma en El Diario, con total tranquilidad, Ramón Espinar, portavoz del partido en el Senado. Es una afirmación sorprendente: Podemos ha apoyado sin ambages el golpe de los separatistas catalanes contra la democracia, y cualquiera ha podido escuchar a Pablo Iglesias gritando a voz en cuello “Visca Catalunya lliure y sobirana”.

En realidad, el apoyo de los populistas ideológicos a los nacional-populistas es normal: ambos coinciden en su deseo de acabar con la democracia nacida en el 78. Y también es comprensible que, ante la evidencia de un previsible descalabro electoral, los líderes de Podemos pretendan ahora dar un brusco cambio de rumbo. Lo que ya no es tan normal es la desfachatez con la que Ramón Espinar asume su relación con la verdad. Pretendo dar una explicación a esta perplejidad, y eso pasa por dos libros.

El primero es La razón populista, de Ernesto Laclau. Laclau propone como alternativa a la aburrida democracia liberal la “construcción de un sujeto político” -la organización de una masa airada, para los no iniciados- a partir de las demandas insatisfechas en una sociedad. Como estas demandas son heterogéneas -unas son justas y otras no, unas tienen solución, otras son meras frustraciones- es imposible ofrecer un programa político que dé solución a todas. Por eso Laclau propone a cambio señalar un enemigo común y sustituir el discurso racional por lo que llama “significantes vacíos”, que es más o menos lo que están ustedes pensando.

El segundo libro es el famoso ensayo de Harry S. Frankfurt On Bullshit. Es éste un término con mala traducción al español, pero todos tenemos una idea de lo que es. El bullshit está lejos de la verdad, pero no es una mentira: cuando alguien afirma que la tierra es del viento no está pensando realmente en la brisa como una entidad capaz de reivindicar derechos de propiedad. Al mentiroso le preocupa dónde está la verdad, aunque sea para negarla; al emisor de bullshit la verdad le trae sin cuidado: "Es precisamente esta falta de preocupación por la verdad -esta indiferencia acerca de lo que las cosas son realmente- lo que considero la esencia del bullshit".

Volvamos a los “significantes vacíos” de Laclau. Puesto que se trata de mensajes que deben satisfacer simultáneamente demandas heterogéneas, e incluso contradictorias, su conexión con la verdad no puede ser muy estricta: obviamente, el bullshit encaja a la perfección con esta definición. Puede decirse por tanto que Laclau dignifica el bullshit y ennoblece a sus emisores. O, dicho de otro modo, la ideología de Laclau es un imán para los bullshitters. Quizás esto nos ayude a comprender la escasa preocupación de los líderes podemitas cuando sus palabras contradicen abiertamente la realidad.

domingo, 1 de octubre de 2017

RENAN Y EL PLEBISCITO COTIDIANO

La nación es un plebiscito cotidiano. La famosa afirmación de Renan es ahora invocada por los nacionalistas catalanes para justificar la subordinación de la democracia a su voluntad de constituirse en tribu. Pero ¿es legítima la invocación? ¿Habría simpatizado Renan con los nacionalistas?


En 1870, tras derrotar definitivamente a los franceses en Sedán, los prusianos se anexionan Alsacia y Lorena. En Alsacia se habla alemán, su cultura es básicamente alemana: los prusianos, movidos por impulsos nacionalistas, interpretan la acción como la reintegración de ovejas perdidas en el rebaño germánico. Pero hay un pequeño detalle: los alsacianos, por mucho alemán que hablen, no quieren dejar de ser franceses.

En agosto de ese año el teólogo y escritor David Friedrich Strauss inserta una carta en La gaceta de Augsburgo en la que solicita a Ernest Renan que se manifieste sobre el asunto. En el pasado Renan no ha sido inmune a teorías racistas, y quizá por eso Strauss espera encontrar su comprensión. No será así. Renan entra en liza confiando en que dos intelectuales empleando la razón acabarán llegando a un acuerdo, y argumenta:

Vuestros fogosos germanistas alegan que Alsacia es una tierra germánica, injustamente separada del imperio alemán. Observe que todas las nacionalidades son territorios mal delimitados; si se pone uno a razonar sobre la etnografía de cada cantón, se abre la puerta a guerras sin fin”.

He aquí el primer problema que plantea el nacionalismo: al intentar superponer sus criterios étnicos sobre los países realmente existentes son fuente inagotable de conflictos, y una amenaza para la convivencia. Y continúa:

Alsacia es alemana por lengua y por raza, pero no desea formar parte del estado alemán; esto zanja la cuestión. Se habla del derecho de Francia, del derecho de Alemania. Estas abstracciones nos afectan mucho menos que el derecho que tienen los alsacianos, seres vivos de carne y hueso, a no obedecer a otro poder que el consentido por ellos”.

Renan antepone así las personas a abstracciones tales como la raza o la etnia, y concluye:

«Alemania (…) se ha subido a un fogoso caballo que la llevará donde no quiere».

«La división demasiado acusada de la humanidad en razas (,…) no puede conducir más que a guerras de exterminio (…) Esto sería el fin de esta mezcla fecunda, compuesta de numerosos elementos todos ellos necesarios, que se llama humanidad».

Aunque sus argumentos son contundentes Renan ha infravalorado la potencia del virus. La fiebre nacionalista ya ha evaporado la razón de Strauss que, al no encontrar el respaldo del francés, publica un par de cartas despectivas y se desentiende del asunto.


En 1882 Renan imparte una conferencia en la Sorbona, en la que recoge alguna de sus conclusiones del conflicto alsaciano. El problema está cuando «se confunde la raza con la nación y se atribuye a grupos etnográficos, o más bien lingüísticos, una soberanía análoga a la de los pueblos realmente existentes». Renan distingue –y en esto se anticipa a Ignatieff- entre la nación étnica, basada en la raza, la etnia, la lengua, o cualquier otro criterio igualmente intercambiable, y las naciones realmente existentes formadas por mestizaje y sedimentación histórica. Y continúa desgajando los peligros de la primera, empezando por la asfixiante unanimidad que impone…

«Cuando se lleva a la exageración se encierra uno en una cultura determinada tenida por nacional, se limita, se enclaustra. Se abandona el aire libre que se respira en el vasto campo de la humanidad para encerrarse en los conventículos de los compatriotas. Nada peor para el espíritu, nada más lamentable para la civilización».

… y por la disolución en ella de las personas:

«No abandonemos el principio fundamental de que el hombre es un ser razonable y moral antes de ser miembro de tal o cual raza, un adherente de tal o cual cultura. Antes que la cultura francesa, alemana o italiana está la cultura humana».

Su conclusión es inapelable:

«La raza no lo es todo, como en los roedores o felinos, y no se tiene derecho a ir por el mundo palpando el cráneo de las gentes para después cogerlas por el cuello y decirles: “¡Tú eres de nuestra sangre; tú nos perteneces!”. Más allá de los caracteres antropológicos está la razón, la justicia, lo verdadero, lo bello, que son iguales para todos».


La humanidad frente a la compartimentación en tribus; la razón ilustrada frente al fervor irracional de la masa; la variedad frente a la unanimidad; las personas frente a las ensoñaciones colectivas. En suma, las sociedades abiertas frente al nacionalismo. Renan antepone la civilización frente a los bárbaros infectados de nacionalismo que amenazan los países desde fuera. Entonces ¿alguien puede creer que sentiría alguna simpatía por los que los amenazan desde dentro? ¿No es perfectamente ridículo que ahora los nacionalistas invoquen a Renan para legitimar sus pretensiones? ¿Cabe, en suma, estar más equivocado?

p.d. Es esta una historia realmente interesante que pueden encontrar ampliada aquí y aquí.

viernes, 8 de septiembre de 2017

INSERCIÓN LINGÜISTICA

6 de junio de 2010. Tras serle detectada sangre en las heces, Kepa Elortza Odriozola, vecino de Oñati, es remitido al especialista de Digestivo para que le sea practicada una colonoscopia: tendrán que transcurrir nada menos que diez meses para que ésta sea realizada. ¿Un caso alarmante de lista de espera? Pues no. Elortza, un patriota, un gudari, exigía ser atendido en euskera, y en ese momento, si bien había especialistas de sobra, no había ningún euskaldún disponible. De modo que, a pesar de entender perfectamente el castellano, y afrontando el riesgo de que la demora agravase una eventual enfermedad, decidió esperar a ser insertado en su lengua natal. He aquí un hombre que anteponía sus convicciones a su propia vida, y que ofrendaba a la patria su corazón y orificios no adyacentes.

También aquí tenemos patriotas similares. David Abril, sin ir más lejos, que sin dejarse arredrar por la escasez de facultativos, insiste en que a todo médico se le exija el requisito de estar en posesión del certificado correspondiente de catalán. ¿Y si no lo tiene? Pues no hay médico. Las prioridades quedan así claras y esto no nos debe sorprender: el nacionalismo siempre antepone la Idea a todo, ya sea a la ley, a los ciudadanos o a la salud. Al menos a la de los demás.

Es este un caso claro de antipolítica, que en lugar de solucionar problemas se dedica a crearlos donde no los hay. Lo cierto es que la actividad del personal asistencial de la sanidad balear es ejemplar –así es percibido por los usuarios- y desde luego no existen problemas de comunicación con los pacientes más allá de la imaginación del coportavoz de Més per Mallorca. Recordemos, por cierto, que no es que los médicos pretendan usar el arameo o el kikuyu: sencillamente la lengua común de España, que también es oficial en Baleares.

Afortunadamente la exploración de Elortza se limitó a detectar unas molestas hemorroides, pero podía haber sido mucho peor. Caben serias dudas sobre si los ciudadanos baleares estarían dispuestos a asumir un riesgo similar. En realidad cabe dudar también si Abril supeditaría su propia salud, y no sólo la del resto de los ciudadanos, a su proyecto identitario. En todo caso su actuación es perfectamente irresponsable.

Publicado en Mallorca Confidencial, 6 de septiembre de 2017.